Colombia: De la Espriella sacó ventaja para la ultraderecha outsider

El abogado y empresario que hizo un despliegue de lujo y masculinidad, que prometió mano de hierro y megacárceles militarizadas, se perfila fuerte para el ballotage.

El primer lugar de Abelardo de la Espriella –un abogado penalista, rico, de extrema derecha y sin experiencia política– en las elecciones presidenciales colombianas no estaba en ninguna encuesta seria. Todas ellas tomaban nota de su ascenso, que se aceleró en los últimos meses y se disparó en las últimas semanas, pero se descontaba que el primer colocado en la segunda vuelta sería el izquierdista Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico y de Gustavo Petro. La peor encuesta daba a Cepeda un punto de ventaja, y algunas –las más amables– estiraban la diferencia hasta veinte. En el oficialismo llegaron a hablar de victoria en primera vuelta, que será el 21 de junio. 

El resultado de De la Espriella, que terminó primero con el 43,7% de los votos contra el 40,9% de Cepeda, anticipa un favoritismo claro de cara a la segunda vuelta electoral. La conservadora Paloma Valencia, candidata del Centro Democrático, el partido de Álvaro Uribe, quedó reducida a menos del 7% de los votos. Si el voto conservador, uribista y anti-petrista se ordena detrás del candidato de Defensores de la Patria, será prácticamente partido liquidado, a pesar de las características personales de De la Espriella, que era en los papeles el candidato más cómodo para la planificación electoral oficialista.

El salto del tigre

Hace algunos meses, en un berenjenal de candidatos opositores, De la Espriella era apenas el más pintoresco entre quienes competían por representar el rechazo al gobierno de Petro. La derecha colombiana se debatía entre la tradición uribista, debilitada desde la presidencia de Iván Duque, un rol activo de Vicky Dávila, directora de la revista opositora Semana, y una lista de aspirantes de trayectorias varias. De la Espriella se ubicó en el espacio vacante de la ultraderecha cuyo centro era el mundo digital, desconectado de las estructuras políticas y emparentado con referencias regionales outsiders entre las que Javier Milei, Jair Bolsonaro, y sus campañas ocupan un lugar destacado. Discurso brutal, ausencia de estructura partidaria y la novedad como fin en sí mismo.

Si te gusta Mundo propio podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los lunes.

De la Espriella encarnó su candidatura como una tarea personal, alejada de la lógica colectiva de la institucionalidad política. Con mucho de espectáculo, el abogado y empresario hizo un despliegue de masculinidad más propio de influencers de la machósfera como Andrew Tate, con idéntica estética de lujo y agresión. Prometió mano de hierro, megacárceles militarizadas y un infaltable discurso de revelación religiosa. En sus spots y eslóganes, se autodenominó como “el Tigre”, un apodo que antes correspondía a Radamel Falcao, y adoptó el color amarillo de la selección nacional

¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te  pedimos que nos des una mano para seguir.

Sumate

Su discurso de anoche, desde un buque blindado y con la camiseta del seleccionado nacional es un buen resumen de una campaña que tuvo su estrella polar en el salvadoreño Nayib Bukele. Como suele suceder con estas figuras, su biografía como paladín contra la delincuencia es al menos curiosa. Defensor de alto perfil de figuras sumamente cuestionables, se recuerda su rol como abogado del empresario colombiano-venezolano Alex Saab, a quien se sindicaba como brazo financiero del régimen de Nicolás Maduro. Como también suele suceder, en un mundo en el que Donald Trump, acaso el más célebre de los millonarios tramposos, pudo representar a los perdedores del capitalismo estadounidense, sus debilidades personales no fueron importantes.

El contraataque de Petro

Imposibilitado de presentarse a la reelección, Gustavo Petro llegaba a los comicios en su mejor momento desde la luna de miel del inicio. Durante el último año de su mandato, el presidente colombiano apostó decididamente a utilizar el poder presidencial para otorgar beneficios tangibles a su base en los sectores más postergados de Colombia, construyendo un legado político y, a la vez, intentando colar un sucesor. 

La medida más contundente fue el aumento del salario mínimo del 22,7% en 2026, muy por encima de una inflación que oscila entre el 5 y el 6 por ciento anual. Un aumento muy superior a la política de recuperación salarial moderada de los anteriores años de su gobierno. Una estrategia de redistribución directa de ingresos en el país más desigual de Sudamérica, y uno de los más desiguales de la tierra. Petro también deja un presupuesto expansivo, con aumento del gasto social, inversión directa en municipios, medidas de reforma agraria y mayor presencia estatal en territorios históricamente abandonados. 

Antes, los choques con el Congreso habían dado resultados irregulares. Una reforma tributaria al inicio del mandato, una reforma de pensiones y avances parciales en materia de reforma laboral. Una reforma de salud fracasada se convirtió en símbolo de los límites de las ambiciones de un gobierno al que le costó hacer frente a la crisis del sistema sanitario.En su último año, Petro logró, por la vía del control presupuestario del Ejecutivo y de instituciones de regulación salarial, una impronta reformista que le había sido difícil plasmar a nivel legislativo. Los resultados se reflejaron en las encuestas. Su popularidad, que osciló apenas por encima del 30% durante la mayoría de su mandato, se ubicó durante este año encima del 40%.

Indicadores que mejoran, problemas estructurales que no

Cuando termine su mandato, la izquierda colombiana podrá mostrar indicadores sociales mejores que los que recibió. La pobreza multidimensional bajó en 2025 a 9,9%, el nivel más bajo desde que empezó a medirse en 2010. El desempleo también llegó a niveles históricamente bajos, en torno al 8,9%, mientras creció el empleo formal asalariado.

Con todo, los problemas estructurales siguen allí, y algunos, incluso se agravaron. La desigualdad colombiana no es sólo entre ricos y pobres. Las brechas territoriales, entre las ciudades y regiones rurales sigue siendo enorme a pesar del gasto social. Colombia cerró el 2025 con un déficit fiscal cercano al 6,4% del PBI, el más alto desde la pandemia. La inversión privada se debilitó, particularmente en el sector de hidrocarburos, donde la acción gubernamental tiene importante responsabilidad.

Petro hizo de la transición energética una de sus grandes banderas. Prometió descarbonizar la matriz productiva, frenar nuevos contratos de exploración de petróleo y gas, rechazar el fracking y empujar a Ecopetrol hacia una nueva etapa verde. La política de Petro de no autorizar nuevas exploraciones y explotaciones de petróleo y carbón –aunque sí la inversión en las existentes, una distinción que a veces no es sencilla– no generó un boom en proyectos verdes. 

El petróleo y el carbón siguen siendo los principales productos –al menos legales– de exportación colombianos. La producción petrolera cayó en 2025, el déficit comercial fue récord, y dio combustible al discurso de De la Espriella, que promete reactivar petróleo, gas, minería y fracking. El crecimiento fue modesto en 2025, incluso con el repunte del final impulsado por el gasto, fue de apenas 2,6%.

El fracaso de la “paz total”

Aún con sus problemas, no es la economía, sino la violencia, el principal problema de Petro. Su gran propuesta de campaña fue la que llamó “paz total”. Extender el espíritu de los acuerdos con las FARC a otros grupos armados. Negociar con el ELN y con disidencias de las FARC que no abandonaron las armas. La hipótesis era que Colombia no podía resolver por la vía militar una violencia que llevaba décadas y que, mediante acuerdos que restituyeran el control del Estado sobre todo el territorio, podían alcanzarse resultados. Las negociaciones fueron, por regla general, un fracaso.

En las disidencias, la relación entre ideología y crimen organizado es la contraria a la de las FARC. Si en aquellas primaban consideraciones políticas y las economías ilegales eran un medio, en las disidencias que sobreviven son un fin en sí mismo. El diálogo con el ELN se suspendió después de nuevas ofensivas y acusaciones de crímenes de guerra

De acuerdo a distintos Informes, los grupos armados ilegales crecieron durante la presidencia de Petro. La Cruz Roja señaló que 2025 dejó el peor impacto civil del conflicto en una década, en materia de desplazamientos, asesinatos y desapariciones. En un país que, en el pico de la violencia, vio explotar un avión en el aire o un atentado con bomba en el centro de Bogotá, conviene no exagerar la dimensión de la crisis, pero las estadísticas reflejan un aumento sostenido de los homicidios en Colombia, que acompaña una percepción de descontrol. 

El asesinato del candidato presidencial Miguel Uribe Turbay es emblemático de la violencia en aumento. De la Espriella aprovechó como nadie esa situación. Desde su cercanía incluso estética con Bukele, prometió mano dura, megacárceles, persecución militar de grupos armados, destrucción de cultivos ilícitos y una ruptura frontal con las políticas de paz total. 

Cepeda es lo contrario. Con trayectoria construida en la defensa de los derechos humanos y una biografía marcada por la violencia política. Es hijo de Manuel Cepeda Vargas, senador de la Unión Patriótica asesinado en 1994. Casi lo contrario al espíritu manodurista.

La cuestión institucional

En los búnkers oficialistas se preguntaban si los conservadores tradicionales votarían por un candidato con el perfil de De la Espriella. Estridente, inexperto, con un discurso autoritario y sin base parlamentaria, la idea de que es un peligro para la institucionalidad colombiana no es caprichosa. El problema es que, si bien no rompió en ningún momento, el discurso de Petro también fue en muchísimos momentos, estridente y desmesurado.

Petro hizo una marca personal de la confrontación con los otros poderes. Apeló a la movilización callejera cada vez que el Congreso limitó su agenda reformista, e intentó el camino de la consulta popular, que fue bloqueada por el Poder Judicial por no contar con el aval del Senado. Su relación con las cortes, los organismos de control, la prensa y los empresarios fue tensa, y las acusaciones de corrupción, incluso contra su propio hijo, florecieron en su mandato.

Esa estridencia también apareció en política exterior. Petro convirtió a Colombia en una voz clara contra la invasión de Gaza, se pronunció contra la política antidrogas de Estados Unidos y contra las derechas globales. Algunas veces, le trajo dolores de cabeza y contradicciones. Su llamado en Nueva York a que soldados estadounidenses desobedecieran a Trump, que terminó con una reunión en la Casa Blanca en la que el tono fue casi de adulación, o su convocatoria a formar un ejército internacional para Palestina, a la que no aportó un solo soldado.

La esperanza en la campaña del miedo

Para el oficialismo, la campaña de cara a la segunda vuelta probablemente no pase por el eje institucional. Hay una campaña del miedo obvia: De la Espriella recortará derechos sociales. La advertencia es razonable. El déficit fiscal es alto, y el candidato ultraderechista promete bajar impuestos y reducir el Estado. La aritmética es evidente. Javier Milei probablemente sea protagonista. De la Espriella solía citar a Milei como un ejemplo, y Petro hizo de Milei uno de sus blancos regionales favoritos.

Aunque sea una línea potente, difícilmente alcance para resolver el problema aritmético. De la Espriella salió primero. Paloma Valencia, la tercera colocada, y Álvaro Uribe, el principal referente político del espacio anunciaron su apoyo. La suma de los conservadores supera el 50% de los votos de la primera vuelta. Cepeda debería sumar la totalidad del pequeño espacio de centro y aumentar la participación electoral. No es imposible, y un candidato como De la Espriella puede cometer sus propios errores durante la campaña que hoy se reinicia. Pero parece difícil. La desorientación oficialista se resume en una escena. Gustavo Petro, de madrugada, desconociendo en X el conteo provisorio oficial por no tratarse del escrutinio definitivo. Casi una definición de la impotencia.  

Qué más estoy leyendo:

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.