La crisis en Cuba y la energía para aguantar
Estados Unidos presiona no sólo con un bloqueo a la isla, sino con cualquiera que pueda ayudarla.
Cuba es, hace décadas, un laboratorio de las sanciones económicas que hoy son utilizadas por las potencias –y muy particularmente por los Estados Unidos– como herramienta de coerción alternativa a la acción militar directa. Es uno de los principales espacios de experimentación en este terreno, que han dejado una huella severa en su economía.
A pesar de eso, el bloqueo petrolero vigente desde diciembre no es un capítulo más de la política estadounidense respecto de Cuba, sino un punto de inflexión, que rompe con los tabúes que ordenaron las medidas de embargo, tanto humanitarios como vinculados a la soberanía.
En enero de 2026, la administración de Donald Trump decidió que los Estados Unidos iban a impedir la llegada de petróleo a la isla, y a partir de poderes de emergencia –de dudosa legalidad– dictó una Orden Ejecutiva autorizando la imposición de aranceles prohibitivos a todos los bienes provenientes de cualquier país que decidiera vender petróleo a Cuba. Esta amenaza se sumó, además, a la presencia de la armada estadounidense en el Mar Caribe, con antecedentes de bloqueos sobre petroleros en El Caribe durante la crisis venezolana.
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Un esquema de sanciones extraterritoriales con una intensidad y un foco inéditos. El resultado es previsible, Cuba no tiene un volumen económico que incentive a ningún país a poner en riesgo su comercio con los Estados Unidos solamente para poder venderle petróleo. Una circunstancia que se agrava cuando miramos quiénes eran los principales proveedores de la isla antes de la crisis: México y Venezuela, dos países severamente atravesados por la estrategia de control continental estadounidense.
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SumateUna agresión que escala
Si Cuba lleva sujeta a sanciones estadounidenses casi tanto tiempo como el que lleva en el poder la propia Revolución Cubana, ¿qué cambia con esta medida? ¿No es otro capítulo más en el cíclico endurecimiento o relajamiento del embargo?
El embargo estadounidense contra Cuba tiene diversas facetas, pero básicamente impide el comercio normal de bienes entre Cuba y los Estados Unidos, afectando tanto las exportaciones cubanas como su capacidad de adquirir bienes de capital y algunos bienes esenciales de los Estados Unidos –con excepciones en medicinas y algunos alimentos–, afectando incluso bienes producidos en terceros países que contengan partes estadounidenses o partes cubanas. Agravadas por una prohibición para los ciudadanos estadounidenses tanto de comerciar con Cuba como de viajar a la isla, y una fuerte restricción sobre las inversiones, producto del agravamiento del embargo en la década del 90 del siglo pasado. Restricciones que se suavizaron durante el mandato de Barack Obama y que se volvieron a rigidizar con Donald Trump.
Estas sanciones hacen difícil el crecimiento económico –el costo acumulado, de acuerdo a distintos cálculos, ronda el billón de dólares– y generan problemas serios al funcionamiento de la economía cubana, pero le permiten mantener su mercado interno, y sus relaciones de comercio e inversión –limitada por la presencia en el mercado estadounidense– con terceros países. Tanto es así que, mientras existió el bloque socialista, Cuba mantuvo su economía en funcionamiento normal, y las compañías y el intercambio con Europa y China, y las inversiones de esos orígenes dan cuenta de una situación que, aunque compleja, no es infranqueable. La naturaleza de la medida petrolera es cualitativamente distinta. Por una parte, lo que se ataca es el comercio entre terceros países, en forma directa, pasando no sobre decisiones empresarias sino sobre la soberanía de los Estados, de manera directa.
Por otra parte, el bien apuntado es la energía. Cuba necesita 100 mil barriles de petróleo diarios para generar electricidad y garantizar el transporte y sólo produce domésticamente unos 40 mil, un petróleo pesado y que, con las capacidades de refinación doméstica, sólo puede ser utilizado en las centrales termoeléctricas. En cualquier economía moderna, la energía no es un sector más: es la condición de funcionamiento del resto. Sin combustible, no hay transporte, no hay producción industrial, no hay agricultura mecanizada y, en el caso cubano, no hay electricidad. Incluso economías altamente desarrolladas, como Japón o Taiwán, serían extremadamente vulnerables a un corte prolongado de suministro energético. Muchísimo más Cuba, en el marco de sus precariedades. En ese sentido, un bloqueo petrolero se acerca más a un acto de guerra que a una sanción económica convencional, con la particularidad de que Cuba no tiene músculo para enfrentar las medidas estadounidenses.
América Latina: algo de solidaridad, sin romper nada
Si la captura de Nicolás Maduro generó un precedente muy complejo en términos de soberanía, el ahogo de un país de la región confirma una tendencia de la que nadie está verdaderamente a salvo, y donde todos los límites aparecen corridos. Un pésimo contexto para la debilidad y fragmentación política regional actual. Confrontar la asertividad estadounidense requiere la capacidad de generar posiciones políticas compartidas, e idealmente, mostrar una capacidad de reacción política. La realidad actual aparece muy lejos de algo así. El número de países alineados, de un modo, al gobierno de Trump roza la mayoría, pero los países que no están alineados tampoco muestran capacidad de respuesta.
Es cierto que países como México, Brasil o Colombia, de primer orden de importancia en la región, expresaron su rechazo al bloqueo, y, en algunos casos, intentaron sostener o canalizar envíos de ayuda humanitaria, pero ninguno de estos países exportadores de petróleo estuvo dispuesto a desafiar la orden ejecutiva estadounidense. Nadie logra superar el cálculo de costo-beneficio de corto plazo, aunque aparezcan comprometidas sus capacidades de intervención futuras. La capacidad de daño estadounidense es muy grande como para provocarla a causa de Cuba.
En ese marco, la política progresista latinoamericana oscila entre una condena retórica y una adaptación pragmática. La movilización de la sociedad civil, con escaso protagonismo en la política cotidiana de los países, o la activación de mecanismos de tenue contestación diplomática hacen aún más evidente la impotencia. El único país que podía enfrentar las sanciones, por estar él mismo sancionado, era Venezuela, afectada desde el último año por su propio bloqueo estadounidense, y tras el reemplazo de Maduro por Delcy Rodríguez, alineada a las imposiciones del trumpismo. El camino, para Cuba, aparece de escasa salida.
Una crisis que no es novedad
La decisión de Trump no fue tomada en el vacío. Además de su mirada omnipotente sobre las posibilidades de moldear la conducta de aliados y enemigos con herramientas tanto arancelarias como militares, se montó sobre una economía cubana que había perdido a su benefactor venezolano en un marco de crisis sumamente profunda de la economía de la isla.
Desde la pandemia, Cuba enfrenta una combinación de caída del turismo, reducción de ingresos en divisas, deterioro productivo y aumento de la inflación. La crisis venezolana había debilitado previamente el suministro subsidiado de petróleo, uno de los pilares de la recuperación de la economía cubana tras la caída de la Unión Soviética. La pandemia derrumbó las visitas del extranjero, principal fuente de divisas del país, que sufrió un deterioro tanto de su situación macroeconómica como de sus posibilidades de recuperación, con una infraestructura sumamente dañada, cuyo envejecimiento se hace cada vez más evidente a medida que pasa el tiempo, agravada por fenómenos naturales como el huracán Melissa, que evidenciaron la dificultad de respuesta cubana.
Aún antes del bloqueo petrolero, la red eléctrica cubana enfrentaba problemas gigantescos, con apagones duraderos en todo el país, pero particularmente en el interior. Escasez de alimentos, medicinas y bienes básicos y una economía inflacionaria, que generaban movimientos de protesta social intermitente, severamente reprimidos por el gobierno. Se estima que la emigración, desde 2020, podría alcanzar a casi uno de cada diez cubanos, la mayoría a los Estados Unidos, incluyendo una proporción mucho mayor de los jóvenes. Una situación desesperada sobre la que el bloqueo sencillamente presiona.
Golpear para ¿negociar?
En este contexto, las sanciones se alejan del pasado en cuanto a que no buscan sencillamente prolongar el padecimiento cubano mostrando una imagen de dureza y sin afectar el dominio del Partido Comunista, una constante que Obama recordó cuando decidió su propio relajamiento de las medidas. Sin petróleo, el desenlace, el que sea, está cerca: una crisis humanitaria terminal, un acuerdo o una invasión. Las opciones están abiertas, pero la prolongación indefinida que caracterizó las medidas desde la década del 60 no es una de ellas. El lunes, Cuba quedó completamente a oscuras.
Cuba admitió la apertura de una negociación política con los Estados Unidos, que asumió Raúl Castro, sucesor y hermano de Fidel, y figura fuerte incluso por encima del presidente Miguel Díaz Canel. Distintos reportes indican que la administración estadounidense busca concesiones políticas concretas, incluyendo cambios en la conducción del régimen, que aparecerían como una capitulación. Del lado de Cuba, el límite del rechazo a la negociación sobre la continuidad de su liderazgo podría abarcar a la persona de Díaz Canel o sólo a la conducción del Partido Comunista.
El secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, de origen cubano, marcó un primer indicador sobre las intenciones estadounidenses. Reformas económicas antes que las del sistema político. Aunque haya un saldo de mayor apertura en lo inmediato, la prioridad la tiene expandir el sector privado de la economía. El levantamiento de la prohibición de comerciar petróleo con Cuba, cuando sea para el sector privado, es una primera señal de la negociación en curso y sus énfasis.
La voluntad del rey
Un esquema de presión que recuerda, en parte, al venezolano. Negociación y coerción violenta, y la búsqueda de otra solución a la venezolana. Sin embargo, así como Irán no es Venezuela, Cuba tampoco. El Partido Comunista lleva casi siete décadas, y resistió ya un período de brutal empobrecimiento, carencias y presión estadounidense tras la caída de la Unión Soviética. Cuba difícilmente acepte cualquier acuerdo, aunque las concesiones a las que esté dispuesta, particularmente en lo económico, sean grandes.
“Voy a ser el presidente que tenga el honor de tomar Cuba”, dijo Trump. Sus declaraciones hacen más difícil una salida que salve la posición de todas las partes y mejore la posición de los cubanos. Un escenario de continuidad de las agresiones sería extremadamente dañino para Cuba, pero podría traer problemas imprevistos para los Estados Unidos. Cuba no tiene la capacidad de generar costos significativos para los Estados Unidos o la economía global en la escala que lo hace Irán, pero cualquier imprevisto podría dañar la confianza estadounidense en su capacidad de ejercer la fuerza.
Cuba, justamente por su debilidad, hoy no es un problema estratégico, ni una amenaza militar para los Estados Unidos. ¿Arriesgaría algún activo si, por ejemplo, Rusia o China decidieran llevar un barco petrolero a las costas cubanas? ¿Podrían tolerar las consecuencias inflacionarias en su propia economía si de verdad decidieran entrar en un conflicto con México, Colombia o Brasil? El problema de la lógica del poder desenfadado es que cada acción aumenta los incentivos para poner a prueba al rey, aunque la alternativa a que esté desnudo sea que te corte la cabeza.