Cómo leer un árbol: violencia y lucha en el bosque
La naturaleza está llena de conflicto. Hay amenaza, tensión y supervivencia en cada especie, incluso en las plantas. Los árboles como máquinas inmersas en constante guerra con su entorno.
No hay calma como la del bosque. El silencio se abre para que una inmensidad sonora se nos presente y en la aparente ausencia notemos todo aquello que sucede aunque no le prestemos atención. A veces un poco de verde es lo que tiñe tan de gris el resto de nuestras urbanas vidas.
Es esta idea de la naturaleza como pacífico santuario la que, entre otras cosas, se propone desterrar el explorador y escritor Tristan Gooley a través de sus obras. Esta calma no es más que una proyección: un efecto secundario de romantizar aquello que no entendemos. Muy por el contrario, lo que encontramos allá afuera no es más que sexo, violencia y una irrefrenable lucha por la supervivencia.
En How to Connect with Nature (2014), Gooley argumenta que aprender a reconocer “el conflicto a nuestro alrededor” es la clave para que el dinamismo propio de la naturaleza se vuelva evidente. El paisaje deja de ser un simple telón de fondo y pasa a convertirse en una historia que nos invita a descifrarla.
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Quizá nos cuesta apreciar todo este caos por una predisposición biológica: nuestra percepción evolucionó para detectar el movimiento y priorizar aquello que podría ser nuestro almuerzo, o convertirnos en el suyo. Es apenas cuando la amenaza se disipa que podemos permitirnos percibir lo inmóvil, lo sutil, lo bello. En otras palabras, la quietud es un lujo cognitivo que solo podemos darnos cuando nuestra vida no peligra.
Esta quietud es la que Henry David Thoreau salió a buscar en los bosques de Walden, a resguardo de los trenes, telégrafos y aquel entusiasmo febril de una época convencida de que toda velocidad era progreso. Hoy, lo hacemos para escaparnos de aquel zumbido que nos acompaña en el bolsillo a donde quiera que vayamos, siempre disponible para alimentar con “movimiento” nuestra frágil capacidad de atención.
Si nunca nos fue fácil leer la naturaleza, es probable que sin darnos demasiada cuenta hayamos incrementado la dificultad y, en consecuencia, el “vivir deliberadamente” de Thoreau nos sea aún más imposible de conseguir.
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SumateSin embargo, es posible ajustar nuestro atolondrado ritmo para registrar el universo paralelo que sucede frente a nuestras narices. Los árboles, y las plantas en general, solo parecen estar quietos porque vamos muy rápido. Les atribuimos pasividad porque rara vez logramos adoptar una mirada un pelín menos antropocéntrica. Como sugiere Alexandra Horowitz en The Atlantic, fallamos miserablemente en verlos de verdad y los tratamos como un mero decorado de fondo para nuestros dramas sin advertir el que ellos viven.
Gooley insiste en Cómo leer un árbol (2024) que los árboles no son verdes santos dispuestos a darnos sombra desinteresada sino máquinas de supervivencia calculadoras, inmersas en constante guerra con su entorno.
Durante la primavera los colores de las flores nos empujan hacia la gratitud por una belleza que no conoce límites, pero esta no existe por y para nuestro deleite. Mientras que los árboles que dependen del viento para esparcir su polen — y no tienen que seducir a nadie — desarrollan flores absolutamente insípidas, aquellos que requieren algo de ayuda se ven obligados a crear aparatos reproductivos imposiblemente sofisticados, moldeados evolutivamente para atraer a los insectos. En palabras de Gooley: “Esa flor bonita que estás mirando es una máquina sexual, prostituyéndose ante las abejas”.

El castaño de Indias (Aesculus hippocastanum) lleva esta lógica transaccional al extremo: sus flores son blancas para empezar, pero se vuelven amarillas al abrirse, anunciando que están listas para la polinización, pero una vez consumada el árbol cambia su química y tiñe esas marcas de carmesí. Y como las abejas no perciben ese rango de color, la flor “desaparece”. Ni pernocte ni segundas citas.
Salvo en la eventual marcha contra Isengard, los árboles suelen parecernos modelos de convivencia. Pero bajo nuestros pies en realidad se libran disputas físicas y químicas por cada recurso. El nogal, por ejemplo, no comparte: a través de sus raíces y de las hojas caídas libera juglona, un compuesto tóxico que inhibe el crecimiento de otras plantas en su entorno inmediato.

Esta hostilidad territorial no se limita al estrato del subsuelo. Gooley describe cómo los árboles altos y consolidados mantienen “ramas defensoras”: extremidades horizontales y bajas, ubicadas en la penumbra del sotobosque, cuyo propósito no es realizar una eficiente fotosíntesis sino robar la poca luz que llega. No crecen para expandirse sino para impedir que otros lo hagan.
La carrera entre distintas especies no siempre la gana el más rápido. Aunque ciertos árboles como los abedules o los alerces aman la luz y brotan con furia luego de un incendio o una tala, otros, como los robles, van creciendo despacito bajo su sombra. Durante décadas aprovechan su cobertura como reparo frente al viento y las heladas, pero un siglo más tarde los sobrepasan, les arrebatan el sol y los condenan a una muerte lenta por falta de luz.
Esta despiadada filosofía también se aplica a su propia anatomía. Mientras que los animales generalmente cuidamos nuestros cuerpos y dedicamos recursos a sanar, los árboles aíslan y abandonan lo que ya no sirve.
Dicha autopoda surge de un monitoreo constante de las extremidades. Si una rama queda atrapada de forma permanente en la sombra de sus vecinas y empieza a gastar más energía de la que genera, el árbol corta por lo sano, literalmente. Se interrumpe el suministro de savia, se sella la conexión interna y la extremidad se seca y cae. Es el desapego en su máxima expresión.
Este fenómeno es aún más drástico frente a la enfermedad. Cuando un hongo atraviesa la corteza, el árbol no intenta rescatar la madera dañada: activa la compartimentación de la descomposición y levanta muros internos alrededor del invasor. Refuerza sus paredes celulares y construye una suerte de cárcel de madera. En el corte de un tronco talado, ese aislamiento se ve como una porción decolorada, la huella de una amputación silenciosa y deliberada.
Pero no es solo contra otras especies vegetales que los árboles hacen de las suyas: muchas veces someten a especies animales enteras utilizando el hambre como herramienta de control poblacional.
Los robles y las hayas, por ejemplo, dominan este arte mediante lo que los botánicos llaman años de fructificación masiva. Si produjeran la misma cantidad de semillas cada temporada, sus consumidores — cerdos salvajes, ratones, ardillas — ajustarían sin dificultad sus tasas de reproducción a tal oferta predecible y en pocas generaciones habría tantos animalitos que no quedaría una sola semilla intacta y estos árboles dejarían de reproducirse.
Para evitarlo, inmensos conjuntos de árboles se coordinan para pasar entre tres y cinco años produciendo la menor cantidad posible de frutos, efectivamente diezmando las poblaciones de animales que se alimentan de ellos. Una vez que lograron su cometido, acuerdan florecer y soltar frutos al mismo tiempo en un evento de fructificación masiva. Seguramente los economistas puedan explicarlo mejor, pero al saturar el mercado después de haber liquidado la demanda, los árboles se garantizan que un porcentaje abrumador de sus semillas logre germinar y pueda algún día volverse el bosque de mañana. Maquiavelo, quién te conoce.
Son todas estas cosas las que se nos escapan cuando miramos un árbol y lo confundimos con un palo, aunque de tonto no tenga una sola rama.
Puede que a los árboles no podamos importarles menos, pero quizá a nosotros puedan importarnos un poco más, si no es para cuidarlos al menos para intentar entender sus aventuras. Quizá en nuestra arrogancia celebramos a la naturaleza por los motivos equivocados y nos maravillamos por una ficción que lejos de acercarnos al mundo que habitamos nos aleja hacia la comodidad del cuento que nos contamos.
Renunciar a nuestro antropocentrismo y a la caricatura infantil, patética e inofensiva que nos presenta puede darnos el enorme privilegio de respetarla por lo que verdaderamente es — en toda su implacable complejidad — radicalmente indiferente a nuestras opiniones y valores.
Resulta que el bosque no era tan silencioso. Solo había que aprender a escucharlo.