El derecho a no expresarse

En época de tribunas candentes desde las redes sociales es un pecado no opinar sobre todo. Parece que quien no habla oculta algo, cuando responde a otras cuestiones.

“Preferiría no hacerlo”, dijo el copista que creó Herman Melville en 1853. Protagonista de su cuento “Bartleby, el escribiente”, un día, ante un pedido de su jefe, el hombre dice simplemente eso, que preferiría que no. No argumenta, lo dice con calma, amablemente. Y esa negativa sin explicación desquicia a todos los que lo rodean. El narrador lo intenta todo: razonar con él, adivinar sus motivos, compadecerlo, echarlo. Lo que no puede soportar es que Bartleby no diga por qué.

Cada tanto envidio a Bartleby, quisiera poder tener su temple e imitarlo cuando alguien me pregunta con urgencia y determinación qué opino de alguna cuestión sobre la que no quiero opinar porque no sé, porque no sé todavía, porque el asunto tiene demasiadas aristas y no puede ser resumido a una frase, o porque no quiero. Pero el “prefiero no opinar” no tiene buena prensa. Sobre todo, en las redes sociales: si diste opiniones sobre otros temas se te quita el derecho a no expresarte.  “Vos que sos feminista, ¿por qué no dijiste nada del caso XX?”. “Si defendés a esta periodista de los ataques del presidente y sus colaboradores, ¿por qué no defendiste con el mismo ímpetu a tal política cuando la agredían?”. “¿Te asustás de lo que dice el presidente y no te gustan sus modos, pero por qué no opinás de aquello que dijo aquel otro funcionario del gobierno anterior?”. La comparación para establecer la queja, además, puede referirse a un hecho de hace cinco, diez, quince años. A nadie le importa la cuestión de que la noticia implica contemporaneidad, sino poner en tela de juicio tu falta de expresión pública.

Hablamos mucho, y con razón, del derecho a expresarnos. Lo defendemos cuando un gobierno censura, cuando una editorial retira un libro, cuando alguien es perseguido por lo que dijo. Pero hay un derecho gemelo del que casi no se habla: el derecho a no expresarse. El derecho a no tener opinión sobre absolutamente todo. O a no tenerla todavía. O a tenerla y guardársela por motivos que no queremos compartir. Ese derecho, que debería ser tan obvio como el otro, se respeta cada vez menos, se confunde con cobardía, se sospechan intereses ocultos o prebendas. No se tiene en cuenta que para opinar con argumento toma un tiempo pensar, investigar, elaborar esa opinión. Y, aun así, no siempre las cuestiones están tan claras o se definen con el blanco o negro que esperan como respuesta.

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Hay una zona de cada persona, una zona privada, que no le pertenece a nadie más. Hasta lo garantiza nuestra Constitución. El artículo 19 dice que las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, “están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados”. El problema es que quienes condenan a los Bartleby de hoy –los que preferirían no dar su opinión– no son jueces ni divinidades sino actores sociales. Lo que antes se le exigía a un acusado en un tribunal o a un disidente en un régimen autoritario, que declarara, que se definiera, que entregara a otros, que confesara, hoy se le exige a cualquiera con una cuenta en redes y algo de visibilidad. Y quien lo exige es un tribunal multitudinario, anónimo, cuya sentencia no tiene apelación.

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Byung-Chul Han, en La sociedad de la transparencia, describe cómo esa exigencia de hoy de mostrarse, de exponerse, de pronunciarse, se volvió una forma de coerción que se presenta como virtud. Parecería que todo lo que hacemos u opinamos debe convertirse en información disponible para los demás. Así, la transparencia, que parece una virtud porque se la asocia con la verdad y la confianza, puede convertirse en una forma de control.

¿Por qué callar?

Hay muchas razones para no opinar, y ninguna debería requerir justificación. La primera, la más simple, es no saber. Se le pide a un cantante, o a un futbolista, o a una escritora que se pronuncie sobre la economía de un país lejano, sobre una vacuna, sobre el fallo de un juez que no leyó, sobre la pelea entre dos personas que no conoce. Montaigne hizo grabar en una medalla la pregunta “¿Qué sé yo?” (Que sais-je?), y con ella fundó algo así como una ética de la duda, pero no como una frase hecha para desentenderse, sino como propuesta de detenerse para pensar si realmente sabemos algo de aquello que nos están preguntando, para desconfiar de la seguridad excesiva con la que afirmamos saber.

Hace un tiempo, en un almuerzo familiar, se discutía sobre un hecho político. En la mesa estaba un amigo de mi hija, un chico estadounidense que escuchaba sin intervenir. Cuando alguno le preguntó qué pensaba, con el fin de darle un lugar en la conversación, el chico dijo que era un tema sobre el que debería tener más información antes de opinar, y que por eso prefería no hacerlo. Me pareció una respuesta valiente. Y me di cuenta de que era una actitud impensable en boca de muchos de los que me rodeaban. Incluso en la mía.

La segunda razón es no saber todavía. Hay temas sobre los que una está pensando, que la inquietan, pero que no termina de resolver. La opinión madura despacio, y a veces no madura nunca. Sin embargo, el tiempo de las redes es el de la reacción inmediata, y quien se toma unos días para pensar es sospechoso de cálculo, especulación o cobardía. A veces se trata de temas en los que nos interesa interiorizarnos, pero otras de temas en los que sólo nos interiorizaríamos para responder a la insistencia de un tercero que nos exige dar una opinión. ¿Corresponde hacerlo? Bartleby diría que no.

La tercera es no querer. Por razones personales, porque el tema toca a alguien cercano, porque hay un dolor que no se quiere exponer, o simplemente porque una decide que ese asunto no es de su incumbencia pública. Natalia Ginzburg, en “Silencio”, uno de los ensayos de Las pequeñas virtudes, escribió sobre lo que veía como una enfermedad de su generación, una incapacidad de decir lo que había que decir. Vale la pena señalar la distinción: hay un silencio que es imposibilidad, que duele y que conviene romper, y hay otro que es elección, reserva o pudor. Este segundo merece ser respetado tanto como cualquier palabra.

La queja sobre el silencio del otro

El problema no es sólo que no se acepte el silencio, sino que se lo llena de sentido. Se supone que quien calla esconde algo. O tiene miedo de perder lectores, contratos, premios. Y de un silencio puntual se pasa rápidamente al insulto: si no dijiste palabra sobre esto, entonces nunca te importó nada, por lo tanto sos …. (completar con el insulto de moda).

En la literatura hay maravillosos ejemplos de ese mecanismo. En El rey Lear, el viejo rey exige a sus hijas que declaren en público cuánto lo aman. Las dos mayores sobreactúan, casi mienten. Cordelia, que es la que de verdad lo quiere, se pregunta en un aparte qué hará, y se responde: amar y callar. Cuando le toca hablar dice apenas “Nada, mi señor”. Lear lee esa reserva como desamor y la deshereda. La tragedia entera nace de confundir la falta de declaración con la falta de sentimiento o de posición.

En El extranjero, Camus cuenta la historia de Meursault, que en el juicio por el asesinato de un hombre en la playa termina siendo condenado, en buena medida, por no haber llorado en el entierro de su madre. El fiscal no juzga tanto el crimen como la ausencia de la emoción esperada. Años después, en un prólogo para la edición estadounidense de la novela, Camus explicó que a su personaje se lo condena porque no se presta al juego, porque se niega a mentir sobre lo que siente, y lo resumió así: en nuestra sociedad, cualquier hombre que no llore en el entierro de su madre corre el riesgo de ser condenado a muerte. Si cambiamos “llorar” por “expresarse” y  “entierro” por “tema del día”, la frase sigue funcionando.

En los dos casos, el silencio funciona como una pantalla en blanco donde los demás proyectan sus propios miedos y prejuicios. Las redes son una máquina perfecta para eso.

El desprecio de una opinión sujeta a un “pero”

Hay una variante de este fenómeno que también es muy común hoy: el rechazo del “pero”. Lo que sucede cuando te expresás, pero no del modo esperado, cuando apoyás una causa, pero con un matiz, cuando coincidís con un reclamo, pero no con una forma. Y entonces aparece la frase condenatoria: “Con ‘peros’ no sirve”. Como si el pero fuera una traición, cuando muchas veces es exactamente lo contrario: la prueba de que se meditó sobre el tema en lugar de repetir una consigna masticada por otro.

El propio Camus sufrió la amputación de un pero. En 1957, en Estocolmo, después de que recibiera el Nobel de literatura, un estudiante argelino lo increpó por su posición sobre la guerra de independencia de Argelia. Camus respondió: “Siempre he condenado el terror. Debo condenar también el terrorismo que se ejerce ciegamente en las calles de Argel y que algún día puede golpear a mi madre o a mi familia. Creo en la justicia, pero defenderé a mi madre antes que a la justicia”. Su planteo tenía que ver con si podemos defender la justicia como un valor universal cuando su aplicación amenaza a personas que amamos. La frase circuló reducida a un eslogan, “entre la justicia y mi madre, elijo a mi madre”, y así se la sigue citando. El pero y el contexto desaparecieron.

Amos Oz, en Contra el fanatismo, decía que el fanático no tolera la ambigüedad. Para el escritor, el fanatismo tiende a simplificar el mundo en dos bandos: los buenos y los malos, los justos y los injustos. Y suele suponer que quienes no comparten su causa o sus ideas son ignorantes, malvados o enemigos que deben ser eliminados. Oz también propone el sentido del humor y la imaginación como antídotos contra el fanatismo. Yo sumaría el “pero”.

Y para terminar, hay algo más que considero clave: Gilles Deleuze escribió en Conversaciones que el problema ya no es lograr que la gente se exprese, sino procurarle pequeños espacios de soledad y de silencio a partir de los cuales quizás, por fin, tenga algo que decir. La actual intoxicación de supuesta información no ayuda. Por supuesto, él lo escribió antes de las redes sociales, antes de que cada persona llevara en el bolsillo un teléfono que le pregunta todo el tiempo qué está pensando, cómo se siente, o cuántos pasos dio en lo que va del día.

De todos modos, nada más lejos de mi intención que defender la indiferencia o pedirle a alguien que no se comprometa. Hay silencios que son complicidad, y en la Argentina bien sabemos cuánto cuestan. Se trata de algo más modesto y, a la vez, más difícil: aceptar que la palabra pública no es una obligación permanente, que no saber es legítimo, que pensar lleva tiempo, que hay zonas de la vida de cada uno que –como dice el artículo 19– no están sujetas a la autoridad de ningún magistrado. Tampoco del magistrado colectivo y furioso de las redes.

Y se trata, también, de devolverle dignidad al matiz. Un “pero” puede no debilitar una causa sino volverla más honesta. Quien apoya algo sin fisuras, sin dudas, sin preguntas, no siempre es el más comprometido, a veces es simplemente el que menos pensó.

Bartleby termina mal, como casi todos los que se niegan a las demandas de sus jefes. Pero su “preferiría no hacerlo” lleva más de ciento setenta años contándose una y otra vez. Sin dudas, ahí está su triunfo.