¿Cómo construir una alternativa en tiempos de Milei?

La excepcionalidad política de Argentina en la era libertaria abre un nuevo ciclo de liderazgo que demanda empatía, cercanía y audacia. En un contexto de desconfianza y crisis, cómo redefinir el poder y la sensibilidad para construir un futuro esperanzador.

Si tuviéramos que definir en una sola palabra a esta época de la Argentina, posiblemente usaríamos: “excepcionalidad”. El fenómeno Milei y su llegada al poder no se explican de otra manera que por una excepcionalidad histórica — como él mismo la definió — producto de una crisis singular.

Esta anormalidad quizás nos venga a mostrar un tránsito hacia un nuevo ciclo político de la Argentina. O, incluso, quizás ya se haya abierto con la victoria de Javier Milei en noviembre pasado. Lo cierto es que, salga triunfante o derrotado el proyecto libertario, la política deberá repensar su liderazgo. Aun si la experiencia de La Libertad Avanza no resultara exitosa y eso significase una revalorización de la política tradicional por parte de amplios segmentos de la sociedad, hay un punto de no retorno muy explícito con el pasado.

Nuevo equilibrio de poder

El escritor y periodista venezolano Moisés Naím señalaba en su libro El fin del poder que este está cambiando de manos, pero también de formas. Una mutación que ha hecho que los poderes hegemónicos y tradicionales pierdan peso ante el auge de los micropoderes. En Argentina, la más reciente prueba de ello es la pérdida de capacidad de influencia de las dos grandes coaliciones: pasaron, en cuatro años, de contener a 9 de cada 10 electores a hacerlo en 6 de cada 10. En otras palabras, un personaje viral y esperpéntico como Milei ha ganado terreno electoral frente a las antes infalibles maquinarias partidarias de siempre. Si se lo amplía a la conversación cotidiana de la gente, el resultado es aún mayor.

Quién manda

Como el poder, los liderazgos también están cambiando de formas. Pareciera que la llegada de Milei a la centralidad del tablero político no solo impone una nueva narrativa, un novedoso lenguaje y una inusual estética política. Hace algunas semanas atrás, Carlos Pagni se preguntaba quién controla el juego de la política en esta Argentina de dinámica vertiginosa y asfixiante. El presidente encuentra dificultades para cohesionar a los propios en el Congreso, Mauricio Macri no logra conducir al partido que él mismo fundó, Martín Lousteau y su tira y afloje en el ecosistema radical, Cristina y las tensiones internas cada vez más públicas y los gobernadores teniendo que renovar su poder casi de forma cotidiana son elementos que acompañan ese interrogante. Pero también son prueba irrefutable de que, al inicio de esta nueva era, ya no se conduce como antes.

Surfear la desconfianza

El recelo interpersonal, pero también el que recae sobre las instituciones democráticas, va en ascenso en el mundo. Y en especial en América Latina, catalogada como la región más desconfiada del planeta. A comienzos de año, en un foro organizado por el banco de desarrollo CAF en Panamá, expertos advertían sobre la posibilidad de que esta tendencia aumente.

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En el caso de nuestro país, en 2020 el informe del Latinobarómetro señalaba que solo el 15% de los argentinos y las argentinas creían que “se puede confiar en la mayoría de las personas”. Es decir, tan solo tres puntos más que el promedio en la región, pero con una abrumadora mayoría desconfiada. Y, a excepción de las Fuerzas Armadas, el conjunto de las principales instituciones públicas son reprobadas por la ciudadanía argentina. Con un detalle: las tres mejor valoradas — Fuerzas Armadas, 59%; Policía, 37% e Iglesia, 30% — son instituciones no elegibles de manera directa por la gente. Si la administración de la crisis y de las expectativas de cambio eran desafíos más que importantes, el manto de desconfianza generalizado agrega una capa más de dificultad.

Condimentos para liderar la alternativa

Milei y su gobierno están exhibiendo, y haciendo gala, de una gran frialdad. Tanto para hablar de temas sensibles como a la hora de comunicar las malas noticias. Desde los ampliamente divulgados videos del presidente libertario hablando de gente económicamente deseable o no, pasando por la dureza del discurso de asunción, la apatía ante el desmayo de adolescentes a escasos metros suyo o la utilización del síndrome de down como insulto, hasta las declaraciones de la canciller diciendo que “si sos jubilado es casi seguro que te vas a morir”. Todo ello refuerza la idea de un gobierno insensible. Hasta el momento, pareciera que es la crudeza que la sociedad tolera y demanda. Pero que no es infinita ni lineal.

La pregunta, entonces, surge casi automáticamente: ¿Cómo darle la vuelta a este relato de la crueldad? ¿Cómo salir del laberinto del sufrimiento? Habrá muchas respuestas posibles. Generar una narrativa que aglutine a todos aquellos que entiendan que ser sensibles y empáticos con la pobreza, los maltratos, la soledad y la falta de respuestas del gobierno no solo es posible sino que es necesario. Una idea que, además, ponga la mirada en el horizonte (y no en el espejo retrovisor) y genere una nueva ilusión en el porvenir.

Y para que ello ocurra es imperioso que, al mismo tiempo, surjan liderazgos que dialoguen con este clima de época, con sus dolores y sus esperanzas, y tengan como elementos constitutivos algunos de los siguientes atributos:

Empatía. Sentir el sufrimiento del otro como propio.

Transversalidad. Huir de los sectarismos y los sesgos de confirmación.

Cercanía. Volver al contacto cara a cara, huyendo del anonimato de la virtualidad, escuchando mucho y hablando poco para entender (y conquistar) el corazón de las y los electores.

Resiliencia. Saber transformar ese dolor en esperanza. Pero no solo desde la historia personal, sino saber proyectarlo.

Audacia. Tocar temas incómodos y tabúes sin complejos ni refugiándose en el confort de lo conocido.

Sensibilidad. Conectar desde los sentimientos. La sensibilidad puede ser el valor — el espacio — de reencuentro de dirigentes enfrentados. Y llevar el debate hacia un marco de sensibilidad / insensibilidad.

Autenticidad. Credibilidad, genuidad, imperfección. La gente los quiere (necesita) así, reales.

Jóvenes. Discursos frescos que oxigenen las narrativas actuales y puedan interpelar a las nuevas generaciones.

Federales. No se puede representar de manera sesgada al territorio. En otras palabras: salir de la lógica ambacentrista donde todo se decide en un par de manzanas de CABA.

Templanza. En los términos de cómo lo definió Norberto Bobbio: lo contrario de la arrogancia, la prepotencia, la vanidad y el abuso de poder.

Generando así un contradiscurso eficaz, novedoso y transversal que antagonice con la idea de que la única receta posible es “el ajuste más salvaje de la humanidad”, del que se enorgullece el propio presidente.