El «cordón sanitario» global se gesta en Barcelona
Por la Cumbre Global Progresista, la capital catalana se convierte en el epicentro de una nueva arquitectura política.
El fin de semana pasado, Barcelona se convirtió en el escenario de una respuesta política que no admite más demoras. La Global Progressive Mobilisation se consolidó como espacio que impulsa la defensa de las democracias a nivel nacional y al multilateralismo basado en reglas a nivel global.
En un tablero global donde la autocracia ha dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en una red coordinada y bien financiada, las fuerzas democráticas —en su versión más pragmática y amplia— decidieron sentarse a la mesa para dejar atrás el narcisismo de las pequeñas diferencias y empezar a jugar en la misma liga de coordinación que sus adversarios.
La cancha está inclinada. En la última década las redes globales del alt right se han fortalecido. En un artículo reciente junto a Nic Cheeseman y Jennifer Cyr en Foreign Affairs mostramos cómo éstas redes comparten recursos económicos, estrategias políticas, tácticas electorales, herramientas de comunicación y coordinación diplomática. El “índice de Colaboración Autoritaria” ha mostrado más de 45.000 colaboraciones entre fuerzas antidemocráticas, sólo en el 2024.
Desde que tomó el control de X (antes Twitter), Elon Musk ha desmantelado salvaguardas contra contenidos extremistas y ha atacado sistemáticamente a los medios tradicionales, permitiendo que la desinformación de derecha fluya sin filtros para globalizar agendas autoritarias. El partido español Vox confirmó haber recibido un préstamo de 10 millones de dólares de un banco húngaro vinculado al entorno de Viktor Orbán para su campaña de 2023.
Los gobiernos de la alt right cuentan con apoyo económico, diplomático, comunicacional sin paralelos haciendo cuenta con este nivel de respaldo financiero internacional, la competencia democrática se vuelve estéril. Esto les ha permitido ganar elecciones, y construir narrativas victoriosas.
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SumateFrente a este avance, el campo democrático se ha quedado sustantivamente atrás y se ha mostrado, hasta ahora, impotente. Mientras las redes autoritarias se fortalecen, el multilateralismo basado en normas parece haber perdido sus «dientes» para ejercer una presión real. La retracción es también material: la cooperación para el desarrollo y la defensa de los derechos humanos ha caído un 30% en los últimos dos años, situando los fondos destinados a estos espacios en sus mínimos históricos. Pero quizás el desafío más profundo sea simbólico: la narrativa democrática tradicional ya no enamora ni moviliza a la ciudadanía. En este contexto, el encuentro en Barcelona busca consolidar un espacio de conglomeración que revierta esta inercia.
Revertir la inercia
El resultado ha sido devastador. La democracia liberal ya no es la norma en expansión que se impulsaba desde la Segunda Guerra Mundial, hoy es una especie en peligro de extinción. Según los datos del índice V-Dem (Varieties of Democracy), el mundo atraviesa una recesión democrática de un cuarto de siglo. Solo durante el año 2025, 45 países se desplazaron hacia la autocracia, dejando al mundo con apenas 29 democracias plenas. Para ponerlo en perspectiva, durante gran parte del siglo XX, las democracias que sufrían retrocesos solían recuperarse con relativa rapidez. Sin embargo, hoy los rebotes son raros y precarios: de 19 países que intentaron recuperar su nivel democrático desde 1994, 17 volvieron a retroceder en menos de cinco años. Las instituciones, una vez dañadas, ya no vuelven a su forma original.

El encuentro, liderado por Pedro Sánchez y con el apoyo estratégico de Lula da Silva, buscó llenar un vacío. Las democracias occidentales tradicionales están fallando en su coordinación. Frente a esta abdicación, los líderes latinoamericanos presentes en Barcelona —incluyendo a Claudia Sheinbaum (México), Gustavo Petro (Colombia), Yamandú Orsi (Uruguay) y el expresidente chileno Gabriel Boric— y otra decena de presidentes provenientes de África, Asia y Europa marcaron un eje de defensa a la democracia con un punto de unión ineludible sobre las tensiones crecientes.
La cumbre no solo defendió la democracia, sino que puso en duda el actual orden multilateral, criticando el actuar de la ONU y abordando crisis, evidenciando que las fuerzas democráticas exigen una revisión profunda de cómo se ejerce el poder global. En su composición, magnitud y estética, este espacio se mostró como un espejo democrático frente al CPAC (Conservative Political Action Conference) que reúne habitualmente al alt right global.

Para la política argentina, el encuentro en Barcelona mostró una curiosidad particular. En un momento de fragmentación interna, logró que una parte importante del arco democrático local encontrara un espacio común de reflexión. No estaban juntos, pero sí en el mismo espacio. La presencia de figuras como Margarita Stolbizer, junto a referentes de distintos peronismos como Wado de Pedro y Axel Kicillof, sumado a sectores del radicalismo y el socialismo santafesino, muestra la preocupación de la consolidación del mileísmo a nivel nacional.
Frente a una red autoritaria que rediseña el orden mundial, la única salida es una coordinación que sea más audaz, más imaginativa y, sobre todo, más unida que la de sus oponentes. Detener la expansión requiere que las fuerzas dejen de jugar con las reglas de un juego que ya no existe. Por suerte, la derrota reciente de Viktor Orbán, tras 16 años en el poder, demuestra que estos regímenes no son infalibles.
Sin embargo, con el encuentro no alcanza. Hasta que los defensores de la democracia no actualicen sus estrategias y narrativas, dejen de confiar en comunicados cautelosos y diplomacia inerte, en la inversión en recursos, liderazgos, y campañas, el declive seguirá siendo la norma. Barcelona ha sido el paso para recordar que la única forma de salvar la democracia es, precisamente, ejerciéndola a escala global.