Data centers: los impactos de la nube en el territorio
El boom de la IA requiere centros de datos cada vez más grandes, pero su instalación tiene efectos concretos en la vida cotidiana. Entrevista a Cecilia Rikap.
Un día, los residentes de Fayette County, al sureste de los Estados Unidos, empezaron a experimentar baja presión de agua. ¿El motivo? Un nuevo data center de la empresa QTS que se estaba construyendo utilizaba casi 110 millones de litros de agua. Treinta kilómetros más al sur, en el área metropolitana de Atlanta, un grupo de vecinos preocupados por el agua de los ríos locales se organizó para protestar contra la instalación de un centro de datos y ahora exigen dirimir la cuestión mediante un referéndum, mecanismo extraordinario que hasta ahora solo se había usado dos veces en el estado de Georgia. Algunos se inspiran en el trabajo de Erin Brockovich, que desarrolló su propio observatorio de data centers con foco en el consumo energético, el uso del agua y la disposición de basura electrónica de este tipo de instalaciones.
Detrás de estos conflictos se encuentra el crecimiento explosivo de la inteligencia artificial y, con él, la necesidad de las grandes empresas tecnológicas de procesar y almacenar volúmenes cada vez mayores de datos. Ese salto en la demanda digital tiene, sin embargo, una traducción muy física: servidores, edificios, redes eléctricas, sistemas de refrigeración y nuevas conexiones. Así, el boom de los data centers también transforma el territorio en el que se instalan y genera nuevos conflictos urbanos, similares a los debates sobre autopistas, aeropuertos o grandes centrales energéticas.
Un tema de escala
Las ciudades argentinas aún no tienen un equivalente local a los enormes campus de IA que están generando conflictos por energía y agua en Europa o Norteamérica. Sí existen data centers de escala comparativamente moderada, como Cirion BUE1 en Villa Ortúzar, cerca del Cementerio de Chacarita, que con 7 MW de potencia instalada sirve a más de 200 clientes incluyendo Amazon, Google, Oracle, Microsoft, Meta y Netflix. También se destacan dos centros en el norte del Gran Buenos Aires: EdgeConneX en el Parque Industrial Pilar y el data center de Telecom en Pacheco, entre otros.
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SumatePero el discurso político dominante alienta la llegada de proyectos hyperscale. En su discurso de apertura de sesiones de este año, el presidente Javier Milei mencionó explícitamente a los data centers y a la infraestructura de cómputo como parte de las nuevas industrias que el Gobierno considera estratégicas. “Veremos data centers y capacidad de cómputo instalarse en la Patagonia, donde el frío natural y la energía implican y crean condiciones únicas para la infraestructura de la Inteligencia Artificial. Digo, al margen del capital humano enorme que tenemos para responder a esa demanda”, afirmó.
Meses atrás, la empresa argentina Sur Energy y la estadounidense OpenAI firmaron una carta de intención que contempla la posibilidad de instalar un centro de datos con una capacidad estimada de hasta 500 MW. Si bien no se precisó oficialmente su ubicación, los acuerdos sellados con empresas locales sugieren la posibilidad de que Neuquén sea la principal candidata.
Super beneficios
Para acelerar estos y otros proyectos asociados, el gobierno impulsa el llamado “Super RIGI”, que ofrece beneficios fiscales para el desarrollo de industrias tecnológicas “que actualmente no existen en el país”. A diferencia del RIGI actualmente vigente, el proyecto reduce a las empresas la alícuota de Ganancias al 15% y libera el 100% de las exportaciones e importaciones desde el primer día. Un dato: a diferencia de otros países de la región, no incluye exigencias ambientales.
En términos urbanos, quienes impulsan estos proyectos destacan que pueden movilizar inversiones millonarias, favorecer el desarrollo de un ecosistema digital y aprovechar terrenos industriales degradados o subutilizados. Sus críticos, en cambio, ponen el foco en el costo urbano de esa expansión: enormes demandas de electricidad que compiten con otros usos, posibles aumentos de tarifas para hogares e industrias, pocos puestos de trabajo una vez terminada la construcción y grandes superficies ocupadas por edificios cerrados, con escasa actividad hacia el entorno. ¿Qué tipo de ciudad dejan a su alrededor?
Palabra autorizada
Para responder a esta pregunta contacté a la economista Cecilia Rikap, que acaba de publicar Teoría de la dependencia digital. Soberanía y desarrollo en el capitalismo del siglo XXI (Caja Negra Editora), un libro que analiza las narrativas que prometen desarrollo a cambio de la instalación de centros de datos.
Cecilia vive y trabaja en Londres, donde se dedica a investigar de qué manera los gigantes tecnológicos están desarrollando características propias de un Estado. Me pareció una referencia muy apta para discutir el costado urbano de estas transformaciones y, aprovechando que iba a estar unos días en Buenos Aires, pedí encontrarnos en la redacción de Cenital para este breve reportaje.

–En uno de los capítulos de tu libro analizás el caso de las ciudades que se dedican activamente a atraer a grandes tecnológicas para que instalen allí sus nuevos data centers. ¿Por qué se da este fenómeno, que atraviesa tanto a gobiernos de derecha como de izquierda?
Lo primero que hay que entender es que los territorios evolucionan de formas muy asimétricas. Hasta en Estados Unidos: no es lo mismo Silicon Valley que Virginia, que vendría a ser la periferia el centro. Y luego otras ciudades que se convierten en periferias dentro de la periferia. Es así que aparecen gobiernos locales que ven en la inteligencia artificial y las tecnologías digitales una manera de tener más cerca la materialidad de ese desarrollo mediante la incorporación de centros de datos. ¿Por qué? Porque estos “cómplices locales” se sienten atraídos por las promesas de millones de dólares en inversiones, por más que los data centers solo requieran empleo durante la construcción y a pesar del hecho de que no generan encadenamientos productivos positivos.
–¿Los gobiernos locales están al tanto de estos aspectos que señalás?
Siempre hay una parte de ignorancia estratégica: eligen creer que esa inversión va a suceder. Y, en un contexto de dominio del discurso ideológico que sostiene que el crecimiento y la inversión van a traer desarrollo, dicen: “Bueno, mucho empleo no va a generar. Es verdad, se va a llevar el agua y la energía eléctrica. Es verdad, no va a pagar impuestos ahora ni en los próximos diez o cuarenta años. Pero esta inversión a algún lado va a ir y algo va a generar”.
–Esta estrategia de atracción de inversiones me recuerda otros casos de competencia territorial, por ejemplo, el que se desencadenó en Estados Unidos cuando Amazon mandó a competir a las ciudades entre sí para ver quién le ofrecía mejores condiciones para la apertura de su segunda sede corporativa. El resultado fue, como dicen los especialistas, un race to the bottom o carrera hasta el fondo.
Este caso es aún peor, porque si una empresa abre un nuevo headquarters o instituto de investigación al menos se contratan personas. Yo a este fenómeno lo comparo con la instalación, en nuestro país, de empresas automotrices europeas, estadounidenses o japonesas. Es cierto, estas empresas no responden mucho a lo que les piden los gobiernos, pero generan empleo y encadenamientos productivos: no vas a producir autos enteros en Argentina, pero sí al menos las autopartes, la pintura para el capó… El caso de los data centers es diferente, porque está claro que no va a haber transferencia tecnológica. Lo mismo en términos de los materiales utilizados. Cuando estas empresas hacen una promesa de cuánto van a invertir no le dicen a los gobiernos qué porcentaje de esa inversión, en realidad, corresponde a importaciones. Lo más costoso de un centro de datos son los semiconductores, que Argentina no produce. De hecho, no los produce casi ningún país del mundo y está concentrado en los países de la frontera tecnológica, como Taiwán o un puñado de empresas asiáticas.
–En términos de encadenamientos productivos, uno de los argumentos que suele usarse a favor de la instalación de data centers es que puede facilitar o abaratar el costo de servicios en la nube (cloud) para empresas locales.
Eso es mentira ya que el costo del servicio del centro de datos no está determinado en función del territorio sino en función de si sos pequeño o sos grande. Amazon, en general, trata de imponer el mismo precio para todas las empresas. Microsoft cobra distinto. Si sos pequeño, no importa dónde estés y no importa cuán cerca o cuán lejos vivas de un centro de datos: vas a pagar lo mismo. Y si sos grande, como me dijo uno de los entrevistados para el otro libro que acabo de publicar, el precio se negocia y se decide en el campo de golf.
–Volviendo al tema de los impactos urbanos de los centros de datos, mucho se habla del uso del agua y de la energía. ¿Cómo impacta concretamente en las comunidades?
En relación a la energía, un ejemplo concreto es el de Virginia, sede de una gran concentración de data centers, donde los residentes vieron aumentar el costo de su factura de gas, de agua y de electricidad como consecuencia de la demanda creciente, insaciable, de estos centros, que funcionan las 24 horas del día, los 365 días del año. Entonces terminan empeorando las condiciones de vida de la población. De hecho, no es solo que el agua y la energía eléctrica se vuelvan más caros: termina habiendo menos oportunidades de trabajo porque a medida que estos centros van consumiendo más y más, quedan menos recursos para el resto de las posibles industrias.
–Hasta ahora, la reacción local contra este tipo de proyectos parece concentrarse en Norteamérica y Europa. ¿Existe algún tipo de oposición organizada en los países del Tercer Mundo?
Lamentablemente, no. De hecho, en los lugares donde hubo moratoria (N. de la R.: pausa temporal en la aprobación de nuevos proyectos) a la construcción de centros de datos, como en Dublín, no fue porque el gobierno quisiera hacerlo, sino porque los proveedores de energía eléctrica les advirtieron que si no lo frenaban se iba a cortar todo, o sea, una situación límite de agotamiento de la matriz energética. En América Latina no veo que se esté dando ese proceso, más bien lo contrario. Los gobiernos locales, incluso a veces también los nacionales —y no solo el de Milei—, están promoviendo estos proyectos. El gobierno de Lula está ahora en el Congreso decidiendo si aprueba o no un régimen de promoción de centros de datos que exime a las empresas de los impuestos de importación.
–Pero la respuesta, imagino, tampoco puede ser no tener ningún centro de datos.
No, me parece que lo que hay que hacer es planificación del territorio. Chile durante el gobierno de (Gabriel) Boric comenzó a desarrollar una herramienta digital que te permite mapear variables socioambientales sobre el territorio. Eso permite, sobre esa base, identificar en qué lugares se podrían instalar centros de datos de acuerdo con las condiciones del territorio local. Fue en Chile, justamente, donde se pospuso el otorgamiento de permiso a un centro de datos de Google por temas ambientales. Tenemos que pensar los centros de datos como bienes públicos, así como en su momento nadie dudaba de que los puentes, las rutas o el tendido eléctrico los tiene que hacer el Estado para evitar que esas inversiones masivas se vuelvan un enclave de concentración económica.