Alexandra Elbakyan, la persona más importante de este planeta

Una estudiante de Kazajistán publica un sitio web para que millones de personas alrededor del mundo puedan hacer progresar la ciencia humana.

El 5 de septiembre de 2011 se publicó el sitio Sci Hub, un portal de acceso libre y gratuito a trabajos de investigación científica de todo el mundo.

Alexandra Elbakyan estudiaba Ciencias de la Computación en la Universidad de Kazajistán cuando enfrentó una dificultad. Tenía que acceder a muchas investigaciones, papers y libros demasiado costosos. El promedio de acceso a cada artículo era de 30 dólares, imposible para cualquier estudiante. Hasta entonces, investigadores y alumnos resolvían el problema de manera casera. Compartían claves de acceso en foros de internet o directamente les escribían a los autores de las investigaciones para que se los manden. La práctica era lenta y retrasaba el progreso de las investigaciones. La estudiante kazaja tuvo una idea: automatizar ese proceso. Ya tenía la experiencia. Había programado un script para saltar los muros de pago que le impedían descargar algunos libros que había necesitado antes. Aunque no funcionaba exactamente igual, ese fue el origen de un proyecto que hasta entonces era secundario para ella. Se llamaba Sci-Hub.

A partir de entonces, esas miles de solicitudes informales que recorrían el mundo por día se multiplicaron exponencialmente. El proceso era tan simple como entrar en la web de Sci-Hub y hacerse con la investigación. Eso, que parecía tan sencillo, tenía (y tiene) todo un proceso colaborativo por detrás ideado y diseñado por Alexandra. Al principio, el sitio descargaba una nueva copia a través de la suscripción de una universidad y se eliminaba seis horas después. Al año siguiente, se asoció con el sitio Library Genesis (Dios también lo tenga en la gloria) para que este albergara los archivos que Sci-Hub descargaba. Así, LibGen servía como un repositorio externo de las descargas. El sitio comenzó a funcionar en dos niveles: primero intentaba descargar una copia de la base de datos alojada en LibGen. Si el artículo no estaba ahí, Sci-Hub salteaba el muro de pago de la revista en tiempo real, se lo otorgaba al usuario y, además, guardaba una copia en LibGen para el siguiente que lo buscara. ¿Cómo accedía a las revistas con suscripción paga? Sci-Hub dice que a través de la colaboración de investigadores que, anónimamente, prestaban las claves de sus instituciones.

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Una enorme tarea colaborativa, solidaria, humana. Con un objetivo hermoso: que muchos más científicos y científicas (y público en general, ¿por qué no?) puedan acceder al resultado de las investigaciones de otros científicos y científicas. La red se expandió y permitió mayores niveles de acceso a la investigación científica que cualquier universidad o entidad pública por sí misma. Bajó los costos de hacer ciencia para millones de investigadores en el mundo abordando un problema sistémico: el enorme costo de suscripción de las revistas de divulgación científica. Claro — podría decir alguien — ese enorme costo es el que paga luego por las investigaciones en una suerte de mecanismo virtuoso de mercado que posibilita el avance científico.

Pero no.

Los investigadores y las universidades no ganan nada por la publicación de sus investigaciones en las revistas. No solo no ganan: la mayoría de las revistas que controlan el mercado cobran por publicar (pueden ver esta nota de hace algunas semanas en Science: uno de los problemas de la falta de financiamiento para la ciencia argentina es encontrar el dinero para publicar sus trabajos en revistas). ¿Por qué los publican entonces? Porque son esas mismas revistas las que se usan luego para evaluar el trabajo científico de un investigador. Es decir que necesitan publicar ahí para poder avanzar en su carrera. El negocio, para la revista, es perfecto. Las investigaciones se financian principalmente con fondos públicos. Las revistas, luego, cobran primero por publicar y después por dar acceso a la publicación.

Hasta que llegó Alexandra.

Un día de junio de 2015, la investigadora kazaja abrió su mail y leyó: “Usted ha sido demandada”. Alexandra ya había enfrentado problemas. La alianza con LibGen funcionó hasta que un día se cayó el dominio — algunos dicen por la muerte de uno de sus administradores — y Sci-Hub perdió 40.000 artículos que había acumulado. Entonces decidió cambiar la estrategia y acumular artículos en una base propia, lo que le exigió comenzar a recolectar donaciones para mantenerla. La compañía editorial Elsevier ya estaba tras los pasos de Alexandra. En 2013, le había pedido a PayPal que diera de baja la cuenta que usaba para recibir donaciones. Aseguraba que, a través de ese sistema de transferencias, se habían pagado servidores proxy para permitirle a Sci-Hub ingresar a revistas especializadas con credenciales de estudiantes para descargar trabajos. PayPal hizo lugar al pedido y desactivó su cuenta.

Pero ahora el reclamo era más grave. Alexandra, cuenta en esta nota en The Verge, tomó dimensión de lo que podía suceder minutos después, cuando uno de los administradores de LibGen le envió por correo la misma noticia con un comentario:

 — Esto es un desastre. Estamos jodidos.

Elsevier, junto a otras editoriales como Wiley-Blackwell, Springer, Taylor&Francis y Sage Publishing, concentraban más de la mitad del mercado de las publicaciones académicas. El proyecto de Sci-Hub no les hacía nada de gracia. Las editoriales constituyen asociaciones de protección de derechos de propiedad intelectual que hacen lobby por legislaciones más restrictivas en Europa y EE.UU. Allí, por ejemplo, consiguieron bloquear tres proyectos entre 2012 y 2013 que disponían la obligatoriedad de publicar de manera gratuita las investigaciones que hubieran sido producidas con fondos públicos. También presionaron a proveedores de servicios de internet para bloquear a sitios que ofrecieran artículos y libros gratuitos y consiguieron dar de baja a muchos de ellos.

Sci-Hub se enfrentaba a una demanda civil en EE.UU. La posibilidad de que Alexandra fuera extraditada — desde Kazajistán o desde Rusia, donde continuaba sus estudios — era baja. Pero también era baja su posibilidad de ganar. Además, la vía judicial no era la única que abrió Elsevier. También se había dedicado a bloquear los accesos a bases de datos de universidades y a otras vías de financiamiento.

La demanda la ganó, por supuesto, Elsevier. Sci-Hub debía resarcir a la editorial con USD 15.000.000. Alexandra no los tenía pero tampoco estaba obligada a pagarlos pues no residía en EE.UU. Además del resarcimiento, perdió el dominio Sci-Hub.org y la cuenta de Twitter asociada al proyecto. A cambio, había ganado otras cosas. La popularidad de Sci-Hub se había multiplicado. El sitio se alojó en nuevos servidores y no tardó mucho en tener un nuevo dominio.

Tampoco tardó tanto en recibir nuevas demandas. La siguiente fue la de ACS (la American Chemical Society), algo esperable ya que casi el 98% de los trabajos publicados por esa revista estaban también disponibles en Sci-Hub. ACS también ganó la demanda, aunque con una diferencia. Además de un pago, la sentencia incluyó una orden de restricción que exigía que cualquier motor de búsqueda en Internet, servicio de alojamiento, proveedor de servicio y registrador de dominios evitara hacer cualquier cosa que posibilitara la operación de Sci-Hub. Eso pudo haber sido la muerte del proyecto. Pero no lo fue.

Después de la sentencia, algunos dominios de Sci-Hub dejaron de funcionar pero rápidamente se levantaron otros. La segunda sentencia también produjo otro efecto, además de seguir aumentando la popularidad del sitio. Abrió un debate sobre los límites del derecho de la propiedad intelectual y el rol de intermediario que juegan las empresas editoriales. Y fundamentalmente puso en agenda a una enorme cantidad de iniciativas vinculadas al acceso abierto para el conocimiento científico. En 2012, miles de investigadores comenzaron un boicot contra Elsevier solicitando que bajaran los precios de las suscripciones. Los propios científicos y científicas crearon sitios como How can I share it para poder compartir sus investigaciones, la Biblioteca Pública de Ciencias o el repositorio de acceso abierto Arxiv.

Sci-Hub se convirtió así no solo en una plataforma de intercambio sino en un cuestionamiento al sistema de producción de conocimiento científico. “Los investigadores están siendo explotados y no reciben dinero por su trabajo: el conocimiento que producen en forma de artículos de investigación no les pertenece. Y tampoco pertenece al pueblo. En cambio, el conocimiento científico es hoy propiedad privada de unos pocos que ganan enormes cantidades de dinero con él. No sólo ese sistema es un obstáculo para el progreso, sino que también crea enormes distancias entre ricos y pobres, donde los pobres están bloqueados del acceso al conocimiento. Y eso incluye áreas tan importantes como la medicina y la atención sanitaria”, dice Alexandra.

Ni todo empezó ese 5 de septiembre, cuando Alexandra Elbakyan puso online su sitio, ni todo fue gracias a Sci-Hub. Pero seguramente hay miles de avances científicos que se produjeron porque un investigador de un país — rico o pobre, no importa, los datos de Sci-Hub muestran que una cuarta parte de sus descargas provienen de los 34 países más ricos del mundo — pudo acceder al artículo de otro investigador que trabajaba el mismo tema. Ese avance después fue citado en otra investigación más y así sucesivamente. Hasta hacer progresar la ciencia (es decir, la humanidad). De hecho, este artículo demuestra que los papers descargados de Sci-Hub fueron citados 2.21 veces más frecuentemente que aquellos que no.

Detrás de cada uno de esos avances hay escondida una cadena de solidaridad que va desde quien donó un artículo o una clave de acceso de su universidad hasta el último eslabón, que tiene un nombre mucho menos mencionado de lo que merece. Ese nombre es Alexandra Elbakyan, la persona más importante del planeta Tierra.

Y todos esos eslabones, que se ignoran, están salvando el mundo.

Es politólogo de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Nació en Olavarría, una metrópoli del centro de la provincia de Buenos Aires. Vio muchas veces Gladiador.