Columna de las simples cosas
¿Qué se pierde cuando cierra un lugar valorado en el barrio o cambia un producto a lo largo del tiempo? El café, ¿es la bebida o es el lugar? El alfajor, ¿simple o sofisticado? Hábitos, sociabilidad y vínculos.
El cierre de un viejo café de Almagro se anunció hace ya unos cuantos días. En una esquina cercana al Parque Centenario, había un café y ya no lo habrá. La noticia esperablemente entristeció a aquellos que lo frecuentaban, que lo querían, que llegaron a sentirlo incluso una parte de sus vidas. Se comprende lo que duele que un espacio valorado se pierda, y que al perderse se lleve consigo el disfrute ritual de ciertos hábitos (tan sólo en las napas emponzoñadas de las redes sociales afloraron las pirañas del rencor a burlarse de los que allí habían expresado su pena, porque es común que se regocijen apenas algún padecimiento ajeno aparece).
Se cierra un bar: se pierde. Pero, ¿qué es lo que se pierde en eso que se pierde? Semanas atrás, en una nota del diario Clarín, Gabriel Payares señaló con claridad lo que tiende a pasar entre nosotros a propósito de la cuestión del café. La palabra de por sí designa, a un mismo tiempo, un lugar y una bebida. Pero es la acepción del lugar la que, entre nosotros, en general prevalece. No hay más que considerar, por caso, lo que se ha cantado en el tango cada vez que se le cantó al café. De “Cafetín de Buenos Aires” de Enrique Santos Discépolo al “Café La Humedad” de Cacho Castaña, pasando por la letra de Cátulo Castillo para “Café de los Angelitos”: lo que se evoca del café es el lugar y su sociabilidad (las mesas que nunca preguntan, la vieja esquina de la antigua amistad, billar y reunión, etc.) y lo que se bebe ni se menciona (o se menciona para decir que el café es negro, para decir que ya se enfrió; es decir: nada). La cosa cambia en el rubro alcohol de los bares (ver, por ejemplo, Black Out de María Moreno), pero ya no se trata de la dualidad semántica del café y del café.
Un lugar. Un lugar donde encontrarse con alguien o donde ensimismarse, donde entregarse al trabajo o al ocio, donde hacer o perder tiempo, un lugar desde donde hacer (eso depende de las ventanas) de la escena urbana un paisaje. En el café se puede estar solo y a la vez con otros (solo cada cual en su mesa, y al mismo tiempo con los otros, los de las otras mesas), en vez de tener que optar entre una cosa y la otra. Lo buscan los que precisan reunirse a conversar, pero también el que precisa estar en silencio un buen rato. Y de paso, tomar algo. Usualmente, aunque no siempre, un café.
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Existen también, por supuesto, los sibaritas de la cafetería: sutiles, entendidos, exquisitos. Pueden hasta prescindir del espacio del café (por eso existen los cafés al paso, despachos de mostrador solo o reductos estrechos hasta la opresión), porque lo que en verdad les importa es lo que van a tomar. En paladeos de ojos cerrados, con catas previas de aromas y una vasta erudición sobre granos y tratamientos, se entregan a la pasión del café (de la bebida) con el fervor singular que es propio de las pasiones (lo raro es que algunos de ellos se ponen extrañamente ariscos con quienes, por la razón que sea, no comparten esa pasión; incluso un cronista apacible de gratos pueblos bonaerenses reaccionó muy agresivo ante un caso de desinterés). Se previenen del torrado y se sientan donde sea, como hay otros que eligen bien el lugar y, una vez ahí, toman despreocupadamente lo que sea que les den (otros por su parte se fijan en las dos cosas; y otros, en cambio, en ninguna). La palabra café lo abarca todo (algo así pasa también con la palabra “milonga”: es música, es baile y es el lugar de baile. Bien se puede congeniar los tres elementos, pero también se puede disociarlos. Ver “Milonga”, de Oliverio Girondo, en Veinte poemas para ser leídos en el tranvía).
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Contestá la encuestaEn esta cuestión, no menos que en tantas otras (indumentaria, comidas, perfumes, etc.) está el gusto por la sofisticación y está el gusto por lo simple. Lo simple puede tener un prestigio ganado (de hecho en la poesía existe el “sencillismo”); basta pensar por ejemplo en la “Canción de las simples cosas” de César Isella, la que dice primero: “Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas / esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón”, y agrega algo después: “Que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo”. ¿Y no hay algo de eso también en “Te propongo” de Sandro, cuando dice: “Te propongo simplemente que me quieras”? Caminar de la mano, algún cine continuado, mirar vidrieras: ¿no es del mismo rango del amor que “aquellas caminatas junto a la costanera” de Leonardo Favio en “Ella ya me olvidó” o de la rosa de “Simplemente una rosa”?
Lo simple se desmerece en ocasiones como cosa elemental o incluso rústica, sobre todo cuando los sofisticados, no conformes con solamente serlo, necesitan ejercer un desprecio sobre aquellos que no lo son. Pero a veces es por la vía de la sofisticación que se alcanza lo verdaderamente simple, sin que eso suponga enrosques o rebuscamientos (otro modo de la complejidad, más discreto, y aun secreto). Y otras veces se prefiere lo simple porque es simple, porque sí, por puro gusto de simpleza.
Dando vueltas a estas cosas, me topo el otro día con el siguiente slogan: “Lo simple garpa”. Pasa raudo delante de mí, en la luneta de un colectivo. Pero alcanzo a transcribirlo: “Lo simple garpa”. ¿De qué es? Del alfajor Jorgito, un alfajor que suelo comer (o, como se dice ahora, consumir). En la luneta del colectivo no figura, pero acude al instante el recuerdo: el logo de Jorgito, el jopo de Jorgito. El mismo logo de siempre y el mismo jopo de siempre, que obviamente no son los de siempre, pues van cobrando, en su persistencia, un aire de anacronismo que sólo puede darles el tiempo. Ese jopo y ese chico, ¿a qué época pertenecen? ¿De qué capa cronológica provienen? ¿En qué frecuencia histórica se ubican, para poder seguir siempre ahí, simplemente ahí, como si nada?
En la misma luneta del mismo colectivo, también dice y también leo: “Qué bueno que seguís siendo el mismo”. La leyenda del aviso se lo está diciendo a Jorgito: a Jorgito, el chico del logo, y a Jorgito, el alfajor. Hay algo que en cierto modo conecta acá lo simple con lo que permanece. Se aprecia la permanencia, valorando que algo bueno, algo que se disfruta, no se pierda y siga ahí. Un alfajor, una cosa simple, que no dejó que la devore el tiempo. Un alfajor, una cosa simple, pero además un alfajor simple, siempre en su misma condición de alfajor. A salvo de la muerte lenta: no dejó que lo devore el tiempo.
Lo que está haciendo Jorgito no es sino confrontar con Havanna, un alfajor que suelo comer (o, como se dice ahora, consumir). Porque Havanna viene ensayando variantes de audaz experimentación: primero el alfajor con sal marina, luego los lanzamientos de homenajes playeros (el alfajor Playa Bristol, el alfajor Playa Grande), por fin su irresistible adhesión a la moda general del pistacho (otro aviso de Jorgito, ahora en un afiche callejero, remarcaba filosamente que “la sal es para ponerle el asado”). A toda esta sofisticación, o tal vez extravagancia, le responde el alfajor Jorgito: “Lo simple garpa”, invocando, sin decirlo, al fantasma de la sofisticación, que no es otro que el snobismo (o, en versión criolla, la tilinguería), y al fantasma de lo nuevo, que no es otro que la moda (esto es, lo falsamente nuevo, más del lado de lo efímero). No es contra lo nuevo, sino contra el fetichismo de lo nuevo, que en su momento atinó a poner en discusión Theodor Adorno, que se enarbola este agradecimiento: qué bueno que seguís siendo el mismo. Y por extensión: que bueno que seguís siendo simple.
Hace un tiempo, en los años del “fin de la historia”, muchos cafés de la ciudad procedieron a plegarse a esa consigna de moda, borrando sus huellas históricas bajo una estética de uniformización monocorde. Todos con los mismos acrílicos, todos con los mismos neones, todos con las mismas plantas artificiales, etc., dejaron de ser ellos mismos para pasar a ser ninguno, es decir, todos lo mismo. Y todos fundados en un mismo año: el año en curso, o un año cero. Historia no había más. Imperaba el presente absoluto.
Hoy, en cambio, en Buenos Aires, en la esquina de Santa Fe y Pueyrredón, El Olmo declara: 1925. Y en la esquina de Avenida de Mayo y Perú, la London declara: 1954. En Callao y Corrientes, La Ópera declara: 1928; en Corrientes y Uruguay, La Giralda: 1930; en Corrientes y Talcahuano, Ouro Preto: 1947; en Corrientes y Rodríguez Peña, El Gato Negro: 1928. En Paraguay y Scalabrini Ortiz, Varela Varelita declara: 1950. En San Luis y Anchorena, el café Roma declara: 1927. En Del Carril y Zamudio, El Motivo declara: 1959; en La Pampa y Constituyentes, El Faro declara: 1931. Y etc., etc., etc. La tendencia a la inscripción histórica (de la que participan también unas cuantas pizzerías: La Americana, Banchero, Imperio, Kentucky, El Cuartito, Pin Pun), antes que cultivar alguna clase de mito de origen, antes que ambicionar el aura de la tradición propia de los sitios emblemáticos, parece estar ahí en procura de otra cosa: ser un signo de persistencia, decir que hay algo que pese a todo no se ha perdido, entre tanto y tanto que se pierde y que se va.