Prepárense para perder

De Paul, el jefe de Gabinete

El talento y la cabeza de un jugador que toda la vida se impuso a las dificultades.

Hola, ¿cómo estamos?

No es poca cosa que las lágrimas se hayan vuelto de risa.

El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes de la vida. Pero es hermoso. Nunca hay que subestimar este abrazo.

Un hecho patrio como éste merecía poder contarlo y que pudieras leerlo. Sé que el sábado ya te escribí, pero necesitaba hacerlo de nuevo. Son tiempos duros y en Cenital necesitamos una mano. Pero este correo merecía llegarte como sea.

Elegí contar la historia de Rodrigo de Paul porque creo que en su manera de sonreír hay una transformación de la foto que nos tocó en los últimos 28 años. 

Rodrigo de Paul: el jefe de Gabinete

La mezcla de montaña y de mar lo enamoraron. Lionel Scaloni vive en Mallorca desde que en 2008 se puso la camiseta de ese club. Conoció a su pareja ahí y echó raíces. Halló en las elevaciones rocosas una ruta donde circular diariamente con su bicicleta y ponerle consuelo a su energía eléctrica. Su pico futbolístico fue en el Deportivo La Coruña que obtuvo la Liga española en 2000 y la Copa del Rey en 2002. Deambuló por Inglaterra, por el West Ham, donde se divertía viajando en subte siendo un desconocido. El fútbol que lo enloqueció fue el italiano. La densidad táctica que percibió en Lazio y en Atalanta le picaron el hambre por dirigir. El Calcio fue la escenografía de montones de fines de semana del entrenador campeón. Su conocimiento se volvió infinito. Tanto que en enero de 2018 dejó una reflexión sobre un detalle de uno de los peores equipos de ese lugar: “A Rodrigo de Paul del Udinese le veo algo. No sé si para hoy, pero creo que a futuro puede dar algo”.

Hay una estirpe de seres a los que les encaja bien la piel de la Selección. Los Claudio Paul Caniggia. En el fútbol, en la Copa Davis o en el básquet. Personajes capaces de lidiar a gusto con el roce entre la brocha de afeitar y la yugular. De Paul le tira a Ángel Di María una ley de potrero antes del partido: “El 3 de ellos es bueno, pero se duerme”. Un rato antes, el entrenador le avisó que cambiarán los planes que habían utilizado: no se parará de volante por derecha y hará el oficio de segundo mediocampista central. El esquema seguirá siendo 4-2-3-1. Él se deberá retrasar y dejarle su función al Fideo. Comprender un planteo en su totalidad puede transformarse en una virtud tan grande como para no sólo ser capaz de adaptarse a un nuevo libreto sino compartir pistas con el tipo que va a ocupar tu lugar. 

De Paul, de 27 años, se transformó en el jefe de Gabinete del equipo. En su diccionario de funciones de la final contra Brasil desarrolló: asistencia en largo en el gol, habilitación mágica a Messi sobre el final, cierre de la espalda de Di María cuando no lograba tapar la subida de Renán Lodi, candado de seguridad para los detalles en que Leandro Paredes deja la posición de volante central, apoyo para Gonzalo Montiel cada vez que Neymar se le escapó hacia adentro, pogo en el área cuando los centrales necesitaron acortar caminos, alma y voz cuando los millones de dólares que valían los atacantes rivales empezaron a amedrentar una sequía de 28 años.  

Hay dos razones que sostienen a un jugador así. La primera, siempre, es su talento. Un miembro del cuerpo técnico de la Selección le encontró un salto cualitativo a la carrera de De Paul hace dos años: “Empezó a decidir en qué lugar de la cancha quería que se diera cada jugada. No es que aprendió a quitar la pelota. Es que advirtió en dónde se sentía más fuerte para poder resolverlo. Lo mismo para recibir el juego”. Esa virtud no le ocurrió porque sí. Hace dos años, Udinese peleaba el descenso. Renunció el técnico Igor Tudor. Quedaron a la deriva. No contaban con el arte de atar con alambre que tenía el argentino. Había comenzado como volante por derecha. El grupo estaba flojo por el centro de la cancha. Se hizo cargo. Pasó a jugar de doble cinco, aunque no había cumplido esa función en su vida. Se adaptó a culminar los partidos como volante por izquierda. Como en la Selección argentina, en esta misma Copa América, en la que se puso cada día un traje distinto, se adaptó. Saber jugar a la pelota, manejar distintos perfiles para pasarla y tener un físico laburadísimo fueron la piedra angular que lo transformaron en imprescindible. Dice que mucho de eso lo aprendió en Italia. La segunda razón nació con él. La mostró desde siempre. 

Mostaza Merlo vestía un saco con pitucones en los codos, se ponía la mano en la cintura y resoplaba. El segundo tiempo contra Argentinos, en La Paternal, entraba en su agonía de 0-0 y el entrenador de Racing le pidió al 10, un niño de Sarandí de veinte años, que se acercara. La indicación fue tan poética como al pecho: “Hacé algo pibe que me van a echar a la mierda y estamos peleando el último puesto”. 20 de abril de 2014, minuto 44:41, De Paul recibe sobre el borde izquierdo, gambetea a dos, define al palo derecho del arquero y, aunque lo ganó solo, se da vuelta y le hace señas a sus compañeros para que vengan a abrazarse. 

“Tenía esa pasta de chico grande. Esa actitud de pedirle la pelota al arquero, armar juego, empujar, hablarle a los compañeros”, es la justificación de Monchi Medina, alma del fútbol infantil de Racing, para explicar por qué lo ponían para la categoría 93, si había nacido en el 94. De Paul ya andaba con la pelota cuando empezó a caminar y lo anotaron en Deportivo Belgrano de Sarandí porque su hermano allí iba. Al principio atajaba, pero se aburría y frenaba los partidos para ir al baño. A los 10 años, a un amigo se le ocurrió ir a probarse a la Academia. Fue de curioso y quedó. Cayó como si fuera al cumpleaños de un desconocido a un amistoso de papi fútbol que los celestes y blancos aprovechaban para sacarle talentos a las escuelas de barrio. 

Su físico lo tiraba al bombo, era flaquito y no querían ponerlo. Carlos Lema, uno de sus técnicos, celebró como un título el día en que el tiempo le dio la razón. Fue en una eliminación picante contra River: “Me vinieron a decir ‘no los vas a poner a esos chiquitos que te gustan a vos’. En la ida, nos habían ganado 7-1. La vuelta fue 5-1 para nosotros. Y Rodri la rompió”. Su protección a los cuerpos pequeños tuvo otro hito en esta Selección campeona: en Arsenal, defendía al Papu Gómez por la misma razón.

Haciéndose groso en la valentía y en la picardía, De Paul fue ganándole al tamaño de su cuerpo, con una psiquis disciplinada que explicó una tarde de 2013 en la que pasó por la escuela primaria de Racing para responder preguntas de los alumnos: “Acá nadie vino y me dijo con una varita mágica: ‘Vos vas a jugar en Primera’. Es cuestión de sacrificio y de laburo. No sé qué les gustaría hacer a ustedes cuando sean más grandes, pero mismo el profesor que me trajo para charlar con ustedes habrá hecho su esfuerzo con noches sin dormir, estudiando y demás. Nosotros los futbolistas lo vivimos de otra manera, pero hacemos el mismo sacrificio”.

Fue por esos días que el colombiano Giovanni Moreno se fue a jugar a China y quedó libre su número de camiseta. De Paul apenas aventajaba los veinte años, pero encaró a Sebastián Saja, el capitán del equipo, quince años mayor y le planteó el tema:

–¿Puedo usar la 10?
–Esa respuesta la tenés vos.
–¿Por qué?
–Porque usar la 10 tiene mucha responsabilidad y requiere estar a la altura.
–Entonces la quiero.

De Paul no sufría aunque el equipo peleara el descenso. Se reía. Con 19 años, 10 meses y 21 días, se transformó en el capitán más joven de la historia de Racing. El segundo en la lista es Lautaro Martínez -20 años, 6 meses y un día-. 

“Lo que pasó en Racing es lo mismo que en la Selección. Rodri, a la semana de estar en un lugar, se desenvuelve como si llevara un año y eso le permite integrarse rápido y rendir en su máximo potencial”, reflexiona el ex arquero. De Paul se volvió indiscutido en la Selección de Lionel Scaloni desde la Copa América 2019 en adelante. Fue una novedad, aunque ya tiene 26 años. Su ausencia en el radar de todos fue un problema que resolvió con una alta resiliencia. Con 21 años, Racing lo vendió por 5 millones de euros al Valencia. No pudo imponerse desde el juego. No se adaptó, no brillaba, no jugaba. Al año, estaba nuevamente en Avellaneda, a préstamo, siendo suplente de Marcos Acuña o de Óscar Romero. Pero ocurrió lo que nunca pasa. Regresó a Europa. Se fue a Udinese, se acomodó y pegó el estirón. Tarde pero no tan tarde, como cuando era un niño.

En España, compartió equipo con Nicolás Otamendi. Se unieron en eso de ser un ghetto argentino y se volvieron inseparables. Valencia no fue su lugar, pero determinó su futuro. Valentín es el segundo hijo de Otamendi. De Paul es su padrino. La amistad no sólo es un ejercicio de amor sino un lazo de confianza. La seguridad, en la Selección, que hasta ayer fue un trampolín al pelotón de fusilamiento, es un material preciado. Créase o no, en ese vínculo de dos personajes que se llaman perrito entre sí, está el comienzo de una nueva fotografía en la historia de la pelota argentina: la de un grupo que sonríe.

En la Selección, fueron concubinos. En la habitación de al lado, dormían Sergio Agüero y Lionel Messi. Ocurrió en Brasil que una mañana salieron a desayunar a la vez, la seguridad se paró violentamente para cuidar al 10 y se asustó. “Leo, no vengo más al lado tuyo”, bromeó.

Hubo un rato en el que De Paul la pasó mal. Fue en los minutos siguientes a que errara el penal en la serie contra Colombia. El destino dejó un mensaje en clave filosófica. Lo salvó Dibu Martínez, de Independiente, rival de barrio, fundamental para hacerse fuerte juntos. Cuando Edwin Cardona falló en el último tiro desde los doce pasos, sus compañeros corrieron a abrazar al arquero. Él se desplomó en el piso. Hundió la cabeza contra el césped. Empezó a besarlo. Aparecieron el histórico utilero Marito y Di María para consolarlo. Seguía en carrera. El tren de la vida le dio otra vida para seguir caminando y De Paul se lo colgó del cuello. Riéndose a carcajadas hasta de la gloria.

Que en su risa, viva el arte.

Dale campeón.

Abrazo grande.

Zequi

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Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.
@zequischer

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