Albertina Carri: la biblioteca de una diletante
Visitamos la casa de la cineasta y escritora para conversar sobre sus lecturas literarias y ensayísticas y para conocer más de cerca la historia de algunos objetos que conserva.
En marzo llegué a la hermosa casa de la directora de cine y escritora Albertina Carri, un PH reciclado del barrio de Villa Ortúzar. La biblioteca es felizmente imponente: ocupa una pared larga, del piso al techo, y enmarca un living comedor cómodo y luminoso con una salamandra. La entrevista coincide con el lanzamiento en Argentina de su nuevo libro, Cine vivo, que publicó en la editorial chilena Banda Propia, y que es una suerte de montaje de distintos textos. Un libro-artefacto, dice ella, en el que se organizan recorridos autobiográficos e indagaciones sobre el archivo y la memoria, pero también investigaciones a partir de sus últimas películas y algunas charlas magistrales. Es que su propia obra es híbrida: se mueve entre el cine, la literatura, las artes visuales y la producción.
Marzo es también el mes en el que se conmemoran los 50 años de la última dictadura cívico-militar que secuestró y desapareció a sus padres Roberto Carri y Ana María Caruso, dirigentes de Montoneros, cuando Albertina era muy chiquita (nació en Buenos Aires en 1973). Sobre la historia de su familia indaga en Los rubios, su imprescindible película de 2003, y ellos y sus libros también aparecerán en esta conversación.
–¿Cómo te formaste como lectora? ¿De dónde salieron tus primeros libros?
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Es una historia larga… En realidad, antes de saber leer, yo ya tenía el mandato de leer. Porque mi madre, durante su secuestro, nos mandaba cartas a mis hermanas y a mí, y nos repetía “lean, lean, lean”. A mí también me decía “portate bien”, por supuesto, y creo que lo vengo cumpliendo. Era muy impresionante, porque mandaba listas de libros, y también detallaba de qué editoriales eran y a qué librerías había que ir a buscarlos. A veces incluso nos decía con qué librero había que hablar, porque ella había sido librera, y era profesora de literatura también. En algunos casos hasta decía qué colectivo había que tomarse desde la casa de mi abuela para llegar al objeto exacto. Así que me viene un poco de ahí. Cuando era chica mis hermanas me leían siempre durante las noches. Y me recitaban a Lorca. Me acuerdo mucho de un libro que me leían que se llamaba Cuentos extraños para niños de América Latina, en el que estaba “El almohadón de plumas” de Horacio Quiroga. Desde que me lo leyeron, le tuve pánico a las almohadas durante mucho tiempo.
–¿Y cuándo empezaste a leer sola?
A los nueve años, porque me agarré hepatitis y tuve que hacer reposo. Ahí leí muchísimo. El cuento que más recuerdo es Heidi, probablemente porque había algo empático con mi orfandad y el campo –en ese momento vivíamos en el campo–. Entonces se ve que hubo una identificación, porque me lo acuerdo perfectamente.
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–¿Y en qué momento elegiste vos qué libros comprarte o leer? ¿Te acordás?
Sí, eso fue mucho más tarde. Porque primero estaba toda la lista que había dejado mamá y todo lo que habían leído mis hermanas en la adolescencia. Ellas tienen diez años más que yo, y había un mandato muy fuerte con la lectura, tanto era así que durante la adolescencia dejé de leer porque me parecía todo una pesadilla. Creo que volví a leer cuando empecé a estudiar cine y me entusiasmé con la ciencia ficción, con Philip K. Dick. Y a partir de ahí ya hice mi propio camino, aunque retomando siempre los problemitas de la familia.
–¿Conservás libros de tu mamá o de tu papá?
Cuando desaparecieron mis padres, la biblioteca estaba escondida. Algunas cosas estaban ocultas en la casa de una tía abuela mía, y nos enteramos que estaban ahí muchísimos años después cuando ella se mudó a un geriátrico. Los guardó sin decir nada. ¡Tardó cuarenta años en contarnos a nosotras! Esa biblioteca era de papá y fue a la casa de mi hermana mayor, que era socióloga. Luego mi hermana mayor se quiso deshacer, y se la pasó a mi otra hermana. Y hace no mucho ella se mudó y ya no le entraban, así que me mandó las obras completas de Lenin que tengo allá arriba de ese estante. Hace dos años llegaron a mi vida, así que es algo bastante nuevo tenerlos. Es como una reliquia, no sé bien qué hacer. Cada tanto los abro y veo sus marcas, están muy subrayados. Y otros que tengo de papá son esos de la colección El tesoro de la juventud, que se los habían regalado a él de adolescente. Esos sí los conservó mi abuela, y cuando cumplí 15 me los regaló a mí. El año pasado murió una de mis hermanas y también heredé parte de su biblioteca. Algunas cosas de psicoanálisis y filosofía que puse por ahí.

–¿Cómo están ordenados todos estos estantes?
Esta parte de la biblioteca es de literatura y está ordenada por países. Los argentinos están arriba, después vienen los de literatura de Latinoamérica, los de Estados Unidos. Y acá abajo ya empieza Europa: literatura traducida del francés, cosas de Inglaterra, España, Italia. Alemania está acá abajo, y ahí autores de Europa del Este. A su vez, cada estante está ordenado alfabéticamente. Y todo este estante largo es de poesía. Me gusta tenerla bien a mano. La otra parte de la biblioteca, al lado de la mesa, es de ensayo: filosofía, crítica, libros sobre cine. Reconozco que hay también dos arbitrariedades: los libros de Barthes y de Benjamin los puse en la parte de narrativa. Hay muchos amores ahí. Tengo un Excel donde voy fichando todo. Voy poniendo ahí cada libro leído: título, país. Me sirve para poder encontrarlos.
–¡Sos la primera entrevistada que me cuenta que los tiene fichados!
Sí, es algo que empecé a hacer hace relativamente poco. Y cada tanto limpio y regalo o dono algunos libros. Tenía por ejemplo una colección de teatro que leí cuando empecé a estudiar cine que la doné completa porque estaba ahí juntando polvo. No me gusta leer teatro, lamentablemente.
–¿Y todos estos libros que fuiste acopiando se mezclaron con los de otras bibliotecas? ¿Cómo es esa historia?
Sí. Hubo pérdidas y purgas. En un momento, cuando me casé, unimos las bibliotecas y había muchos títulos repetidos. Tuvimos tanta fe en ese matrimonio que cuando alguien cumplía años, íbamos y sacábamos uno de los repetidos y lo regalábamos. ¡No sabés lo que fue la separación! Se me caían las lágrimas. Entonces anoté los que fui perdiendo y a algunos los volví a comprar. Necesito tenerlos a mano porque a veces quiero buscar algo, y no soy muy memoriosa, además.
–¿Sos de prestar libros?
No, no me gusta nada. En una época tenía una libretita y anotaba cuando prestaba algo, y ahora intento no prestar. Si les interesa lo que les recomiendo, prefiero comprarlos y regalarlos. O que lean en mi casa, que usen la biblioteca.
–¿Y sos de subrayar?
No mucho. Los de ensayo los marco más, eso sí. A veces les voy doblando las puntas de abajo de la página, como si pudiese volver después a reconstruir el pensamiento. Subrayo poco porque me pasa que cuando me gusta mucho un libro, no quiero parar. En general no me sirven mucho los subrayados, la memoria funciona de otra manera. Los que están más subrayados es porque los trabajé para alguna adaptación. Libros que usé para algún trabajo.
–¿Qué tipo de lectora sos? ¿Cómo te definirías?
Soy diletante, me parece. Bastante desordenada, también. Ahora, por ejemplo, que estoy escribiendo un texto narrativo, no puedo leer un solo libro a la vez. Estoy leyendo tres o cuatro. Un desastre. En vacaciones o cuando no tengo tanta presión de trabajo leo más. Ya desde muy joven mi formación no fue sistemática. No tengo metodología para nada. Pero sí tengo mi lógica, o algunos temas a los que vuelvo como las plantas, los animales.
–Tenés un nombre muy literario. ¿Te llamás Albertina por el personaje de Proust?
No lo sabemos. Sí sé que mi mamá leía a Proust. Eso está clarísimo. Pero según mi hermana mayor, no me lo puso por Proust, sino porque ella militaba en Villa Albertina. Pero bueno, las dos cosas pueden ser. Nunca se develará el misterio. Ese volumen de En busca del tiempo perdido se llama justo Albertina desaparecida. Me acuerdo que una vez fui a ver una película y el proyectorista me saludó, me dio la mano y me dijo: “Albertina desaparecida”. Y me quedé congelada, fue fuerte.

Una biblioteca depurada
Nos levantamos de los sillones y nos acercamos a los estantes para conversar puntualmente de algunos libros. Se nota que la suya es una biblioteca bien depurada, no solo por el orden, sino también por la selección. Los libros que están ahí claramente fueron leídos, cumplen un rol. Es una biblioteca activa. Muchos de ellos están bastante altos, así que Albertina despliega el mobiliario para la ocasión: una silla que se convierte en escalera, o una escalera que se convierte en silla. “Copié el modelo que estaba en lo de mi abuela y me la hizo una carpintera. No se consiguen de estos muebles a los que se les sale el escaloncito”, cuenta.

–¿Con los clásicos cómo te llevás?
Me llevo bien, tengo bastante leídos a Borges y a Bioy Casares. Tengo La invención de Morel firmada. Ese lo heredé de mi familia, de la hermana de mi abuela. Dice: Para Marcelina de Adolfito. Parece que Bioy era medio primo de mi abuela, había un parentesco ahí. En la adolescencia leí también mucho a Cortázar. Tengo una edición viejísima de relatos. Tengo también la Biblia y el I-Ching acá. En la adolescencia leí a Maupassant, por ejemplo. Tuve una época de leer a Saint-Exupéry. Rarísimo. Además de El principito leí Ciudadela, una novela que es un bodoque pero que me había gustado en su momento. Y leí a Robbe-Grillet también. Intento que en la biblioteca no entren cosas que no leí. Pero te confieso que el Ulises de Joyce no lo terminé. En pandemia dije: “Es el momento”, y no pude avanzar, me agobié.

–De toda esta sección de ensayo, ¿cuál dirías que es tu filósofo de cabecera?
Spinoza. Un clásico de clásicos. La Ética es el libro al que vuelvo, lo releo. Lo mismo con Deleuze, voy y vengo, cada tanto abro sus libros. Cuando traté de leer las clases de cine de Deleuze por primera vez no entendí una papa. Creí que para hacer cine había que leerlo, pero todavía hoy no se entiende Deleuze. Yo nunca fui cinéfila. No había leído sobre cine ni había visto las películas canónicas cuando empecé a estudiar. Venía de la literatura, claramente. Así que me puse a leer y a ver películas que siempre me llevan a libros. Para mí están súper relacionados, y de hecho mis películas tienen mucho trabajo de escritura, no solo de guión. La búsqueda de la película es alrededor de la escritura y la lectura. Cuando investigo para algún proyecto, me pongo a leer muchísimo sobre cada tema. En la época de La rabia leí mucho sobre autismo. En la de Géminis sobre incesto: Ada o el ardor de Navokov, unos cuentos darks de McEwan… Cuanto termino, regalo todo, no los quiero tener más en casa, me agobian. Hace algunos años estuvimos con Saula, mi socia, haciendo una investigación sobre el peronismo y de eso no hay ni un solo libro en mi biblioteca. Cierro así esos procesos.
–¿Y de qué autores o autoras tenés más libros?
Puede ser de Le Guin, o de Anne Carson, no sé. Leí mucho en una época a McEwan, hay más de ocho libros suyos. De Pasolini soy bastante fan, porque lo estudié también en una época. Leí mucho a Lispector, obviamente. Y a Gombrowicz. Otro autor que me encanta es Stanisław Witkiewicz, que era amigo de Gombrovich y se suicidó. Esa sí fue una línea de lectura durante mucho tiempo: la biblioteca de suicidas.

–¿Te pusiste a buscar especialmente libros escritos por suicidas, decís?
De pronto me di cuenta de que había muchos, qué sé yo, y fue una lógica ir buscándolos. En otra época tenía todo un sector de libros de cartas, pero después los mezclé en otros estantes.
–Veo que tenés también muchos libros de arte.
Sí, tuve una época en que compraba mucho en Strand, la librería de usados en Nueva York. Era la época del uno a uno y salían muy pocos dólares. Los mandaban por barco, me acuerdo. Así se fueron juntando.

–Y de los escritores contemporáneos argentinos, ¿a quiénes leés?
María Moreno me gusta muchísimo. Tengo la primera edición de El affair Skeffington en el que pone sus dos nombres (y además entre paréntesis, es muy gracioso). Acabo de leer La merma y me pareció buenísimo también, no se puede creer. También me gusta Aira, leí En El pensamiento hace poco. Me gusta Saer, Silvina Ocampo. Pero no soy fanática de Silvina, soy más fanática de Elvira Orphée, que tiene algo muy pueblerino y extrañado. A Hebe Uhart la leí mucho también. Tengo una una edición viejísima de El budín esponjoso. Yo la leía a Hebe muy de joven, después de hacer mi primera película No quiero volver a casa. Estaba muy fascinada con ella, y tengo una historia graciosa, porque la llamé por teléfono a su casa, al teléfono de línea, para decirle que quería que escribiéramos una película juntas. ¡Tenía 24 años! Una loca total, muy mandada. Y Hebe me dijo: “Pero no, yo no sé escribir películas”. “No me importa”, le decía yo, porque a mí me interesaba el clima que generaba ella en sus cuentos. Y me acuerdo que hablamos un ratito –porque era bastante corta–, y me terminó diciendo: “Mirá, querida, yo no tengo ni lavarropas. ¿Cómo voy a escribir cine?”. (risas) Me pareció increíble esa asociación tecnología-máquina, cómo los equiparaba. Sobre ella también leí Las clases de Hebe Uhart de Liliana Villanueva. Es precioso. Realmente está ahí el espíritu de Hebe.

–Vos adaptaste la novela Tadeys de Osvaldo Lamborghini al teatro. ¿Cómo fue ese proceso y esa experiencia?
Esa fue una trampa de mi amiga Analía Couceyro, que vino con el proyecto de hacer una obra de teatro para adaptar esa novela. Yo había leído otras cosas de Lamborghini, sus cuentos, la poesía. Y cuando empecé a leer Tadeys, no lo podía atravesar. ¿Qué es esto? No se puede leer esta novela, es dificilísima. La pasé pésimo, la verdad. Fue un trabajo muy duro, y después de todo el proceso me dije que nunca más en mi vida voy a hacer teatro. No va conmigo esa lógica de la repetición al infinito. Encierro y repetición. Es como un domingo en familia continuado. El cine es más poliamoroso, vas cambiando de equipo.
–Y hablando de familias, ¿tu hijo Furio es lector?
No es lo que más le gusta. Es súper cinéfilo. Lee, pero no es su actividad favorita. Le leímos mucho de chico, y después eso le generó un poco de fobia. De hecho Furio se deshizo de su biblioteca y puso unos infantiles acá. Pinocho, El Principito, todos los de Roald Dahl. A veces pasa una cosa graciosa con Proust, porque se ve que ha escuchado hablar mucho de él. Viene gente a casa y él les cuenta de qué se trata En busca del tiempo perdido. Y todos me miran tipo: “Che, boluda, ¿ya leyó a Proust?”. A los 15 años hacía eso. Y no, no lo había leído, pero se sentía autorizado a hablar. Ahora tiene 17 y está leyendo el primero de Knausgard.
–En todo este estante larguísimo hay muchos libros de poesía de distintas tradiciones. ¿Cómo es tu relación con la lectura de poemas?
La verdad es que leo mucha poesía. Es al lugar al que vuelvo, por eso la tengo a mano. Ahora que estoy escribiendo, a veces vengo y abro un libro cualquiera y me pongo a leer un poco unos poemas. Siempre estuvo la poesía en mi vida desde mi hermana recitando a Lorca. Yo quería ser poeta, en realidad. Pero bueno, acá me ves, haciendo cine. A mi abuela que yo estudiara cine ya le caía un poco raro, si le llegaba a decir que quería ser poeta no sé qué hubiera pasado… Finalmente saqué un libro de poemas con Juliana Lafitte.
–¿Y a qué poetas leés y releés?
A mí me gustan cosas raras. Por ejemplo, la poeta brasileña Marília García me fascina. Su libro París no tiene centro y otros poemas es genial. Uno al que vuelvo muy seguido es esta compilación que armó Diana Bellessi, que es increíble, de todas poetas mujeres de norteamérica. Se llama Contéstame, baila mi danza de la editorial Salta el pez. Y soy muy fan de Sharon Olds. Es una bestia ella.

–Si tuvieras que recomendarle a alguien que no lee algún libro de poesía para que se enganche, ¿cuál sería?
Mary Oliver me parece que es una buena poeta para empezar. El pájaro rojo es un libro muy lindo. Y la brasileña Adelia Prado también es una buena opción para empezar. Hay un libro de poesía reunida muy bueno. Y una buena novela para empezar es Viaje al fin de la noche, de Céline.
La periferia
–Antes de terminar, quería preguntarte por los objetos que hay en la biblioteca, porque son un montón y deben tener su historia.
Sí, hay muchas cámaras porque en una época las coleccionaba. Pero un día ordenando la biblioteca me di cuenta de que me sirven para sostener los libros. Esta Nikon por ejemplo la usaba mucho para sacar fotos. Esa polaroid era de mi familia. Y tengo un visor de director de cine que es una antigüedad. A veces lo quiero usar en los rodajes y todos sacan el teléfono y encuadran con eso.

–¿Y esto qué es? ¿Un facón?
Esta es una faca filipina que heredé de un tío. Por si alguien me quiere robar un libro (risas). Antes estaba alta para que no la agarraran los chicos. De ese tío también heredé este anillo con mis mismas iniciales: Alberto Carri. Él era diplomático y viajaba, y esto es una antigüedad. Asusta, ¿no? Para nosotros es como un juguete porque está ahí hace mucho tiempo.

–Como siempre hago en estas notas, te traje unos libros de regalo para que se queden en tus estantes. Son de la editorial Cactus. El ojo del cocodrilo es de una filósofa feminista australiana que se salvó de un ataque de este animal y escribió un libro sobre su experiencia. Y El gesto menor es de una teórica canadiense que viene de la tradición deleuziana y escribe sobre la naturaleza de lo incipiente y lo precario.
Ah, me hablaron mucho de este libro del cocodrilo. Mi sonidista siempre me dice que lo tengo que leer. ¡Muchas gracias!

Gracias, Albertina, por recibirnos.