El Indio creó una isla a la que volveríamos siempre

Más que una semblanza o un análisis, un texto desde las tripas.

No suelo escribir desde la emoción. O, al menos, no suelo hacerlo en público. El oficio empuja más seguido a observar que a participar, a contar lo que les pasa a otros antes que a uno mismo. Sin embargo, hay despedidas que vuelven inútil –e indeseable– cualquier distancia profesional. Y la muerte del Indio Solari es una de ellas. No porque haya muerto solamente un músico –ni siquiera porque se haya ido el artista más importante de la historia argentina– sino porque para muchísimos de nosotros también desaparece, o se reconfigura, una parte de nuestra propia biografía.

Es importante aclarar que escribo desde el lugar de alguien que esperaba las fechas del Indio y que, excepto porque a mi madre le pareció una buena idea morirse en las vísperas del segundo Mendoza, asistí a todos. Sin excepción. Por eso esto no pretende ser un análisis, ni una semblanza, ni un intento de explicar un fenómeno que siempre fue más grande que cualquier explicación. Es apenas un puñado de recuerdos, sensaciones y agradecimientos puestos por escrito mientras la noticia todavía resulta difícil de procesar. Un mandato de las tripas. Entonces, esto no es un texto, es un vómito que pretende funcionar como catarsis porque es imposible quedarse al margen de la muerte del Indio, el último –y único– en su especie.

Un artista masivo que nunca resignó complejidad. Un hombre que entendió que el arte podía dialogar con las multitudes sin renunciar a la profundidad ni a la inteligencia. Un fenómeno popular que jamás se entregó a la banalidad. Y como casi todo fenómeno popular, difícil de comprender para quienes se mantenían al margen y no podían asumir cómo hacíamos cientos o miles de kilómetros para juntarnos, en el último bastión realmente policlasista y horizontal que tuvimos los argentinos. El aguanieve de Mendoza, el barro de Gualeguaychú, la peregrinación a Salta, el susto de Olavarría parecían, de lejos, una emboscada inexplicable, pero era, para muchos y muchas, el único momento del año en el que sentíamos que volvía a existir, con densidad, el término comunidad.

También, para muchos, la obra del Indio fue una biblioteca disfrazada de rock. Detrás de las canciones aparecían lecturas, referencias, obsesiones, nombres propios que nos empujaban hacia otros lugares. Uno llegaba buscando una canción y terminaba leyendo a Burroughs, a Artaud, a Céline, a Pynchon o a Foucault. No conozco muchos artistas populares capaces de producir ese efecto. Como tampoco conozco muchos artistas cuya vida haya generado una literatura paralela tan fascinante: la biografía de Gloria Guerrero, la de Marcelo Figueras, el trabajo de Perantuono-Del Mazo. Todos intentos por capturar una figura que siempre parecía escaparse un poco más allá de la página siguiente.

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Dueño de una obra construida al margen de las reglas de la industria, el Indio fue un hacedor. Un figura, en la frontera con la política, que tuvo siempre de enemigo a la gente correcta. A los censores de turno, a los guardianes del buen gusto, a los que confundían sofisticación con elitismo, a los que desconfiaban de cualquier manifestación popular que no pudieran controlar ni comprender. Quizás por eso generó tanta devoción: porque nunca buscó agradar a quienes todos tratan de agradar.

Cada generación tiene sus cosquilleos. Los nuestros son difíciles de explicar. El estremecimiento físico cuando sonaba la bienvenida: “Damas y caballeros: Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado”. La adrenalina de escuchar arrancar con “Nuestro amo juega al esclavo” aquella noche en Tandil. Esos segundos suspendidos en los que decenas de miles de personas sabían exactamente dónde estaban y entendían que estaban viviendo algo irrepetible. El Indio también era eso: una suma de momentos que se transformaron, con el tiempo, en islas para los recuerdos de quienes estuvimos ahí. Una colección de instancias a las que volveríamos, sin dudarlo, una y otra vez.

Y después estaban las historias. Miles de historias. La del pibe que viajaba en un colectivo rumbo a Salta y decidió no apagar el cigarrillo de marihuana ni siquiera cuando subió Gendarmería. La noche en una comisaría. La salida a la mañana siguiente. El colectivo de línea para llegar como pudiera. El arribo a la ciudad cuando todo estaba por empezar. La decisión absurda de no querer pagar a pesar de la propuesta de “vaquita” de sus compañeros de viaje. La agresión –lógica, permítanme la herejía– de las fuerzas del orden. El regreso sin haber entrado al recital, pero con una sonrisa que todavía hoy sería incapaz de explicar. Hay algo insólito en toda esa historia y es que sólo puede ser leída con una media sonrisa por quienes estuvieron, alguna vez, en ese lugar. Un momento detenido en el tiempo para siempre. Eso eran cada uno de los recitales del Indio: un recuerdo oxigenante, casi esperanzador, como (casi) ninguna otra instancia de la vida puede ofrecer.

A los que sentimos amor y gratitud por él, nos queda la creación de Patricio Rey, la música de Los Redondos y nos queda el Indio solista. Nos quedan las canciones, las palabras y esa capacidad que tuvieron para acompañar, interpelar y conmover, justamente en tiempos donde abundan los productos y escasean los artistas.

Vulnerando el pudor que generan las anécdotas personales, un grupo reducido de amigos tuvimos la posibilidad de compartir con él una comida que se extendió por muchas más horas de las que podríamos haber soñado. Todo lo que se diga de su capacidad de cautivar es poco. Lo más impresionante no era la celebridad ni el mito: era la curiosidad, la inteligencia. La forma en que podía pasar de una discusión sobre literatura a otra sobre política, de la historia argentina a una observación mínima sobre la condición humana, como diría su amigo Máximo Kirchner citando a André Malraux.

Renunciando a cualquier pretensión de originalidad, la noticia tardará en volverse tolerable.

El montaje final es muy curioso. Que viva el Indio.

Para siempre.

Es director de un medio que pensó para leer a los periodistas que escriben en él. Sus momentos preferidos son los cierres de listas, el día de las elecciones y las finales en Madrid. Además de River, podría tener un tatuaje de Messi y el Indio, pero no le gustan los tatuajes. Le hubiera encantado ser diplomático. Los de Internacionales dicen que es un conservador popular.