Andy Burnham y la última chance del laborismo británico

Será el flamante primer ministro británico, el séptimo en una década, después de la caída de Keir Starmer.

El Reino Unido tiene 650 parlamentarios divididos en la misma cantidad de distritos. Un sistema uninominal, en el que cada distrito es representado por el candidato que saca más votos, sin importar mayorías ni proporciones. Cuando un parlamentario deja el cargo por algún motivo antes del final de mandato –desde una oportunidad lucrativa en el sector privado o académico hasta causas más luctuosas, como la enfermedad o el fallecimiento– no existe un suplente, sino que debe convocarse una elección especial. 

Con el sistema vigente, que favorece el bipartidismo y la formación de mayorías sólidas para los partidos gobernantes que exceden su nivel de apoyo electoral, las elecciones parlamentarias especiales suelen ser, en la práctica, casi irrelevantes. Un concurso de popularidad o una encuesta para medir el ánimo del país en alguna región en particular. Oportunidades de mandar algún mensaje. Pero en el Reino Unido, que vive desde hace años en un estado de excepción que, por lo recurrente, ha perdido su carácter excepcional, la victoria de Andy Burnham en Makerfield, una circunscripción del Gran Manchester que el laborismo retiene desde su creación en 1983, significó mucho más que el mantenimiento de una banca en el piso de popularidad del gobierno. Fue el mecanismo elegido para forzar la caída de Keir Starmer como primer ministro, y que llevará al propio Burnham a tomar su lugar.

Aunque sea sólo un distrito, la victoria de Burnham fue contundente. Ganó con algo menos de veinticinco mil votos, alrededor del 55% del total, contra menos de dieciséis mil de Rob Kenyon, el candidato del derechista Reform UK, que quedó segundo. En un distrito históricamente laborista, sería apenas aprobado, un trámite para seguir. El contexto electoral reciente lo convierte en un triunfo político de primer orden. Burnham superó en diez puntos la mayoría obtenida en el distrito en 2024, cuando el laborismo era oposición al muy impopular gobierno conservador en un momento de crisis sin precedentes para la gestión laborista. 

Si te gusta Mundo propio podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los lunes.

La comparación con la elección general de 2024, a pesar de ser favorable, hace poca justicia al resultado. En mayo hubo elecciones para cargos municipales. Reform UK ganó todos los territorios principales que componen el distrito de Makerfield: Abram, Ashton-in-Makerfield South, Bryn with Ashton-in-Makerfield North, Hindley, Hindley Green, Orrell, Winstanley y Worsley Mesnes. Si agregamos esos resultados, Reform habría quedado cerca del 50%, y el laborismo, debajo del 30%. La fuerza derechista de Nigel Farage, envalentonada, se puso como tarea mostrar su fuerza y su condición de favorito deteniendo el ascenso de Burnham, cuyas aspiraciones nacionales eran el secreto peor guardado del reino. 

¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te  pedimos que nos des una mano para seguir.

Sumate

El resultado fue, en sí mismo, la demostración de un liderazgo que el partido hace tiempo que no tiene en ninguna otra figura. Superado por la derecha en las elecciones locales en toda Inglaterra, por los nacionalismos progresistas en Gales y Escocia, el laborismo también vio últimamente perder su dominio sobre la izquierda a nivel nacional. En febrero, el Partido Verde le arrebató al laborismo Gorton and Denton, otra banca del Gran Manchester, en una elección parcial en la que quedó tercero, detrás de los verdes y de Reform. La derrota fue especialmente dolorosa porque Gorton había sido laborista, en sus distintas delimitaciones, desde hace casi un siglo. En mayo, mientras Reform les ganaba por derecha en casi todo el norte inglés, y particularmente entre los sectores de clase trabajadora, dentro de la ciudad de Manchester, los verdes ganaron en los barrios donde viven los jóvenes educados y movilizados. 

Burnham, como alcalde del Gran Manchester, veía a su partido desangrarse por derecha, en los territorios postindustriales de clase trabajadora, y por izquierda en los sectores más cosmopolitas, movilizados por Gaza, la vivienda y la agenda climática. Burnham lleva casi una década administrando el Gran Manchester con una combinación de épica territorial, gestión y conflicto moderado con Londres que lo mantuvo al margen de las vicisitudes del partido a nivel nacional. 

Esa épica le valió el apodo de King in the North (el rey en el norte) un parafraseo de Game of Thrones y de los Stark, que daba cuenta de su liderazgo y predicamento social y, también de su módica rebelión contra el poder central. Su raigambre local permitió a Burnham también mantenerse fuera de la grieta que atravesó al laborismo durante los últimos años, entre el sector más centrista liderado por Starmer y el sector más a la izquierda del partido, que se había alineado con su predecesor, Jeremy Corbyn. Esa misma prescindencia, y su tímida resistencia, lo convirtieron, paradójicamente, en un buen candidato al liderazgo partidario cuando los demás fracasaron. 

Navegar el sistema

El parlamentarismo británico tiene exigencias y ventajas para cambiar de liderazgo. Como sucede en general con el parlamentarismo, el pueblo no elige directamente al primer ministro, sino que el jefe de Gobierno es la persona capaz de construir una mayoría parlamentaria. Si la mayoría corresponde a un sólo partido y no una coalición, el líder partidario se convierte, casi siempre, en Primer Ministro. Pero en todo momento, prima la voluntad partidaria. El líder británico puede ser reemplazado en medio del mandato, sin necesidad de convocar a elecciones.

Es lo que hicieron los conservadores luego del Brexit. Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak asumieron sin enfrentar a los votantes, aunque May y Johnson convocaron –en su mejor momento de popularidad– a elecciones anticipadas para fortalecerse y extender su mandato. El laborismo, con Andy Burnham, repite la historia. Cuenta con la enorme mayoría parlamentaria con la que ganó en 2024, 411 bancas sobre 650. Esa mayoría le permite cambiar de conductor sin enfrentar riesgos. Burnham tendrá hasta agosto de 2029 para convocar a elecciones

El tamaño de la mayoría, sin embargo, es también un producto del sistema y no de una marea social de apoyo al laborismo. La victoria electoral conseguida bajo el liderazgo de Starmer, enorme en bancas, fue limitada en votos. El laborismo superó apenas el tercio del sufragio nacional, una proporción muy parecida a la que Jeremy Corbyn había conseguido en la derrota catastrófica de 2019. La explicación estuvo en la implosión conservadora. La impopularidad del gobierno saliente, combinada con el voto táctico y la lógica del sistema de distritos uninominales, que premia a quien logra quedar primero en cada circunscripción y deja totalmente afuera a quienes mantienen una proporción interesante de votos nacionales –digamos 10 o 15 por ciento– pero dispersa geográficamente. 

Después del Brexit, de la falta de un plan claro para abandonar el bloque, de los escándalos de Boris Johnson, la brevísima fantasía libertaria de Liz Truss, el agotamiento final de Rishi Sunak y, en general, de una década de estancamiento informado por los recortes y la austeridad, el laborismo prometió una suerte de vuelta a la normalidad como alternativa al hartazgo con los conservadores. La apuesta fue por lo seguro, no equivocarse, mantener a su partido alejado de las controversias, y dejar que el rechazo al partido gobernante haga el resto. La necesidad de huir de las controversias sirvió a Starmer para deshacerse de la izquierda partidaria, que fue purgada con la excusa de las posiciones antisemitas –reales– de algunos –relativamente pocos– miembros prominentes del partido. El esquema le dio a Starmer una mayoría contundente, pero sin entusiasmo ni solidez para gobernar una vez electa.

Starmer nunca logró explicar con claridad qué venía a hacer con el poder. Su gobierno osciló entre algunas medidas populares –protección de inquilinos, mejora del salario mínimo, intentos de recuperar la inversión pública– y una prudencia fiscal que terminó pareciéndose demasiado al ajuste de sus predecesores. La crisis se agravó cuando el sostenimiento de esas medidas se tradujo en recortes al Estado de bienestar, resistidos por su propio partido, que se fundieron con una serie de escándalos sobre nombramientos, entre los que se destada Peter Mandelson, embajador británico ante los Estados Unidos de América, y señalado por sus vínculos con el fallecido y condenado por tráfico de menores, Jeffrey Epstein.

Los resultados locales de mayo dejaron expuesta la debilidad. Desde la derecha dura, Reform UK avanzó sobre bastiones obreros del norte y del centro de Inglaterra, capturó a los votantes laboristas que habían apoyado la salida del bloque europeo. Obtuvo una victoria contundente y se presentó como el vehículo de castigo contra las dos grandes fuerzas tradicionales con un mensaje centrado en el rechazo a la inmigración. Los verdes, por su parte, ocuparon el espacio de la izquierda con un voto cosmopolita asentado en la juventud, las comunidades de origen inmigrante y, particularmente, musulmán, haciendo foco en Gaza. El laborismo perdió más de 1200 concejales en todo el país. En este escenario, la continuidad de Starmer comenzó a ser vista por los parlamentarios laboristas como el equivalente a una eutanasia lenta, que decretaría la muerte del partido en las elecciones de 2029, y la victoria de la extrema derecha. 

Andy Burnham reunía las características para presentarse como la contracara de Starmer sin revolucionar al laborismo. Asentado en el norte del país, en la Inglaterra profunda y lejos de Londres, en el corazón de la derrota laborista. Todavía popular en su distrito y sin rechazos mayoritarios a nivel nacional. Pero no tenía una banca en el parlamento. En la práctica británica, el primer ministro debe ser miembro de la Cámara de los Comunes. El desafío de liderazgo, entonces, generó la renuncia del parlamentario de Makerfield, Josh Simons. La contundencia de la victoria en la elección especial hizo el resto. El lunes posterior a la elección, Starmer anunció su renuncia y una salida ordenada. Burnham será, con toda seguridad, el próximo primer ministro. Será el séptimo en una década. 

El futuro

La expectativa alrededor de Burnham se apoya en dos pilares. El primero es político. No es un extremista, ni un outsider, tiene credenciales marcadas en el establishment. Fue parlamentario entre 2001 y 2017, integró gobiernos laboristas, fue secretario de Salud y ya compitió con chances por el liderazgo del partido. Pero no representa una continuidad. 

Su marca pública combina una izquierda amable, con arraigo territorial, y pragmática, con centro en la infraestructura, el transporte, la vivienda, los salarios y los servicios públicos. Reclama recuperar el Estado, aún sin rupturas, y disminuir los condicionamientos del sector financiero que, desde Margareth Thatcher, es la locomotora brutalmente londinense de la economía británica. A ello se suma una experiencia de gestión exitosa. 

Como alcalde del Gran Manchester, Burnham encabezó un proceso de recuperación del control público sobre los buses locales, integrados con el tranvía y estableció una política de tarifas simplificada. Fue la primera gran revisión del modelo de desregulación del transporte aplicado desde los años ochenta. La gestión también se apoyó en la ampliación de competencias locales. No sólo transporte. Empleo, regeneración urbana, vivienda, policía y bomberos tuvieron la marca de su paso por el gobierno. 

La idea tiene un relato. Si las regiones tienen poder y herramientas, pueden hacer mejor algunas cosas. Ese argumento conecta con la grieta territorial del Reino Unido. El país está gobernado desde una capital global que concentra la generación de riqueza, anclada al sector de servicios, con una periferia desindustrializada y especialmente golpeada por la reducción de los servicios del Estado.

Burnham anunció un plan de una década para elevar el nivel de vida en todas las regiones, un “buen crecimiento en cada código postal”, basado en la reindustrialización y las obras de vivienda, e infraestructura. Un programa de devolución de competencias a los gobiernos locales y una territorialidad del gobierno central que movería parte de sus oficinas desde Londres hacia el norte. En muchos sentidos, una versión nacional del “modelo Gran Manchester”.

El riesgo evidente es que el método que funcionó para una región no resuelve los problemas estructurales del país. El alcalde puede elegir batallas, construir visibilidad sobre políticas específicas y culpar a Londres por las restricciones. Burnham, ahora, será Londres, deberá manejar la crisis presupuestaria, el Servicio Nacional de Salud, la política migratoria, la crisis habitacional y el aumento de las necesidades en defensa. Desandar el modelo que se consolidó desde los años ochenta, y que el Nuevo Laborismo de Tony Blair reafirmó en las siguientes décadas es una tarea endiablada. 

El sector financiero sigue siendo el centro de la economía británica, y una reversión de las políticas de austeridad puede rápidamente traicionarse a sí misma disparando los costos de endeudamiento. La salida de la Unión Europea no es reversible y las restricciones migratorias pelean con necesidades de empleo en sectores como la salud para recuperar los servicios. 

Burnham tiene un desafío casi imposible y no tiene ninguna receta mágica. La necesidad de audacia no hace ninguna solución especialmente sencilla. El anuncio de que respetará las metas fiscales de Starmer, luego de una pequeña corrida contra su liderazgo es un recordatorio amargo de los escasos márgenes que tendrá para cambiar las cosas. 

A su favor, tendrá más de tres años para gobernar, y si logra reponer al menos parte de la capacidad de priorizar los servicios públicos y los territorios postergados, podría lograr una gestión que contraste con los fracasos de sus predecesores. Una suerte de optimismo de las bajas expectativas. Sabe también que es la última oportunidad. Su fracaso significará entregar el poder, por primera vez, a la extrema derecha británica, y ver al partido histórico de la izquierda diluirse, por derecha y por izquierda, en la intrascendencia 

Qué más estoy leyendo:

  • Los candidatos de izquierda socialista apoyados por el alcalde Zohran Mamdani arrasaron en la interna demócrata en Nueva York. La campaña, que giró en torno a Gaza, el financiamiento de Israel y la influencia del lobby israelí en la política estadounidense, dio el triunfo a candidatos con posiciones duras respecto de las políticas de inmigración, seguridad y en cuestiones raciales, postergando a candidatos demócratas tradicionales con apoyo del establishment partidario.
  • Dos devastadores terremotos en Venezuela causaron destrucción y caída de edificios en Caracas y sus alrededores. En la ciudad costera de La Guaira, epicentro del desastre, la destrucción fue total. La cifra de muertos, oficialmente más de 1.450, podría escalar fuertemente en la medida en que concluyan las tareas de rescate. El gobierno de Delcy Rodríguez obtuvo un amplio respaldo internacional frente al desastre, de gobiernos de todos los signos políticos. Se puede colaborar con ayudas en los centros de acopio en Buenos Aires y también donando a ACNUR y la Cruz Roja.

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.