Camila Sosa Villada: “La identidad es una cárcel. Nos vuelve legibles para el sistema”
En #PlanoCorto, Emilse Pizarro conversa con la escritora y actriz sobre vínculos, sufrimiento, drogas, cancelación, identidad travesti y la revolución del ocio.
Hace frío pero ella lleva un solero con estampado animal print y la belleza dolorosa que dan los tacos: unas sandalias altas muestran sus pies desnudos. Por abrigo, una chaqueta de cuero que se quitará apenas entre al estudio. La sonrisa, de dientes parejísimos y reales, blanco hueso, sugieren que puedo acercarme. Pero hay una alerta y está en su mirada: no tanto.
Camila Sosa Villada, nacida en 1982 en La Falda, provincia de Córdoba, este año estrenó y protagonizó en cine, dirigida por Javier Van de Couter, la adaptación de su novela Tesis sobre una domesticación. También publicó su sexto libro, “La traición de mi lengua” (Tusquets).
–Decís que la memoria es el afecto más traidor que existe. ¿Por qué?
Primero porque es un afecto: es como el amor, como la nostalgia, como la rabia. Y segundo porque es de las cosas que más te traicionan. Una de las cosas en las que vos más confías es de las cosas que más te miente. Hay un ejemplo clarísimo de esto: una escritora que le reclama durante toda su vida a su mamá que le cortó un vestido con el que se iba a ir a una fiesta, la Gornik (Vivian Gornick). La mamá le dice, “nunca hice eso, eso nunca pasó”. Ella dice: “puede ser que me lo haya fabulado todo, puede ser que me lo haya imaginado todo”. Es un afecto que te cuenta algo que vos en algún momento necesitás verlo de esa manera y después te das cuenta que te está traicionando, que te está engañando.
–¿Te descubriste en alguna auto traición así?
Miles de veces. Momentos en los que pensé que alguien no me quería, momentos en los que pensé que alguien me había hecho algo malo y en realidad lo que me estaba haciendo era algo bueno.
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Sumate–¿Te dio bronca?
No, bronca no. Pero sí entiendo que es un juego enorme el que una juega con los recuerdos, sobre todo cuando una se dedica a escribir.
–¿Editás a tu favor tus recuerdos o te jugás en contra?
Por lo general en contra [ríe]. A veces puede ser que a favor. Pero en suma casi siempre es en guerra contra mí misma.
–En tu último libro, La traición de mi lengua decís que hace poco tiempo decidiste que la identidad no era nada, que la identidad era una cárcel, al final la identidad solo era un consuelo.
¿Tengo que dar cuenta de cada cosa que escribí?
–No, pero hay cosas que me parecen interesantes.
Estoy de acuerdo conmigo en ese texto. Sí creo que es una cárcel. Creo que es la forma más sencilla en que un sistema te lee. No hay nada más fácil que decir soy tal cosa, soy tal otra. Y una finalmente siempre es un despropósito, algo impreciso e irreconocible. La forma más fácil de volverse legible para el sistema. El ejemplo más claro es la diferencia que hay entre el levante callejero y las aplicaciones como Tinder, por ejemplo. Vos en Tinder ponés que sos de tal altura, que te gustan tales cosas, que buscás tales otras, que sos pasiva, que sos activa. Podés poner incluso tu estado serológico en una aplicación de citas.
Eso borra la incógnita de un encuentro con otro que puede ser o no sexual, puede ser o no amistoso, puede ser un encuentro con tus lectores. El decir, “esta literatura es trans”, “esta literatura no es trans”, “esta literatura es autobiográfica”, “esta literatura no lo es”. Vuelven legible cualquier cosa que debe ser una incógnita.
–No hay muchas incógnitas últimamente, ¿no? ¿Extrañas un poco eso?
Todas. Absolutamente todas. La del levante callejero es una de las que más extraño.
–¿No hay más levante callejero?
Al menos yo no lo puedo tener. Pero me parece que no. Tengo amigos que se quejan de que falta el riesgo del otro.
El problema del deseo
De su último libro:
“(…) Convivimos y me parece mentira. Ya no viene de visita. Ahora compartimos una casa. Entiendo que en esa casa hay dos animales intentando comunicarse. Desde que ocurrió el amor, todo pierde gracia. Antes, encontrarse era sencillo: buscábamos placer, resolvíamos el hambre, el impulso. Era chasquear los dedos, concertar una cita urgente. (…) Él era un celador, un guardián, sabía coger. (…) Era mejor cuando ignoraba si me quería, cuando no sabía que le gustaba de este modo, cuando los límites se levantaban entre nosotros como un monte.”
–¿Hay algo que se pierde ahí?
Perder se pierde siempre, todo el tiempo. En las parejas más. Institucionalizar una pareja es de las peores cosas que existen para un amor. Me gusta que sea sin bautismo, que cuando se muera se vaya al limbo, que no quede ni en un lado ni en el otro. Ni en el cielo ni en el infierno. Me gustan esos puntos en los que no se te puede encasillar como la novia, la pareja, la amiga, la amante, algo que queda entre sábanas solamente. La convivencia es una pérdida enorme de posibilidades para dos cuerpos. Creo que es una pérdida enorme conocer al otro también. Es preferible que sea irreconocible.
–Igual lo hacemos. ¿Por qué?
Nos gusta fracasar. Igual está bien el fracaso amoroso, pero no debería ocurrir.
–¿Cuál es tu Dios, patria y familia?
Mis padres. Mi papá y mi mamá son… no sé si mi Dios pero sí mi patria, son el lugar en el que quiero estar, para el que quiero vivir. Solo ellos. Los únicos además a los que les dedico ternura, trabajo, afecto, responsabilidad. Sobre todo ahora que están cada vez más grandes y que tienen algunos achaques un poco serios. Argentina de ninguna manera es una patria a la que recurrir.
–¿No?
Fue una patria que lo único que quiso fue exterminarme. Entonces, no tengo ese sentimiento patriótico. La Argentina como Estado, digo. ¿La gente? Córdoba sobre todo más que Argentina. Córdoba sí tiene perfiles afectivos que cuando estoy fuera los extraño. El sentido del humor, la tonada, la música, la piel, los rostros. Incluso cuando vengo a Buenos Aires y regreso a Córdoba agradezco salir a la calle y ver gente real, gente de verdad con rostros de verdad. Pero Argentina como patria, como poema, como idealización de lo que es una nación, no. Para nada.

–Cuando empezaste a tener plata y ya no había que preocuparse por si hubiera comida en el plato mañana. ¿Te dio más tiempo para pensarte?
Sí, pero también te da más tiempo para drogarte, te da más tiempo para acostarte con gente con la que no te tenés que acostar, te da más tiempo para cometer errores que no tendrías que cometer. Es horrible además porque yo no estoy de acuerdo para nada con que la gente esté ocupada. Yo creo en el ocio como una filosofía y creo en el ocio como una revolución incluso. Creo que hay que dejar de hacer, que hay que dejar de desear ya. Parar un poco esta bola que se nos está yendo cada vez más de las manos. A la vez, el no tener qué hacer a mí un poco me perjudica.
–¿Por qué?
Porque hago cosas que no tengo que hacer, como las que te cité antes. Como drogarse, garchar con gente con la que no hay que garchar.
–¿Hay gente con la que no hay que garchar?
Sí. ¿Cómo que no? Hay gente que no hay que llevar a la cama de una. Hay cuerpos que no deben encontrarse en la aurora, dice Lorca.
Democracia fascista
–En las últimas elecciones sorprendió a varios que haya travestis que voten a la derecha. ¿Es medio estúpido sorprenderse?
Sí, totalmente estúpido. Pensar que las travestis, que la comunidad LGTB, por decir que hay una comunidad, que ese antro no es fascista o no tiene necesidad de fascismo… La (Leonor) Silvestri lo dice mejor que nadie. “Las masas desean fascismo. Solo nos queda fascismo”. ¿Que nos vamos a sorprender de eso? ¿Quiénes son los que pueden ser fascistas?
–En una democracia ahora, todos
La democracia está estructurada sobre pilares fascistas: la policía, la cárcel, las escuelas, la familia son instituciones fascistas. ¿Cómo no vamos a ser las travestis fascistas también?
–¿Te considerás fascista?
Conmigo misma sí. Y a veces me puede llegar a salir con un otro. Estas cosas de funcionar a través del juicio, el castigo y pensar que porque haces algo mal te merecés que te pasen cosas malas y que si hacés las cosas bien te van a salir las cosas bien.
–¿No hay algo de religión ahí?
Bueno, las religiones… más la católica. Igual me sigue sorprendiendo que la gente se sorprenda de que alguien en este país puede no ser fascista.
–¿No hay lugar para eso?
Sí, hay gente antifascista, pero es gente particular y es muy poca. El totalitarismo con el que nos manejamos en la democracia es fascista de por sí.
Coqueteo con el poder
–Hace un tiempo decías que tenías ganas de poder mandar a la mierda a los que te habían tratado mal, que estabas cansada de la corrección política. ¿Sentís que esta época ahora te habilita un poco a eso o lo que estamos viviendo es otra cosa?
Es otra forma de corrección, pero también es otra forma de coqueteo con el poder. Antes el coqueteo era ser políticamente correcto. Ahora es todo lo contrario, es ser agresivo, vil, decir estupideces, herir al otro, ir en contra del otro, subordinar al otro, bajo tu humor, bajo tu palabra. Pero son maneras de coquetear con el poder e intentar de alguna forma ponerse a salvo. Pensar que vos estás a salvo sólo porque estás coqueteando con un tipo de corrección. En algún momento fue decir “todes”, “somos aliades”. Los varones intentaron de esa forma recuperar el mercado femenino, el ganado femenino para poder levantarse minitas. Ahora, bueno, se extrañan los chongos, se extraña la masculinidad. Entonces los tipos empiezan a comportarse otra vez como unos simios. Pero son formas de coqueteo con el poder de turno.
–¿Eso no implica no saber quién está enfrente?
La incógnita del otro, de la que hablábamos antes. Por lo general se los conoce cuando estás peleándote. O cuando los estás cogiendo también, es otra buena forma de conocer al otro. Pero si no el otro siempre es una persona desconocida. ¿Cuántas mujeres se separan de un marido y dicen “¿Yo tenía a este estúpido al lado y me estoy dando cuenta recién ahora?”
–Lo que hacemos, hasta el momento del enojo, ¿es una puesta en escena?
Al menos en los vínculos amorosos, sí. Es una performance. Salvo esas cosas como el levante callejero, a la cosa homosexual, esa de que no sabías ni el nombre y lo manoteabas en la oscuridad y lo traías a tu infierno un rato y después lo soltabas y no sabías ni con quién te habías acostado. Salvo ahí, el resto es toda una puesta en escena. El perfume, el maquillaje, bañarse o no bañarse, qué decís, qué no decís. Nosotras fuimos aleccionadas para ser de determinada manera delante de un hombre y ellos a su vez fueron educados para ser de una u otra forma delante de una mujer o de un hombre también.
Posiblemente para las travestis estaba reservada una verdad que no quería ver nadie hace muchos años ya. No sé si cambió. Aunque hace poco me tocó escuchar “Che, bueno, hagamos un trío”. ¿Lo tengo que armar yo? [pregunté] “No sé, lo que pasa es que yo con mis amigos no hablo de esto”. ¿De qué no hablás? “De que me gustan las travas”. Ay–-le digo– ¡pero qué erótico, cómo me excita escuchar esto de que alguien con quien te acostás te da vergüenza! Hubo un momento en el que incluso para nosotras estaba reservada esa verdad que se ocultaba para todo el mundo. Nosotras la podíamos ver, podíamos ver lo miserables que eran. Ya no pasa eso. O al menos a mí no me pasa.

–Hablaste de aliades, del lenguaje inclusivo. Hace un tiempo entrevisté a una chica trans que me dijo que mis preguntas eran “muy heterosexuales”. Charlé con varias personas sobre el tema y a muchos nos comenzó a pasar tener miedo de meter la gamba y que te devolvieran una sanción, un reto.
Eso es restarle al otro la posibilidad de equivocarse. ¿No te parece algo muy fascista? Y la posibilidad de que el otro te diga, “no, pará, ¿sabés que te estás equivocando?”. Si vos te negás la posibilidad de equivocarte, de cometer un error, semántico, el que sea, y que el otro no tenga la posibilidad de decirte que te estás equivocando… ¿No te parece tocar fondo en las conversaciones? ¿De que las conversaciones ya no existen? Yo vengo de una familia en la que se arrojaban cuchillos cuando se peleaban. Me resulta muy extraño que la gente no se pueda equivocar cuando habla.
Me pasó varias veces ya en medios que se dicen progresistas, con públicos que se dicen progresistas, decir algo que ni siquiera estaba equivocada pero ponele que lo haya estado. La gente tenía un odio y un fervor por verme muerta directamente. ¿Loco, qué onda? Además lo curioso es que mis discusiones rara vez fueron con un fascista declarado, con un mileísta, por ejemplo. Yo con esa gente no discuto, no se me da o no aparecen o no se me cruzan. Sí con progresistas, sí con feministas. Porque en algún momento te equivocás o en algún momento decís algo que a ellos no les gusta y eso empieza cada vez a ser más grande y más grande y cada vez se suman más y más.
–A tu mamá le pasó con un amigo tuyo que fue de visita y él había transicionado…
Sí, supuestamente, supuestamente. A chica trans no binaria. Que yo tampoco lo entiendo. Y la corrigió, la retó a mi mamá. Mi mamá dijo, «bueno, yo vi un señor con los brazos peludos, con la barba y vestido de hombre. Se me escapó”. ¡Ella pensando que había cometido un error!
–Tu vieja, varios, dudan y reprimen la próxima por miedo
Bueno, con los hombres pasa un poco eso. Yo los veo que están asustados, que tienen terror de meter la gamba pero además del escrache que ya es bastante. De la cancelación, de ser aislados como un agente contaminante. Como si fueran una pieza de algo radioactivo que vino de Chernobyl. Tienen miedo de eso. Bueno, también… que lo pierdan, qué sé yo.
Camila vs. Pedro Pascal
–Cuando te prostituías tu viejo te dijo que tenía miedo de que murieras sola. ¿Qué significa esa soledad para él?
Me parece que él hablaba de formar una familia, de tener una pareja. Además él era un tipo que leía lo que pasaba en el mundo en ese momento y él sabía que las travestis terminaban muriéndose solas. Él tenía miedo, me advertía, me decía cómo me podía cuidar. Bueno, también puede haber habido un poco de amenaza.
–¿Estás siendo de alguna manera la mamá de tus viejos ahora?
Sí, no me gusta decirlo así.
–¿Cómo lo dirías?
Los estoy cuidando. Lo hago feliz, además. A veces me cansa el PAMI [ríe]. Me agota el PAMI, la decrepitud, ver cómo se tratan los viejos en este país. Que no es sólo estas imágenes nefastas que vemos en los noticieros ahora de cómo la policía gasea a los viejos o cómo les pega. Cuando a mi papá le diagnosticaron leucemia empecé a hacer todos los trámites para su medicación, para encontrar su oncólogo. Iba al PAMI todos los días porque además todo se retrasaba. Y bajaban viejitas que las tenían que ayudar a soltarse del colectivo para caminar, llegaban a la puerta, hacían una cola enorme y les decía: «No, esto no te sirve, esto no lo podés presentar así, te falta un papel, este estudio no lo vas a poder hacer”.
Hubo algo del orden del cuidado que me apareció ahora. Yo no sirvo ni para cuidar un helecho. Tengo una presencia volátil con mis amigos, con mis parejas soy un desastre, pero con mis papás lo hago contenta. Y no es ni de devolverles un favor ni nada, es otro momento de nuestra vida. Es otra forma de estar juntos.
–Decís que sos una presencia volátil con amigos, con tu pareja, que no cuidas mucho. ¿Por qué creés que te quieren?
¿Porque soy encantadora? ¿Porque follo bien? [Ríe]
–¿Los amigos?
Tengo buenos vinos en casa. No, bueno, cuando estoy, estoy. Tengo buen humor, soy divertida. Me río mucho. Lo que tengo lo comparto. Eso. Me deben querer por eso. Espero.
–¿Qué es para vos tener un buen día?
Estar con mi novio HBO, con mi novio Star Plus, con mi novio Disney, en la cama con una pizza en la caja y un Chardonnay en la mesa de luz. Ese es mi día perfecto. Sin hablar con nadie, sin tener que comunicarme con absolutamente nadie.
–¿La estás pasando mal acá?
¿Acá con vos? No, para nada.
–¿Pero entre estar conmigo y estar sola?
Entre estar con vos o estar con Pedro Pascal, yo prefiero estar sola. Ahora, estar en un bar tomándome un vino… yo capaz que me voy con Pedro. Pero entre Pedro Pascal y yo siempre voy a ganar yo.
Una palabra sucia
–Trans, travesti: vos decís travesti.
Yo digo travesti. No voy en contra de nadie de cómo se perciba, cómo le gusta que la llamen. A mí travesti me parece una palabra sucia, que tiene semen, que tiene sangre, que tiene noche, que tiene golpe, que tiene cliente. Mujer trans está un poquito más lavado. Es más cómodo de escuchar, si se quiere.
–En el caso de la película Tesis sobre una domesticación
¡Soy una señora travesti! Que no es feliz con nada.
–Una actriz en un gran momento de su carrera conoce a un hombre, se quieren, se juntan, se casan, adoptan un chico. Y todo se cae. En una escena, a punto de firmar la adopción, ella le dice: “Nosotros podemos ser una pareja todavía, nos podemos ir a donde queramos y pasarla bien”.
Es él quien decide seguir con la adopción.
–¿Y ella por qué?
Porque lo amaba. Capaz pensaba que lo podía perder si le decía que no y ella quería seguir disfrutando un poco más de él. También es cierto que llega un momento en la vida en que no sabes qué hacer con tus tiempos. Nunca te educan para no hacer nada. Tenés que hacer algo. Tenés que formar algo. Invertir tu dinero. Invertir tu tiempo. Tener un hijo. O tener dos, tres. O casarte. No importa si después te divorciás o no. No importa si después no le das más bola a tu hijo, pero algo tenés que hacer. Puede haber sido por aburrimiento también. Pero, ¿qué familia no se forma bajo esa tiniebla, bajo esa neblina de no saber qué hacer con tu tiempo, con tus ganancias, con el otro?
–En una época en la que le escapamos bastante al sufrimiento vos lo agarrás y decidís quedarte un rato. Me voy a lamer y después voy a salir. ¿Por qué haces eso?
Cuando me operé la nariz en el 2017, dos o tres días después de que me había operado, me desperté en el medio de la noche y me acordé de un momento en el que yo había abierto los ojos durante la cirugía. Lo había visto al doctor, que estaba con barbijo y decía “se despertó”. Entonces hicieron como una cosa ahí y seguí durmiendo. Yo le decía a mi analista cómo el cuerpo se ocupaba de recordar eso que deseaba de alguna forma anestesiar. A mí me da la sensación de que no hay forma de huir del sufrimiento. Que no se puede enfrentar con fuerza, ni con entereza, ni dignamente, ni soberanamente, ni estar armada en contra del sufrimiento. El sufrimiento te atraviesa. Se te aloja, además. Lo tenés que tener ahí hasta que se va.
–Al comienzo de la entrevista hablabas de parar de desear. ¿Sabemos lo que deseamos o solo estamos eligiendo entre opciones que nos están dando?
Yo creo que si vamos a parar tenemos que parar con todo. Para parar hay que parar incluso de desear o de creer que deseamos. Sí creo que es algo inducido, que induce la publicidad, el sistema, las empresas. Desear a Dios, desear el cielo, desear el infierno, desear la muerte, desear la vida, desear al otro, desear coger, desear tal alimento, desear tener un hijo. Son cosas que hacen para vos y te dicen que esa es la forma en la que hay que vivir porque sin deseo no se puede seguir adelante. Yo la verdad que creo que tirarse en la cama a ver tele un rato o escuchar música está muy bien.
–Es casi revolucionario obsesionarse con algo ahora. Es la única manera de concentrarse. Dedicarle tiempo a una sola cosa con tanto estímulo.
La (Marguerite) Duras cuenta algo respecto a Woodstock. El periodista le dice algo así como que fue un movimiento que fracasó y ella le dice: “Mirá, durante tanto tiempo estuvieron sin hacer nada pero tampoco se pelearon, tampoco hubo accidentes”. Además cuando uno habla de esto está hablando de la vida en las ciudades. Después yo me voy a la casa de mis viejos y mis viejos se levantan, hacen el pan, mi mamá cocina, va a hacer las compras. Vuelve, duerme la siesta. Se levanta y ve una novela. Toman mate, se van al río. Ese parate, digo. Es menos consabido que esto que yo te estoy diciendo que es parar del todo. Sobre todo en las ciudades. Ahí habría que hacer una huelga de existencia.