Dos recuerdos de infancia
Dos calles y un aviso. Juana Azurduy, Manuela Pedraza y Ana María González. Las mujeres armadas y su lucha.
Un recuerdo
Como viví en Núñez durante toda mi infancia (para cuando me mudé de ahí, porque se mudaban mis padres, ya tenía quince años: la infancia había terminado), tomé conocimiento a una edad bastante temprana de la posibilidad de que el heroísmo les cupiera también a las mujeres. Heroísmo de la lucha en armas, ni más ni menos que eso. La razón es que, a pocas cuadras de mi casa, en dos calles paralelas y sucesivas, constaban, para el homenaje, los nombres de Juana Azurduy y Manuela Pedraza. Otros nombres de calles próximas, no menos asociadas entre sí, como Arribeños y Montañeses, o Iberá y Guayrá, no despertaron mi curiosidad de niño: no me intrigaron, no pregunté. Pregunté por Juana Azurduy y pregunté por Manuela Pedraza: ¿quiénes eran, qué habían hecho, por qué dos calles de la ciudad, de nuestro barrio, llevaban sus nombres, cuando los otros nombres de calles (Puerto Madero aún no existía, Eva Perón aún no tenía calle) correspondían siempre a varones. Ya tenía la referencia, por lo tanto, la primera vez que escuché a Mercedes Sosa cantando “Juana Azurduy” (un disco simple que mi papá puso, expectante, en el Winco del comedor). Las disputas que, muchos años después, se tejieron en torno de la estatua que ahora está frente al ex CCK y antes estuvo junto a la Casa Rosada, no tuvieron para mí el carácter de un punto cero: la figura, en Buenos Aires, se agregaba a un nombre propio, aunque alejado y menos notorio.
La cultura de masas aportaría lo suyo: Angie Dickinson, los Ángeles de Charlie, mujeres de pistola en mano; y desde luego, otras dos mujeres notables: la Mujer Maravilla y la Mujer Biónica. Pero, provenientes de la ficción y no de la historia, una diferencia que en ese tiempo ningún posmodernismo venía a poner en cuestión, no entraban en el mismo registro que Juana Azurduy y que Manuela Pedraza. Ellas venían del mismo mundo que Manuel Belgrano, José de San Martín, Martín Miguel de Güemes: de las guerras de independencia en América, de la revolución armada contra la dominación colonial.
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Se alteraba así, y buenamente, cierto reparto establecido en las aulas, las figuritas escolares, los libros de lectura, el Billiken: para los hombres y su reciedumbre, las espadas, los caballos, la refriega, el peligro; para las damas y su delicadeza, el bordado de banderas. División social del trabajo, siguiendo estereotipos de género: las armas y la costura, las batallas y las salas de estar. Pero ahí estaban, a la vez, esas dos calles, muy cerca de donde yo vivía: Juana Azurduy, Manuela Pedraza. Me intrigaron, pregunté. Me dijeron. Eso también era posible, entonces; eso también había pasado. Mujeres directamente involucradas en el mundo de la acción política bajo sus formas más vehementes, más riesgosas, más violentas.
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SumateOtro recuerdo
Como nací en 1967, como fui niño en los años ’70, una parte considerable de mis miedos de infancia fue tramada y ejercida por el aparato de poder del Estado. Una parte fue la convencional, la esperable, la consabida: el cuco, las arañas pollito, la oscuridad, las casas abandonadas, las arenas movedizas que veía en Tarzán. Pero una parte de esos miedos la forjó y la implementó el Estado, la generó y la administró el Estado.
Miro la televisión metido en la cama de mis padres (privilegio de excepción). Están pasando propagandas, avisos de esto y aquello. Y de pronto, en un marco declaradamente sombrío, aparece un aviso de otra índole, un aviso que es advertencia, motivo de alarma. La imagen parca del rostro de una mujer. Aun en la televisión de entonces, que era en blanco y negro, se nota que la foto que se exhibe es en blanco y negro; es foto de documento, es foto de identificación. La difunden para poner en alerta a la población. Están buscando a esa mujer (“a quien pueda brindar información”, etc.), esa mujer está prófuga. Es guerrillera, es subversiva, es extremista. Ha matado y se ha escondido. La están buscando. Es peligrosa. Se llama Ana María González.
El cuarto de mis padres da al patio de la casa. El patio tiene paredes bajas, que dan a las casas vecinas. Paredes bajas, bastante fáciles de trepar, bastante fáciles de saltar. Siento miedo de que Ana María González las trepe, de que Ana María González las salte, que aparezca en nuestro patio, de que entre en nuestra casa. ¿Por qué no, si está escapando? ¿Por qué no, si se oculta? Ha matado, es peligrosa. Miro su rostro expuesto en la televisión. Aviso a la población. Después siguen las propagandas (postre Sandy, flan Ravanna, colonias Gelatti, Dánica Dorada).
Vuelvo a esa historia, o esa historia vuelve a mí, muchos años después, ya de grande, ya sin miedo, en un libro admirable que escribió Federico Lorenz: Cenizas que te rodearon al caer. El título está tomado de un poema de Juan Gelman.