Cómo se negocia con el FMI: el detrás de escena de setenta años de acuerdos
Un ministro llega a Washington y se sienta a negociar con el Fondo. ¿Cómo se hablan? ¿Qué estrategias usan? ¿Cómo se lidia con eso?
Imagine que es ministro de Economía de Argentina. Podría ser 1956, podría ser 2001, 2018, 2022. Imagine que tiene que subirse a un avión rumbo a Washington. Para sentarse a discutir un nuevo programa con el Fondo Monetario Internacional (FMI), para pedir un waiver (perdón) que destrabe un desembolso, para levantar la censura que le aplicaron al país por falta de credibilidad de las estadísticas oficiales, para reclamar un respaldo en el litigio contra los holdouts.
Aterriza en Washington, sale del aeropuerto, cruza la ciudad y llega al perímetro de cinco cuadras donde están el edificio del Fondo, el del Banco Mundial, la Casa Blanca y, enfrente, el Tesoro de Estados Unidos. “Tiene una intención política. Si ibas en el siglo I a Roma, posiblemente te sentías igual”, dice Martín Guzmán, uno de los tantos funcionarios al que le tocó caminar ese epicentro de poder en algunos de los setenta años de relación entre Argentina y el Fondo.
Haya o no un programa de préstamo vigente, el FMI es una de las instituciones omnipresentes con la que todo equipo económico de Argentina debe lidiar. Sí, lidiar. Argentina no solo es el país que más dinero le debe al Fondo, ni el que mayor cantidad de acuerdos firmó con el organismo. Es, además, el que le dio su apodo a su edificio más nuevo. Al HQ2, construido en 2005, algunos lo llaman Edificio Argentina, por la sospecha de que se pudo construir gracias a los intereses que pagó el país durante el endeudamiento de los años 80 y 90.
Es también el que monopoliza gran parte de las sesiones de Directorio Ejecutivo en las que el Fondo toma sus decisiones. A uno de los representantes argentinos en el organismo, sus colegas lo llamaban boss (jefe), porque, le decían, un jefe es el que maneja la agenda, y Argentina se la imponía a todo el Directorio.
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SumateEs, sobre todo, el que negoció históricamente bajo presión, con amenazas y gran parte del país en contra.
Primer acto: el llamado
“Durante la mañana del 8 de mayo de 2018 tomaba un café en el bistró del edificio principal del FMI, el HQ1, cuando recibí un llamado inesperado de Lagarde (N de la R.: Christine Lagarde, directora Gerente del FMI entre 2011 y 2019), quien me contó que (Mauricio) Macri había pedido hablar con ella. Me sorprendió”. Bajo el título de “El llamado menos esperado” Alejandro Werner, el argentino-mexicano director del Departamento del Hemisferio Occidental entre 2013 y 2021, cuenta en su libro La Argentina en el Fondo cómo empezó la negociación para que el país obtenga un préstamo por 50 mil millones de dólares, el más grande en la historia del organismo.
“Por lo general, no se empieza a negociar a nivel presidencial”, dice ahora Werner en diálogo con Cenital. En la búsqueda de un préstamo, el primer contacto es informal y se establece por afinidades. Puede ser el ministro de Economía, o alguien designado de su equipo el que llama al jefe de Misión Argentina o a su superior, el director del Departamento del Hemisferio Occidental, ambos burócratas técnicos del FMI que llevan adelante el caso argentino desde Washington y responden los lineamientos de la directora Gerente.
Vuelva a imaginar que es el ministro de Economía argentino. En esas primeras reuniones, por teléfono o videollamada, le deberá explicar a su contraparte por qué necesitaría un préstamo del FMI. Podrá decir que tiene problemas de balanza de pagos, que el Tesoro no llega a cubrir los vencimientos del trimestre, que el mercado ya empezó a especular con una devaluación, que el Banco Central viene interviniendo sin resultado. Del otro lado, el funcionario del Fondo le podrá decir que ve rigideces en el tipo de cambio, un gasto público desmedido, una gran cantidad de controles. En función de ese diagnóstico inicial, aparecerá una primera sospecha de los condicionantes que podría imponer el Fondo. “La verdad es que ellos (el equipo económico del Macri) casi no preguntaron cómo se vería un programa”, agrega Werner sobre la experiencia de 2018.
Una vez realizados estos primeros contactos –pueden ser tres, cinco, diez o llegar a ochenta, como cuando el equipo de Martín Guzmán negoció el programa de 2022– el proceso se formaliza con una llamada del ministro de Economía al director Gerente, la máxima autoridad ejecutiva del FMI. Después de ese contacto, un equipo del FMI de entre cinco y seis personas –el director o subdirector del Departamento, el jefe de Misión y asistentes de otros departamentos del Fondo, como el de Estrategia, Política y Revisión, o el de Finanzas Públicas, según corresponda- viaja al país para reunirse con equipos del Ministerio de Economía y el Banco Central.
La excepcionalidad del préstamo que recibió Argentina durante la presidencia de Macri, con un monto que excedió el límite de seguridad establecido por el organismo, se tradujo también en el lugar de la negociación. “Era un momento de gran estigmatización del Fondo, así que se acordó de manera atípica que la negociación se realizaría en Washington para evitar la foto de los funcionarios del FMI en Buenos Aires”, explica Werner. Con un detalle: el escenario que se eligió para estos encuentros en los que participó el entonces ministro de Economía Nicolás Dujovne y representantes del Banco Central fue en la sala de juntas del director ejecutivo argentino.
“Es un poco una estupidez, pero la intención era lograr un entorno más argentino”, explica Werner desde su casa en Washington D.C.. “De todos modos, en los siguientes dieciocho meses viajamos más de diez veces a Buenos Aires, siempre con la precaución de explicarles –cuando nos subíamos a un taxi o interactuábamos de manera informal con alguien– que trabajábamos en un banco extranjero o en una empresa multinacional”.
Fueron cuatro semanas de trabajo intenso en Washington. Las reuniones duraban todo el día, pedían sandwiches y ensaladas en los locales de la zona. En una ciudad en la que los restaurantes cierran temprano, si el trabajo se extendía, Werner invitaba a la delegación argentina a su casa. Una vez cocinó ravioles, “mientras compartimos un buen vino y continuamos la negociación en un ambiente más distendido”, recuerda.
“Desde el lado argentino se notaba cierto cansancio, porque las reuniones eran muy burocráticas. Pasábamos días haciendo proyecciones desde inflación hasta el más mínimo detalle del Presupuesto, y Argentina necesitaba más rapidez”, suma quien fuera director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI.
Mientras tanto en Buenos Aires, el peso se devaluaba. El 8 de mayo, cuando Lagarde recibió el llamado de Macri, el dólar cotizaba a $22,9, un 11,4% más que dos semanas antes. En Estados Unidos “el mensaje, más o menos, era ‘ya, muchachos, apúrense, porque esto explota. En Buenos Aires las cosas están moviéndose mucho más rápido que ustedes’”, dice Werner. Con la intención de calmar la corrida cambiaria, Macri no solo se encargó de llamar personalmente a Lagarde, sino que anunció públicamente el inicio de las negociaciones. Cuando un mes después, el 7 de junio, el Directorio Ejecutivo aprobó el acuerdo, que Página/12 decidió titular “Salvavidas de plomo” y La Nación: “El Gobierno pide ayuda urgente al FMI para frenar la crisis cambiaria”, la cotización ya estaba en $25,55 y, una semana después, el 15 de junio, había subido a $28,85.
“Ninguna fricción, por más grande que haya sido, duró más de 48 horas”, insiste ahora Werner en conversación telefónica con Cenital. Quizá sea otra excepcionalidad del 2018, pero cuenta que sigue en contacto por WhatsApp con varios de los funcionarios de aquel equipo como Hernán Lacunza, Guido Sandleris, y el propio Dujovne, a quien se refiere como Nico.
Segundo acto: los encuentros
Martín Guzmán no le prestó atención a los confites M&M que comía Olaf Scholz en la cita que le dio en Washington al poco tiempo de asumir como canciller de Alemania en 2021. Estaba concentrado en conseguir el voto de la silla alemana, una de las más temidas de las 25 que tiene el Directorio Ejecutivo del organismo, por su poder de voto de más del 5% y su postura históricamente fiscalista, que insiste en políticas de ajuste y en garantías sólidas para el cumplimiento de los acuerdos. “No me di cuenta que estaba comiendo eso, me lo contaron después”, admitió unos años más tarde Guzmán en una conversación con Mariana Moyano para su podcast Anaconda, “no sé qué se toma, qué se come. Yo tomaba agua y no percibía nada de lo que estaba pasando, más allá de lo que realmente me importaba”.
Las negociaciones que terminaron con la firma del acuerdo de Facilidades Extendidas (EFF) de 2022, para hacer frente a los primeros pagos de la deuda que había tomado el equipo de Dujovne, tuvieron una escala mayor de la que deja ver un llamado como el de Macri a la entonces directora Gerente, Christine Lagarde, y las cuatro semanas posteriores de trabajo en Washington en 2018.
Más allá de los encuentros técnicos, el equipo liderado por Guzmán tuvo más de ochenta reuniones políticas con países miembro del FMI, de rango de ministro para arriba, y cerca de mil encuentros más con funcionarios de segunda línea, sindicalistas, legisladores, ejecutivos de multinacionales que operan en Argentina y que pueden influir a sus gobiernos de origen. En Argentina, en Washington –como la reunión con Scholz–, en Arabia Saudita: donde fuera necesario.
Fue un despliegue de un año y siete meses. Las primeras conversaciones con el Fondo empezaron a mediados de 2020, apenas cerrada la reestructuración de la deuda con los acreedores privados, y el acuerdo se conoció el 25 de marzo de 2022, cuando el Directorio Ejecutivo aprobó por unanimidad el acuerdo. “Riesgos excepcionalmente altos de incumplimiento”, fue la frase que eligió destacar la prensa local para titular la cobertura de esa reunión del Directorio.
“Nunca me trataron tan mal, ni me insultaron tanto como los argentinos”
“Claudio, ¿cómo podes ser tan duro con tu propio país?” “¡No entendés nada!” “¡No tenés corazón!”, son algunas de las frases que recuerda el argentino Claudio Loser, que fue jefe del Departamento del Hemisferio Occidental entre 1994 y 2002, y le tocó tomar decisiones en la Argentina de la década del 90 y la del default del 2001.
Con experiencia en el arte de la negociación por la demanda de su cargo, incluso en situaciones bajo presión como el México del 1994 en la Crisis del Tequila, dice que nunca lo trataron tan mal ni lo insultaron tanto como los argentinos. “Quizás había una implicancia afectiva y emocional, pero eran negociaciones muy duras. No tanto con el equipo de (Fernando) De la Rúa, pero sí con el de (Domingo) Cavallo”, cuenta ahora el mendocino en una llamada con Cenital. “El café era muy rico. Eso decía la gente del Fondo”, recuerda desde el cuarto de su casa en Estados Unidos, donde vive hace más de 50 años y en el que hoy se encierra a dar entrevistas y leer noticias económicas. “Me obsesiona el tema de la mora”, dirá cuando terminemos de conversar sobre su paso por el FMI.
Argentina firmó cinco compromisos con el FMI durante la gestión de Loser, un EFF en 1994 que se ajustó en 1995 en respuesta a la crisis mexicana, un Stand by en 1996, un EFF en 1998 en el que supervisó el final del programa, y el Stand by de 2000, que se interrumpió en 2001 y le costó su puesto. “Era como el jamón del sándwich. Ni un buen argentino para los argentinos, y poco confiable para el FMI”, recuerda ahora.
La negociación post default de 2001, terminó siendo la última de su carrera dentro del organismo. Loser dejó el cargo en 2002, poco después de que el programa argentino se interrumpiera. “No me lo dijeron, pero interpreto que, por razones políticas, me pidieron que me jubilara”, cuenta. No fue el único: toda la conducción del área para Argentina en ese momento dejó el organismo en esos mismos meses. Puertas adentro del Fondo, el economista jefe de, Michael Mussa, había señalado a ese equipo como responsable de haber sido demasiado condescendiente con los sucesivos gobiernos argentinos antes del colapso.
La dirigencia local
“Lelos, tontos y lerdos”. Así se refirió uno de los negociadores del equipo argentino con el Fondo sobre los empresarios, sindicalistas y buena parte de la dirigencia argentina que, según su relato, desfilaron por las conversaciones sin aportar demasiado.
El rol de estos actores fue creciendo con el correr de las décadas. En los años de Loser, el contacto era esporádico: “Hubo algún encuentro con empresarios, con la CGT, pero eran temas menos influyentes”, recuerda. En 2018, la relación ya era sistemática: el equipo técnico de Werner se reunía con frecuencia con un grupo de dirigentes de la CGT, que Werner recuerda que llamaban “los gordos”, con el sector empresarial y con legisladores.
Para el periodo 2020–2022, el vínculo pasó a ser parte de la estrategia pública de negociación. Guzmán presentó el programa ante la Asociación Empresaria Argentina (AEA) en una reunión que se hizo pública, con el staff del FMI presente, y llevó una propuesta similar a la CGT.
Plantar un árbol
El dicho popular dice que hay tres cosas que necesita una persona para completar su vida: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo.
Los que negociaron con el Fondo en nombre de Argentina, tienen una asegurada. Werner ya escribió el suyo, La Argentina en el Fondo, junto al periodista Martín Kanenguiser. La experiencia de Claudio Loser la relató Ernesto Tenembaum en el libro Enemigos, en el que transcribe un intercambio de cuatro meses de correo electrónico con Loser tiempo después de su jubilación apresurada. Guzmán, con 43 años, y aún como actor protagónico de la discusión pública, prefiere no mencionar el tema. Otros negociadores activos no lo descartan para un futuro.
Sí queda una marca personal. A Loser le costó su puesto. Werner salió indemne: “En mi caso no me afectó, no sufrí nada, yo me la pasé súper bien, aprendí mucho, trabajé mucho, sentí que hice un buen trabajo”. Entre ambos funcionarios hay setenta años de historia argentina con el Fondo, resumidos en dos maneras de atravesar la sala de reuniones.
Glosario
Directorio Ejecutivo (o board): el órgano que toma las decisiones diarias del Fondo. Aprueba programas, revisiones y desembolsos. Lo integran directores que representan a uno o varios países agrupados en sillas.
Silla: el grupo de países que comparte un mismo director ante el Directorio Ejecutivo. La de Argentina agrupa también a Chile, Paraguay, Perú y Uruguay.
Director del Departamento del Hemisferio Occidental: funcionario del staff técnico del FMI a cargo de toda la región de América Latina, con sede en Washington. Es el cargo que ocuparon Claudio Loser y Alejandro Werner.
Jefe de misión: técnico del FMI que encabeza al equipo que negocia cara a cara con el país, y que reporta al Director del Departamento del Hemisferio Occidental.
Director gerente: la máxima autoridad ejecutiva del FMI, que preside las reuniones del Directorio Ejecutivo. Es el cargo que hoy ocupa Kristalina Georgieva, y que antes ocupó Christine Lagarde.
Stand-By Agreement: un tipo de programa de crédito de corto-mediano plazo, pensado para emergencias de balance de pagos.
EFF (Extended Fund Facility / Facilidades Extendidas): un programa de crédito a más largo plazo, pensado para problemas estructurales más profundos. Es el que firmó Guzmán en 2022.
Waiver: una dispensa que el Fondo puede otorgarle a un país cuando no cumplió alguna meta del programa, para que igual pueda seguir recibiendo desembolsos.
Esta nota es parte del especial Te amo, te odio, dame más, por los 70 años de Argentina en el Fondo. Podés leer el resto de las notas acá.