Que la ciencia te acompañe

Aunque todo esté ardiendo y no haya dónde ir

Hoy vamos con 3 grandes cuestiones: la pandemia, el género y la evolución, como para no pensar que en lo que podemos hacer se agota efectivamente lo que hacemos.

Holis, ¿cómo andás? Yo estoy de buen ánimo. No pasó nada particularmente bueno, pero logré ordenarme un poco respecto al quehacer diario. Con el confinamiento prolongado del año pasado había logrado constancia en 3 cosas que son muy definitivas para mi calidad de vida: hacer mucha actividad física, comer bien y dormirme más temprano. Durante todo el 2020 me di cuenta que no tenía nada más importante que hacer que eso. No porque no tuviera trabajo o tareas militantes, sino justamente porque son cimientos para poder sostener todo lo demás. Me prometí a mí misma que lo iba a recordar: “No hay prioridad mayor que hacerte de comer, Agostina”. Y lo recuerdo, pero ya no lo hago.

El 2021 fue una constante batalla perdida contra la alienación. No entendía por qué, si yo trabajaba mucho desde casa antes de la pandemia, me estaba costando tanto sostener estos hábitos. Me sentí completamente fracasada, seducida por las mieles del consumo, arrancada del espacio introspectivo y eyectada hacia la vorágine de negar cualquier tipo de efecto permanente del aislamiento sobre el ritmo de vida con la performance imperativa de hacer todo lo permitido.

Estos días me di cuenta que no es cierto que mi trabajo siempre haya sido desde casa. Sí, escribo en mi casa. Pero todo de lo que se nutre esa escritura sucedía afuera: dar charlas, tomar clases, coordinar talleres, tener reuniones, salir a pegatinear, ir a marchar. Y en esa época no hacía tanta actividad física, ni comía tan bien siempre, ni me acostaba temprano todos los días como durante el confinamiento, pero había encontrado la forma de no dejar de hacerlo y eso me alcanzaba, me sentía parte de la construcción de mí misma. Es esta vida que no se llega a sentir definitiva la que me enajenó completamente, ¿cómo hago para hacer lo que me permite ser como quiero ser si siento que no puedo decidir lo que soy?

Esta semana, entonces, en vez de volver a intentar hacer una hora de yoga diaria como el año pasado, me anoté para volver a clases presenciales dos veces por semana. En vez de hacer compras de verduras y dietética para toda la semana y terminar pidiendo pizza porque no encuentro ganas ni tiempo para cocinar, estoy comprando comida hecha a la mañana para todo el día, cosa de solo tener que calentarla y no salir a buscar en el momento, con hambre y ganas de solucionarlo rápido. También estoy dejando de usar las redes sociales cuando me despierto y unas horas antes de dormir y me ayuda a conciliar el sueño más temprano y despertarme más fresca.

Y, como me siento mejor, en vez de castigarme por no poder sostener algo que logré en condiciones excepcionales o por tener este tipo de problemas en un mundo cada vez más desigual, pude pensar en lo que me pasa de una forma más amable. ¿Por qué no retuve lo que quería que fuera costumbre? 

No tengo una respuesta total, pero lo que es seguro es que practicar yoga todos los días y hacerme galletitas partiendo desde la molienda de los granos de harina fue algo que surgió cuando tuve la obligación de transformar mi rutina y el tiempo para reconstruirla. Y que las definiciones que tomé esta semana también surgieron de poder reflexionar, de darle lugar al problema más que al malestar. ¿Por qué tiene que haber una crisis mundial para que me pueda sentar a pensar?

El news de hoy tiene que ver con eso, con la contemplación como potencia transformadora de la realidad concreta. Una cosa es encerrarse en la cabeza y otra lo que nuestra cabeza puede hacer para sacarnos de ella. 

Sería tonto decir que mi pregunta es sobre cómo puedo hacer ejercicio y cumplir con mis obligaciones. Ese es mi problema. La pregunta es qué tendríamos que hacer para que el trabajo pase de posibilitar la supervivencia a sostener la vida.

En general, le tenemos miedo a las grandes dudas, a los grandes temas, porque sabemos que pensarlos no alcanza, que no son problemas sino cuestiones. Los problemas tienen soluciones, o al menos intentos de soluciones y hacen que podamos insertar la actividad reflexiva en el mandato productivo. En cambio, pensar cuestiones nos deja con la sensación de algo no hecho, de tiempo perdido. Pero yo creo que, si no pensamos las cuestiones, los problemas se convierten en algo más que dificultades. Pasan a ser trabas. Siempre, en el fondo, cuando pensamos en un problema, sabemos que no se trata de eso. Quedamos insatisfechos y pensamos que esa insatisfacción es algo propio que no se condice con lo que efectivamente hacemos de nosotros mismos, o que es un producto directo de no poder hacer lo que creemos mejor.

Así que hoy vamos con 3 grandes cuestiones: la pandemia, el género y la evolución, como para no pensar que en lo que podemos hacer se agota efectivamente lo que hacemos.

Si es que el aire un poco apesta

La pandemia es un problema. Hay un virus nuevo extremadamente contagioso que provoca muchísimas muertes. También es una cuestión, no nos deja ignorar que vivimos en un mundo en el que la riqueza de unos pocos se genera a costa de la explotación indiscriminada de muchos y que lo que no es de nadie, eso a lo que antes se le decía recurso natural y hoy se le dice bien común, se enuncia como si fuera de todos y se usa como patrimonio exclusivo de las grandes corporaciones.

Van entonces unas coronanews para seguir pensando el problema-cuestión:

1- Hablando de lo difícil que es armarse una rutina en la inestabilidad, no sé si viste que en Estados Unidos algunos estados que, para personas vacunadas, habían retirado la obligación de usar barbijo en espacios cerrados están reinstalando la recomendación. ¿Por qué? Nuevas investigaciones sugieren que las personas vacunadas que se infectan con la variante delta tienen altas cargas virales en nariz y garganta, contrariamente a lo observado en personas vacunadas que se infectan con otras versiones del virus.

* El meme dice: la aerolínea Delta llamando a la cervecera Corona / “¿Cómo hicieron para sobrellevar esto?”

Se espera que el Centro de Control de Enfermedades norteamericano confirme los hallazgos el día viernes. De ser efectivamente así, la diferencia radicaría en que, mientras las personas vacunadas no contagiarían infecciones por otras variantes, en el caso de la Delta sería contagiosa igual, lo que implicaría protección sólo para la persona vacunada, para quien disminuyen notablemente tanto el riesgo de muerte como de enfermedad grave. En lo práctico esto implicaría que, aun vacunándose, quienes convivan con niños pequeños o personas que por la razón que sea no puedan vacunarse, deberán extremar cuidados. Y que los barbijos tendrán que permanecer en nuestras caras más tiempo del que esperábamos.

2- Este video de Science Sam, una bióloga molecular y divulgadora científica, explica por qué se afirma que las vacunas contra la COVID son seguras en el largo plazo. Brevemente: la vacuna no permanece mucho tiempo en nuestro cuerpo. El fármaco que nos inyectan dispara la respuesta inmune y luego se metaboliza y degrada. Por eso, los efectos secundarios, tanto los graves como los leves, se dan poco tiempo después de haberse aplicado la vacuna, ya que es cuando la inmunidad se está formando. Una vez terminado el proceso de activación del sistema inmune ya no hay una interacción directa entre la vacuna y el cuerpo, por lo que no son esperables otros efectos secundarios. Así que lo que hay es un período corto de bajo riesgo luego de la aplicación y un período largo de inmunidad como beneficio.

3- A principios de mayo se publicó el informe del Panel Independiente para la Respuesta y Preparación de la Pandemia, un grupo de expertos al que la Organización Mundial de la Salud le pidió que evaluara cuán preparados estaban los sistemas de salud antes de la pandemia, las circunstancias en las que se identificaron tanto el virus como sus efectos y las medidas tomadas de forma global, regional y nacional, particularmente durante los primeros meses del brote.

El documento, titulado “Haciendo del COVID la última pandemia”, sostiene que los países con mejor respuesta fueron aquellos que aseguraron la identificación de casos, el rastreo de contactos y facilitaron unidades de aislamiento. Además, estos países generaron acuerdos en múltiples niveles de gobierno y con organizaciones de la sociedad civil, comunicaron sus decisiones de forma consistente y transparente y diseñaron las estrategias en conjunto con los trabajadores de la salud, líderes comunitarios y el sector privado.

Las recomendaciones abarcan tres acciones inmediatas: que los países de altos ingresos donen vacunas para los 92 países de medianos y bajos ingresos que forman parte del programa COVAX; la liberación de patentes y la transferencia tecnológica por parte de las farmacéuticas productoras de vacunas y que el G7 se comprometa a financiar el 60% de los 19.000 millones de dólares estimados como necesarios para llevar a cabo el programa de Acceso a las herramientas contra la COVID (ACT, por sus siglas en inglés), consistente en la provisión de vacunas, diagnósticos, tratamientos y fortalecimiento de los sistemas de salud de forma continua.

Según el panel, “para preparar al mundo para el futuro, de modo que el próximo brote de una enfermedad no se convierta en una pandemia, el grupo de expertos pide una serie de reformas cruciales que aborden las deficiencias en la coordinación entre los liderazgos de alto nivel a nivel mundial y nacional, la financiación y el acceso a lo que debe convertirse en bienes globales”. Suena bárbaro e indiscutible, ¿no? Excepto justamente porque el foco está en el problema que representa que el brote de una enfermedad se convierta en una pandemia y no en la cuestión que implica tener una matriz productiva que va a seguir generando enfermedades.

¿Qué significa buscar que la de COVID sea la última pandemia? ¿Asegurarnos que sea la última enfermedad que produzca tantas muertes a nivel global o que ya no se va a poder pensar en salud si no es de forma integral?

Voy a gritar tan fuerte que vas a entender

Otra cosa que pasa cuando tomamos una cuestión por un problema es que nos ponemos atolondrados. Al buscar una solución en vez de una caracterización, sentimos la necesidad de adoptar definiciones rápido y acomodar nuestras acciones en concordancia con ellas.

Respecto a disputar las categorías de sexo y género, esto se ve claro: pareciera haber más una necesidad de re-comprensión que de transformación. Es como si quisiéramos reformular las categorías más que entender lo que significa cambiar conceptos tan estructurales. 

Por supuesto, hay una prioridad y un deber, que es respetar las identidades, pero no es cierto que para hacerlo necesariamente haya que adherir cabalmente a una propuesta en un campo que debate permanentemente. Plantear que el sexo y el género no son lo que creíamos es plantear una nueva forma de mirar casi todo en el mundo. 

En 2019, junto a la filósofa Danila Suárez Tomé y la bióloga Alejandra Petino Zappala, hicimos este video a raíz de un fallo del Tribunal Arbitral del Deporte que imponía a Caster Semenya, corredora sudafricana, que bajara farmacológicamente sus niveles de testosterona para poder seguir compitiendo en la categoría femenina. Por esta razón, hoy Semenya no está compitiendo en los Juegos Olímpicos.

Semenya tiene niveles de testosterona más elevados que el promedio de las mujeres. Uno de los efectos de esta hormona en el cuerpo es el desarrollo muscular. Más allá de que esto no implica que efectivamente lo haga, ya que la hormona tiene que metabolizarse de cierta forma específica, lo que resulta curioso es que esto solo fue considerado una ventaja en su caso. No se decidió obligar a todos los atletas con niveles más elevados que el promedio de su categoría a tomar fármacos para bajarlo. Dicho de otra manera, no pareciera haber problema con que un varón tenga más testosterona que otros competidores varones.

*La caricatura dice: “Antes de que cruces la meta necesitamos que te bajes los pantalones” / “Además, ¿que te cuesta correr maquillada en tacos?”

Por otro lado, si hablamos en términos generales, las hormonas son solo uno de los componentes de lo que conforma la observación biológica del sexo. Otros son: cromosomas, gónadas, genitales internos y externos. Ninguno de ellos es binario. Existen casos de personas con genitales intersex o tres cromosomas sexuales. Por otro lado, tampoco estas características se alinean en masculino o femenino en todas las personas, hay quienes tienen genitales externos típicamente asociados con un sexo y cromosomas típicamente asociados con otro, y así sucesivamente.

Los niveles de testosterona, además, existen en un continuo que implica necesariamente un solapamiento. Hay valores promedio, sí, pero pensarlos como determinante de “femenino” o “masculino” es, si lo miramos con una inmensa buena fe, simplista. Y si lo miramos con la bronca que nos dan casos como éste, una burrada sin sentido.

Si vemos el caso de Semenya como un problema, también es extraña la solución. ¿Por qué si la testosterona es tan definitiva y se trata de no otorgar ventajas deportivas no se divide a los y las atletas según ello? ¿En vez de masculino/femenino, testosterona 1, 2, 3 y 4?

Si lo situamos en una cuestión, lo que observamos es que las categorías no reflejan a las personas, sino que son dispositivos de disciplinamiento. El sexo como una suma de variables biológicas observables que tiene expresiones binarias no nos describe, así que se nos obliga a adaptarnos a esos estándares.

Doy una vuelta para ver qué hay

Hay cuestiones que son tan enormes que forman un continuo. Que aunque tengan definiciones y consensos acompañan las épocas como totalidad transformadora. La evolución tiene bastante de eso. Por un lado, como proceso que no se detiene. Por otro, como término que designa cosas más allá de su alcance.

En “Más Margulis, menos Darwin”, un ensayo de opinión de la bióloga Sabina Caula y la filósofa Sandra Caula, el foco está en cómo haber destacado la competencia sobre la cooperación ha hecho que construyamos un sentido común acerca de la evolución que promueve el individualismo.

Si el texto fuera mío, se llamaría: “Más Margulis y más Darwin”. Por momentos creo que es injusto con Charles, que ya rompía el cancelómetro solito sin que nadie le hiciera decir lo que no dice. Pero bueno, el texto no es mío y también tengo que soltar el impulso de definir evolución en los términos de la teoría y aceptar que es un concepto que va mucho más allá de lo escrito por Darwin. 

Lynn Margulis fue una bióloga estadounidense que a fines de los 70 propuso la teoría de la endosimbiosis ¿Qué dice? “Que las células complejas (eucariotas) se originaron de células sencillas (procariotas) que se integraron en una relación de beneficio mutuo (simbiosis). Si una célula integrada tenía habilidades diferenciadas —por ejemplo, capacidad para respirar oxígeno o procesar energía solar—, compartía esas ventajas con la hospedante y ésta, a su vez, le ofrecía un medio estable y rico en nutrientes a la primera. Ese es el origen de los órganos internos celulares (los organelos), como las mitocondrias (pulmones celulares) y los cloroplastos (los fotosintetizadores)”.

O sea, que lo que dio lugar a organismos más complejos no fue que una célula sencilla se volviera compleja a través de mutaciones sucesivas que facilitaban su supervivencia, sino que se formaron cuando varias células sencillas se unieron sumando sus estructuras. 

Las autoras unen entonces las interpretaciones populares de la selección natural con una posible interpretación popular de la endosimbiosis y dicen: “Desde ciertas interpretaciones del darwinismo, la vida y las relaciones sociales se asumieron como una natural competencia —con nuestros congéneres y con otras especies—, en un mundo caracterizado por la escasez de recursos, donde solo logran sobrevivir los más fuertes y mejor equipados. Los humanos, desde luego, están en la cima.

Pero si la simbiogénesis, que reivindicó Margulis, es un movimiento evolutivo esencial, obviamente no somos los vencedores de la cadena evolutiva, sino una parte ínfima en una extraordinaria red de cooperaciones entre seres vivos que ha permitido la continuidad de la vida.”

Dicho esto, si te tiene que quedar ALGO de estos newsletters que sea esto: la selección natural no es “la evolución” sino UNO de los mecanismos evolutivos descritos por Darwin en El origen de las especies.

Un día de sol, una noche cualquiera

Fallé otra vez. Estoy terminando esta carta y no se me dio mucho por pensar en grandes cosas, eso que hoy caprichosamente llamé cuestiones. Pienso en la rutina y que nos permite transformar lo especial en ordinario y que eso no es algo necesariamente malo, más bien al revés. Justamente hoy te escribí sobre la lucha interna que libro para que las cosas que me son valiosas no sean un gusto sino una costumbre, para que una buena noche de sueño no me haga aprovechar el día siguiente sino que estar descansada me haga tener una vida más apacible. 

Pero también entiendo que lo interno no es propio y que mi subjetividad es una continuidad con mi entorno. Si me ves en una esquina, seguro esté pensando cómo fui tan gila, pero también es seguro que voy a estar dispuesta a pensar en algo más. Por lo pronto, tenemos estas cartas para intentar nuestra versión de la endosimbiosis.

Te mando un beso enorme,

Agostina

p/d: las refes de este news son de esta canción que siempre que la escucho me hace evocar a alguien que está abierta a ver más allá confiando en sus sentidos.

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Soy comunicadora científica. Desde hace tres años formo parte del colectivo Economía Femini(s)ta, donde edito la sección de ciencia y coordino la campaña #MenstruAcción. Vivo en el Abasto con mis dos gatos y mi tortuga. A la tardecita me siento en algún bar del barrio a tomar vermú y discutir lecturas con amigas.
@Bcientifica

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