Grupo C: Brasil busca recuperar la gloria perdida
Brasil y Haití volverán a cruzarse tras el "partido por la paz" que se organizó en 2004 para pacificar el país. El encuentro no cumplió su objetivo y la canarinha no volvió a brillar desde entonces. Marruecos anhela la hazaña africana y Escocia acostumbrarse a las grandes citas.
Estimadísimo Zequi:
Hoy arranco yo, porque esta vez fue mi cabeza la que rápidamente disparó a un partido viejo cuando leí a los integrantes del grupo: Brasil contra Haití en el año 2004. Yo tenía casi 20 años y el resultado fue tan abultado (6 a 0) como anecdótico.
La selección de Brasil — campeona vigente y de aura invencible en ese entonces — tenía a los mejores puesto por puesto: a la cabeza el verdadero Ronaldo, al medio un ya intratable Ronaldinho y por el lateral un incansable Roberto Carlos que le pegaba más o menos. Los mismos que dos años después iban a chocar contra un Zinedine Zidane inspiradísimo al que sólo pudo frenar Horacio Elizondo. Del otro lado estaba la Selección Nacional de Haití, un decorado para que lucieran las figuras de la selección brasileña en Puerto Príncipe, una de las capitales más pobres del mundo.
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El “partido por la paz” fue un amistoso organizado como parte del esfuerzo por pacificar a un país — al punto que se especuló con cambiar armas por entradas — y un lugar donde Brasil proyectaba su rol internacional. El fútbol era — y es — una forma de soft power. El presidente de Brasil era Lula, igual que ahora. Llevaba entonces menos de un año en el cargo. Era también el primer presidente obrero de la historia de uno de los países más desiguales del mundo. Su promesa de campaña había sido sencilla, aunque potente: que todos los brasileños comieran tres veces por día. Todavía no había terminado de diseñarse Bolsa Familia — el principal programa de transferencia de ingresos diseñado para combatir la pobreza y el hambre — y las políticas de valorización del salario mínimo eran aún embrionarias. La primera gran tarea del gobierno había sido un ajuste fiscal diseñado para disipar miedos entre los grandes empresarios y el mercado financiero, que habían recibido al líder del PT con una corrida. Lula recién empezaba a ser Lula, todavía con dosis de esperanza y desconfianza equivalentes tanto entre sus admiradores como entre sus detractores.
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SumateHaití era Haití, sumido en la pobreza y la desgracia, como casi siempre en los doscientos años desde que una colonia de esclavos se atrevió a declarar su independencia de una potencia colonial — Francia — , cuya Revolución había prometido Libertad, Igualdad y Fraternidad a los blancos del continente. A cambio de reconocer la independencia haitiana, Francia exigió décadas de reparaciones a los esclavistas, pagadas celosamente por una dirigencia que rápidamente devino corrupta, acomodaticia y autocentrada.
De la sujeción a Francia, Haití pasó en el siglo XX a la tutela estadounidense y, de ahí, a la dictadura: Papa Doc Duvalier y luego su hijo, Baby Doc. Jean Bertrand Aristide, un sacerdote salesiano influido por la Teología de la Liberación, fue el primer presidente democrático recién en 1991. Tuvo que conciliar la amenaza de golpes, las demandas de los donantes internacionales, la organización democrático-institucional del Estado y la proliferación de grupos armados irregulares. No siempre lo hizo de forma virtuosa. Se atribuyen numerosos crímenes a grupos armados aliados a él, aunque casi siempre fue mejor que sus rivales. En 2004 fue víctima finalmente de un Golpe organizado en parte desde el lado dominicano de la isla y que Aristide atribuyó a los Estados Unidos. Su derrocamiento sumió al país en el caos y el enfrentamiento.
En junio de 2004, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas creó la MINUSTAH, una fuerza de intervención militar para garantizar la seguridad básica y las instituciones en Haití. En un país abrumado por el peso del colonialismo, la misión tenía una lógica innovadora. Brasil — con asistencias importantes de otros países sudamericanos como Chile, Argentina, Ecuador y Uruguay — se puso al frente de los esfuerzos. Aquel Lula aspiraba a proyectar a su país como gran potencia regional y promotor global de la paz: un actor que desde el respeto pudiera aspirar a un liderazgo mayor a su considerable peso específico. Lula auguraba para Haití una intervención distinta a las tradicionales, mientras Estados Unidos — sobreexigido entonces en Medio Oriente — dejaba hacer en América Latina.
Cerca de treinta y siete mil militares brasileños fueron desplegados en Haití a lo largo de trece años de misión. Fue su mayor despliegue desde la Segunda Guerra Mundial. También fue una escuela política para los militares brasileños. El ejército ocupó roles protagónicos en la política de seguridad. Las operaciones de pacificación y garantía de la ley y el orden en las favelas de Río de Janeiro comenzaron con Lula. Michel Temer luego decretó una ocupación militar temporal de la ciudad y los uniformados pasaron a ocupar cargos ministeriales: primero en Defensa y más tarde — con Bolsonaro — en casi todos los lugares de decisión relevantes.
El general Augusto Heleno, el más icónicamente bolsonarista de los altos mandos, fue el primer comandante de la MINUSTAH. Ese lugar a lo largo del tiempo lo ocuparían Carlos Alberto dos Santos Cruz (a cuyo crédito hay que decir que abandonó el gabinete denunciando el autoritarismo bolsonarista); Luiz Eduardo Ramos y Floriano Peixoto Vieira Neto. Todos ellos luego también alcanzarían puestos de altísima responsabilidad en el gobierno de Jair Bolsonaro.
El protagonismo militar después de Haití fue tal que, en 2018, cuando Lula era favorito en todas las encuestas, un pronunciamiento del Jefe del Estado Mayor Conjunto, Eduardo Villas Boas, advirtió a los jueces contra cualquier decisión que dispusiera la libertad — y elegibilidad — del entonces ex-presidente que cumplía una condena hoy anulada. Apenas asumió Bolsonaro, el flamante mandatario reconoció a Villas Boas como “uno de los responsables de que yo esté aquí”. Esa frase también valía para Haití.
La MINUSTAH sobrevivió a los gobiernos del PT. Recién en 2017 — ya con Temer en el poder y Dilma Rousseff destituida — , el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas decretaría el final del mandato. Esto ocurriría en medio de graves acusaciones por violaciones a los Derechos Humanos que incluían imputaciones por uso desmedido de la fuerza y abuso sexual — incluso contra menores — a cambio de comida y bienes básicos
Con todo, la misión mantuvo umbrales mínimos de estabilidad e institucionalidad en un país que, desde entonces, la perdió irremediablemente. La cosa ya se había complicado mucho en 2010, cuando un terremoto dejó más de 200 mil muertos y dañó severamente las (precarias) infraestructuras haitianas. Las tropas fueron reemplazadas por un contingente mucho menor, que se resintió aún más por la pandemia. En 2021, un grupo de unos veinte mercenarios extranjeros asesinó al entonces presidente, Juvenal Moise. Desde entonces Haití no ha mantenido un verdadero gobierno, y las calles de Puerto Príncipe son el escenario de una guerra de pandillas que se disputan el territorio, y han desplazado a cientos de miles de personas a lo largo de años. Una situación que hoy sigue sin resolverse.
Lula volvió a la presidencia en 2023 y, con 80 años, irá por su reelección en octubre. Aunque volvió a pedir al mundo por Haití, no volvió a intentar — allí ni en otras partes — reconstruir un liderazgo internacional a la altura de lo que ambicionó a comienzos de siglo. ¿Le ocurrirá lo mismo a esa selección que, por más importante que siga siendo, no mantiene ni por asomo el predominio arrollador que tenía la versión con Ronaldo y Ronaldinho? ¿Habrá un milagro para Haití, al menos dentro de las canchas?

Tiendas de campaña en el estadio de fútbol en Puerto Príncipe, Haití, el viernes 15 de enero del 2010, tres días después del terremoto. (AP foto/Gregory Bull)
Queridísimo Martín:
Lo de Haití anda difícil. Hay que admitir que la victoria frente a Nicaragua 2 a 0 cambió el rumbo de la historia futbolística del país. Incluso sus amistosos posteriores estuvieron a la altura: 0–1 vs Tunez y 1–1 vs Islandia. Pero ojo, que lo de Brasil tampoco viene fácil. Más bien, todo lo contrario.
En sus primeros dos mandatos, Lula convivió con dos entrenadores: Carlos Alberto Parreira y Dunga. Entre 2003 y 2010, le tocó Alemania 2006 y Sudáfrica 2010. En ambos, pegó la vuelta en cuartos de final. La primera, contra el Zidane que recordabas tirándole sombreritos a Ronaldo. La segunda, en un cruce apretadísimo con Holanda, donde los mató la expulsión de Felipe Melo. Las Copas América de 2004 y de 2007 sí se las llevaron. Ambas rompiéndonos el corazón. La Selección de Brasil ha tenido buenas y malas a lo largo de su historia, pero jamás arribó a un Mundial con cuatro entrenadores distintos en el proceso como esta vez.
La salida de Tite — entrenador de la canarinha entre 2016 y 2022 — parió un terremoto. El gaucho — o gausho, como se pronuncia en portugués — había navegado el barco de Corinthians desde 2010 hasta 2016. En realidad, el 2014 se lo había tomado sabático. En el gigante de São Paulo, había conquistado dos Brasileirao y, en 2012, la única Copa Libertadores del club (contra el Boca de Julio César Falcioni y Juan Román Riquelme). El contexto lo aclamaba sentado en las oficinas de la CBF en Barra de Tijuca. Asumió en 2016 y para el Mundial 2018 figuraba como uno de los brasileños con mayor intención de voto en las elecciones presidenciales.
Su estilo futbolístico heredaba el paradigma comenzado por Carlos Parreira para el Mundial de 1994 y continuado por Luis Felipe Scolari para 2002. Dos Copas matan cualquier relato. El estilo italiano de defensores fuertes, de volantes centrales corredores y de equipos contragolpeadores mandaban en Brasil. A Tite le funcionaba eso. Así como Parreira tuvo a Romario y Scolari a Ronaldo, a él le tocaba la varita mágica de Neymar, por el que PSG le pagó a Barcelona 222 millones de euros.
Pero igual que en 2006 y en 2010, el equipo bajo su mandato tampoco avanzó de los cuartos de final. La mejor marca de los últimos 24 años fue la de 2014 y es una mancha porque el 7–1 que le propinó Alemania de local es una herida que no cierra.
Tite se marchó dejando un vacío y un 80% de los puntos ganados (apenas superado por el proceso de Telé Santana entre 1980 y 1982). Ramón Menezes, del sub-20, agarró el interinato tres partidos. Perdió dos y ganó uno. Los planetas chocaban en la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF). Sonaba el rumor de Carletto Ancelotti, pero aún estaba al mando del Real Madrid. No florecía ni un símbolo de paz hasta que apareció un tren inesperado.
Fluminense, el único de los grandes de Río de Janeiro forjado como club de fútbol — Flamengo, Vasco y Botafogo se dedicaban a las regatas inicialmente — , rompió en la escena. En la primera final del Carioca 2023 — el campeonato estadual — perdió 2 a 0 contra Flamengo. La vuelta, en el Maracaná, la remontó 4 a 1. Un cimbronazo gestado por un entrenador que expresaba un fútbol diferente. Como oposición al paradigma posicional — la escuela Cruyff, Guardiola, Barcelona — , Fernando Diniz inauguraba lo que la jerga denominó fútbol relacional.
El fútbol posicional se basa en ocupar la mayor cantidad de espacio en el campo, a lo largo y a lo ancho. El objetivo es lograr superioridad numérica en algunas zonas. Si un equipo enfrenta a una línea de cuatro defensores y le opone tres delanteros, eso quiere decir que en alguna otra zona de la cancha le queda un jugador libre. Es decir: ventaja numérica. El español Juan Manuel Lillo, el que te mencioné cuando hablamos del Grupo B, lo define así: “Este juego consiste en ir generando superioridades a la espalda de la línea que te aprieta”.
Diniz cree en lo contrario. No hay que alejarse sino acercarse. La calidad de los futbolistas resuelve el problema. Volcar todo el juego sobre un mismo lado. Si me querés presionar, vení, yo te voy a bailar. Una idea brazuca para el talento brazuca. Aunque hay que admitir que la selección de Lionel Scaloni con su mediocampo de cuatro enganches haciendo otros roles también plasmó esta filosofía en la cancha. Fluminense, con el estilo de jugar la pelota en cualquier zona de la cancha sin importar el riesgo, le ganó la Libertadores a Boca en 2023.
Como manotazo de ahogado, la CBF le propuso ese año a Diniz que condujera a Fluminense y a Brasil a la vez. Una rareza que terminó con una debacle de la que Argentina es totalmente responsable. El récord del entrenador fue el peor de la historia: tres derrotas consecutivas en Eliminatorias. La primera, con Uruguay, en Montevideo. La segunda, en Barranquilla, contra Colombia. La tercera quedará para los anaqueles.
Maracaná, 21 de noviembre: suenan los himnos, se chiflan los versos de Vicente López y Planes, escupitajo va y viene, butacas como líneas de subte que se cruzan. La policía invade la tribuna, gas pimienta, palazos. Messi camina recto a la tribuna. Dibu Martínez ataja un machetazo. “Que los maten que los maten”, cantan los locales. Los argentinos cobran — cobramos, porque estuve ahí — . El juego se demora pero arranca. 18 del segundo tiempo: corner. Centro de Giovani Lo Celso. Nicolás Otamendi vuela entre Magalhaes y André. Gol. No pasa más nada. Muere ahí. Primera derrota de Brasil de local en la historia de las eliminatorias. La CBF se predispone a pensar. En enero de 2024, echan a Diniz.
Lo sucede Dorival Junior. Es el tercero del ciclo entre mundiales. Tras ganar la Copa Brasil con São Paulo, es el cerebro a cargo de la Copa América. Cuartos de final, contra Uruguay, penales: afuera. Le dan un changüí más y, otra vez, Argentina. La Bestia Pop de la última década brazuca. Top tres de partidos del ciclo de Scaloni.
Monumental: sin Messi, la orquesta queda al mando de Thiago Almada. 4 a 1. De regreso, marzo 2025, Dorival se queda sin laburo (esta semana volvió a asumir al mando de São Paulo, en el medio dirigió también a Corinthians — su clásico rival — cosas insólitas del Brasileirao).
Habano en boca. El hijo de Ancelotti había asumido en Botafogo como primer paso. Lo echaron rápido. Pero Carletto cumplió con el rumor de cuatro años atrás. Guiado por Vinicius y por Rodrygo (antes de lesionarse), el ganador de cinco Champions League — dos con Milan y tres con Real Madrid — arribó a Brasil. Su experiencia al mando no posee números mejores a sus antecesores: diez partidos, cinco victorias, dos empates y tres derrotas. El equipo va tomando forma, sin demasiado funcionamiento. La CBF dio un paso al frente: renovó al entrenador hasta 2030. Su salario mensual será cercano al millón de dólares. Una inversión para meterse en ese primer escalón que comparten Argentina, Francia y España del que los brasileños han quedado bastante lejos.
Gracias Zequi. Un placer leerte y pensar de nuevo.
Qué país, Brasil. A veces pienso que las expectativas y la historia hacen mucho más difícil administrar el declive. La escasez es más difícil si tenés memoria de cuando fuiste rico, la memoria de tiempos mejores te vuelve más intolerante a los malos. Argentina es un ejemplo de un país en declive estructural. Otro es el Reino Unido, que supo controlar el mayor imperio de la historia y hoy languidece entre la decadencia política y el bajo crecimiento. Escocia, que es un país para la FIFA, es apenas una parte del Reino Unido. La decadencia imperial, sin embargo, viene alimentando al independentismo. ¿Podrán los escoceses presentarse ante el mundo como se presentan ante la FIFA? El Partido Nacional Escocés, que viene ganando las elecciones al parlamento local desde hace más de una década, propone un nuevo referéndum por la independencia. Si les va bien en el mundial, el sentimiento nacionalista podría fortalecerse. ¿Cómo los ves contra los marroquíes? Los recuerdo fuertes del mundial pasado, y su gobierno es de los que creen que el fútbol va a estar al servicio de la moral nacional.
Yo los veo bien a los marroquíes, Martín. Vienen de ser cuartos en Catar 2022 y campeones de la Copa África (aunque con algo de polémica). Será mano a mano la pelea por el primer puesto con Brasil. A Escocia y a Haití les deseo el milagro, pero no creo que los dados le salgan a favor.
Dejemos acá por hoy y empecemos a pispear el grupo D. El martes la seguimos.
Un abrazo
Zequi