El extraño caso de Winston Churchill y Mr. Churchill
En 1945, el primer ministro fue a unas elecciones en Inglaterra que esperaba ganar cómodamente. Menos de tres meses antes, había sido parte de la alianza que derrotó al ejército nazi. El resultado te sorprenderá.
El 26 de julio de 1945 Winston Churchill perdió las elecciones.
El sistema democrático es hermoso. Y lo más hermoso que tiene es la incertidumbre. Las elecciones no son lindas porque sí. Son lindas porque no se sabe el resultado hasta que se abre la urna, como en el experimento del gatito en la caja. El buen Adam Przeworski dice, en Por qué tomarse la molestia de hacer elecciones, cuál es la diferencia entre una elección democrática y una que no. En la primera, quien gobierna debe “ponerse nervioso”. Tiene la posibilidad de perder el poder.
Churchill había cometido la imprudencia de no ponerse nervioso. Pensaba que iba a ganar las elecciones porque dos meses atrás había derrotado a los nazis en la Segunda Guerra Mundial. No él, claro. No su país solo, tampoco. Pero que había sido parte importante de la cuestión era innegable. Con ese antecedente, era razonable ir a una elección con la tranquilidad de que debía ganarla sin complicaciones. Y así lo hizo. A pocos días de la rendición nazi, entre el 8 y 9 de mayo, convocó a elecciones para el 5 de julio. Pero los resultados iban a estar recién tres semanas después, el 26 de julio, cuando llegaran y se contaran las boletas de los miles de soldados que estaban movilizados por Europa.

Entre el 5 y el 26 de julio sucedieron complejísimos hechos. Por mencionar uno solo: Potsdam. La ciudad alemana, limítrofe a Berlín, sería sede de una nueva conferencia en la que se verían la cara los ganadores de la Segunda Guerra Mundial: Iósif Stalin (por la URSS), Harry Truman (por EE.UU.) y el propio Churchill. Allí debían terminar de consolidar lo que habían acordado en Yalta (el reparto de la administración del territorio europeo, que es muy lindo de escuchar contado por Juan Domingo Perón). La reunión empezó el 17 de julio, por lo que Churchill llegó a Alemania sin saber el resultado de su elección, aunque asumiendo que había ganado. Incluso llegaba acompañado por quien sería su rival, Clement Attlee, laborista él. Me gusta esta imagen: mientras ellos volaban de Londres a Potsdam, desde el continente también volaban (y navegaban) miles de boletas hacia Londres con el resultado de la elección.
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SumateChurchill tenía buenos motivos para no preocuparse. En mayo su índice de aprobación era del 83%. La prensa acompañaba. El año anterior, Franklin Roosevelt había ganado su cuarto mandato consecutivo en EE.UU., con la guerra en sus tramos finales pero sin haber terminado. La dirección del partido Conservador le auguraba una mayoría cómoda para reelegir. Por eso había tomado la decisión de hacer las dos cosas a la vez: llevar adelante una campaña electoral mientras organizaba Potsdam. Estaba en su cabeza la necesidad de ponerle un freno al avance comunista tras la rendición alemana. Creía que el vínculo personal con Stalin le alcanzaría.
Lo extraño fue la decisión de convocar en paralelo a elecciones. La biografía que usamos hoy –Churchill, de Roy Jerkins– dice que además de intentar capitalizar la victoria en la guerra había un cálculo más mundano por detrás. En octubre se abría un nuevo registro electoral y los estrategas conservadores preferían votar con un padrón más antiguo, que los favorecía. La decisión de ir a elecciones rompía, lógicamente, la coalición de gobierno. Churchill había preferido, al inicio, esperar a que termine la guerra con Japón para romper el gobierno y llamar a elecciones. El primer ministro estaba contento con el gobierno que habían formado: “El más capaz que Inglaterra ha tenido o es probable que tenga”, le escribió a Jan Smuts, en diciembre de 1944.
Entonces se produjo un desencuentro. El 18 de mayo, Clement Attlee volvía de la conferencia de San Francisco y le pidió a Churchill publicar una carta conjunta proponiendo continuar la coalición hasta la rendición japonesa. A cambio, el líder conservador se comprometía a comenzar a implementar una serie de medidas sobre seguridad social que veremos luego. Churchill tomó la iniciativa como una aceptación de la propuesta de continuar la coalición hasta que terminara la guerra. Pero cuando Attlee fue a la asamblea de su partido se encontró con un fuerte rechazo a la continuidad, incluso de ministros que formaban parte del gobierno de coalición, como Ernest Bevin y Hugh Dalton, además de Herbert Morrison. Así que Attlee tuvo que volver atrás con su propuesta y el vínculo con Churchill quedó sentido.
La ruptura fue dolorosa pero muy inglesa y parlamentaria. Anunciada la decisión, y luego de que el rey diera al primer ministro el encargo de formar un gobierno conservador de transición hasta las elecciones, Churchill organizó una cena de despedida en Downing Street con todos los funcionarios laboristas: “La luz de la historia brillará sobre vuestros cascos”, cuenta Dalton que les dijo.
El amor le duró una semana. Pocos días después, empezó la campaña electoral. El primer ministro era un hombre de consensos, dice su biógrafo, pero cuando era partidista era muy –muy– partidista. Las campañas británicas de la época consistían en recorridas por los distritos y emisiones por radio (el archivo que hay sobre la época es precioso). Así se desarrolló la campaña: Churchill recorría el país en un tren acondicionado en el que dividía su tiempo entre actos y la organización de Potsdam. Attlee hacía lo propio –recorrer el país, no organizar Potsdam– junto a su mujer que conducía un pequeño auto.
La BBC suspendía sus programas de debate y ofrecía en esos espacios un lugar para los mensajes electorales de los partidos: conservadores y laboristas tendrían diez espacios; los liberales cuatro; comunistas y el Partido de la Commonwealth, uno cada uno. Los partidos se repartían los discursos entre sus voceros. Attlee, del laborismo, pronunció uno solo. Pero Churchill era su propia campaña y tomó cuatro de los diez espacios, incluyendo el primero y el último. Y el primero fue un problema.
Churchill terminó de escribirlo y, como solía hacer, se lo mostró a su esposa, Clementine. Ella le dijo que no le gustaba y que le quitara una extraña mención a la Gestapo. Él, varón, desestimó la opinión. El discurso duró media hora. Dijo que lamentaba que la coalición se hubiera roto, pero que los socialistas estaban impacientes por ponerse en pie de guerra. Y que cuando un gran número de gente se siente así “no es bueno para su salud negarles la pelea que quieren. Por lo tanto, se la daremos lo mejor que podamos”. La voz que les decía eso era la misma que había pedido sangre, sudor y lágrimas; la que prometía luchar en las playas, en los campos y en las calles; la que había esperanzado con la hora más gloriosa. Pero el tono, el contexto y el contenido eran distintos. Ya no hablaba la imagen de la unidad nacional sino el líder de un partido. Aunque hubo varios pasajes que se llevaron gran parte de las críticas, ninguno fue tan recordado como el de la Gestapo:
Ningún gobierno socialista que dirigiera la vida entera y la industria del país podría permitirse el dejar que se produzcan muestras de descontento público libres, mordaces o expresadas con violencia. Tendrían que retroceder a algún tipo de Gestapo, sin duda dirigido muy humanamente en el primer caso. Y esto cortaría la opinión de raíz; pondría fin a la crítica cuando levantara la cabeza y reuniría todo el poder en los líderes supremos del partido, elevándose como imponentes pináculos por encima de sus amplias burocracias de funcionarios. Amigos míos, debo decirles que la política socialista aborrece las ideas británicas de libertad. Un Parlamento libre es odioso para el doctrinario socialista.
Tenía razón Clementine. La referencia a la Gestapo no fue feliz. Igualar a la policía secreta del nazismo con un partido que la semana anterior formaba parte del gabinete había sido una mala idea. Ahora el peso del momento estaba en Attlee, que al día siguiente debía responder. Tenía la oportunidad de victimizarse, de redoblar la apuesta o de entrar en la confrontación. Y eligió una altura que resultó devastadora para Churchill. Dijo que luego de haber escuchado el discurso había entendido cuál era el objetivo:
Quería que los electores comprendieran lo grande que era la diferencia entre Winston Churchill, el gran líder en la guerra de una nación unida, y Mr. Churchill, el líder del partido de los conservadores. Temía que los que habían aceptado su liderazgo en la guerra estuvieran tentados, por gratitud, de seguirle. Le doy las gracias por haberles desilusionado. La voz que oímos anoche era la de Mr. Churchill, pero la mentalidad era la de lord Beaverbrook.
Se refería a William Beaverbrook quien era, vamos a decirlo así, el propagandista de la campaña de Churchill (aunque era mucho más: además de ministro a cargo de la producción de aviones durante la guerra, llegó a tener bajo su imperio periodístico las publicaciones The Daily Express, The Sunday Express, The Evening Standard y The Glasgow Evening Citizen). Churchill consideraba que había que convertir a Attlee en una figura subordinada a aquellas que “asustaban” al votante promedio, como el presidente del partido laborista, Harold Laski. Pero ya era tarde. Este aspecto de la campaña, dice su biógrafo, fue notablemente estéril. “La amplia mayoría del público no comprendía qué pretendía y daba la impresión de estar machacando con un problema irreal”.
Claro que nadie pierde por un discurso y, quizás, ni siquiera por una campaña. De fondo había otra cuestión, a la que la idea de “la Gestapo” hacía referencia. El laborismo estaba impulsando una serie de reformas sociales acordes a la época, basadas en el resultado de los informes Beveridge (este de 1942 y este de 1944) que dieron origen al Estado de bienestar británico. William Beverdige había sido convocado por el Gobierno para un informe sobre la cuestión social (un poco como nuestro amigo Bialet Massé) y el hombre se apareció con un manifiesto por la reforma social que incluía un programa de seguridad nacional, la creación de un Servicio Nacional de Salud y la necesidad de una política de pleno empleo, entre otras cosas.
El informe Beveridge había transformado la agenda política interna que, aunque parecía en suspenso por la guerra, una vez terminada estaba ahí. El laborismo transformó el informe en su campaña. Propuso una reforma integral de la seguridad social, nacionalizar algunos sectores de la industria, ir a buscar el pleno empleo con políticas activas y una fuerte presencia estatal en una preocupación central de los votantes: la vivienda. Para hacer todo eso, decía Churchill, un gobierno laborista iba a necesitar desplegar una Gestapo.
Tan convencido estaba el primer ministro de su reelección que, luego de la votación, se tomó unas vacaciones en Hendaya, en el País Vasco, como preparativo para Potsdam. De ahí se dirigió a Berlín para participar del encuentro entre los ganadores de la Segunda Guerra Mundial. Potsdam fue la cumbre de pos guerra más larga hasta entonces. Iban nueve sesiones plenarias cuando Churchill y Attlee volvieron a Londres para presenciar el recuento. El primer ministro esperaba confirmar su victoria y volver a la ciudad alemana a seguir negociando con rusos y norteamericanos. Dejó todo su equipaje en Potsdam. Así de seguro estaba.
Esa noche, en Londres, durmió poco y se despertó temprano sintiendo una leve punzada en el estómago. A media mañana, el resultado era claro. A la tarde era definitivo: el laborismo había ganado de manera contundente, con casi 50% de los votos lo que, por el sistema electoral, se tradujo en 393 escaños y una mayoría absoluta de 183 bancas en la Cámara de los Comunes. Después de haber sido el líder británico de la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill obtenía el 36,2% de los votos, un piso histórico de los conservadores solo equiparable a las catástrofes electorales de 1906 y la que tendría lugar en 1997 (tenía escrito este texto previo a la elección del 4 de julio de 2024, en la que los conservadores, finalmente, hicieron su peor elección de la historia. La democracia obra de formas misteriosas).
El almuerzo fue triste. Recuerda su hija, Mary, que Clementine le dijo que el resultado bien podía ser una bendición disfrazada. Él respondió que en ese momento parecía muy bien disfrazada. Nuevamente, tenía razón Clementine: Churchill volvería a ser primer ministro cinco años después. Pero en ese momento parecía difícil de ver. Esa misma tarde fue al palacio real y presentó la renuncia. Publicó un breve comunicado que fue leído a modo de despedida: la decisión del pueblo británico ha quedado patente en los votos, dijo. Al día siguiente reunió a su gabinete y se despidió. Pasó su último fin de semana en una residencia oficial en Chequers, que Attlee, el nuevo primer ministro, le puso a disposición. Allí hubo un intento de celebración junto a un pequeño grupo. Al término de la estadía, Churchill firmó el libro de visitas:
Finis.