China redujo su contaminación, pero era lo que protegía al ártico

Al contaminar menos la atmósfera, se habría acelerado el calentamiento global al derretirse los hielos del polo norte.

En la última década, China logró reducir de forma drástica su contaminación atmosférica. ¡Vamos todavía! El asunto es que ese mismo éxito podría haber acelerado el calentamiento global.

La paradoja aparece en un estudio reciente, publicado en npj Climate and Atmospheric Science, que reconstruye cómo las altas emisiones de aerosoles industriales en Asia Oriental entre 2000 y 2014 alteraron la dinámica de los ciclones invernales sobre el Pacífico Norte, que se desplazaron hacia el Ártico, contribuyendo con la fractura del hielo del mar de Bering. La exitosa reducción de alrededor del 75% en la contaminación por sulfatos impulsada por China desde 2013 revirtió parcialmente ese patrón y redujo el daño.

Pero aparentemente esos mismos aerosoles durante más de una década funcionaron como una suerte de escudo protector que reflejaba parte de la radiación solar, enfriando temporalmente el planeta. En otras palabras, la contaminación compraba tiempo. Como resume un investigador no involucrado en el estudio, ese smog “ralentizó temporalmente el calentamiento global y nos dio un poco más de tiempo para adaptarnos a un clima más cálido”. El efecto ahora registrado no es tanto un nuevo problema sino la exposición apenas más nítida de un calentamiento impulsado por gases de efecto invernadero que, tarde o temprano, iba a imponerse de todos modos. La contaminación atmosférica sirvió a modo de “barrer bajo la alfombra” dinámicas de calentamiento latentes.

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El mayor problema es que una vez “desenmascarado” este calentamiento opera en todas las estaciones y, a largo plazo, probablemente pese más que las alteraciones episódicas de las tormentas. Asimismo, conviene tener presente que China redujo sus emisiones de aerosoles en una década lo mismo que a Europa y Norteamérica le tomó tres.

Adicción o no, las redes sociales empiezan a pagar

La discusión acerca de si el uso problemático de redes sociales implica o no una adicción en términos clínicos está muy lejos de llegar a una conclusión. Mientras tanto, la cuestión empieza a virar hacia la cuantificación de daños.

Un jurado en California condenó a Meta a pagar 4,2 millones de dólares y a YouTube otros 1,8 millones a una mujer de veinte años, identificada como K.G.M., que usaba YouTube desde los ocho y redes sociales desde los nueve. Apenas un día antes, otro tribunal, en Nuevo México, había impuesto a Meta una multa de 375 millones de dólares por involucrarse en prácticas comerciales “inconcebibles” que se aprovecharon injustamente de la vulnerabilidad e inexperiencia de los niños. (Una victoria para Meta, que logró reducir a un quinto el monto original y vio sus acciones subir un 5%).

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En ambos casos, las sentencias apuntan a rasgos de diseño muy concretos —el scroll infinito, las recomendaciones algorítmicas y la reproducción automática—, que a esta altura sabemos que no son meras decisiones de diseño inocentes sino tácticas de máquina tragamonedas.

Esta vez la estrategia judicial supo evadir el desgastado debate sobre definiciones de adicción o la ineficiente moderación de contenidos y en cambio dirigirse contra cuestiones mucho menos controversiales y bien documentadas como la arquitectura misma de las plataformas digitales. La justicia civil determinó que el perjuicio no nace de una historia familiar trágica, como quisieron argumentar estas empresas, sino de una maquinaria perversa de estímulos diseñada deliberadamente. Este cambio de dirección en las denuncias incluso llevó a Moody’s a advertir sobre las ramificaciones para inversores y aseguradoras.

Que le llamen como quieran, pero las consecuencias tangibles de haber renunciado a nuestra soberanía cognitiva y atencional empiezan a hacerse tan evidentes que hasta un jurado puede reconocerlo.

Sin espacio en el espacio

Desde que a finales de los cincuenta la URSS puso en órbita al simpático Sputnik, alrededor de la Tierra circulan cada vez más satélites.

De los 14.000 objetos lanzados hasta fines de los setenta, todavía sobrevive cerca de la mitad. Para el año 2000 ya sumaban más de 20.000, y hoy giran alrededor del planeta más de 30.000 objetos rastreables. El salto responde en gran parte a la incorporación de empresas privadas al mercado aeroespacial. Megaconstelaciones privadas, como las de Starlink de SpaceX o Leo de Amazon, podrían llevar el número hasta 60.000 antes de 2030.

Pero un satélite no gira sin más alrededor del planeta: constantemente debe luchar contra la gravedad terrestre. Para mantenerse en órbita debe ajustarla regularmente y es cuando el combustible para estas maniobras se agota eventualmente cae. Además, muchas veces deben esquivar a otros satélites o a las decenas de miles de fragmentos que giran a miles de kilómetros por hora, generalmente resultado de lanzamientos u otras colisiones. Esta congestión llegó a un punto tal que la FCC de Estados Unidos hace poco aplicó la primera multa de la historia a una empresa por no retirar correctamente un satélite obsoleto.

Aunque el espacio cercano pueda parecernos inagotable, las órbitas útiles son un recurso finito que depende de un nivel de cooperación difícil de imaginar. El riesgo de una reacción en cadena entre satélites, que derivaría en aún más fragmentos en órbita amenazando al resto, suele conocerse como síndrome de Kessler. Si solo por un momento la cooperación se suspendiera, la situación podría descontrolarse en pocos días.

Por supuesto que ya se habla de brazos robóticos, redes para atrapar satélites y otros sistemas para bajarlos desde las estrellas, estas tecnologías avanzan muy por detrás del ritmo de los lanzamientos actuales.

Tanto The Guardian como el Washington Post publicaron visualizaciones excelentes de este embotellamiento orbital.

Los chicos, ¿están bien?

Un dato que parece haberse colado recientemente en las conversaciones acerca de “los jóvenes de hoy” es que, aparentemente, ciertos estudios apuntarían a que son menos inteligentes que la generación precedente, algo jamás observado en la historia contemporánea.

Más de uno se sacó las ganas de titular al respecto y para cuando llegaron las sutilezas, por ejemplo de parte de Jared Cooney Horvath —quien dio su testimonio frente al Senado estadounidense y puso en marcha esta bola de nieve— ya nadie estaba prestando atención.

Pocas costumbres son tan observadas como la de quejarse de las generaciones que nos siguen, pero los datos cuentan otra historia. Por suerte Melinda Wenner Moyer se tomó la molestia de revisar qué dice la evidencia y encontró que incluso si es un tema a veces complejo e impenetrable, las nuevas cohortes registran coeficientes intelectuales más altos, mayor empatía y una capacidad de autorregulación superior a la de hace cincuenta años. Por ejemplo, en el caso de los tiempos de tolerancia a la frustración (y la capacidad de esperar una recompensa), estos casi se triplicaron desde la década del setenta.

La percepción contraria, para sorpresa de nadie, parece responder en gran medida a un sesgo cognitivo básico: proyectamos nuestras habilidades adultas actuales hacia nuestro propio pasado. Así, por ejemplo, los adultos con buen nivel de lectura asumen automáticamente que los chicos de hoy leen menos y peor de lo que lo hacían ellos a esa misma edad.

Pero si hay un declive en la lectura, el problema real no pasa por una supuesta atrofia atencional nativa en los chicos, sino por una terquedad pedagógica de los adultos. Durante décadas, el sistema educativo abandonó la transmisión de un conocimiento general compartido para abrazar una visión puramente romántica e individualista, la cual trata a la comprensión lectora como si fuera una mera habilidad mecánica y abstracta. Como argumentan los autores de un ensayo al respecto, nos convencimos de que bastaba con enseñar técnicas vacías para inferir ideas principales, olvidando por completo que sin un acervo cultural de fondo, cualquier texto complejo se vuelve un jeroglífico imposible de descifrar.

Leer depende en gran parte del contexto en el que se da esta lectura. Si a esta falta de cultura general se le suma la tentación de confundir leer un libro con consumir un resumen regurgitado por una máquina, el resultado seguramente provoque muchos más titulares acerca de cómo todo tiempo pasado fue mejor.

Investiga sobre el impacto político y social de la tecnología. Escribe «Receta para el desastre», un newsletter acerca de ciencia, tecnología y filosofía, y desde 2017 escribe «Cómo funcionan las cosas», un newsletter que cruza ciencia, historia, filosofía y literatura desde la exploración de la curiosidad.