Diario de campaña N° 6 | ¿Cuán real es el declive de Estados Unidos?
Las elecciones parecen un test sobre la salud social e institucional del país, con consecuencias irreversibles. ¿Pero cuánto hay de realidad y cuánto de narrativa?
Es difícil encontrar coincidencias entre los candidatos y sus universos de votantes, pero algo que comparten es la sensación de que el país está yendo por el mal camino. Esto aparece en encuestas, pero es relativamente fácil de captar si pasás un tiempo allá. Tanto en charlas ocasionales como en entrevistas suelo preguntar cómo se sienten respecto al presente y el futuro del país, y las respuestas por lo general oscilan entre el diagnóstico crudo (“mal, podríamos estar mejor”) y el pánico, la sensación de estar al borde de un abismo. Entre votantes que parecen vivir en países distintos, el malestar es una de las pocas prendas de unidad nacional.
Además de la problemática ubicua de la economía, los votantes están preocupados por cuestiones más densas. Los de Kamala Harris hablan sobre cómo la democracia está en juego, en parte por la posibilidad de que Donald Trump regrese al poder pero también por el deterioro de todo el sistema institucional. Los votantes de Trump suelen hacerse eco de sus dichos sobre que el país, en plena “invasión migrante”, pierde su control.
Edward, un delegado del partido y fanático del expresidente que conocí en CPAC en febrero y volví a ver en la Convención Republicana en julio (y que aparece en esta entrega), me dijo que el país estaba literalmente en vías de extinción. “En 1991 nos despertamos y la Unión Soviética ya no existía. No creamos que esta superpotencia no puede morir de un día para el otro con la gente equivocada a cargo”.
Y acá aparece algo interesante, porque para Edward, tanto como para Trump, es la condición de superpotencia la que está en juego. La grandeza de Estados Unidos a los ojos de sus ciudadanos pero también del resto del mundo. Los demócratas usan otro lenguaje, pero también están preocupados por el lugar de Estados Unidos en el mundo, y cómo ese mundo los ve. Desde Harris hasta Obama, la línea discursiva es que la imagen de Estados Unidos como un “faro de libertad” –una imagen presente en el imaginario local desde hace más de un siglo–, está amenazada con el proyecto autoritario que persigue Trump.
Este es uno de los puntos donde el contexto doméstico y el global están muy ligados. Porque el discurso sobre el declive del país no hace otra cosa que aumentar la ansiedad y el malestar hacia adentro, hasta convertirse en una crisis. Esa crisis, de carácter doméstico, afecta a su vez la política exterior de Estados Unidos (cada vez más consumida por rencillas partidarias) y a su vez la percepción que el país recoge en el resto del mundo, consciente del drama que se respira. Estas elecciones parecen un test sobre la salud institucional y social de Estados Unidos.
Pero, ¿puede que estemos exagerando un poco? Al fin y al cabo, no es la primera vez que Estados Unidos se pregunta por su lugar en el mundo y su declive. Y una ansiedad similar apareció en 2016, cuando ganó Trump, y en 2020, donde también parecía en juego la democracia (y algo había, porque terminó con un intento de golpe de Estado). En todo caso, ¿cuánto hay de narrativa y cuánto de realidad sobre la crisis de Estados Unidos y sus efectos en el resto del mundo?
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Sumate¿Está Estados Unidos realmente en declive?
La semana pasada te conté que estoy en Europa, a donde vine originalmente para una serie de charlas y conversatorios que, entre otras cosas, me ayudaron a entender cómo se percibe la elección desde afuera.
Uno de esos eventos fue una mesa redonda con periodistas y académicos en Viena, Austria, donde se encontraba Stephen Walt, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Harvard y columnista asiduo de la revista Foreign Policy. Walt es uno de los referentes de la escuela realista en la academia internacionalista y es conocido por sus textos agudos y provocadores sobre la realidad internacional (fue uno de los pocos nativos críticos sobre la responsabilidad de Estados Unidos en la guerra en Ucrania). Básicamente es el tipo de persona después de la cual no te gustaría exponer en un evento así, pero esa historia quedará para otro día.
Walt basó su presentación en refutar la narrativa del declive. Apoyado en datos, sostuvo que a Estados Unidos no le está yendo mal en términos económicos y militares –las dos principales fuentes de poder– o a nivel tecnológico, mientras se desempeña bien a nivel demográfico y tiene, según sus palabras, una geografía a su favor, lo que significa que no enfrenta ninguna amenaza de seguridad cercana a su territorio. Su punto no es negar que Estados Unidos tiene problemas o que su poder haya declinado, sino cuestionar la idea de un declive pronunciado e irreversible. Sin ir más lejos, el pánico sobre el declive ya había estado en otros momentos, inclusive después de la Guerra Fría, cuando se decía que Japón iba a superar a Estados Unidos y tomar el mando.
Se trata de dimensionar ese descenso y entender dónde está la principal amenaza. Y, al mismo tiempo, asimilar la idea de que algo de declive, es decir, que el país tenga menos poder, puede ser algo bueno. Incluso para Estados Unidos.
30 años haciendo quilombo
“Cuando un país es realmente poderoso puede hacer todo tipo de estupideces sin pensar detenidamente si son inteligentes o no”, me dijo Walt durante un almuerzo, cuando amplió el punto. “Eso es lo que pasó a los Estados Unidos durante un tiempo”.
Un ejemplo fácil puede ser la guerra de Irak. “Hicimos un montón de locuras porque pensamos que éramos imparables y nadie era lo suficientemente fuerte para detenernos. Así que ser un poco menos poderosos, enfrentarnos a algunas limitaciones, puede ser algo bueno, porque nos obliga a pensar con más cuidado, a tomar mejores decisiones, a aprender de nuestros errores y, por tanto, a no cometer otros”, me explicó.
No es casualidad que muchos de los errores estratégicos que Estados Unidos arrastra hasta hoy –desde el intento por remodelar Medio Oriente hasta la expansión de la OTAN hacia el este– hayan nacido inmediatamente después de la Guerra Fría, en el momento unipolar.
Pero, si el declive es relativo y en todo caso no sería tan problemático, ¿dónde está la amenaza?
Acá es donde entran las elecciones. Para Walt, como para muchos observadores (hemos dedicado varias ediciones de #MundoPropio a este tema), el problema es de política doméstica. Pero no cualquiera. Su preocupación no está dada por la opinión que el mundo tenga sobre Estados Unidos, y en cómo eso pueda afectar a su poder. Walt me dijo que estas opiniones siempre fueron fluctuantes y bien atadas a la coyuntura: que la elección de Barack Obama fue recibida con entusiasmo, así como la presidencia de Trump empeoró la imagen y una victoria de Harris podría reanimarla. Lo importante en todo caso es que el mundo le sigue prestando atención a lo que pasa en Estados Unidos. El resto es relativo.
Walt está preocupado por lo que una segunda presidencia de Trump le pueda hacer a la estructura gubernamental de Estados Unidos, “a la forma en cómo el gobierno se organiza”. Las propuestas trumpistas de recortar drásticamente el Estado administrativo, la burocracia, y los cambios en el organigrama del Estado (Proyecto 2025, el programa ultraconservador articulado por la Fundación Heritage, y de la cual Trump ha buscado despegarse, propone desarticular departamentos enteros), son para Walt la principal amenaza al ejercicio del poder estadounidense. Si Trump tiene éxito en aplicar su programa, el vehículo estatal quedaría debilitado, y eso afectaría a la política exterior.
“Trump además quiere cambiar otra serie de cuestiones de política exterior, como nuestras relaciones con Europa y Asia, de una manera bastante drástica. En 2016 trató de hacerlo y fracasó en gran medida. Pero tanto él como el partido han aprendido de esa experiencia, y creo que podrían cambiar más cosas si son electos”.
A eso hay que sumarle dos cosas para nada menores. Trump, con su partido alineado detrás de él, la Corte Suprema y muy posiblemente el Congreso, tendría más poder para hacerlo. Y, en segundo lugar, el mundo se encuentra en un lugar mucho más delicado que en 2016. Los riesgos son mayores.
Aprender a ocupar menos espacio
El argumento de Walt me seduce, en parte porque lo creo optimista en un momento donde el pesimismo ya es un lugar común. Y tiene sentido incluso desde un punto de vista político-electoral. ¿Y si Trump, un político cuyo éxito depende de una población blanca y avejentada que cada vez va a pesar menos, fuese solo un paréntesis antes de un mundo más estable? ¿Un mundo donde Estados Unidos, más consciente de sus debilidades y desafíos, haga menos quilombo?
Pero así como me seduce, la tesis me plantea dos interrogantes con los que quiero cerrar hoy.
El primero es si el hecho de que una superpotencia pierda poder realmente ayuda a estabilizar el mundo, haciéndole cometer menos errores, o si por el contrario es una fuente de más problemas. Esta es una pregunta relevante en términos históricos. Una de las teorías famosas de esta época, por ejemplo, es la llamada trampa de Tucídides, que sostiene que, en la gran mayoría de los casos históricos, el enfrentamiento entre una potencia ascendente (China) y una en declive (Estados Unidos), solo puede terminar en una guerra. Una de las bases de esta teoría es justamente cómo se comporta la potencia desafiada ante la percepción de amenaza. Y este es un punto interesante, porque no importa tanto cuán real es esa amenaza sino cómo es percibida. Parece algo bien instintivo: cuando nos sentimos amenazados, reaccionamos mal.
Por otro lado, ¿no estamos viviendo ya un contexto donde Estados Unidos tiene menos poder efectivo? ¿Cómo viene resultando esa experiencia?
Creo que es posible argumentar que parte de los conflictos con los que lidia hoy Estados Unidos tienen que ver no con la ceguera de tener todo el poder sino con una mala gestión del poder que le queda. El país simplemente no está lidiando bien con su nuevo rol. El principal argumento de Walt antes de la invasión a Ucrania, de hecho, era que Estados Unidos no quería concederle las legítimas garantías de seguridad que preocupaban a Rusia, vinculadas a la expansión de la OTAN, y al mismo tiempo no se quería involucrar en un conflicto, cosa que terminó ocurriendo aunque de manera indirecta.
Y ahora también estamos a las puertas de una guerra total en Medio Oriente, precisamente el escenario que la Casa Blanca quería evitar, intentando persuadir sin éxito a Benjamín Netanyahu. ¿Y qué conclusiones podemos sacar de ahí? La omnipotencia que mostró el primer ministro se explica por el incuestionable rol de Israel como jugador regional, que no acepta reprimendas? ¿Es que Estados Unidos no puede hacer nada para frenarlo? ¿O, por el contrario, que Estados Unidos, su principal sostén militar, no quiere hacer nada?
Walt, como buen realista, considera que uno de los efectos deseados de un mundo donde Estados Unidos esté más limitado es que otros Estados empiecen a asumir más responsabilidades. Que se ocupen de gestionar conflictos o que, simplemente, empiecen a pagar por su propia seguridad (mensaje diseñado para los europeos, pero que aplica a varios). Eso no necesariamente es algo bueno.
El segundo interrogante es sobre Trump. Como vimos, Walt también está preocupado por la posibilidad de una segunda presidencia, pero es menos alarmista sobre el futuro y lo que venga después de él. La pregunta es si eso es realmente posible teniendo en cuenta lo que está en juego, o cuánto de lo que estamos viviendo es pasajero.
Supongo que la respuesta más humilde y tranquilizadora es que no lo sabemos. Suena naif y seguramente voluntarista, pero en mi caso llega después de dos semanas recorriendo un continente-museo que hace menos de cien años estaba consumido por el terror y la certeza, si no del fin del mundo, de uno convertido en un infierno.
La historia no es un continuum de progreso, y esa quizás sea la gran lección de esta época. Pero tiene giros inesperados.