El juguete imbatible de la pelota
Argentina jugará 40 años después de los goles de Diego a Inglaterra y en la ciudad donde le cortaron las piernas. El negocio no puede destruir el encanto.
El hecho sucedió en Boston, pero la maldición fue en Dallas. Para todos, Dallas es la ciudad donde John Fitzgerald Kennedy fue asesinado en 1962. Para nosotros, es la ciudad donde “nos cortaron las piernas”. Y donde estamos ahora, porque la selección juega mañana su clasificación a dieciseisavos de final del Mundial.
Mañana será 22 de junio, cuarenta años exactos del día acaso más simbólico en la historia de nuestro fútbol. “El día que Maradona explicó a un país”, escribió ayer Jorge Valdano en el diario madrileño El País. Argentina 2 – Inglaterra 1. México 86. Y otra señal: el rival de mañana será Austria, la única selección a la que Diego le marcó (en 1980) su único hat trick en la selección. Es la misma marca que anotó en su debut en este Mundial Lionel Messi, héroe inesperado de la primera fase, a tres días de su cumpleaños número 39. Héroe que vive, también, un tiempo difícil. De asuntos privados que los medios, como han hecho siempre, exhiben a la vista pública.
Maradona y Messi validan a nuestra nación futbolera. Si los argentinos no entendemos “la nostalgia” como una “herida”, sino como “una forma de amor” (como viralizó en estas horas la conocida periodista italiana Alessia Tarquini), es justo recordar entonces “La Mano de Dios” y el “Gol del siglo”, las hazañas que Diego consumó en apenas cinco minutos aquel 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca (el escenario donde comenzó este Mundial de 2026 y donde México vivió el jueves su fiesta propia, porque le ganó 1–0 a Corea del Sur y se convirtió en la primera selección clasificada a la segunda fase del Mundial).
Si te gusta Make Argentina Campeón Again podés suscribirte y recibirlo en tu casilla todos los días.
El recuerdo de Dallas, a su vez, es distinto. Doping. La efedrina maldita. Dolor inevitable. El del ‘94 fue uno de los pocos Mundiales a los que no viajé. Amanecer en Buenos Aires al día siguiente, llevar a los hijos a la escuela en Almagro, tomar el subte para ir a la redacción, caminar por el microcentro, me permitió ser testigo de la ciudad más triste que vi en mi vida. Nadie hablaba. Eramos zombis. Sin piernas. Y el corazón roto.
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateTres décadas después, Dallas es hoy una ciudad muy diferente a la de 1994, aquella en la que el Negro Fontanarrosa, estresado porque no había mesa libre para cenar en las horas siguientes al partido Argentina-Bulgaria (0–2, el primero sin Diego), ironizó que Kennedy, asustado también él por el agobio de la ciudad, no había sido asesinado, sino que, en realidad, “se había suicidado”.
Afectada este fin de semana por tormentas, inundaciones, apagones masivos, caos aéreo y cortes por el desastre natural, pero también por el Fan Fest, el partido del lunes y la invasión de hinchas argentinos. Dallas, siempre calurosa, siempre sofocante, tiene hoy un centro supermoderno y nuevos distritos llenos de vida nocturna. Ya no se juega en el legendario estadio Cotton Bowl que en 1994 venía de coronar bicampeón del Super Bowl a los Dallas Cowboys. Ahora está el rebautizado Dallas Stadium (la FIFA omite el nombre comercial de AT&T Stadium), para más de noventa mil espectadores, pantallas LED, césped natural, techo y aire climatizado, el escenario del duelo ante Austria, mañana a las 14 de Argentina.
Tampoco Estados Unidos es el de 1994. El país que Bill Clinton gobernaba como superpotencia líder tras la disolución de la URSS, asistía a un Mundial de estadios llenos pero asimismo ignorado por buena parte de los ciudadanos. Tan extraño era el soccer que, según una encuesta Gallup, el 66 por ciento de los estadounidenses no sabían que el Mundial se jugaba en su país. En la inauguración ante Suiza, en Detroit, los diarios publicaron infografías explicando el soccer. Igualmente, miles de espectadores permanecieron sentados tras el 1–1. No sabían que ese plato volador llamado fútbol aceptaba la posibilidad de que un partido terminara empatado. Sin ganadores ni perdedores.
El último martes, en la previa del debut ante Argelia, la cadena Fox News publicó una placa para aclarar que Messi, campeón en la MLS con Inter Miami, no jugaba el Mundial para Estados Unidos, sino para Argentina. Pero seamos justos. El soccer (ese mercado de más de trescientos millones de personas que Gianni Infantino sueña conquistar) es hoy mucho más conocido. En los años ’90, Antonio Freeman se coronaba campeón de la NFL (el fútbol americano) con los Green Bay Packers. Hoy, su hijo Alex es figura de la selección que dirige el argentino Mauricio Pochettino y que el viernes se convirtió en la segunda clasificada a la segunda fase.
El logro (clara victoria 2–0 ante Australia, tras el debut notable 4–1 a Paraguay) se produjo el día de Juneteenth, un 19 de junio, cuando en 1865 fueron liberados los últimos esclavos. La lucha siempre desigual por los derechos de la negritud intenta hoy ser borrada y reescrita en escuelas y museos de Estados Unidos en la administración de Donald Trump. Los docentes tienen miedo de ser denunciados si recuerdan linchamientos y matanzas, si mencionan a los viejos luchadores. Sin ellos, la mitad del plantel de Pochettino no sería negro o afrodescendiente (50 cincuenta por ciento de la selección, contra un 14 por ciento del total del país).
Además de Freeman, había otros cinco titulares en la formación del viernes pasado. Por sus derechos, lucharon antes deportistas como Tommie Smith y John Carlos (los atletas del podio del Black Power de los Juegos Olímpicos de México 68) y Muhammad Alí, entre tantos otros. La multitud en Seattle celebró la clasificación cantando “Take me home, Country Roads”, de John Denver. Y Pochettino agradeció agitando los brazos y coreando “¡Iu-es-ei!” (USA). Todos lo siguieron. Entusiasmada, la prensa local comienza a debatir si acaso Estados Unidos puede ilusionarse con la Copa.
El buen inicio (Canadá incluido) de los tres organizadores, y el entusiasmo consiguiente en sus países; estadios casi llenos (estoy con más de 68 mil personas en Ecuador-Curazao en Kansas mientras cierro este artículo); la media de más de tres goles por partido en los 24 juegos de la primera fase; una lista de candidatos amplia; figuras individuales (Messi, Kylian Mbappé, Vinicius, Harry Kane y varios más); y hasta el emotivo empate del debutante Cabo Verde del arquero Vozinha contra la superfavorita España (afectada porque Lamine Yamal no llegó bien); dejan hoy atrás la previa indecente de este Mundial.
Donald Trump, protagonista excluyente de esa previa, agredió a naciones invitadas a la Copa y aún hoy destrata a Irán (obligada a cruzar frontera con México, jugar e irse de inmediato) y prohibe a ciudadanos de selecciones clasificadas, como Senegal o Haití, por ejemplo. En pleno Mundial, y pese al buen inicio de su selección, Trump celebró con el deporte su cumpleaños número 80: fue un espectáculo penoso en los jardines de la Casa Blanca, luchadores MAGA, jaula, patadas, trompadas y sangre. Su gente.
Kansas City, sede de concentración elegida por Lionel Scaloni, sede también de nuestra morada amplia con cinco colegas más, en el barrio pacífico de Hyde Park, mucho verde, casas de viejo estilo inglés, parece una isla en un Mundial que no tiene un centro específico, pero que igualmente reparte emociones en varios puntos, el negocio que dejará más de diez mil millones de dólares a la FIFA del presidente Gianni Infantino, que resistió críticas duras y está feliz con este inicio. Es un peligro, porque Sudamérica (que por ahora albergará solo tres partidos iniciales en Argentina, Uruguay y Paraguay respectivamente) presiona para subir de 48 a 64 las selecciones del Mundial 2030, asignado a otra sede también tripartita: España-Bélgica-Marruecos.
El juguete de la pelota sigue imbatible a todo. Lo inflan cada vez más y nunca explota. Ahora resiste al maltrato de Trump y a la voracidad de Infantino. Y allí estamos nosotros. Otro viaje de ocho horas en camioneta de Kansas City a Dallas. Recordando a Diego. Y convocados por Messi.