El hilo conductor

Absolutamente principiantes

Hacer algo por primera vez activa los sentidos. Pero los aprendizajes forzosos o placenteros suceden a veces sin que seamos muy conscientes de ellos. En este Hilo vamos a rastrear la experiencia de distintos novatos y novatas en libros, películas y canciones.

Hola, ¿cómo estás? Espero que bien. En el mejor de los casos, vacunado o vacunada. Yo esperando mi turno con mucha expectativa (soy sub-40, así que me faltan unas semanitas) y disfrutando cada vez que veo la foto de alguien con el pinchacito dado.  

Hoy quiero ir directo al grano y abordar un tema que tiene que ver con la forma en la que encaramos las cosas cuando hacemos algo por primera vez. Vamos a hablar de ser aprendices o principiantes. Un lugar por el que todos y todas pasamos, inevitablemente, desde el primer día de clases de nuestras vidas, por nombrar un clásico. Hay aprendizajes más forzosos o placenteros que otros, claro. Entre los forzosos está el habernos adaptado a vivir en pandemia, a dejar de abrazarnos y tocarnos o compartir el mate. Entre los placenteros, podemos mencionar el hecho de empezar con entusiasmo un trabajo nuevo o un curso de algo que nos interesa, incluso aprender a manejar o cocinar un plato que nunca hayamos intentado. El tipo de energía que se pone en juego cuando abrimos nuestra mente a algo nuevo no se parece a nada. Hay una adrenalina que alerta a nuestros sentidos y esa novedad nos involucra, se abre paso.

Así que vamos a rastrear distintas formas de aprendizaje en películas, libros y canciones. Y vamos a ilustrar este Hilo con bocetos nada menos que de Pablo Picasso, que alguna vez estuvo en la piel de un principiante. Los artistas indiscutibles también empezaron de cero. Y llevado a la obra, el principio sería el boceto como forma de registro inicial de un proyecto que luego se realizará o no. Me encanta el aura de lo inacabado, el detrás de escena del artista haciendo pruebas libres en su cuaderno o lienzo antes de ponerse a pintar una gran obra. Picasso dibujaba mucho en lápiz o carbonilla, jugaba con las dimensiones, borroneaba, probaba otra vez. Hoy, muchos de esos dibujos preliminares se muestran en museos del mundo o son subastados entre coleccionistas por la casa Christie’s con una base que sobrepasa el millón de dólares. ¿Picasso hubiera querido que estén a la vista de todos, que los consideremos parte de su obra? ¿O el negocio del arte se llevó puestas las intenciones? Dejemos instaladas estas preguntas y espiemos, nomás, los bocetos. 

Aprendices de maestros y maestras

Un libro muy famoso para quienes practican la meditación sentada (más específicamente, el zazen) se llama Mente zen, mente de principiante y fue escrito por Shunryu Suzuki. Entre otras, persigue una máxima a la que suscribo. Dice así:

A la mente del principiante se le presentan muchas posibilidades; a la del experto, pocas.

Es que, efectivamente, la mente del principiante está vacía, libre de los hábitos o prejuicios del experto en cuestión, y mucho más predispuesta a probar, aceptar, absorber. Es sin dudas una mente más abierta a las posibilidades. La palabra japonesa para definir este tipo de predisposición al aprendizaje es shoshin y con la práctica de la meditación se apunta a sostener lo más posible esa pureza que aprecia el hecho de no saberlo todo, de no tener la seguridad que dan ciertos conocimientos ni el control. El experto, en cambio, cuenta con una experiencia que se fue cristalizando, que le da seguridad pero también lo puede volver demasiado rotundo, solemne o invariable.

Los buenos maestros y maestras creo que son esos que tratan de transmitir sus saberes sin que te des cuenta de que los estás asimilando. Los que están claramente en una posición diferente en cuanto al bagaje que tienen sobre ciertos temas y sin embargo pueden escuchar con interés genuino al que no. Hacerle espacio al otro como par. Se me ocurre que Horacio González y Juan Forn eran de ese tipo de maestros. Así que va un recuerdo especial para ellos.

Otra gran maestra que ya no está, y que formó sigilosamente a escritores y escritoras en el departamento en el que daba taller, por Almagro, fue la gran Hebe Uhart. Y fue una discípula suya la que se encargó de pasar en limpio su legado didáctico. Si fuera por Hebe, quizás la particular manera de transmitir sus lecturas y sus procedimientos para la escritura no hubieran circulado masivamente. Pero Liliana Villanueva, que asistió a sus cursos durante años, tuvo la feliz idea de transcribir consignas y consejos de sus cuadernos en Las clases de Hebe Uhart, un manual imprescindible para quienes nos dedicamos a hacer cosas con palabras. Hay capítulos dedicados a la construcción de personajes, a la importancia de poder reproducir el habla de la gente en los cuentos, al uso del adjetivo y la metáfora, a cómo convertir en crónica los hechos de la infancia, todo intercalado con citas de diversos autores y una manera muy placentera de explicar el punto. Como si nos estuviera enseñando algo sin que nos demos cuenta. Así lo explica Villanueva en el prólogo: 

La pila de cuadernos del taller y las cientos de fotocopias con los apuntes de las clases de Hebe ocupan tres valijas medianas y dos cajas de cerezas de cinco kilos. Con excepción del tiempo en que viví en Uruguay, llevo más de diez años en el taller de Hebe. No sé si aprendí a escribir pero sí sé que aprendí mucho de mí misma; al menos, me soporto mejor y me acompaño gracias a la escritura. (...). En el taller de Hebe aprendí que para escribir no importa el hecho en sí, sino cómo ese hecho repercute en mí o en el personaje y que la literatura está hecha de detalles, que un adjetivo cierra y una metáfora abre, que la puntuación es la respiración del texto y que no hay que aferrarse a las palabras ni dejarse llevar por ellas porque son arenas movedizas de las que hay que desconfiar. Aprendí que hay temas que son para mí y otros no, como un vestido que aunque me guste, no va a quedarme bien. Entendí que hay historias que debo guardar para un momento más oportuno en la vida y que escribir es sobre todo comunicar, convertir un hecho personal en algo de interés para el otro. 

Es muy importante el registro de la discípula. Un acto de amor y a la vez un compromiso hacia el futuro, porque gracias al libro de Liliana Villanueva, un tipo de enseñanza se sigue transmitiendo. Permanece viva entre nosotras para que nos la apropiemos. Y así sucesivamente.

Hay que decir también que después del libro sobre las clases de Uhart, Liliana Villanueva fue más allá y compiló en Maestros de la escritura las enseñanzas de otros talleres de autores y autoras de la talla de Abelardo Castillo, Liliana Heker, María Esther Gilio, Mario Levrero, Alberto Laiseca, Alicia Steimberg y Leila Guerriero. Toda gente que además de dedicarse a escribir, se tomó el tiempo para enseñarle a otres. Para eso, entrevistó a una gran cantidad de alumnos y alumnas que pasaron por talleres literarios o clases de periodismo narrativo así como a sus coordinadores y trató de reconstruir la matriz de las enseñanzas. Acá pueden pispear las primeras páginas.

La obra en ciernes

Hace poco vi dos series norteamericanas (Mare of Easttown y la nueva temporada de Master of None) en las que dos personajes escritores habían publicado un solo libro y ya eran ricos. Vivían de la escritura como si nada, dando clases o dilapidando sus regalías en autos lujosos. Me pareció por lo menos curioso, porque acá, salvando por supuesto las distancias, son muy pocos los que se pueden allanar el camino con un primer libro. Cuesta hacerse espacio entre tanta oferta editorial, cuesta que alguien confíe en la obra de alguien a quien no conoce, y ni hablar que lleva tiempo ir puliendo una voz y un estilo propios. Muchas veces un primer libro no es la mejor versión de ese aspirante a escritor o escritora: o está poco trabajado o está excesivamente trabajado, o es ingenuo o es demasiado altanero, o se parece mucho a todo o se hace el raro para que no se parezca a nada. Pero claro, hay excepciones impresionantes. Y a ellas me voy a referir. 

Una gran primera novela es Matate, amor, de la escritora Ariana Harwicz, publicada en 2012. Un libro contundente y fuerte. En él, hay varios aprendizajes en simultáneo: por un lado, el de Harwicz dando sus primeros pasos como escritora con una voz propia que sorprende por su crudeza, haciéndose cargo. Por otro, el de la protagonista, una mujer desencajada que acaba de ser madre y que la está pasando pésimo en su casa en la campiña francesa con ese bebé chillón y un marido complicado. El aprendizaje sobre la maternidad acá se da a los tumbos, cerca de la piedra de la locura del puerperio. 

Otra primera novela que funciona en varios niveles como rito de iniciación es Una noche con Sabrina Love de Pedro Mairal. Es que narra la historia de Daniel, un jovencito de un pueblo entrerriano que se gana en un concurso la posibilidad de viajar a Buenos Aires por primera vez y pasar una noche con la pornostar del título. Además de seguir de cerca el crecimiento del personaje, el libro marcó el ingreso de su autor a la escena literaria nada menos que ganando el Premio Clarín de Novela en su primera edición, allá por 1998. De ser un perfecto desconocido a la tapa de El Gran Diario Argentino en una noche, Mairal fue asimilando el éxito de a poco. Por suerte su obra lo resistió y hoy sigue siendo uno de los autores más atendibles de nuestra narrativa. Hay un texto buenísimo suyo que está en el libro Maniobras de evasión en el que cuenta la trastienda de todo esto más de veinte años después. Se llama “El sobrino de Bioy”. Les cito un pedacito del momento exacto en que anuncian que ganó el gran premio: 

Tengo veintiocho años pero cara de dieciocho y me estoy atomizando, multiplicado en pantallas de televisores de todo el país con mi traje azul y mi melena escolar y las pocas frases que digo nervioso; entre ellas les agradezco a mis amigos, que me ayudaron a corregir el libro. Después me dan una estatuilla y una caja discreta con el cheque (por suerte no hay cheque gigante). 50.000 mil pesos que son 50.000 dólares. Ahí se va mi excusa para no casarme. Roa Bastos me cede su silla, quedo entre él y Bioy que me dice: «Arranqué a leer tu novela y no la pude largar hasta terminarla». Es el mundo al revés. 

Tapa del diario al día siguiente. Gran foto con Bioy en gesto cómplice cuando me dijo su frase generosa. «Un joven de veintiocho años, premio Clarín de Novela.» Arriba, en letras más grandes: «España insiste con el juicio contra Pinochet». Es el sábado 31 de octubre de 1998. Viene temprano a casa el editor a buscar el disquete donde está grabada la novela. Todavía no tengo mail. Ni cuenta bancaria. El lunes salgo a abrir una cuenta. Soy ese que va allá, que cruza mal la avenida, estoy pasando sin saberlo del circuito afectivo artesanal de mi libro de poemas a la órbita del universo editorial, sin escalas. Voy distraído y escucho un frenazo. Casi me pisa una moto. El tipo me insulta. Ando como perdido, contento y desconfiado. Me llueven felicitaciones pero se filtran calumnias por debajo de las puertas. Ganó porque lo debe conocer a Bioy, el padre debe ser abogado de Clarín. Rodrigo Fresán me llama por teléfono para felicitarme. Bienvenido al estanque de los tiburones, me dice. Compro un contestador automático.

Otra primera novela de esas que marcaron a fuego a generaciones enteras es nada menos que The Catcher in the Rye. Traducida tanto como El cazador oculto o El guardián entre el centeno, publicada en 1951, marcó la entrada de J.D. Salinger al panteón de la literatura norteamericana creando controversias varias por construir un personaje tan provocador como el de Holden Caulfield y retratar con realismo la violencia, la incomprensión y la sexualidad. Seguramente la leyeron en su adolescencia, porque es de esos libros iniciáticos e icónicos con los que sentimos que se nos está revelando un mundo. Una serie de códigos y un espíritu adolescente por el que todos y todas pasamos con mayor o menor intensidad. No por nada lleva vendidos más de 60 millones de ejemplares. Sin embargo, Salinger no se convirtió en una figura pública ni se valió de su obra cumbre para saltar a la fama. Al contrario. Quizás abrumado por la recepción y por la identificación de tanta gente, se recluyó y convirtió en eremita en el pueblo de Cornish hasta su muerte en 2010, a los 91 años.

Novatas y novatos

Hablando de Salinger, hay que decir que nunca vendió los derechos de su novela para hacer la adaptación cinematográfica. Pero hay varias películas que se inspiran igualmente en ella. O que tienen a su autor mismo como personaje, como My Salinger Year, estrenada en 2020, escrita y dirigida por Philippe Falardeau, basada en las memorias del mismo nombre de Joanna Rakoff. Es una película pequeña, medio indie y como pasada por un filtro de Instagram, que sigue el aprendizaje de una jovencita que entra a trabajar en una prestigiosa agencia literaria de Nueva York en la década del 90. Y es nada más y nada menos que la agencia que lleva la obra de Salinger, la que se encarga de filtrarle las entrevistas y las cientas de cartas que le envían sus fans. Este film aborda ese tópico tan transitado de la relación entre jefa-empleada y trata de mostrar el proceso por el cual una novata va aprendiendo a los tumbos un oficio, equivocándose y autoafirmándose en el proceso. La contrafigura de la jefa está interpretada por una siempre elegante Sigourney Weaver, con quien va pasando del rechazo al amor. Y si bien la película no es un diez, sirve para pasar el rato escuchando hablar de las excentricidades de Salinger y sobre todo entendiendo de qué es que se ocupan las agencias literarias. (No está en las plataformas, pero sí por ahí en Internet.)

No puedo dejar de mencionar una hermosa película llamada Begginers, de 2010, una comedia dramática dirigida por Mike Mills y protagonizada por Ewan McGregorg y el gran Cristopher Plummer (q.e.p.d.), en la que componen a un padre y un hijo. Está contada de manera desordenada a partir de la muerte de ese padre, por medio de flashbacks en los que su hijo va repasando la relación que tuvieron. Es que luego de la muerte de su esposa, el padre, ya bastante viejo, sale del closet y comienza una relación con otro hombre. El impacto y la asimilación del hijo, que ya es adulto, están tratados con mucha ternura. A la vez que intenta aceptar y conocer las facetas desconocidas de su padre, también tiene que empezar a despedirse. Me gusta mucho el tono de la película: muy entrañable, con personajes queribles y cercanos. Es una película triste pero que nos deja con una sensación linda de comunión afectiva.

Y ya que hablamos de Christopher Plummer, quien interpretó al rígido pero amoroso Capitán von Trapp, quizás una de las grandes películas sobre aprendizajes forzosos sea La novicia rebelde (mi película favorita, para qué ocultarlo). El personaje de María es el arquetipo de novata por excelencia: se prueba como monja y falla, se prueba como niñera de siete niños sin madre en base a sus impulsos e intuiciones y le termina saliendo muy bien. Las escenas en las que al comienzo trata de relacionarse con los niños y muestra su asombro, su susto y su disimulo son de las cosas que más ternura me dan. También aprende a torcer los destinos del amor, aprende a escaparse de los nazis. Y enseña a otros a querer y disfrutar al mismo tiempo. Podría seguir reflexionando un rato largo sobre la película pero por ahora lo dejamos acá. 

La danza de los principiantes

Antes de terminar, les dejo un poco de música para amenizar el día:

  • La canción “Absolute Begginers” del grupo inglés de new wave y post punk The Jam. Se trata de un single que lanzaron en 1981 con un video en el que se ve al trío corriendo por el medio de la calle con el viento en la cara. La letra habla de sentir una sensación de vacío ante el mundo y los hechos del mundo y de cómo se necesita fuerza y amor para aprender a dejar de pensar en eso.
  • Otra canción con el mismo nombre, “Absolute Beginners”, fue firmada por Bowie en 1986. Sí, ya sé que siempre hablo de Bowie, pero no necesito explicar que es inagotable. Este tema forma parte de la banda de sonido de la película homónima de Julien Temple, en la que David de hecho tiene un papel. El video oficial está buenísimo (es como una mini peli de 8 minutos). Y qué decir de la letra… “I've nothing much to offer/ There's nothing much to take/ I'm an absolute beginner / But I'm absolutely sane / I absolutely love you / But we're absolute beginners / With eyes completely open / But nervous all the same”. “Te amo absolutamente / pero somos principiantes absolutos” es algo que aplica a cualquier relación amorosa cuando comienza, ¿no? Aunque sintamos que ya tenemos experiencia, en el enamoramiento hay que aprender todo de nuevo otra vez. 
  • Por el lado nacional, La danza de los principiantes es el nombre del álbum de 2015 de la banda mendocina Mi amigo invencible. Un disco de canciones redondas, con un toque infalible de nostalgia, y una mezcla de rock y folk con guitarras de esas que van armando capas hasta envolvernos. El tema llamado como el disco es muy bello también: dura casi diez minutos y habla de algo que se enciende para no apagarse más mientras dos personas bailan en un rincón. 

Ahora sí, me despido hasta dentro de 15 días.

Espero que este Hilo te haya dado ganas de probarte otra vez como aprendiz o principiante. Y, si no sale bien, también podés quedarte tranqui leyendo este consejo de Beckett: “Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Va dedicado especialmente a Margarita Roncarolo, mi gran maestra de taller literario que murió hace casi un año. Una persona imprescindible, una mujer extraordinaria.

Gracias por leer.

Y por favor cuidate mucho.

Malena

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Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.
@noeselcaso

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