Desamor: lo que hay que deshacer
Las canciones traen recuerdos que se intentan olvidar. Borrar la memoria es parte de eso que se quiere hacer cuando ya no hay amor.
I. Como casi siempre me pasa, nunca sé demasiado anticipadamente sobre qué voy a escribir acá. Y cuando finalmente lo sé, no es por haber estado pensándolo, sino todo lo contrario: se me ocurre a partir de algo. Esta vez iba en el auto escuchando una canción de Marisa Monte. No la había puesto yo, sino que se puso después de otra que sí había elegido yo. Hacía muchísimos años que no escuchaba a Marisa Monte. Hubo una época en que la escuchaba todo el tiempo. Pero son demasiados los recuerdos que me trae y no siempre estoy en condiciones de atajarlos. Cuestión que esta canción no la conocía. Se llama “Depois”. Es hermosa y triste. Habla de una separación. Como dijo Martín Kohan, “el desamor, drama de ausencia y de presencia, de invocación y de renuncia, se encuentra mejor que nunca en las canciones. Porque en las canciones las palabras, eso que dicen, lo están haciendo también”. Pero lo que más me gusta de esta canción es el uso de la primera persona del plural: “Después de tantos desengaños/nos abandonamos”. Una separación es un asunto de dos, incluso cuando parezca que la decisión es unilateral.
II. Y entonces pensé en esa figura tan próxima al amor: el desamor. Y me gusta especialmente porque está contenida en el amor. No es algo que venga después, sino que irrumpe en su propio suelo. Se trata de un desgarro en el amor, de algo que viene, incluso, después de la separación. También me gusta porque contiene esa partícula privativa: des. No se trata solamente de la terminación del amor –eso es meramente sencillo–, sino de un agujero en el amor. Se trata del amor deshecho, pero también del gesto de deshacerlo. Y también se trata de un acto: el desamor hay que hacerlo.
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SumateIII. Martín Kohan insiste en escrutar la figura del desamor en varios de sus libros. En la novela Bahía Blanca, en el ensayo Ojos brujos y recientemente vuelve sobre el asunto –vuelve acaso como vuelve el enigma del desamor– en La separación. En el ensayo dice, leyendo el bolero Nosotros: “El amor no sabe deshacerse (…). La liquidación del amor es el acto de amor por excelencia: desprenderse del amor, por puro amor; llevar el amor hasta ese punto inconcebible en que, en razón de sí, tiene que poder autodisolverse”. Bahía Blanca narra un viaje, el de Mario Novoa, hacia un destino imposible: un olvido sin retorno. El protagonista pretende borrar aquello que no cesa de no escribirse; quiere “asegurarse un corte perfecto”. ¿Qué quiere olvidar Novoa? Quiere olvidarlo todo, absolutamente todo. Son intentos fallidos precisamente porque se quiere olvidar todo, es decir, no perder nada. Cortar en el lugar de afrontar el desamor, un atajo insoportable. Ahora, en La separación, también se narra un viaje, pero, contrariamente a Bahía Blanca, pareciera ser un viaje, no para evitar el desamor, sino para afrontarlo. El narrador dice: “El verdadero amor imposible no es el que jamás podría ser, en el futuro, sino el amor que ya fue y se agotó, en el pasado. El verdadero amor imposible es el desamor”.
IV. “¿Qué quiere decir pensar en alguien? Quiere decir olvidarlo y despertar a menudo de ese olvido”, dice Roland Barthes, el que mejor leyó el amor y el desamor. Se piensa en el otro para olvidarlo, pero no hay técnica ni voluntad que puedan lograrlo. El olvido no se hace del mismo modo en que se hace memoria –aunque no haya memoria sin olvido–. No hay técnica ni manuales para olvidar.
V. Lo desesperante de un desamor no es la ausencia, sino la constante presencia del otro, la presencia de su ausencia. Dice el narrador de La separación: “huellas de ausencia: todo eso que se va cuando una persona se va, cuando se va de donde vivió, cuando se va de ese otro al que antes quiso”. El enamorado que atraviesa el desamor a veces se procura esa presencia de la ausencia montando escenarios, artificios para poder sufrir en paz. Sabe del artificio, pero es un saber sin consecuencias, es un saber que no sirve para nada. Es el gesto de la desmentida tan propio de algún momento del desamor: sí, pero no. Sé, pero aún así. El asunto no es sólo qué hacer con lo que ya no está, sino qué hacer con lo que no deja de estar. Dice Barthes: “Todo episodio de lenguaje que pone en escena la ausencia del objeto amado —sean cuales fueren la causa y la duración— tiende a transformar esta ausencia en prueba de abandono”.
VI. Ricardo Piglia dijo alguna vez que la literatura y el cine tienen finales limpios, puros; la vida, en cambio, no. En la vida, “los finales son imperceptibles o son confusos. Uno se da cuenta después de que algo ha terminado o sufre el final como algo incomprensible”. La ficción tiene esa posibilidad: cortar limpiamente, sin enchastres, sin empastamientos, sin superposiciones. Corte. ¿Acaso las ficciones no están hechas así? ¿De montajes, de cortes? El corte limpio, el corte limpia, desmaleza la espesa selva de lo real y deja paso a otra cosa, da paso al después. Mientras que en la vida los cortes no son así. Los finales, en la vida, se producen antes, mucho antes, o después, muchísimo después. Están un poco desfasados, desencajados, desquiciados. Creo que algunos finales no pueden anticiparse, mientras que otros estaban escritos desde el comienzo y resultan ineluctables. Los finales son siempre un poco sorpresivos por eso, porque una cosa es dar por terminado algo y otra, muy distinta, es que esa terminación, ese final se haga carne, se haga acto, se haga marca. A veces el final irrumpe inesperadamente y entonces se puede leer, como final, sólo de manera retroactiva.
V. Escribir el después, imaginarlo: acaso de eso se trate en el desamor. “No hay pociones para el amor”, canta Serú Girán. Tampoco las hay para el desamor, acaso una de sus caras.