El tamaño de la tristeza: el dolor por la derrota es tan grande como la identificación con la selección

El éxito suele alejar a las personas de su origen, pero los jugadores argentinos hicieron lo contrario. De ahí el vínculo de un pueblo con su equipo.

Esta tristeza nada tiene que ver con la de cualquier otra derrota. No es solamente por la Copa que perdimos. Tiene que ver con otra cosa, con la sensación de que se terminó un tiempo que nos hizo muy felices. Durante ocho años, esta Selección nos dio un lugar en el que fue muy fácil reconocernos.

Argentina perdió la final. España fue mejor, no hay mucho más para decir ahora — no por el análisis táctico, sino porque el corazón todavía no lo permite — . El fútbol, en la derrota y en la tristeza, también puede ser así de simple.

Lo difícil es explicar por qué duele tanto. O qué duele. O hacerle justicia al dolor con las palabras. No alcanza con decir que se perdió. Tampoco alcanza con hablar de Lionel Messi, de su llanto, de su último Mundial con la Selección argentina. Ni siquiera alcanza con hablar de esta generación irrepetible o de una oportunidad que quizás no vuelva. Todo eso es cierto, pero no explica el tamaño de esta tristeza.

La explicación puede aparecer, por ejemplo, unos días antes de la final, en Atlanta, cuando los jugadores desplegaron la bandera de las Islas Malvinas después de eliminar a Inglaterra. Una generación entera vivió en ese triunfo — y en ese acto específicamente — un peso histórico imposible de ignorar. No fue México 1986 y no podría haberlo sido. La guerra todavía estaba demasiado cerca en aquel momento.

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En el Mundial más grande de la historia, la selección argentina decidió recordar que algunas cosas siguen formando parte de lo que somos, de cómo nos percibimos, de cómo nos construimos. Mientras el Mercedes-Benz Stadium cantaba “el que no salta es un inglés”, Messi abrazó a Lionel Scaloni y le susurró una frase al oído que no se reducía al triunfo de ese día. “Somos historia pura”, alcanzó a escucharse en la indiscreta transmisión oficial.

Los jugadores entendieron perfectamente lo que significaba desplegar esa bandera frente a Inglaterra. Ninguno de ellos había vivido la guerra, pero todos comprendieron lo que representaba el gesto. La imagen recorrió el mundo. Se habló de Malvinas, hubo apoyos, críticas, pronunciamientos políticos y repercusiones internacionales. Pero quizás lo más importante fue otra cosa: esa escena explicó una manera de entender la camiseta argentina.

No fue solamente una victoria ni el pase a una nueva final. Ese triunfo fue una manera de mostrarle al mundo de dónde vienen, de dónde venimos. Y quizás ahí aparezca una posible respuesta que explique el tamaño de este dolor: esta Selección nunca dejó de parecerse al lugar del que salió.

En un tiempo en el que el éxito suele alejar a las personas de su origen, ellos hicieron exactamente lo contrario. Cuanto más ganaron, más volvieron. No fue un gesto aislado. Durante estos ocho años, esa manera de entender la Selección apareció una y otra vez.

Volvieron cuando Messi habló de los argentinos que no llegan a fin de mes. Volvieron cuando Scaloni definió a sus jugadores como “indios”. Volvieron cada vez que aparecieron sus madres en alguna declaración. Cada vez que Messi recordó a su abuela en los festejos de gol. Volvieron porque nunca se olvidaron del lugar donde aprendieron a patear una pelota, nunca se olvidaron de los clubes de barrio de donde salieron.

César Luis Menotti entendía esto antes que nadie. En enero de 2019, el día que fue presentado como director de Selecciones Nacionales, dijo una frase que en aquel momento pasó casi inadvertida o no tuvo la dimensión que hoy tiene: “Es una obsesión que yo tengo: sigo soñando con una Selección de la gente. Quiero que nos represente y nos identifique”.

No hablaba solamente de jugar bien. Hablaba de que un futbolista supiera para quién juega. Para los que soñaron antes que ellos, para los clubes que sostuvieron esos sueños cuando todavía nadie los conocía, para los que ayudaron a que llegaran.

El deporte argentino, dijo el medallista olímpico Daniel Castellani, es un milagro: “No hay plata, no hay programa, pero hay lo que no tienen otros países, que es la pasión. Si en un club no hay pelotas se hace una rifa y en una semana están las pelotas. Los padres venden panchos, alfajores y aparecen las cosas. Todo eso no existe: la clave de nuestro deporte es la pasión en todo. Tiene un valor monstruoso: la base del milagro del deporte argentino son los clubes”.

Ese es el origen de nuestros jugadores. Esa es su vida antes del éxito. Ahí es dónde pertenecen y, precisamente, ahí es donde todos pertenecemos.

Menotti también lo había explicado muy bien antes de enfrentar a Alemania en España 1982, cuando los jugadores argentinos miraban con cierta admiración la potencia física de los europeos. El Flaco los escuchó y respondió: “¿Fuertes? Si a cualquiera de esos rubios lo llevamos a la casa donde usted creció, a los tres días lo sacan en camilla. Fuerte es usted, que sobrevivió a toda esa pobreza y juega diez mil veces mejor”. Su respuesta era una reivindicación del origen, del potrero, una forma de decir que el lugar de nacimiento construye personas, pero también jugadores.

Claro que esta Selección no puede reducirse únicamente a la pasión, la entrega o el sacrificio. Argentina fue campeona del mundo y volvió a jugar otra final porque durante años jugó un fútbol espectacular. La emoción explica una parte de la historia y el fútbol explica la otra. Separarlas sería muy injusto.

Ahora, si el desafío es entender por qué este equipo construyó un vínculo tan profundo con la gente, la respuesta aparece en todo lo que despertó. Y la derrota no vino a romper ese vínculo, sino todo lo contrario.

Roberto Baggio contó que, tras errar el penal contra Brasil en la final del Mundial de 1994, su mujer le dijo: “¿Sabés qué creo, Roby? Que todos te quieren tanto porque perdiste esa final. Porque demostraste que eres humano, cometés errores y sufrís. Como todos los demás”.

Quizás haya algo de eso en esta Selección. Los títulos generan admiración, pero hay algo más profundo que aparece cuando un equipo consigue representar a la gente. A eso aludía Menotti en 2019. Siete años después, Argentina perdió una final del mundo. Nadie nos va a sacar ese dolor. Y, sin embargo, cuesta encontrar otra selección que haya calado tanto en su pueblo. Porque esta Selección nunca dejó de volver al lugar del que salió y, quizás por eso, nosotros nunca dejemos de sentir que es nuestra.

Delfina Corti es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UBA y periodista. Escribe en Chequeado y Tiempo Argentino sobre política, sociedad y deporte. Cubrió 4 mundiales: Catar 2022, el Mundial femenino en Nueva Zelanda-Australia 2023, el Mundial de Futsal en Uzbekistán 2024 y el Mundial femenino de Futsal en Filipinas 2025. El año pasado, colgó los botines como jugadora de futsal, aunque eso no significa que haya dejado del todo la cancha.