Balbuceos sobre la madre
La opacidad, la espesura, sobre esa densidad llamada mamá escribe Adriana Riva. Sobre aquello que nunca se termina de asir.
I. A mí me encanta pensar el título de los textos que escribo. Es una de las partes que más me gustan. Y, muchas veces, pienso el título antes que todo lo demás. En ocasiones no puedo ponerme a escribir hasta que lo tengo. Por lo general, es algo que me sale más fácil porque es una ocurrencia; una ocurrencia a la que ya no puedo renunciar. Pero esta vez no lo fue. Borré varios. No es que no lo encontrara, es que ninguno de los que se me ocurrían me resultaban del todo precisos. Entonces pensé que eso mismo era parte del asunto. Porque voy a escribir sobre esa opacidad, sobre esa espesura, sobre esa densidad llamada madre. No hay forma de estar conforme con el título. Si un título es una manera de situar algo, al menos un rato, con este asunto entre manos no hay forma. La cosa se desplaza, se mueve, se escurre entre los dedos. No hay modo de ubicarla, ni el asunto, ni a la madre.
II. Pensé en escribir esto después de haber leído Entre otras, el nuevo libro de Adriana Riva. A la autora llegué, hace unos años, a través de su libro de poemas llamado Ahora sabemos esto (Rosa Iceberg). Es un libro que forma parte de mi colección de libros que abro cada tanto para encontrar aquello que no busco. Empieza con una nota de la autora que dice: “A los griegos se entra por ventanas, no hay puerta principal. Tampoco hay recorridos sugeridos. No existe un lugar a donde llegar ni a donde volver. Se acepta el misterio del mito, del origen. Y cuando digo griegos, creo que digo mamá”. Madre e hija se sientan a la mesa, en la cocina, durante la pandemia, a leer La Odisea. La Odisea en el medio, La Odisea como mediación, La Odisea como interpósita persona. Laura Wittner escribe en la contratapa: “Madre e hija pueden, así, esquivar la intimidad y sin embargo seguir íntimas en esa escena iluminada (…)”. Un poema ya es de por sí un balbuceo de la lengua. Pero en este caso, además, son poemas que escriben la imposibilidad de explicar a una madre, de saberla, de entenderla.
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Elijo algunos poemas, pero podría elegir todos y cada uno:
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Sumate13.
No sé explicar
a mi madre
ella es
muy
muy
muy.
49.
Mamá, qué palabra vaga
y ambigua
como un oráculo
que solo resuelve el tiempo.
45.
Desespera no saber.
III. Ahora sabemos esto: toda indagación resulta precaria, toda aproximación, inestable, toda pesquisa, infructuosa. No hay lugar fijo en donde descansar, no hay remanso, no hay sosiego. O los hay un rato, hasta la próxima. Y eso, precisamente, es lo que posibilita que no se apague el querer saber; lo que nos empuja a seguir hablando, escribiendo, tanteando.
IV. De Adriana Riva también leí La sal (Odelia editora), su primera novela. Un viaje cuyo destino podría ser el de entender a una madre. Cito: “Mamá es ese centímetro de piel inalcanzable entre mis omóplatos, ese pedazo que me pica y no me puedo rascar». Me gustó mucho, muchísimo. Hace poco me compré Angst (Tenemos las máquinas), un libro de cuentos, lo primero que publicó. Me lo compré porque pretendo leer todo lo que escriba Adriana Riva.
V. También, como muchísimos de ustedes, leí, de la misma autora, la magnífica novela Ruth (Seix Barral). Ahora la narradora no es la hija, sino la madre. La cosa es que, como dice acá Ana Ojeda, a pesar de que “es una novela breve y en apariencia lineal, incomplicada”, escribir sobre ella cuesta. Ojeda arranca varias veces. Otra vez: ¿no es acaso porque se trata de estos asuntos que cuesta escribir, que cuesta asir? Ana Ojeda concluye: “Inasible, Ruth es un universo, un lenguaje, con el que pasa como con la vida: no queremos que se termine”. Por suerte, el universo de Riva no se terminó y ahora llega Entre Otras (Seix Barral). Me acabo de dar cuenta de que, otra vez, entre ella y la madre hay interposiciones. Ahora de esta manera: Riva compone perfectamente, pieza por pieza, este artefacto tan agudo como filoso: un minucioso inventario de madres de otros escritores, entre las que cuela a la suya. Acaso también para saber algo de la suya propia, para disiparla entre otras. ¿O, acaso, para seguir manteniéndola insabida, para seguir con el pulso del querer saber? Ahora sabemos esto: no sabemos, hay que seguir. O, como diría Beckett: “Hay que seguir, no puedo seguir, voy a seguir”.
¿Qué hacer con esa “certeza insondable” llamada madre? ¿Cómo aproximarse a ese “instrumento de acero entre algodones” llamado madre? ¿Qué cosas guarda esa “complejidad de por vida” llamada madre? ¿Cómo escribir ese “oleaje ilegible” llamado madre? Adriana Riva insiste, no tanto para saber qué es una madre, sino para tantear de qué está hecha. Un inventario de madres, un inventario también de las cosas de su madre. Pero además, el protagonista o el autor de algunos fragmentos aparece recién al final del fragmento o no enseguida. Con lo cual los lectores no sabemos de qué hijo se trata, y entonces no sabemos de qué madre se está hablando. ¿Acaso importa? Pienso en eso como un procedimiento sutil para pensar que ya no importa de qué madre se trata, sino que de eso también se trata una madre; de todo eso y de nada de eso; podría ser la nuestra, la vuestra, la de cualquiera, una, ninguna, todas: “Mi madre es mi madre. Pero bien podría haber sido cualquier otra”. Siguiendo el procedimiento de David Markson, mejorándolo incluso, la autora dispone las piezas como en un collage, en un Frankenstein, en un montaje sin pies ni cabeza. Y, como todo lo que escribe Riva, tiene mucho humor. El libro es tan impresionante, está tan perfectamente hecho, que nada de lo que diga acá me deja tranquila. Empieza así:
“Ma-má. Dos sìlabas primitivas
Balbucear a una madre”.
VI. ¿Cómo no iba a haber interposiciones entre una hija y una madre? No hay acceso directo posible. O también de esta forma: como está demasiado cerca, hay que meter algo en el medio para que la cosa no se nos venga encima. No la madre, sino la cosa; eso que para cada quien es la madre. Separar la cosa para poder mirarla mejor, de lejos.
VII. ¿Por dónde se entra a una madre? Pienso en César Luis Menotti cuando dijo “para poder entrar hay que saber salir”. Identificar la salida, saber dónde está y cómo se hace para salir. Porque vamos a necesitarlo.
VIII. El salvajismo materno (Nocturna editora), de Anne Dufourmantelle, intenta dar cuenta, a partir de algunos relatos, no de las características de una madre sino de un espacio (“entre el amor y el agobio”, dirá Riva). Dicho salvajismo no es una cuestión moral, no se trata de una buena o mala madre. Porque, como dice Dufourmantelle, “toda madre es salvaje”. Es salvaje “por pertenecer a una memoria más antigua que ella, a un cuerpo más original que su propio cuerpo”. El salvajismo materno no se trata de una forma de ser, sino que “designa un espacio psíquico en el que el sujeto no ha nacido aún realmente, en el que el deseo es convocado sin estar nombrado todavía”. Dufourmantelle formula una pregunta precisa y muy sutil: “¿Alrededor de qué enigma, de qué juramentos jamás pronunciados, jamás confesados, se traman nuestras vidas y esa frágil identidad que las sostiene? «Yo», de madre a hijo o hija, es una máscara que lleva los colores del Otro sublimado, odiado, buscado, siempre perdido, Otro al cual parece atarnos para siempre una deuda infinita”. El salvajismo materno no es, dice, “el que encontramos encarnado por un monstruo sangriento (…) tampoco el salvajismo de esas madres diferentes, trágicas o consoladoras que hacen de un hijo la escena en la que se juega el teatro de su neurosis, sino más bien el nombre de una comarca todavía poco conocida, donde las palabras no han hallado la resonancia con la que habitualmente las revestimos”. El libro, sigue la autora, no pretende describir los afectos de los primeros tiempos de relación con la madre, sino que “busca más bien delimitar ese territorio improbable que es lo materno en sus drásticos efectos sobre el psiquismo humano; en otras palabras (…) busca precisar aquello que nos condena, habiendo nacido de una madre y de una sola, irremplazable e insustituible, a lo que Hannah Arendt calificó de «locura materna». Una locura presente en la lengua misma”. El salvajismo no consiste, entonces, en ninguna maldad situable en alguien, sino en un momento, un espacio, un gesto inaugural. Luego, hay madres y madres y por supuesto que sus características cuentan. En el libro de Riva hay salvajismo materno y también hay esa locura materna en la lengua misma; y también locura materna. Y también locura, etc. “Una madre normal. Qué complejidad”.
IX. Hay asuntos sobre los que se vuelve una y otra vez. A veces se escribe sobre esos asuntos como un intento momentáneo de ceñirlos, agotarlos, apagarlos, aquietarlos. Momentáneamente creemos que ya está, que ya lo dijimos todo, que ya lo entendimos, que ya lo resolvimos. Pero esa ilusión se topa con lo inagotable y lo insondable, con lo persistente y lo acuciante. Y entonces hay que escribirlo todo otra vez. A veces se escribe sobre esos asuntos como un intento momentáneo de escrutarlo, diseccionarlo, autopsiarlo. Ver de qué están hechos, cómo es que esa cosa anda, o cómo es que esa cosa se rompió. Madre: acaso sea uno de esos asuntos insoportablemente insistentes. ¿Cómo se lidia con una madre? La madre no es un asunto solamente de las que tienen hijos, también lo es de los hijos. Una madre nos afecta también porque nadie no es hijo (el libro de Riva también es un inventario de hijos). Algo nos toca hacer, a cada uno, con “ese personaje de límites inciertos” (Guy Le Gaufey).