El Año Nuevo como ficción

La renovación como promesa, el empezar de nuevo y los rituales de la esperanza.

El Año Nuevo es una de las ficciones colectivas más persistentes de la historia de la humanidad. Nos reunimos para celebrar el nuevo año y fingimos creer que algo cambiará cuando el almanaque deje atrás el último casillero. Hacemos balances, lo bueno y lo malo de esos 365 días que pasaron. Nos proponemos causas y metas para los 365 que tenemos por delante. Listamos lo que logramos hacer, y lo que haremos. Levantamos la copa, brindamos, pedimos felicidad y que el próximo año sea mejor. Deseamos firmemente que sea mejor. Un minuto antes era 2025, un minuto después es 2026. Nada más preciso y, al mismo tiempo, nada más arbitrario.

Para conjurar esa arbitrariedad, cada cultura despliega sus propias coreografías. En España, al ritmo exacto de las campanadas, se comen doce uvas: una por cada mes por venir. En Brasil, todos se visten de blanco, saltan siete olas de espaldas al mar y hacen ofrendas a Iemanjá. En Japón, los templos budistas hacen sonar 108 veces la campana en el ritual del Joya no Kane, una manera de purificar los deseos y las pasiones acumuladas. En Grecia, después de las doce se sirve un plato tradicional, la Vasilopita, un pastel dulce que esconde una moneda o una joya en su interior; quien la encuentre en su porción tendrá buena suerte durante todo el año. En Manhattan, desde temprano y con mucho frío, cerca de un millón de personas se concentra en los alrededores de Times Square para contar juntos los últimos sesenta segundos del año y ver caer la bola luminosa –hoy revestida de cristales tipo Swarovski–, que se deslizará a la hora precisa por el mástil del edificio One Times Square

Nosotros también tenemos, o tuvimos nuestra coreografía. En Buenos Aires, por ejemplo, durante mucho tiempo hubo un ritual muy particular. El último día del año, en las oficinas del microcentro, se cortaban papeles que durante los doce meses anteriores habían almacenado contabilidades, formularios, facturas, recibos, inventarios, o lo que fuera, pero que ya no servirían al año siguiente, y se los arrojaba por las ventanas. Esa especie de papel picado oficinesco pintaba las calles de la ciudad con una “nieve” impensable en pleno verano. La costumbre, que tenía algo de catarsis, hoy está de capa caída, como están de capa caída el papel, las oficinas y el propio microcentro. 

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Aunque prácticamente haya desaparecido ese papel picado en nuestro final de año, tradiciones menos llamativas aún persisten: el brindis, la cena, el pan dulce, el abrazo. También las discusiones, los inconvenientes para decidir con quiénes pasaremos cada fiesta y con quiénes no, el comentario inoportuno. Lo importante sigue siendo decirle “chau”, con más o con menos tirria, al año que se va, y darle la bienvenida, con más o menos esperanza, al que llega, gracias a esa convención algo absurda pero necesaria a fuerza de costumbre, que supone un cambio que no es más que una ficción compartida.

El tiempo, en rigor, es un hilo continuo que alguna vez decidimos fragmentar para ordenarnos. La división en años, meses y días es antiquísima, pero la idea específica de que el año nuevo empieza el 1ero de enero es bastante más tardía y surgió de una voluntad política. Los sumerios y los babilonios ya organizaban el tiempo según ciclos lunares y solares, aunque el año nuevo coincidía con fenómenos naturales: la crecida de los ríos, la siembra, el equinoccio de primavera. En la Mesopotamia comenzaba en primavera, con el festival de Akitu, uno de los rituales más antiguos documentados. El calendario romano más antiguo también arrancaba en marzo. 

El giro llega en el año 153 a. C., cuando Roma decide que los cónsules asuman el cargo el 1ero de enero. Desde entonces, esa fecha empieza a funcionar como inicio administrativo del año. En el 46 a. C., Julio César reforma el calendario, pasa del romano al juliano, y fija oficialmente el 1ero de enero como comienzo del año civil. La decisión se expande por el Imperio, pero no se adopta de manera inmediata ni homogénea. En tiempos de la Edad Media, en la Europa cristiana, el Año Nuevo se celebró durante siglos en fechas distintas: el 25 de marzo, Pascua, el 25 de diciembre. Recién en 1582, con la reforma del calendario gregoriano impulsada por el papa Gregorio XIII, el 1ero de enero se consolida como inicio del año, aunque con resistencias: Inglaterra, por ejemplo, lo adopta recién en 1752.

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Todo este racconto histórico sirve para confirmar algo bastante obvio: el 1ero de enero no es un comienzo natural, sino una convención histórica, administrativa, política y cultural que respondió a la voluntad de distintos poderes –el romano, la Iglesia, los Estados modernos– y que con el tiempo se fue cargando de sentido ritual hasta asumirlo como propio. 

Además de los rituales compartidos, están los personales. El mío consiste en cambiar el almanaque que cuelgo en la pared de la cocina cada 31 de diciembre, después del brindis de las 12 –técnicamente, ya parada en el 1ero de enero–. Cuando era chica, en Burzaco, los días anteriores al fin de año, mi mamá me mandaba a la farmacia a comprar algo porque siempre regalaban un almanaque a sus clientes. También se conseguían por el barrio almanaques de la tintorería o de la fábrica de pastas. Era un cartón con logo de la empresa, a veces afelpado, que llevaba pegado en la parte inferior una especie de talonario, en el que cada papel representaba un día que arrancábamos mañana a mañana. El grueso talonario iba bajando irremediablemente, hasta convertirse en un fino papel. Hace muchísimo tiempo que no veo esos almanaques. Cuando se acerca diciembre, me empiezo a preocupar porque ni comprándolos es fácil encontrarlos. Pero para mi alivio, siempre aparece alguno de pared, aunque sea de otro tipo. El que me acompañó todo 2025 tiene láminas de gatos. El que me acompañará el 2026 tiene imágenes de un pueblo de Italia donde este año viví casi dos meses y fui feliz. Sé que cuando ponga el nuevo sobre la pared me preguntaré si habrá alguien más que cuelgue y descuelgue almanaques cada 31 de diciembre. Sé también que algunos meses me olvidaré de dar vuelta la página a tiempo y el mes expuesto habrá quedado desactualizado. Pero tener el almanaque ahí y verlo cada mañana me da tranquilidad, como a los españoles comer sus doce uvas.

La literatura y el cine trabajaron muchas veces, con distintos resultados, historias que intentan retratar el tiempo. No sólo su paso, ni las fechas específicas de corte, sino la inquietud que produce ese concepto inasible. En “El perseguidor” de Julio Cortázar, los protagonistas, Bruno Testa y Johnny Carter, parecen vivir en dos tiempos distintos, uno real y otro inalcanzable, incomprensible, que lleva a Johnny a decir una frase que siempre que recuerdo me incomoda en el mejor sentido: “Esto lo estoy tocando mañana”. En La anomalía, de Hervé Le Tellier, un avión aterriza luego de atravesar un gigante cumulonimbo, sus pasajeros siguen con sus vidas –embarazos, nacimientos, rupturas, muerte–, pero tres meses después, en el mismo aeropuerto, aterriza un avión similar con exactamente los mismos pasajeros dentro, que a partir de entonces viven duplicados. En Los años, Annie Ernaux, hace una suerte de biografía personal y colectiva a través de fotos tomadas entre 1941 y 2006, que no es sólo la historia de la autora sino de una generación, para la que elige hechos sociológicos puntuales. 

Algo parecido al efecto Ernaux pasa con la extraordinaria serie española Los años nuevos (MUBI), creada por Rodrigo Sorogoyen, Sara Cano y Paula Fabra. La serie cuenta la historia de Ana y Óscar, aunque a la vez –y desde lo íntimo– está contando a toda una generación: la que pasa de los treinta a los cuarenta años. No sé si es la mejor serie de 2025, pero sin dudas es la que más me gustó por lejos y la que quiero que todos vean. Con la música de Nacho Vegas de telón de fondo, y a partir de la noche que va del 31 de diciembre de 2015 al 1ero de enero de 2016, cada uno de los diez episodios avanza exactamente un año. Pero los personajes no avanzan del mismo modo. Se repiten, dudan, se contradicen, dan marcha atrás. El tiempo social ordena la narración; el tiempo íntimo, en cambio, va por otro lado. Lo que cuenta en cada una de esas Noches Viejas y esos Años Nuevos incomoda: no empezamos de nuevo porque el año cambie, apenas seguimos, con lo que somos, con lo que no supimos resolver antes. La serie trabaja de manera magistral el desajuste entre lo que deseamos y lo que finalmente tenemos, mientras Nacho Vegas nos canta: Y hoy va a ser/ la noche más larga del año,/ y la quiero vivir como si en realidad/ no tuviera, no, que asistir a su final.

Como en Escenas de la vida conyugal, de Ingmar Bergman, pero con otro tono y luminosidad, la historia de cada año de Ana y Óscar narra cómo va modificándose el amor por el paso del tiempo: desde el mágico encuentro de dos personas que parecen destinadas a estar juntas, al agotamiento a fuerza de fricciones de lo que parecía inmortal. En esta historia no hay grandes catástrofes ni revelaciones espectaculares: hay conversaciones que llegan tarde, silencios que se estiran, decisiones que se postergan hasta volverse irreversibles. El calendario avanza con prolijidad, pero los vínculos se mueven en círculos. Cada Año Nuevo parece ofrecer una oportunidad que nadie sabe muy bien cómo tomar. ¿Pero es así? ¿Hay de verdad una oportunidad en cada Año Nuevo que no es más que una convención? Bergman lo hacía en interiores asfixiantes; la serie española lo hace bajo la ilusión festiva de una noche que promete cambios. En ambos casos, el resultado es el mismo: el tiempo que pasa no ordena la vida, no resuelve nada, apenas nos expone al resultado de cada decisión que tomamos o que no pudimos tomar, corre el velo sobre una intimidad desacompasada. Los personajes se aman, se desean, se buscan, pero casi nunca al mismo tiempo ni en el mismo lugar emocional. No hay malos malísimos ni decisiones tajantes. Los acontecimientos se suceden por acumulación de malentendidos mínimos. El calendario avanza –un año, otro–, sin épica, sin moraleja, y aunque con cada brindis se repite la promesa, el cambio no llega a tiempo para rescatar lo que importa. 

Tal vez por eso seguimos ritualizando el Año Nuevo. No porque creamos del todo en la promesa, sino porque necesitamos una escena compartida para soportar la continuidad. El Año Nuevo suele venir cargado de una expectativa desmesurada que, a poco de andar, se convierte en desilusión. Pero aunque comer uvas, saltar olas, escuchar campanas, mirar caer una bola luminosa o brindar con pan dulce no cambia el curso de la vida, ofrece algo valioso: un instante en el que el tiempo parece detenerse lo suficiente como para mirarnos a los ojos antes de chocar las copas. El año no empieza de nuevo, es cierto. Nada florece en ese instante, nada nace ni nada muere en el momento del brindis, nada se renueva de manera automática cuando cambia el número del año en el calendario. Pero aun así necesitamos creer que en ese preciso momento el crupier baraja y da de nuevo. Y durante unos segundos, jugamos a que es posible. 

A veces, con eso alcanza para seguir con fuerza renovada. 

Ojalá suceda. 

¡Feliz año!

Foto: Depositphotos

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