Un solo susurro
El ruido es una molestia sonora que no te permite pensar. ¿Cómo se puede escuchar cuando todo parece hecho para ensordecernos?
Un ruido es una molestia sonora, una suerte de interferencia que nos impide, no solamente el silencio, al que arrasa, sino también, aunque parezca paradójico, la posibilidad misma de escuchar (por eso en la teoría lingüística se define como “ruido” todo aquello que dificulta la comunicación, y hasta la obstruye; por eso se encuentra uno tantas veces diciendo: no te escucho, hay mucho ruido). Pero hay otra alternativa, más en la línea de lo que Jacques Ranciere plantea en El desacuerdo, que es la de reducir a ruido (emisión sin significación) la palabra de algún otro a la que no se reconoce como palabra (negación del otro como sujeto hablante, negación de su palabra como palabra, reducción de esa palabra a mero ruido). De ahí la fascinante disquisición de los traductores del inglés en torno de la frase de William Shakespeare primero y en torno del título de William Faulkner después, de si es preferible “El sonido y la furia” o es preferible “El ruido y la furia”, ahí donde “sound” no es estrictamente “noise”, pero tampoco solamente “sonido”, sino más bien un “puro sonido”, un sonido sin sentido, algo en verdad muy cercano al ruido.
Hay una doble inflexión entonces en la idea de “ruido”: es, por un lado, lo que hay que tratar de no escuchar, para preservarse; pero es también, por otro lado, lo que hay que aprender a escuchar para alcanzar a percibir, ahí donde parecía no haber nada, alguna voz diciendo algo. A esa doble inflexión responde a su vez Gabriel Giorgi en su ensayo Parar la oreja (Tenemos las máquinas, 2025). Porque “parar la oreja” es lo que hacemos cuando queremos prestar atención a algo, pero admite ser pensado también como un deseo de poder parar, de parar en el sentido de detener, de poder cerrar la oreja (para parar de escuchar por fin lo que ya no se quiere escuchar más), así como podemos cerrar los ojos (para parar de ver por fin lo que ya no se quiere ver más).
Gabriel Giorgi acierta a cifrar en el ruido todo un signo de estos tiempos: “el eso antipolítico y antidemocrático del ruido y de su capacidad de aturdimiento”. La vociferación agresiva, el grito destemplado, la estridencia estéril, la amplificación sonora de la nada misma que retumba y retumba y retumba, dominan el centro de escena como pocas veces (o nunca) antes; todo ese ruido tan incesante y tan penetrante nos tiene en general aturdidos (ahí donde el aturdimiento es eso que nos ensordece, pero también eso que no nos deja pensar), nos tiene en general embarullados (ahí donde el barullo significa “ruido”, pero también enredo, también confusión). Giorgi le asigna un carácter político específico: el ruido como un recurso de la derecha hoy tan en boga (¡hasta hace poco se insistía en que “derecha” e “izquierda” eran categorías ya perimidas!) para apabullarnos, para no dejarnos hablar, no dejarnos escuchar.
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Javier Milei panelista, Javier Milei cantante, Javier Milei economista, Javier Milei presidente: lo suyo es efectivamente el ruido. Sintoniza en eso, como en varias otras cosas por cierto, con algunas tendencias de época. Su palabra supone el grito, incluso cuando no grita; improperios de megáfono, incluso cuando no utiliza el megáfono (pero, además, a menudo grita, y además, se vale con frecuencia del megáfono). Hacer ruido: ruido y ruido, para que nada más que el propio ruido se escuche; ruido para terminar convirtiendo en ruido cualquier palabra de reflexión o disidencia, de entendimiento o de polémica.
Gabriel Giorgi propone entonces parar la oreja, siempre en sus dos sentidos: parar es frenar, cortar, salirse, bajarse, hacerse a un lado, sustraerse un rato, apartarse un poco; parar la oreja es también adiestrarse en el detenimiento, afinar la percepción, poder prestar atención a algo. Ninguno de esos dos propósitos resulta fácil hoy por hoy. Hay un efecto de omnipresencia de la maquinaria del ruido que va del aparato estatal o la propaganda en gran escala hasta ese dispositivo celular que solemos llevar en la mano y del que raramente (o nunca) nos desprendemos. ¿Cómo podríamos entonces lograr ni más ni menos que eso: parar la oreja, parar de escuchar y de abrumarnos? Y además, al mismo tiempo, tratar de proteger o de recuperar, en el vértigo en frenesí de la conexión continua y la saturación pseudocomunicativa sin respiro, el hábito de la concentración duradera, de lo pausado y de lo despacioso, de lo reposado y de lo paulatino (en eso que Giorgi denomina “la batalla por la atención”, considerando “la de la atención y la distracción como campo de batalla político y subjetivo del presente”).
Parar la oreja plantea el problema, sin ayudas ni autoayudas; pero eso que busca, además de declararlo, lo pone en práctica en más de un sentido. Giorgi consigue sin dudas situarse en este presente: interpelarlo, interceptarlo. Pero no por eso se atiene al presente ni se deja abducir por él. Lo asume como estado de cosas, pero logra desestabilizarlo con vectores de otras temporalidades. Por lo pronto, y específicamente, los de la literatura, que se desfasa y a la vez se toca con lo estrictamente actual. ¿Qué de aquello que vio (y escribió) Fogwill en Vivir afuera, acerca de los años ’90, dice algo ahora de este tiempo que nos toca? ¿Qué de aquello que vio (y escribió) Josefina Ludmer en el aquí y ahora de Aquí América Latina dice algo de nuestro aquí y ahora?
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SumateNo es el sonido y la furia, es más bien el ruido y la furia. Vale por eso traer a colación El silenciero de Antonio Di Benedetto, que es de 1964. Esto es: en un mundo ruidoso hasta lo opresivo, dónde encontrar el refugio y el sosiego, cómo darse el amparo y la liberación, ese algo de silencio que se pueda aliviadamente habitar. Se puede traer a colación El silenciero, claro, pero también el final de “Pedestre”, de Oliverio Girondo, de 1920: “De repente: el vigilante de la esquina detiene de un golpe de batuta todos los estremecimientos de la ciudad, para que se oiga en un solo susurro, el susurro de todos los senos al rozarse”.
Porque lograr que se acalle por fin todo el ruido general no habrá de proporcionar solamente el dulce don del silencio, sino también, con el silencio, esta otra posibilidad: la de poder escuchar, como por milagro, eso que, de otra forma, no se escucharía (eso que, sin ese silencio absoluto, no se escucharía). Y que no por nada, en aquel texto de Girondo, tenía que ver con el susurro, y no con el griterío o el bullicio; con los cuerpos, y no con su sofocamiento; con el deseo, y no con su represión.