Al círculo rojo no le importa la educación (y no se está equivocando)

La brecha entre las instituciones estatales y las privadas es cada vez mayor, pero el desconocimiento general no pone el tema en agenda. El estado de las cosas y el desdén deliberado.

¿Cómo está la educación argentina según las últimas mediciones? No hace falta spoiler: alcanza con mirar hacia otro lado.

En una sesión reciente del Senado de la Nación, un miembro muy relevante destacó que su provincia había ganado el “concurso” educativo con un 60% (sic). Se refería a que en las evaluaciones nacionales estandarizadas Aprender su provincia había tenido un desempeño extrañamente destacado. Es decir que no fue un concurso, que nadie ganó y no se sabe qué significa ese 60% . Absurdo total.

No es un dato meramente técnico: el senador ignora que se trata de una de las pocas políticas educativas de Estado inaugurada por un gobierno de su mismo signo político e implementadas bajo todas las gestiones desde 1993.

No apunto a errores individuales ni me posiciono políticamente. Lo grave no es el desliz, sino lo que revela: desinterés estructural de las clases dirigentes por la educación. Busqué en redes para ver si sus opositores lo criticaban o convertían el hecho en meme, pero ni eso.

Sin embargo, este desinterés no es patrimonio exclusivo del Senado. Hace poco, dos periodistas a quienes respeto, con posiciones políticas antitéticas, pero ambos muy serios y solventes, me preguntaron por qué el gobierno de Milei no tenía política educativa. Me sorprendió, y se los hice saber porque, reitero, la ignorancia es un punto de partida, no un estigma. Les señalé que el ministerio conducido por Sandra Pettovello y la secretaría de Carlos Torrendell estaba implementando la política de alfabetización inicial más ambiciosa de la historia reciente y que contaba con el acuerdo explícito de todos los gobernadores: kirchneristas, pro, radicales, peronistas y provinciales. No estoy aquí analizando la política ni anticipando resultados, solo destaco que periodistas formados, informados y con buena fe desconocen un hecho tan relevante en lo político.

Esta desconexión no es nueva. Ya en mi libro El colapso de la educación (2018) sostenía que si se observa la experiencia latinoamericana y la propia historia argentina, la mejora educativa sería inviable sin un involucramiento activo de las élites políticas, económicas, gremiales e intelectuales. Siete años después, algo mejoró: ciertos consensos políticos explícitos, provincias con reformas “por debajo del radar” y mejores iniciativas de la sociedad civil.

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Pero el círculo rojo mantiene la educación al margen del debate público, salvo cuando los funcionarios le echan la culpa de todos los males al sindicalismo docente, como si no hubiesen sido votados para resolver el problema a sabiendas que los sindicatos existen en toda democracia. O en crisis del sector universitario: si peligra el financiamiento emergen súbitos acuerdos políticos transversales verdaderamente asombrosos que consiguen incrementos presupuestarios. Cuando lo que peligra es el financiamiento para las escuelas públicas a las que asisten el 50% de chicos argentinos pobres, los actores vuelven a su guion habitual.

Es posible que el predominio en la agenda de la pobreza, la inflación y la inseguridad esté dado por las urgencias obvias. Pero si se scrollea cualquier plataforma de noticias se corrobora que predomina un chusmerío político que no describe urgencia alguna.

¿La educación genera clics? Parece que sí. Hace pocos años, en el panel de cierre del Diploma en Educación y Periodismo que organizamos desde la Universidad Torcuato Di Tella con el apoyo de Argentinos por la Educación, la directora de Página/12, Nora Veiras, y el fundador de INFOBAE, Daniel Hadad, coincidían en que muchas de las noticias más clickeadas son las que abordan este tema.

Ese interés no se reduce a la información: también se expresa en la preocupación por la elección de escuelas, un fenómeno acentuado tras la pandemia. Pero esa energía no es canalizada por la positiva, porque las preocupaciones de las élites siguen en otra frecuencia y la dirigencia política en su conjunto –aunque hay excepciones– se siente cómoda con la elección de escuelas privadas por parte de sectores medios y altos. Una parte de la población está más o menos conforme con la escuela de sus hijos y, por tanto, no presiona a los gobiernos para mejoras en la educación pública.

Por eso, poner el acento solamente en los datos genera un acostumbramiento fatal por su consecuente naturalización y desgaste. El colapso educativo se ha vuelto tan cotidiano que ya ni siquiera molesta. Es lo que hay.

Así que ahí va la respuesta a la pregunta inicial. El colapso educativo no solo sigue, sino que se profundiza, y la brecha entre escuelas estatales y privadas es cada vez mayor y menos explicada por el nivel socioeconómico de las familias. Y eso, al parecer, no parece incomodar a nuestras élites; no demuestran interés.

Otras lecturas

Profesor de la Universidad Torcuato Di Tella. Académico Asociado de Argentinos por la Educación.