Cumple libertario: revolución suspendida y pragmatismo al palo
Entre la audacia y el cálculo, el Gobierno de Milei desafió las profecías de caos con control fiscal, reformas polémicas y una política exterior oscilante entre extremos y realismo.
A punto de cumplirse el primer año desde su asunción, el Gobierno de Javier Milei transita -de acuerdo a la definición que Beatriz Sarlo usó para Néstor Kirchner- entre la audacia y el cálculo. Las profecías incumplidas sobre un gobierno en rápido rumbo de colisión con las enormes limitaciones de su programa económico de campaña y su absoluta debilidad parlamentaria e inexperiencia política son el dato más saliente de estos 365 días. Una administración elegida para dejar atrás las frustraciones con el saldo de más de una década que, doce meses después, intenta consolidar apoyos propios a fuerza de baja inflación y orden en las calles.
El presidente gusta de definirse como una novedad absoluta en relación al sistema político que lo precedió y, como Steve Bannon, se atrevió en su discurso en el capítulo argentino del encuentro del Comité de Acción Política Conservadora (CPAC) a citar en espejo a Lenin, principal exponente del vanguardismo marxista, para afirmar el carácter revolucionario del movimiento que encabeza. Una percepción rupturista que no aparece como un simple delirio presidencial, sino que, desde la otra vereda, replican a su modo referentes insospechados de simpatías izquierdistas como Horacio Rodríguez Larreta, Miguel Ángel Pichetto o el gobernador de Chubut, Ignacio Torres, quienes reprocharon al Gobierno, en distintos momentos, su rechazo al diálogo, los acuerdos políticos y las formas republicanas en general.
Aún con algo de razón en aquello que resaltan exégetas y detractores, detrás de la superficie refundacional, el trayecto del Gobierno aparece mucho más ambiguo, con dosis similares de integración y defenestración de las prácticas que se hicieron sabiduría convencional en la política argentina. La praxis oficial tributó a dos grandes definiciones. La primera, que ningún actor es tan fuerte como el sistema piensa. Un cálculo sobre el humor social que se hace eco de las diferencias con 2015, cuando los salarios eran altos, la pobreza relativamente baja y la cuenta que predominaba era la continuidad con cambios. En 2023, el ánimo electoral fue de volar todo por los aires. La segunda certeza libertaria se inspira directamente de la máxima vandorista: primero se golpea y luego se negocia.
En contraste con el macrismo al que desprecia, el Gobierno evitó, en el inicio, las posiciones gradualistas y los grandes acuerdos de mínima. El DNU 70/23 y la primera versión de la ley Bases establecieron un programa maximalista, con reformas profundas en todo el andamiaje jurídico argentino, reñido con las formas republicanas que ordena la Constitución y sin negociaciones previas con ninguna fuerza con representación legislativa. El saldo fue una huelga masiva pero muy circunscripta a los sectores que tenían algo por conservar, a los perdedores probables del cambio de gobierno.
Luego de ello, a su manera, llegó la negociación. Hoy convive cómodamente con el bloqueo judicial del capítulo laboral del DNU 70, pero sostiene algunas cuestiones clave en otros ámbitos, como la derogación de la ley de Alquileres. En el Congreso, la ley Bases fue aprobada en una versión sensiblemente reducida, cuyas mayores ambiciones están puestas en los dólares que pueda atraer el RIGI. Entre muchas podas, la lista de empresas a privatizar se redujo más del 70%, y se excluyeron algunas muy representativas, como Aerolíneas Argentinas. Para disgusto de parte del radicalismo y el PRO, se retiraron las previsiones que reducían el poder de los sindicatos. Lejos de las profecías de los propios actores legislativos, las alianzas logradas para la aprobación de aquella ley no fueron el último, sino el primer capítulo de una construcción que sostiene el andamiaje de vetos y decretos que le permitió al oficialismo gobernar confortablemente sin aprobar un presupuesto en dos años. Cuando hizo falta el látigo y billetera, con Adelantos del Tesoro distribuidos a cuentagotas a los gobernadores cada vez que fueron necesarios, terminaron de completar un estilo de ejercicio del poder que acerca la experiencia libertaria a los gobiernos peronistas.
El método fue puesto al servicio de dos grandes objetivos: evitar desbordes sociales y, sobre todas las cosas, bajar la inflación. Para esto, a pesar de los coqueteos iniciales con Emilio Ocampo y la promesa de entregar las áreas de defensa y seguridad a Victoria Villarruel, el presidente se recostó en la casta. Luis Caputo ejerce su función al frente del equipo económico sin los contrapesos en áreas sensibles como el Banco Central (BCRA) -cuya demanda de independencia fue velada en combate- ni las injerencias de los dirigentes que atormentaron a los funcionarios en el pasado. En seguridad, la elegida fue Patricia Bullrich, antigua rival en la carrera presidencial -cuyo pasado montonero se borró de un plumazo luego de sumarse al oficialismo- y una de las primeras -y la más significativa- figura del PRO en abandonar a Mauricio Macri en su intento de negociar lugares para su espacio en el gobierno.
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SumateEl combo a nivel social se complementa con el Ministerio de Capital Humano que, con dificultades de gestión, conduce la neófita Sandra Pettovello. Los logros allí son narrativos. El ajuste en las políticas sociales fue realizado a partir de una combinación astuta: se recortaron y congelaron los montos del plan Potenciar Trabajo, donde pesan más las organizaciones sociales, mientras se aumentaron sensiblemente los montos de la AUH y la Tarjeta Alimentar. El relato de este ajuste, el combate a los “gerentes de la pobreza”, sería insostenible sin el diseño heterodoxo adoptado.
¿Estás mejor o peor que antes? La pregunta que desvive a los políticos en todo el mundo tiene para el Gobierno una respuesta inequívoca. El año va a cerrar con una caída en el producto -aun contra un año de sequía-, la pobreza será mayor que al momento de su asunción, la actividad y el empleo, menores. El salario real del conjunto de los trabajadores habrá caído, en promedio y entre puntas, mientras la caída en las jubilaciones -junto con la virtual eliminación de la obra pública- explican el grueso del ajuste fiscal. Curiosamente, tampoco el círculo rojo obtuvo rebajas de impuestos, particularmente retenciones, ni el levantamiento del cepo cambiario, una inquietud que fue rechazada incluso por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Y sin embargo, la popularidad del Gobierno parece asentarse antes que nada en la gestión de una economía que recibió en medio de una percepción de cambio de régimen inflacionario y caos inevitable.
En ese marco, el oficialismo privilegió siempre y en todo lugar bajar la inflación, con el canal cambiario como principal instrumento para el ordenamiento. Es en este área donde los logros del oficialismo superaron las expectativas de los analistas y jugadores del mercado. El superávit fiscal, primario y financiero -incluso asumiendo costos como los vetos a jubilaciones y financiamiento universitario- no fue tan importante como fin en sí mismo, sino como demostración de voluntad política frente a los operadores financieros sobre la voluntad de Casa Rosada de no acudir al financiamiento del tesoro con emisión del Banco Central.
A la intransigencia fiscal se sumó el pragmatismo para la utilización recurrente de herramientas heterodoxas de intervención en el mercado de cambios, que incluye el mantenimiento del cepo, el dólar blend para exportadores, la intervención directa del BCRA en el MEP para “evitar la emisión secundaria” y, finalmente, el muy exitoso blanqueo sin sanciones, que inyectó una masa de dólares privados que se recircularon en el sistema. El resultado fue un peso super fortalecido que condujo la caída del IPC, casi eliminó la brecha y volvió a la Argentina cara en dólares aun cuando los salarios reales no llegan a los niveles previos a la asunción y pone serias dudas sobre la sostenibilidad del esquema financiero.
Lejos de la preocupación por un estallido -que en los primeros meses esperanzaba a diversos sectores opositores y preocupaba a otros-, La Libertad Avanza llega al final de su primer año con holgura, acompañado por el favor o, cuanto menos, la aquiescencia popular. Una tranquilidad que hace un año era tan incierta como el triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos que, esperan en la Casa Rosada, otorgue en el FMI el puente que creen que la Argentina necesita hasta que los dólares del RIGI lleguen para explotar los recursos naturales del país y se pueda volver a los mercados voluntarios de crédito. Sería otro triunfo de la audacia para una política exterior que, aunque se alineó con Estados Unidos, metió un pleno apostando contra quien era su presidente, que fue de la irresponsabilidad al pragmatismo respecto de China y que espera poder sortear, como en el primer año, los enormes riesgos que entraña su estrategia.
Experimentar los límites sin atravesarlos fue el ejercicio constante durante los primeros doce meses de Javier Milei en la presidencia. Una combinación de posiciones extremas y dosis regulares de pragmatismo para la construcción de un castillo que, en sus propios términos, hoy reluce, pero que no logra liberarse de la enorme debilidad de sus cimientos.
Esta nota es parte de un especial de Cenital que se llama El año del león. Podés leer todos los artículos acá.