El rol del VAR: el sistema de ojos que lo ve todo, mucho más que el árbitro
Sensores, cámaras y drones miran más que el humano en la cancha. Y se le confía más. El riesgo de delegar las decisiones a una máquina.
Hubo un momento en el partido entre Inglaterra y Noruega, durante el último Mundial, en que la pelota pasó cerca, sospechosamente cerca, del cable que sostenía una de las cámaras aéreas. El arquero noruego había sacado del arco y al llegar la pelota al punto más alto, de repente se desplomó sobre la cancha. Mientras los jugadores de su equipo se quedaron esperando un silbato, el juego siguió. Inglaterra aprovechó y la historia termina con Noruega eliminada.
La cuestión debería haber sido bien simple: si la pelota toca un objeto ajeno al juego, el árbitro tiene que detener el partido. Se trataba, entonces, de un hecho binario: la pelota tocó o no tocó un cable. La FIFA defendió al árbitro y respondió que, de acuerdo al sensor alojado en su interior, no se había registrado pico alguno en el “latido de la pelota” mientras estaba en el aire. No había evidencia de contacto, sino el famoso “cable de Dios”.
El árbitro de la verdad
En los viejos tiempos esta discusión se habría apoyado en el criterio de los profesionales del arbitraje y probablemente también, aunque en menor medida, en el descontento de la mitad de un estadio. Una de las delicias de la modernidad es el apoyo en instrumentos ajenos a nuestra frágil naturaleza humana que permiten determinar qué sucede realmente en el mundo.
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El supuesto sobre el que descansa gran parte de estas discusiones es que una parte importante del deporte profesional es el descubrimiento de la verdad. En esto el fútbol y la ciencia parecerían tener mucho que ver. Cómo alcanzamos esa verdad, por supuesto, puede tener sus matices.
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SumateEn sentido estricto, la ciencia apenas se contenta con una falible aproximación a la verdad, y por eso funciona tan bien. Lo que le falta a la ciencia es una suerte de oráculo que pueda determinar más allá de cualquier duda razonable cómo funcionan las cosas. El fútbol, en cambio, tiene al VAR.
Si asumimos que en el fútbol el trabajo del árbitro es el descubrimiento de hechos fundamentales a lo largo de un partido, entonces el suyo es un trabajo enteramente empírico que descansa sobre datos tales como la posición de una pelota, si un pie cruza una línea, si un jugador hizo algo que no debía, etcétera, y cualquier instrumento del que pueda servirse no sólo será bienvenido sino que debería utilizarse de manera indiscriminada. Cuantos más sensores, cámaras, drones, y vinchas que miden la actividad cerebral, mejor.
El latido del deporte
No recuerdo la última vez que jugué al fútbol, aunque seguramente fuera cuando todavía se usaban los teléfonos públicos, y aun así esta forma de pensar el deporte se me hace ligeramente estéril y poco interesante. El fútbol, tengo entendido, también supone una cuota de interpretación, de cuánto contacto alcanza para cobrar una falta y de qué tan equivocado tiene que estar un árbitro para que su error se considere claro y obvio. Estirando aún más una analogía forzada, incluso en la ciencia no existen datos sin su correspondiente interpretación. Por eso las fantasías recurrentes de dejar a las máquinas haciendo ciencia por cuenta propia siguen quedando fuera de juego.
Esta hermenéutica del juego se apoya y complementa con cierto arte del engaño: el talento para confundir al rival respecto de para qué lado vamos a patear así como, llegado el caso, la virtud de evitar que el árbitro advierta una infracción. Aunque las reglas dejen algunas de estas cosas afuera, suponen que al juego lo hacen una multiplicidad de puntos de vista y no un ojo omnisciente al que es oportuno plegarse.
La discusión no es nueva. En Bad Call (2016) los sociólogos Harry Collins, Robert Evans y Christopher Higgins lo bautizaron el fetiche de la exactitud: la tendencia a tratar como discreto un fenómeno que es continuo. En lugar de mejorar ciertas mediciones o dar una nueva perspectiva al juego, estos instrumentos lo reformatean en algo que antes no era. En otras palabras, no estoy seguro de que el fútbol juegue a la verdad.
Un sentido epistemeológico
Nada hay para reprochar respecto de todos los numeritos que ahora bendicen nuestras pantallas durante un partido. Buscando a qué hora jugaba tal, de repente veíamos las probabilidades de que ganara tal o cual equipo, cuántas veces patearon al arco, y probablemente también del 1 al 10 qué tan de moda estaba el corte de pelo de cada jugador. “Todo lo que pueda ser contado y calculado, será contado y calculado” es una máxima cómoda para tener a mano. En futuros mundiales quizá podamos saber el ritmo cardíaco de cada jugador, en tiempo real, cuán conductiva es su piel y por lo tanto qué nivel de estrés manejan, y el tiempo de reacción en milisegundos.
Cuando medimos algo, más allá del resultado, estamos dando cuenta de que eso que medimos es relevante. A nadie más que unas pocas personas le servía saber en vivo cuántas personas morían por hora durante la pandemia y sin embargo ahí estaban: todos los canales tenían un recuadro en pantalla con un número que no servía para nada más que para decorar. Lo importante de cualquier métrica es qué podemos hacer con ella. Los números que nos ponen en pantalla nos enseñan qué tenemos que valorar.
Nada de esto supone que la tecnología deportiva no funcione. Jochim Spitz y sus colegas analizaron 2.195 partidos en trece países y encontraron que el VAR eleva las decisiones correctas del 92,1% al 98,3%. Este aumento parece irrelevante pero en la práctica bajó la tasa de error del 7,9% al 1,7%. Es decir, el VAR eliminó casi el 80% de las equivocaciones humanas en ciertas jugadas decisivas. La máquina hace, con creces, lo que promete. Sin embargo, el mayor cambio que todo esto introdujo fue dónde depositamos la confianza.
No estoy diciendo que antes la palabra del árbitro era el final del asunto. Por el contrario, la palabra de un humano siempre puede ser discutida, sobre todo cuando nosotros la tenemos mucho más clara desde la comodidad del sillón con dos cervezas encima. Buena parte del ritual del fútbol, dicen, consiste en desconfiar de todo y de todos. Pero el error de una persona –que apenas si puede ocupar un solo lugar, mirar en una sola dirección y hacer de eso una buena decisión– no es el mismo que el de un sistema que pretende estar en todas partes al mismo tiempo.
Ahora que la confianza se deposita en sensores, en cámaras y en algoritmos que reconstruyen lo ocurrido a partir de muchas otras miradas, también parciales, el riesgo está en extrapolar desde el caso minúsculo e irrelevante del fútbol el modo en que deberíamos confiar en las decisiones automáticas en general.
Oráculo del hombre que juega
Nos encanta saber que hay un oráculo, apoyado por un ejército de instrumentos. La crisis que se abre frente a estas herramientas es una de confianza en el andamiaje técnico mismo y ya ni siquiera de parcialidad de una persona que miró para otro lado. Cuando el oráculo falla la crisis que se presenta no es una de precisión sino de fe.
De lo anterior no debería inferirse que el juego de repente quedó en manos de un programa instalado en una compu. Aún tenemos “humanos en el loop” y por eso también la FIFA debe salir a defender las decisiones que se toman.
Pero esta delegación de la confianza solo erosiona el lugar del árbitro. El VAR no es una conciencia superinteligente que mira el partido: detrás hay árbitros eligiendo incidentes y ángulos, operadores que administran imágenes, protocolos que limitan qué puede revisarse y qué no. Pero las decisiones suelen presentarse como si fueran un resultado neutral y sin juicio.
Esto desplaza también el lugar de las quejas: ya no es que el árbitro no cobró, es que no llamó al VAR, que revisó una jugada y no la anterior. La incorporación de tantos chiches alrededor del juego agregó cierta precisión pero no desterró a las discusiones sino que cambió su objeto. Ahora, cabe señalar, se discuten procedimientos y no el juicio de una persona.
Podemos pensar también en si no hay algo de “hacer trampa” en todo esto, si la incomodidad que supone no saber algo no es algo que podríamos preservar. La posibilidad de sacarnos una duda de inmediato necesariamente altera la experiencia de haberla tenido. Podemos preguntarle a una máquina exactamente lo que nos inquieta sin salir a perseguirlo, y la inquietud ya no se mantiene viva un rato más, ya no logra echar raíces. Tiene algo de usar un truco en un videojuego: la respuesta puede ser correcta y, aun así, parece que algo se perdió.
Quizá lo que cambió fue la lógica del espectáculo: cuánto más podemos sacarle a noventa minutos de fútbol. Si los datos se habían agotado, ahora son los metadatos los que buscan sus minutos de cámara.
Para la incansable búsqueda de la verdad que parece motivar esta inmensa cantidad de información, resulta inquietante que desde aquel cuarto oscuro donde se decide qué cámara sale al aire y cuál no, se aproveche un ligero retraso en la transmisión para omitir incursiones en el campo de juego o qué banderas mostrar.
Aún se conserva cierto arte propio de la toma de decisiones en el campo de juego, pero este arte parece desplazarse cada vez más hacia el componente no humano. Para llevar tranquilidad a las casas, se nos explica que el rol del árbitro sigue siendo indispensable y que la última palabra la tienen las personas que están ahí. Pero todas las palabras que vinieron antes también importan.