El Mundial que supimos conseguir

Catar será el primer país árabe sede de un Mundial. Pero Occidente no habla de Messi-Neymar-Mbappé, sino de democracia, trabajadores y diversidad sexual.

Catar, virtual centro del planeta a partir del domingo próximo, está bajo escrutinio. Será el primer país árabe sede de un Mundial de fútbol y Occidente, paternalista, apunta con desconfianza. No habla de Lionel Messi, Neymar o Kylian Mbappé, sino de democracia, trabajadores explotados y diversidad sexual. También los organismos de Derechos Humanos aprovechan el palco global de la pelota y, con razón, nos piden que, además de fútbol, miremos con ojos vigilantes a la pequeña petromonarquía del Golfo Arábigo. Human Rights Watch, fundado en 1978 en Nueva York, hasta nos ofrece un cuestionario con diez preguntas que los periodistas que iremos al Mundial, nos dice, deberíamos formular cada vez que tengamos ante nosotros a funcionarios de la FIFA. Una de esas preguntas dice lo siguiente: “¿Qué está haciendo la FIFA para garantizar que los trabajadores migrantes tengan la misma libertad que todos los turistas de la Copa Mundial, como ver los juegos y mezclarse con los visitantes?”

Catar será mi noveno Mundial. Y realmente no recuerdo haber visto muchos obreros en los estadios mundialistas, especialmente desde que las Copas de la FIFA se convirtieron en un gran negocio inmobiliario y en privilegio para pocos. En la Sudáfrica ya democrática de Nelson Mandela (Copa de 2010) el Mundial (bienvenido porque fue el primero en suelo africano) fue igualmente una especie de plato volador de la FIFA, especialmente para la gente del populoso barrio negro de Soweto. El precio de las entradas era obviamente imposible de pagar para la mayor parte de sus habitantes.

En Brasil 2014, los estadios tenían público mayoritariamente blanco. Los negros acomodaban en los asientos, servían refresco o podían ser policías. No estaban entre ese público masivo que insultaba ferozmente a la presidenta Dilma Rousseff y nos anticipaba que llegaría un monstruo llamado Jair Bolsonaro. Me resultó más difícil precisar si había obreros de la construcción en los estadios de Rusia 2018, el Mundial que Vladimir Putin, según la narrativa, organizó para distraernos de sus planes. Si un Mundial sirve para “mostrarse al mundo”, Rusia no parece el mejor ejemplo. Cuatro años después, invasión de Ucrania mediante, sufre repudio generalizado.

LA NARRATIVA INQUISIDORA DEL VIEJO CONTINENTE

¿En serio deberíamos preguntarle a la FIFA por qué no habrá obreros migrantes entre el millón de turistas que asistirán a los lujosos estadios del Mundial que comienza el 20 de noviembre en Catar? La narrativa occidental sobre Medio Oriente, sobre el mundo árabe, musulmán, sobre las monarquías que gobiernan en la riqueza del Golfo Arábigo, omite el pasado colonial y acentuó su mirada inquisidora desde que, en 2010, Catar ganó inesperadamente la votación de la FIFA, superando en la rueda final a un gigante como Estados Unidos. Enojado, el FBI impulsó en 2015 el FIFAGate que derrocó a esa vieja FIFA corrupta, pero que no pudo encontrar evidencias directas de sobornos cataríes.

El poder sugirió entonces a Catar que debía compartir el Mundial, especialmente con la poderosa Arabia Saudita. En plena puja, los países vecinos hasta le impusieron un bloqueo regional a Catar. Pero Catar jamás cedió. Las críticas arreciaron en las últimas semanas, ante la inminencia de la Copa, recordando especialmente a los estadios supermodernos, construídos con trabajo esclavizado. Y cifras engañosas de obreros muertos. Catar responde acusando a Occidente de “racismo”. Allí está el periódico francés Le Canard Enchainé, que días atrás graficó todos los estereotipos posibles: una selección catarí de “salvajes” enojados con “larga barba” y armados con lanzacohetes, AK-47, una bomba atada en la cintura y cuchillo. Árabes atrasados y violentos.

Catar invoca justamente al Mundial como fuerza de cambio para sepultar viejas leyes explotadoras y se presenta como pionero reformista en la región. Pero los incidentes, es más que probable, podrían seguir en pleno Mundial. Observadores locales (estuve en Doha hace dos semanas) me cuentan que el Catar más conservador observa nervioso el arribo de periodistas no deportivos que hurgarán fuera de los estadios y también de turistas futbolizados que, posiblemente, obligarán a relajar leyes islámicas. Es un escenario poco agradable para ese sector conservador que mira todo con desconfianza. El Mundial es muchas cosas a la vez. Para Catar, puede ser una prueba de fuego para su ingreso al llamado mundo moderno.

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EL MUNDIAL COMO “SOFT POWER”

Entre los tantos documentales premundialistas de la tele, además de la arenga dramatizada de Leo Messi a sus compañeros en la previa de la Copa América ganada en el Maracaná (“Sean eternos campeones de América”), hay uno de Netflix que busca explicar el inesperado Mundial de Catar. “FIFA Uncovered” o “Los entresijos de la FIFA”, nos cuenta la ambición del ex presidente de la FIFA, Joseph Blatter, de retirarse acaso con un Premio Nobel de la Paz, dándole en aquella doble votación de 2010 el Mundial 2018 a Rusia y el de 2022 a Estados Unidos. Pero ignorando que la codicia que él mismo había permitido entre su dirigencia terminó desbordándolo. Fueron los votos que permitieron a Catar golear 14–8 a Estados Unidos en la votación final. Eso sí, Blatter también nos recuerda que la codicia no fue solo del Tercer Mundo, de dirigentes latinoamericanos o africanos. Asegura que también parte de Europa votó por Catar. Parte de la misma Europa que ahora quiere boicotear, aunque sea simbólicamente, ese Mundial que supieron conseguir.

Mi primer Mundial fue justamente Argentina 78. La FIFA mantuvo allí la sede pese a que nuestro país sufría desde dos años antes la peor de sus dictaduras. Catar 2022 tampoco es un gobierno democrático. Pero resulta difícil encontrar democracias en la región. El colonizador europeo balcanizó al Golfo para seguir dominando. Y, dentro de esos pequeños Estados, Catar creció con vuelo propio en los últimos años. Primero fue la creación de Al Jazeera, la cadena de noticias que, al menos fuera de Catar, goza de notable libertad informativa para investigar a gobiernos vecinos y al resto del mundo, poniéndole nombre propio inclusive a cierta prensa poderosa, cómplice de dictaduras en Latinoamérica, un tema tabú para otras grandes cadenas internacionales. Tras su ingreso al control de los medios, Catar se metió luego en la mejor máquina de “soft power” (poder blando) del mundo moderno: el fútbol.

Primero fue la compra del club París Saint-Germain (PSG), que hoy cuenta con tres de los mejores jugadores del mundo (sus rostros están en subtes y negocios de Doha): Messi, Neymar y Mbappé. Y luego fue el Mundial 2022. Fue demasiada ostentación. Para los vecinos celosos y también para el Viejo mundo. Y, bien intencionados o no, también para quienes ahora nos dicen qué preguntas debemos formularle los periodistas a los funcionarios de la FIFA. Otros, directamente, piden que boicoteemos a Catar. El deporte como atajo moral. Nunca se hicieron preguntas semejantes para comprarle petróleo o venderle riquezas al oro catarí, desde hoteles a galerías de arte de las principales capitales europeas. Pero sí con el Mundial. Y, además, tampoco hubo preguntas cuando una Copa Mundial o un Juego Olímpico se celebraba, por ejemplo, en Estados Unidos, mientras ese mismo país sede invadía o estaba en guerra con otras naciones. Un ex embajador en la región me describe la “hipocresía” con absoluta crudeza: “Italia se cansó de matar libios y organizó dos Mundiales, Francia mató miles de argelinos y organizó otro, Inglaterra mejor no les cuento y Estados Unidos es el responsable del 90 por ciento de las guerras y también organizó uno y pronto otro. ¿Se acordaron de todo eso en esas oportunidades?”

HABLEMOS DE FÚTBOL

¿Cuál es la vara que mide qué país puede moralmente organizar un Mundial? La nueva FIFA de Gianni Infantino se comprometió a que las próximas sedes deberán abrazar el compromiso de respeto a los derechos humanos. Es el mismo Infantino que se radicó desde hace meses en Doha. Y que, ante la inminencia del Mundial, nos pide ahora que no permitamos que la pelota “se vea arrastrada a todas las batallas ideológicas o políticas que existen” y que hagamos entonces como el viejo programa de Quique Wolff en ESPN: “Hablemos de fútbol”.

Van estas últimas líneas para hacerle caso. Un Mundial suele ocupar históricamente en Argentina, país futbolero, el centro de nuestras vidas. Siempre nos creímos los mejores, solo que el mundo no lo reconocía. “El fútbol fue jugado por primera vez en Inglaterra, pero inventado en Argentina”, ironizaba un viejo escritor. Y no solo no ganábamos Mundiales, sino que peor aún, llegamos a no clasificarnos (México 70) o irnos humillados (Alemania 74). Hasta que llegó en el Mundial siguiente la conquista de la Copa de 1978, las atajadas del Pato Fillol y los goles de Mario Kempes. Luego, fueron los milagros de Diego Maradona en México 86. Y, ya en los últimos Mundiales, fue Messi.

Curioso, a sus 35 años, en su quinto Mundial, aliviado acaso por la conquista de la última Copa América en el Maracaná, pero ante todo él mismo ya crecido, es otra vez Messi, su notable estado de forma, su deseo maduro de ganar por fin un Mundial, lo que alimenta la mayor esperanza argentina. También, claro, está el equipo, porque creció después de aquella conquista, incluido su cuerpo técnico de bajo perfil, liderado por Lionel Scaloni. En los últimos meses, es cierto, algunos de esos jugadores bajaron su nivel y además llegaron las lesiones (la ausencia de Giovanni Lo Celso no es menor). Nunca un Mundial tuvo a sus estrellas jugando para sus clubes hasta apenas días antes del debut. El enojo de los grandes clubes europeos por el Mundial, que fue trasladado a noviembre-diciembre para evitar el verano de infierno en Catar, terminó presionando psicológicamente a los jugadores. Y exponiendo demasiado sus cuerpos hasta último momento. Hay cracks de peso que se quedarán sin Mundial tras sufrir lesiones infantiles. Pese a ello, Catar 2022, como pocos Mundiales antes, sigue ofreciendo sensaciones notables para cuando comience el juego.

La Copa tendrá muchos buenos jugadores en un pico de rendimiento. Y muchas buenas selecciones con aspiraciones parejas de ganar el título (diez, dijo el propio Scaloni). Si supera la primera etapa, como debería suceder, Argentina tendrá una prueba de fuego ya muy pronto en la segunda rueda, cuando supuestamente deba enfrentarse contra el campeón mundial vigente (la Francia de Mbappé) o contra una de las mejores selecciones europeas del último año (Dinamarca). ¿Y acaso el Brasil pletórico de grandes estrellas no llega como candidato? ¿Y Alemania? ¿Bélgica? ¿Inglaterra? A veces, tal la euforia local, pareciera que los rivales no importan, que solo Argentina debería ganar en Catar. A nuestra selección, es cierto, le falta poco para el ideal, pero tampoco le sobra nada. Su compromiso colectivo emociona y contagia. Promueve optimismo. Y Messi allí. Invitando al sueño colectivo. El de un país que no llega a fin de mes. Pero sí siente que, al menos, puede ser rey de la pelota.

Soy periodista desde 1978. Año de Mundial en dictadura y formidable para entender que el deporte lo tenía todo: juego, política, negocio, pueblo, pasión, épica, drama, héroes y villanos. Escribí columnas por todos lados. De Página 12 a La Nación y del New York Times a Playboy. Trabajé en radios, TV, escribí libros, recibí algunos premios y cubrí ocho Mundiales. Pero mi mejor currículum es el recibo de sueldo. Mal o bien, cobré siempre por informar.