Cultura y dinero, ¿asuntos separados?
¿Es un tabú hablar de paga? En el sector cultural, como en casi ningún otro, se pretende abonar con taxis, prestigio y visibilidad. ¿Eso sirve para pagar el alquiler?
I. Freud refiere que, a pesar de los avances sociales y técnicos de nuestra historia, los tabúes han sido poco afectados. Dice que todavía hay tabúes entre nosotros. La palabra tabú significa, en su origen polinesio, cuestiones contrapuestas: sagrado y santificado, por una parte; ominoso, peligroso, prohibido, impuro, por otra. En lengua polinesia, lo opuesto al tabú es la palabra noa, que significa lo acostumbrado y lo asequible a todos. Incluso lo acostumbrado y asequible a todos puede conformar un tabú. Pensemos por ejemplo en la muerte, en la sexualidad o, por caso, en el dinero. Son cuestiones aparentemente acostumbradas a las que, sin embargo, nunca nos terminamos de acostumbrar. O, en rigor, la costumbre las hace pasar por cercanas, transparentes, accesibles, haciéndonos olvidar un rato lo que tienen de tabú. Y eso no tiene que ver con que seamos más o menos abiertos, más o menos desenvueltos. Hay algo en esos asuntitos que los hacen opacos per se. Lo próximo es, muchas veces, lo más ajeno; es desde las entrañas de lo próximo que surge lo siniestro, lo peligroso. Que algo permanezca en el terreno del tabú no depende solamente de sí de ese algo se habla o no se habla. Se puede hablar de todo y, sin embargo, hay algo imposible de decir, hay algo que permanece inaccesible a la palabra. Hay un punto ciego que no puede nombrarse. Y es que el deseo está metiendo la cola.
II. El dinero tiene entonces todo eso junto: es un tabú y, a la vez, noa. Está presente todo el tiempo en la vida cotidiana porque, como dice Christian Ferrer, “la maquinaria social está construida en torno de ambiciones, del eros universal que es el dinero”. Y a la vez, en algunas escenas, tiende a sustraerse, a eludirse, a esconderse en eufemismos. Quedan pocas cosas que no estén atravesadas por el dinero en nuestro día a día. Sin embargo, ese exceso de presencia termina por momentos, paradójicamente, invisibilizándolo. Como ese verso que canta El mató a un policía motorizado: “Hay una luz que arrasa con todo”.
III. Acerca de la relación con el dinero, el psicoanálisis dice mucho y pasan muchas cosas en un análisis con el dinero. Pero ahora quiero centrarme en otra cuestión sobre la que ya escribí varias veces (no porque uno se haya ocupado de algo es que ese algo se termina). Si vuelvo al asunto, no es sólo porque está más vivo que nunca, sino porque el contexto en el que se posa es bien distinto al de las otras veces. Me refiero a la dificilísima, tensa y conflictiva relación que hay entre cultura y dinero. Me refiero a las distintas formas en las que se evidencia el problema de no concebir lo cultural como un trabajo.
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IV. Ricardo Piglia subraya especialmente de Borges que era “un escritor que se ganaba la vida”. Que no era un aerolito “como se lo hace aparecer a veces”. Y destaca que “Borges trabajó, como trabajamos los escritores en Buenos Aires. Hizo de todo. Se ganaba la vida como nos ganamos la vida nosotros (…). Pero me importa mucho decir que Borges no era un aerolito, no fue un personaje que bajó de las alturas, fue un hombre que se ganó la vida”. La figura de Borges es especialmente pertinente para pensar algo que sucede mucho hoy en día: la sacralización del escritor o del trabajador de la cultura. La elevación del trabajador de la cultura a un lugar algo así como “puro”. Como si no pudiésemos concebir que estas personas que escriben –que actúan, hacen música, pintan, etc.– necesitan plata, al igual que todos los que vivimos en este mundo, para pagar las cuentas. ¡¿Ese escritor que admiro tanto se ensucia las manos con las que sostiene su pluma perfecta para manipular dinero en la verdulería?! ¡¿Es posible que esa poeta que tanto admiro, que sabe combinar las palabras y crear universos insólitos, toque dinero, cuente los billetes en el almacén de su barrio para adquirir papel higiénico?! ¡¿Ese intelectual que tan bien interviene en los debates tiene que reclamar los pagos de trabajos hechos hace meses, no tiene un asistente que además le imprima y escanee los miles de formularios que se requieren para cobrar un trabajo?! ¡¿Esa escritora que ganó tantos premios y es tan reconocida, tiene que ensuciarse las manos para juntar los billetes para pagar el alquiler?! ¿Cómo es posible que toda esta gente perfecta tenga que degradarse a esa mundanidad sucia e impura que implica el dinero? Como cuando no podemos imaginar a las personas que admiramos haciendo caca. Y sí, caca y dinero: Freud ya nos advirtió de esa relación.
V. Existe una relación entre idealizar, sacralizar y mistificar ciertos trabajos y no registrarlos como tales. Es habitual que pase en el ámbito de la cultura (en el de la educación y en el de la salud también). De esto hablaba Sartre cuando se refería al mito burgués de la espiritualidad: borrar de un plumazo las variables económicas. Se trata de los modos en que se reconoce, o no, el trabajo del otro. De un lado, entonces, las suposiciones necias de que alguien no necesitaría dinero para vivir, que lo hace por amor al arte. De un lado, una cantidad inmensa de personas demandando trabajos pero eludiendo, escatimando, velando la dimensión del trabajo, justamente, y evitando hablar de dinero. O, lo que es peor, hablando con palabras un toque psicopatonas: “me ayudaría mucho que”, “te invito a colaborar con” “nos vendría bárbaro que” y otras formulaciones en las que el trabajador de la cultura es “elevado” a una categoría semidivina (una amiga suele bromear con esas cosas diciendo “a mi me ayudaría mucho que vos me pagues por el trabajo un millón de dólares”) o elevado a la categoría de “presencia”. Como los famosos que en su momento hacían presencia en los boliches (¡pero eso se cobraba!). Alguien recibe una propuesta laboral de una institución privada en la que se explicita que no habrá honorarios porque el trabajo debe hacerse “desinteresadamente” (sic).
Y, por supuesto, todo esto adornado de una retórica empalagosa que se pegotea en palabras como “sería un honor” (eso que llaman honor es trabajo no pago), “que una persona de su trayectoria”, “que alguien de su prestigio”, etc., etc., etc.
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SumateExisten otros elementos que van ornamentando las demandas laborales no advertidas como trabajo. Se trata de la retórica de la buena vibra en la que nos comemos un asadito, nos tomamos unos traguitos y la pasamos divino, pero de dinero, ni hablar. O como la llamó agudamente Florencia Angilletta acá, la cultura Starbucks: “Agus” “Ale”, “Flor” “Lau” “Santi” “Lu”. Referirse a ese otro, al que no conocemos, como si lo conociéramos y como si fuéramos amigos, compinches, próximos. Como si estuviéramos todos en la misma. Como si fuéramos socios en el proyecto. Pero resulta que no, que no estamos en la misma, que todos van a cobrar menos “Lau” que es la convocada a hacer el trabajo. Y entonces pienso si “prestigio” “orgullo” “importantísimo” “honor” “fundamental” y otro tipo de palabras llenas de humo, no estarán ahí justamente para hacer más tabú un asunto tan mundano como el hecho ofrecer dinero –mucho, poco, incluso nada, pero mencionarlo– a cambio de un trabajo. Conozco a alguien que suele hacer esto: cuando le demandan un trabajo pero no le ofrecen dinero y, en cambio, le ofrecen un auto para llevarlo y traerlo, dice: “¿Tienen dinero para un remise? De acuerdo, dénmelo a mí, yo voy por mis propios medios. Quiero ser ascendido a chofer”.
Esa misma persona suele decir que el imaginario alrededor de los escritores es “el escritor en su mansión”. No hace falta pensar tanto para advertir que los trabajadores de la cultura suelen tener muchos trabajos (algunos en sectores externos a la cultura) porque el sector siempre ha estado muy mal pago. Incluso, varios de ellos se dedican a la docencia, cuyos sueldos nunca fueron buenos, pero además, como todos sabemos, han sufrido una pérdida enorme. De modo que las demandas laborales que se pronuncian bajo esa retórica, en este contexto, suenan mucho peores.
VI. De un lado, entonces, la sacralización de los escritores proveniente de los que demandan trabajos no concebidos como trabajos. Pero esa sacralización no nace de un repollo. Se trata también de indagar la figuración pública de los escritores. Porque muchas de esas demandas laborales que no son percibidas como tales, se efectúan sobre supuestos que de algún lado salen. No estoy diciendo que la figuración de los escritores en el ámbito público sea la causa de la desorientación de los que piden sin percibir el trabajo cultural, digo que este aspecto también está involucrado en el asunto. Porque hay personas que alimentan su narcisismo y engordan su Yo al preferir figurar y no cobrar, figurar en el lugar de cobrar. Pero hay muchas otras que pretenden que su trabajo sea reconocido como tal, sin falsas adulaciones ni sacralizaciones bobas.
Son pocos los que se ocupan de hablar públicamente de la relación con el dinero. Por eso llama la atención y se agradece cuando alguien agarra el asunto y lo evidencia. Por eso es tan genial el Diario del dinero (Mansalva), de Rosario Bléfari (una forma de registrar “de qué modo sobrevive en este mundo alguien como yo”), en el que consta minuciosamente, en un gesto desacralizador total, lo que gasta en cada cosa, lo que tiene que pagar, las cuentas, lo que no le alcanza, lo que le pagan, lo que le deben de trabajos, etc. De esas cosas también habla Kike Ferrari en esta entrevista que le hace Agustina Larrea, a propósito de su última novela Si estás leyendo esto (FCE), en la que dice: “Escribir es un trabajo. Eso va tomando formas distintas, algunos lo hacen en el periodismo o en los medios. A veces aparece una idea muy romántica de la literatura y a mí me gusta discutir eso”. Además, el autor se ocupa de contar cómo son los pagos a los escritores en las editoriales. Porque también hay mucho supuesto acerca de eso.
Este tema por supuesto que existe desde siempre. Pero como dije hace unos párrafos, los contextos van cambiando y las maneras de percibir estas cosas, también. Recientemente, Leticia Martin, que escribe una columna semanal en el diario Perfil, en una sección que se llama, justamente, Escrituras, contó que cobra lo mismo hace seis meses, $50.000 por mes, pero que, además, hace seis meses que no le pagan (de hecho Leticia Martin entró en el lugar de Rafael Spregelburd, que se fue por las mismas razones). Son pocos los escritores que se animan a hablar así y lamentablemente poniendo en riesgo su trabajo.
VII. En el contexto actual, en el que el mileísmo tiene como slogan “no hay plata” y desfinancia la cultura porque la considera improductiva, me resultó especialmente iluminadora esta nota que escribió el economista Santiago Lago. Dice: “Como los tiempos son los que son, voy a respetar el dogma nro. 1 de la Argentina mileísta: todo es economía. Sí, el crecimiento económico —producir más riqueza y que esa riqueza llegue a más personas— es algo bueno, deseable en sí mismo, y debe ser una prioridad estatal. Pero en algo sí convendría rebelarse, porque creo que este sentido común está profundamente equivocado en el entendimiento nada menos que de la relación entre cultura y crecimiento (…) nadie parece creer que valga la pena defender esa pobre cosa llamada despectivamente la cultura. Mucho menos, darle plata”.
Y entonces, tomando este dogma, lo usa a favor de la cultura refiriendo que la sustancia del verdadero crecimiento económico son las ideas. Y desfinanciar la cultura amenaza el crecimiento económico (el subtítulo de la nota es Y cómo atacar la vida cultural en nombre del crecimiento económico puede dejarnos sin cultura y sin crecimiento). Al argumento de que “un país se va a hacer rico solo con más trabajo y con más ahorro. Teniendo a un tipo más tiempo frente a un torno o una prensa”, Lago opone que no hay crecimiento sin ideas: “¿En qué sentido son las ideas, y no poner a todo humano en edad laborable frente a un Excel o una bicicleta, lo que crea riqueza? ¿En qué sentido es la cultura? En el sentido muy literal y corpóreo de que es la creatividad humana la que genera invenciones e innovaciones”.
VIII. Este asunto es global, como casi todos, y se desborda hacia todo el trabajo cultural. Por eso me parece un hallazgo y una genialidad este vídeo (que alguien me mandó a propósito de estas conversaciones): una persona hace uso de toda esa retórica evitativa, esos eufemismos vacíos, esos halagos que no sirven para comprar tomates en la verdulería, al pretender contratar a un plomero: “Amamos su trabajo, usted es es muy talentoso, sería un honor para nosotros que pueda venir a destapar el inodoro (lleno de mierda ¡otra vez la caca!). No tenemos un presupuesto para ofrecerle dinero, pero tenemos una cuenta de Instagram en la que podemos promocionar su trabajo”, algo así. Se llama “si otras profesiones fueran tratadas como artistas”. La cosa es realmente desopilante y muestra lo patético que suena. Lo dejo acá.
IX. No se trata entonces de no trabajar gratis en ningún caso, ya que puede haber circunstancias que justifiquen la preferencia por hacerlo (de hecho se hacen muchos trabajos culturales gratuitos, cuando el caso lo amerita). Quizás se trate, en cambio, de ensayar pequeños gestos que nos permitan resistir esa naturalización, la que pretende que si hay vocación o amor al arte, entonces no importa si no se paga, entonces no importa si no se menciona el pago que no habrá; quizás se trate de atravesar la incomodidad, la “falsa vergüenza” de la que habla Freud, y mencionar el temita del dinero aunque incomode (aunque la incomodidad debiera estar del lado del que pide trabajos pero no menciona el tema). Quizás se trate de pronunciar por lo bajo ese adagio que según Germán García gustaba tanto a Freud: “Sólo la muerte es gratis”.
X. El asunto es mucho más extenso que este texto y data de hace mucho tiempo. Dejo acá alguna bibliografía más reciente: Remedios Zafra, tanto en su ensayo El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital (Premio Anagrama de ensayo, 2017), como en diversos textos y entrevistas (que se pueden consultar acá) aborda este tema. En Ficciones del dinero (editado por FCE), Alejandra Laera se ocupa también de la relación entre escritores y dinero. Y, si bien aún no lo leí, deduzco que en Un millón de cuartos propios (Premio Paidós, 2025), Tamara Tenenbaum también se mete en estos asuntos. Sigue la pista de Virginia Woolf, que fue la que dijo que una mujer necesita dinero y un cuarto propio para escribir, y también la que dejó constancia en sus diarios de la relación entre la escritura y el dinero. Seguramente ustedes conocerán más títulos.
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