Diario de campaña Nº16 | Trump Vuelve
El expresidente consigue una victoria categórica y se impone en todos los estados pendulares. A diferencia del 2016, lo hace con una coalición demográfica más diversa.
Esta vez nadie puede alegar que no la vio venir. Las advertencias, como dicen los jóvenes de ahora, fueron debidamente presentadas. Una gestión pésimamente evaluada, el país y el mundo prendiéndose fuego. Un candidato que ofrecía un cambio y al mismo tiempo el retorno a un pasado conocido y palpable. Pero el triunfo de Donald Trump en la jornada de ayer tiene un sabor distinto, y no solo por su tamaño. Es la última confirmación de que su victoria en 2016 inauguró otra era en la política estadounidense, y posiblemente en el mundo. Su ascenso fue leído como un síntoma, y lo fue, pero su consolidación nos habla ahora de un parteaguas.
Trump desafió las expectativas tempranas de los demócratas, que se aferraban al aumento en la participación de mujeres en los suburbios, el grupo clave para ganar según los escenarios que desplegamos el otro día (y al que no les tocaría una coma). Esas mujeres efectivamente salieron a votar…pero la mayoría lo hizo por Trump, que volvió a ganar el segmento de mujeres blancas. El expresidente mejoró su performance del 2020 en casi todos los grupos demográficos, mientras que Kamala Harris empeoró respecto a Joe Biden. Solo parece haber mejorado con la población blanca universitaria y las mujeres jóvenes, un indicador del nuevo escenario. En criollo: Trump se reafirmó y Harris se quedó corta. Así se reflejó en todo el país, y también en los estados competitivos. Mientras este correo apurado termina de escribirse, Trump se encamina a una victoria en los siete estados pendulares y en el voto popular a nivel nacional, lo que no pudo en 2016. El mensaje es categórico.
Y debajo de los números hay una historia: según encuestas de salida (CNN y NBC, entre otras) Trump mejora entre diez y quince puntos con población latina y alrededor de diez con jóvenes. Eso explica su elección en los estados competitivos, pero también en otros como Nueva York, Nueva Jersey y Florida, donde tuvo mucho mejores resultados que en 2020 (California, que tarda más en contar, también va a ser un buen indicador de esto). Hicimos dos correos relacionados a esta historia (este sobre los problemas de Harris con ese grupo, y este con un panorama más general) y en ambos nos preguntamos sobre si Estados Unidos se encaminaba hacia un escenario en el que los temas de clase pesaran más que las agendas de identidad; donde la inflación fuera una problemática más trascendental que la retórica incendiaria y la afirmación racial, y en el que incluso la mirada acerca de qué hacer con la frontera variara según el tipo de experiencia personal. La respuesta parece ser que sí. Pero el cuadro es incompleto: Trump avanza entre latinos, entre algunos afroamericanos y con los jóvenes en general. Pero esa mejora recae sobre todo en los varones.
Marcos, uno de los votantes latinos que se reunió en la Torre Trump ayer a la medianoche. “No es cosa de ser latino sino de ver lo que el país necesita”. Foto: Juan Elman.
Con esos números la suerte de la candidatura de Harris parecía estar sellada de antemano. Es difícil imaginar que un cambio de mensaje o estrategia de campaña le hubieran dado un final distinto. El resultado supone un rechazo frontal a la gestión de Biden, que prometía volver a los tiempos de normalidad antes de Trump y fracasó, básicamente porque esos tiempos no existen más. El triunfo del republicano también dialoga con la ola antiprogresista que recorre el país hace tiempo, y que se manifestó con fuerza en el interior del país, pero también en Nueva York, California y Florida. Una versión del progresismo parece haber alcanzado su techo. La reacción ya se estaba registrando en universidades y empresas, que este año empezaron a revertir medidas y protocolos desarrollados en los últimos años. Y Harris lo tuvo en cuenta: no se vendió en clave de género ni levantó muchas más banderas que las del aborto y las libertades. Ensayó una suerte de discurso nacionalista, “post-woke”. Pero ya era tarde para un giro que parecía a todas luces forzado, y que acarreaba todos los costos de una gestión compartida.
(Por cierto: todavía faltan conocer importantes datos sobre participación. Como bien señala Esteban Actis, los datos disponibles apuntan más bien a una desmovilización demócrata antes que a una transición contundente de votantes hacia Trump. Eso
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Sumatedebería desalentar algunos tuits apurados sobre cómo la clave de la victoria republicana se explica por un “sobregiro” progresista, que puede existir, pero debe ser acompañado de otras reflexiones. Por ejemplo: la gestión de Biden fue particularmente ambiciosa y su programa económico buscó atacar problemas estructurales, apuntando a poblaciones olvidadas. No fue un maquillaje progresista. Y sin embargo.)
Trump ahora llegará a la Casa Blanca con más poder que en 2016, y con una batería de lecciones aprendidas. Su partido, al que hoy domina, controlará el Senado. La Cámara de Representantes todavía está abierta, y puede ser el premio consuelo de los demócratas. Por lo demás, llegará con el mandato de remodelar la burocracia y extender el uso del poder presidencial. Tendrá nuevos jugadores. Su relación con Musk y el resto de gigantes tecnológicos es una incógnita, y puede definir su presidencia. El ascendente JD Vance (al que le dedicamos un correo) tendrá toda la atención sobre sus hombros, junto a un jefe que contará con 78 años al asumir y no puede presentarse otra vez. “Es la mayor remontada política en la historia de Estados Unidos”, dijo ayer sobre Trump, que luego de perder las elecciones sobrevivió a un impeachment a raíz del ataque del Capitolio (que parecía haber acabado con su carrera), luego fue procesado y sobrevivió a un par de intentos de asesinato. Fue el Trump que vi en Milwaukee: el nuevo mito de la derecha.
El republicano, parafraseando a Martín Gurri, que escribió uno de los mejores libros para entender esta época, es, entre otras cosas, el gran nihilista de la política contemporánea. Y su nuevo elenco rodeado de jinetes tecnológicos se esfuerza por recordarlo.
Ayer a la medianoche, mientras me acercaba a la Torre Trump en la Quinta Avenida esperaba una escena como la de Joker: un estallido de caos y alegría, una performance de la venganza. Me encontré en cambio con veinte personas, solo cinco de ellas disfrazadas de rojo, que coreaban ¡U.S.A! y bailaban canciones de Village People ante la atenta mirada de una guarnición de periodistas que buscaban alguna historia. Pero no había nada: las calles estaban vacías y en el subte las conversaciones hablaban de otra cosa. La mayoría, asumo, ya se había ido a dormir. De regreso le pregunté a un trabajador del subte cómo se sentía. Fue una manera torpe y confusa de pedir una declaración. “¿Cómo me siento sobre qué?”.