Bancos centrales, problemas actuales
Nuestro aprendizaje es que, cuando el acusado es también el juez, la culpable siempre es «la política», y que cambian los ropajes de las reyertas, pero los problemas son los mismos y los responsables también.
Sir Otto Niemeyer era un «médico monetario» (money doctor) británico que, a fines de 1932, llegó a Argentina contratado por el gobierno de Agustín P. Justo —con Alberto Hueyo primero y luego Federico Pinedo como ministro de Hacienda—, para analizar la situación económica y financiera del país en plena Gran Depresión. Su misión derivó en un informe que influyó en la creación del Banco Central de la República Argentina, institución que surgió como respuesta a las limitaciones de la Caja de Conversión y a la crisis de los años treinta (fuga de oro, inestabilidad cambiaria y problemas bancarios). En el país, la visita generó controversia política por la influencia británica, en un contexto marcado por el Pacto Roca-Runciman (1933) durante la Década Infame. El Banco Central inició sus operaciones en mayo/junio de 1935, aunque el proyecto final —impulsado por Raúl Prebisch— introdujo modificaciones respecto de la propuesta original de Niemeyer. Entre ellas, se aumentó la representación de la banca privada en el directorio a expensas de los directores estatales (es decir, para que entraran directores privados, debían salir directores públicos), con mayor énfasis en el saneamiento bancario, el control de cambios y la flexibilidad anticíclica.
La misión de Niemeyer y las discusiones posteriores en el Ministerio de Hacienda y el Congreso marcaron un punto de tensión entre neutralidad y pragmatismo periférico. ¿Debía el Banco Central ser un guardián técnico neutral (visión de Niemeyer) o un instrumento de política económica adaptado a las necesidades de un país periférico (perspectiva de Prebisch)? ¿Tenía que aplicar recetas universales centradas en la convertibilidad, las reservas y la autonomía frente al poder político, priorizando la confianza de los mercados internacionales y la ortodoxia financiera? ¿O, en cambio, contar con mayor capacidad de intervención, redescuento y manejo de la liquidez, atención al ciclo económico (flexibilidad anticíclica), control de cambios (para manejar la volatilidad externa), saneamiento del sistema bancario (mediante la revaluación del oro) y un mayor peso de la banca privada en el directorio (para ganar apoyo del sector financiero local), aunque bajo supervisión estatal?
Se sancionó un modelo mixto, que incluía accionistas privados, hasta que en 1946 el Estado adquirió el capital privado del banco y lo declaró patrimonio nacional. El banco dejó de ser un árbitro «independiente» o técnico y pasó a promover el desarrollo productivo —industria, infraestructura, comercio interno—, reduciendo el crédito especulativo y financiando políticas de industrialización, redistribución y obras públicas. Como ocurre en tantos temas nacionales, los cambios se proclaman históricos y para siempre; sin embargo, lo más perdurable es la discusión interminable de las mismas cuestiones.
También es una deformación nacional suponer que, si los dilemas locales suceden en otras latitudes —como por ejemplo en Francia—, entonces dejan de ser tan reprobables, lo que nos releva de culpa. Un ejemplo elocuente deriva de la trayectoria de la actual Presidenta del Banco Central Europeo (BCE), la francesa Christine Lagarde. En el cargo desde el 1 de noviembre de 2019 (con mandato hasta octubre de 2027), Lagarde se formó en Derecho en la Universidad de París X Nanterre (actual Université Paris Nanterre), donde obtuvo un Máster en Derecho Mercantil, Laboral y Social. Completó su formación con un Máster en Economía y Finanzas en Sciences Po Aix-en-Provence y otro en Literatura Americana en la École supérieure d’art d’Avignon. Esta combinación de disciplinas le permitió construir una carrera como abogada internacional, Ministra de Economía de Francia y, posteriormente, Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) entre julio de 2011 y septiembre de 2019 —primera mujer en ocupar ese puesto—, antes de asumir la presidencia del BCE.
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SumateEn el consulado argentino en Nueva York, el 26 de septiembre de 2018, Lagarde y el entonces ministro de Hacienda de Mauricio Macri, Nicolás Dujovne, anunciaron el «préstamo más grande de la historia del FMI»: un acuerdo ampliado del programa Stand-By original de junio por 57.100 millones de dólares. El día anterior, durante una cena del think tank Atlantic Council, Mauricio Macri había deletreado: «Debo confesar que con Christine hemos empezado una gran relación, que espero que funcione muy bien y que termine con toda la Argentina enamorada de Christine».
Los profundos enfoques interdisciplinarios y teóricos que Lagarde adquirió en la École supérieure d’art d’Avignon sin duda le permitieron apreciar en su justa medida la inspirada epístrofe. Detalles menores a resolver fueron la opinión previa que debe emitir el Banco Central antes de formalizar cualquier operación de crédito público que origine deuda externa, y la autorización exclusiva y expresa del Congreso Nacional. Fueron temas de esos que se resuelven solos.
La chafalonería concedida por el FMI en violación de sus propias normas internas permitió en Argentina la salida de capitales y la estabilización del tipo de cambio, sin fortalecer la estructura productiva ni la capacidad de repago. Ello motivó una investigación del organismo, que admitió que el mayor crédito de su historia había sido mal diseñado, acelerado en los desembolsos y utilizado de manera impropia, lo que derivó en un fracaso económico y en un fuerte cuestionamiento institucional. El FMI reconoció que el caso argentino debía servir de ejemplo de lo que no debe repetirse, pero evitó cualquier sanción interna y prefirió enmarcarlo como un mero error de política y una lección para el futuro.
Los principales funcionarios que intervinieron, conforman un patrón de «rotación dorada»: Christine Lagarde abandonó prematuramente su cargo para presidir el Banco Central Europeo; Gita Gopinath, que participó en la revisión posterior que reconoció las fallas de diseño, ascendió a primera subdirectora gerente, convirtiéndose en la segunda autoridad del organismo después de Kristalina Georgieva; Roberto Cardarelli, hincha de la Lazio y amante del buen vino, jefe de la misión en Argentina y encargado de auditar las cuentas públicas y negociar las metas fiscales, continuó en roles similares; y Alejandro Werner, responsable de supervisar América Latina y de negociar directamente con el país, es hoy investigador en el Georgetown Americas Institute y autor del libro La Argentina en el Fondo, título con el que, ciertamente, no erró.
Nuestro aprendizaje es que, cuando el acusado es también el juez, la culpable siempre es «la política», y que cambian los ropajes de las reyertas, pero los problemas son los mismos y los responsables también.
Cuando Christine Lagarde dejó el Ministerio de Economía, Finanzas e Industria de Francia en junio de 2011 para asumir como directora gerente del FMI, la deuda pública gala ascendía al 88 % del PIB, equivalente a unos 2,53 billones de dólares. Su gestión al frente del Banco Central Europeo combina un enfoque técnico de estabilidad de precios con pragmatismo político y notable flexibilidad institucional. Durante la crisis de deuda soberana de la eurozona, defendió programas de ajuste que incluían consolidación fiscal y reformas estructurales, en línea con criterios ortodoxos de sostenibilidad macroeconómica.
Sin embargo, en el caso de Grecia reconoció posteriormente que los ajustes habían sido excesivamente duros y abogó por suavizar las condiciones. En 2026 anunció que el BCE dejará de recurrir a instrumentos extraordinarios —como la compra masiva de bonos y la orientación prospectiva (forward guidance)— y que, una vez atenuadas las turbulencias geopolíticas, se apoyará principalmente en el precio del dinero, acercándose a una visión más ortodoxa. No fue lo único que anunció.
El mandato de Christine Lagarde al frente del BCE expira en octubre de 2027, pero ha entreabierto la puerta a otro posible adiós anticipado (Les Echos). Las elecciones presidenciales francesas se celebrarán a doble vuelta el 18 de abril y el 2 de mayo de 2027. Lagarde declaró que «es necesario que se escuche una voz europea en el debate presidencial francés», aunque añadió, con cautela: «Dado que atravesamos de nuevo un periodo convulso, creo que la capitana del barco del BCE debe permanecer a bordo».
Considerando las fechas, dispone de margen de maniobra y de un amplio repertorio de frases ambiguas. En una entrevista al Wall Street Journal —diario pro-mercado y escéptico frente al intervencionismo estatal—, enfrió las especulaciones: «Cuando miro hacia atrás todos estos años, creo que hemos logrado mucho. Necesitamos consolidar y asegurarnos de que esto sea realmente sólido y confiable. Así que mi punto de partida es que esto durará hasta el final de mi mandato».
«Creo» parece ser, en efecto, el verbo favorito de quienes tienen oportunidades.