Ya no: cuando una ausencia se anuncia
La ciudad muestra lo que ya no hay, lo que no se debe esperar, lo que cambió.
Ya vi por estos días dos o tres carteles de esa índole en las calles de la ciudad: los que anuncian, no lo que hay, sino lo que no hay más. En la convención de la cartelería urbana lo que se espera, y lo que prevalece, es más bien lo afirmativo: el aviso de que se avecina un cruce peligroso o un paso a nivel, que la calle pasa a ser de doble mano, que hay una bicisenda en la transversal, que se viene un lomo de burro (y están también los carteles normativos: los que dicen lo que se puede o no se puede hacer: que está prohibido que circulen bicicletas, que la máxima de velocidad es esta o aquella).
Son más raros, pero existen, los carteles que se expresan por la negativa; pero no una negativa sin más (como esos que, en las rutas, advierten que comienza un tramo sin banquinas o que se acaba la zona urbana), sino la que hace ver que algo que ahí existía ya no existe, que algo que ahí había ya no está. Vi por estos días dos o tres carteles de esa índole en las calles de la ciudad, alertando un par de cuadras antes que determinado giro a la izquierda, en las calles de doble mano, con su correspondiente carril y su correspondiente semáforo, en fin, no existen más. No se trata, como puede verse, de un simple aviso de ausencia, sino de algo distinto, y en un sentido más delicado, que es que algo que se espera, y que acaso ya forma parte de un cierto hábito, no estará ya más ahí. Porque esa clase de cartel no significa nada para el que no sabía que había un giro a la izquierda, ese más bien se entera recién ahora de que antes lo hubo. El cartel va dirigido al que sabe del giro a la izquierda, tiene incluso la costumbre, lo conoce y va en su busca, lo precisa y cuenta con él. El cartel se interpone para anoticiarlo de que eso que sabe y conoce, eso que precisa y busca, y a lo que incluso se acostumbró, ya no está ahí, le fue quitado. Los detalles consecuentes (que para tomar esa misma calle ahora habrá que doblar acá, y después allá y después allá) importan menos que la notificación primera, la que habla de una falta, de una ausencia, de algo que se tuvo y no se tiene más (lo demás es apenas una resolución práctica del asunto, el rodeo que ahora habrá que dar).
Que algo que estuvo ya no está, que algo con lo que se contó ahora falta, ocurre con cierta frecuencia en la vida, y en asuntos seguramente más sensibles que una dársena de giro y una flechita en rojo o en verde. Lo que no está tan claro, sin embargo, es qué clase de señales se dan en tales casos, ni qué clase de huellas dejan. ¿Dónde leer, concretamente, las marcas de esos huecos que surgen del rito ahora suprimido, de esa escena establecida y solida que de pronto se va a vaciar? Los carteles de los que hablo no dicen “no”, dicen “ya no”. Si dijeran “no”, como tantas veces se dice, remitirían al bolero con letra de hastío de Armando Manzanero (“No”: “Porque tus errores me tienen cansado”). Pero diciendo “ya no”, como dicen, remiten a los versos desgarrados, y desgarradores, de Idea Vilariño (“Ya no”: “Ya no será / ya no / no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré de noche (…) /. No volveré a tocarte. No te veré morir”). En el “no” se desiste, con el “no” se rechaza o se renuncia. Puede doler, pero no duele como llega a doler el “ya no”. En el “ya no” hay algo firme que cesa, es la cifra de lo quitado o de lo perdido, y ocupa el lugar de una despedida, a sabiendas de que ninguna bastará.
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En una ciudad como Buenos Aires, tan dada a la demolición, aparece a cada rato alguna cosa que se pierde. Hasta el obelisco, que es nuestro emblema, se ha visto en la necesidad de consignar, en uno de sus laterales, que ahí donde se erige alguna vez estuvo, y ciertamente ya no está, la iglesia de San Nicolás de Bari (que es nada menos que el lugar de Buenos Aires donde por primera vez se izó la bandera nacional). De todo eso que se pierde, sin embargo, sólo aquello que antes alcanzó a sedimentar en los gratos rituales del hábito habrá de sentirse luego en ausencia (lo otro será meramente no estar), aun si se trata de una cosa tan nimia como doblar siempre en una misma esquina para agarrar siempre una misma calle.
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SumateHay aun otra clase de ausencia, que se siente como tal, y es la de lo que, pudiendo estar, nunca estuvo, la de lo que, pudiendo ser, nunca fue. Lo que pudo existir como proyecto, como idea, como plan, como intención, es decir, con otras palabras, como cosa imaginada; pero no alcanzó a concretarse en la realidad material del mundo. En la Ciudad de Buenos Aires tal vez no haya manifestación más patente de esa alternativa que la de la autopista que la dictadura se propuso trazar hacia el norte de la ciudad (Alejandro Hartman hizo un notable documental sobre el tema: “AU3”). Porque, como es sabido, y a diferencia de las autopistas encaradas hacia el oeste, esta otra nunca llegó a ejecutarse. Pero sí se procedió, en función de su realización, a demoler una buena cantidad de casas en la zona de Saavedra, Villa Urquiza, Villa Ortúzar, y ese espacio quedó vacío, un vacío que perduró por mucho tiempo.
Ese amplio lugar sin nada no era apenas un lugar sin nada: era el paisaje desolado de una ausencia. Los baldíos y los descampados anidaban ahora ahí donde, hasta hacía poco, se enhebraba un tejido de ciudad. Esa nada no atinaba, puede que en razón de eso mismo, a disponerse hacia la posibilidad de algo; no podía sino ser la expresión de lo frustrado, de lo trunco, de lo inexistente. Doble falta, entonces, una superpuesta a la otra: lo que había, que ya no estaba, y lo que se supone que iba a haber, y nunca estuvo. No un espacio vacío, de esos que puede haber tantos, sino un espacio vaciado: vana gestación de una nada, toda una empresa estéril de un puro deshacer sin luego hacer.
Durante largos años quedaron así las cosas en esa zona: paisaje mustio de lo que no fue (mustio incluso para quienes pudiesen preferir que no fuera, deplorando las autopistas). Ausencia de lo nunca sido, empezó a ocuparse en un momento dado con edificios flamantes y vistosos, con restoranes y con cafés mayormente hospitalarios, reparando en buena medida el feroz tajo infligido al lugar. El barrio cambió de aspecto, hoy luce más coqueto y más nuevo.
Las casas que hay alrededor, no obstante, sobrevivientes de las topadoras de antaño, responden en su mayoría a la vieja idiosincrasia, sencillas como suelen ser las casas de barrio, marcadas por el paso del tiempo. Lucen como lo que en el fondo son: testigos mudos de todo lo que pasó y no pasó frente a ellas.