Un año de Trump: la paradójica debilidad del poder sin complejos
En su segundo mandato, la espectacularización de su ejercicio de poder lo enfrenta al límite de los afectados. Un balance opaco.
No había motivos para pensar que el nuevo mandato de Donald Trump, luego del primero marcado por el caos, la crisis institucional constante y el horadamiento de cada una de las certezas que se suponía que acompañaban al sistema estadounidense, podría encontrarse con una versión más amable, compatible con cierta sofisticación tecnocrática y capaz de conducir a los Estados Unidos a una nueva época dorada. Muchísimo menos, luego de la toma del Capitolio hace ya cinco años.
Sin embargo, entre la nostalgia por un tiempo de baja inflación, crecimiento económico –heredado y continuado tras su salida, pero por el que tomó crédito–, sumada a una crisis de seguridad y en la frontera tras la pandemia, y a un avance, por tímido que fuera, de Joseph Biden sobre las grandes empresas tecnológicas, dio lugar a una coalición entre intereses de negocios y malestar ciudadano que lo depositó, con grandes esperanzas, nuevamente en la Casa Blanca, esta vez liberado de las barreras de contención que marcaron su primer mandato. Un año después de asumir nuevamente el gobierno, los actuales son, más que nunca, los Estados Unidos de Trump. El primer año demostró la debilidad de muchas de los cotos institucionales existentes, y dio pie al ejercicio del poder desenfadado. ¿Habrá límites por delante?
La ocupación del poder institucional
La especulación de comienzo de mandato contenía dos presunciones. La primera era una suerte de cogobierno entre Trump y el sudafricano Elon Musk, que corporizaba, él mismo, el acuerdo con las tecnológicas como una especie de primus inter pares. El más rico, el más volcado a la derecha y a la política, y el que más contribuyó a su triunfo. Musk era formalmente un asesor glorificado, sin un cargo formal que lo hubiera obligado a desprenderse temporalmente de sus intereses, pero su DOGE (Departamento de Eficiencia Gubernamental, por sus siglas en inglés) se puso por encima de la estructura del gabinete y tomó decisiones sobre funciones y personal.
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La segunda presunción era que el gabinete iba a estar atestado de gerentes y ejecutivos del sector tecnológico con una mirada disruptiva pero tecnocrática del gobierno. Un año después, ninguna de esas presunciones se sostiene. DOGE fue, sobre todo, una purga política del Estado, sin efectos significativos sobre el gasto total, y Musk fue descartado, una vez cumplida la purga, responsabilizado por los problemas que generó en algunos nichos de la maquinaria pública, y de los excesos percibidos en la persecución de trabajadores y los cierres de agencias.
Las grandes decisiones quedaron a cargo de dirigentes políticos, provenientes de cargos electivos o de think tanks reaccionarios, como la Heritage Foundation. Un esquema en el que se destaca la figura de Stephen Miller. Musk se fue ruidosamente, denunciando que Trump estaba “en la lista de Epstein”, para luego pedir disculpas y mantener un apoyo de relativo bajo perfil a la agenda del sector más a la derecha del trumpismo.
Relativamente debajo del radar, junto a aquel esfuerzo, el trumpismo inició, con un guiño de la Corte Suprema, una colonización de las agencias gubernamentales tradicionalmente independientes, que acompañaron una más pública –e inédita– politización del Departamento de Justicia, el FBI y el aparato de Seguridad Interior.
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SumateLa invasión de las ciudades
La parte más relevante de la dispersión del poder en el sistema político estadounidense es su diseño federal, que se traduce en grados altos de autonomía de los poderes estatales y locales. La lógica de la polarización electoral estadounidense reciente, entre los varios cortes transversales que la componen, se encuentra fuertemente marcada por la división entre la ruralidad y las localidades más pequeñas, que votan masivamente al Partido Republicano, y las grandes ciudades, marcadamente demócratas. En el discurso electoral de Trump, las ciudades son fuentes de delito, refugios de la migración descontrolada y usinas ideológicas de la izquierda. Un Otro ideal, respecto de su propia base, respecto del cual escenificar el enfrentamiento.
En ese marco, la relación con las ciudades aparece marcada por la espectacularización del enfoque trumpista, diseñada para generar impacto tanto entre su base –que lo percibe como una suerte de restaurador de las leyes– como entre sus rivales, respecto de los cuáles utiliza las armas del estado como factor de disuasión y amenaza constante. El despliegue de los militares sin que existiera invitación de ninguna autoridad nacional o local en varias de las principales ciudades estadounidenses –Washington DC, Chicago, Los Ángeles, entre otras– aparece como testimonio del alcance de la mano del gobierno federal y de su capacidad de torcer el brazo de las autoridades locales.
Algo similar ocurre con los despliegues de las fuerzas de tareas de agentes de la oficina de cumplimiento de aduanas y migraciones (ICE) y de la Patrulla Fronteriza en distintos puntos del país. Una suerte de política de propaganda armada, que resume mejor que ninguna otra acción el despliegue en el Estado de Minnesota de finales de 2025, que derivó en la muerte de al menos dos inocentes, Reneé Good y Alex Pretti.
La llamada Operation Metro Surge desplegó unos 3.000 agentes federales, con un saldo de 4.000 arrestos en dos meses, que derivaron en protestas masivas, pérdidas económicas y un clima de miedo generalizado.
Un esquema de deportaciones poco eficiente desde los números, pero exitoso en generar temor en las familias donde algún miembro es inmigrante. El mensaje, sobre un entorno hostil y violento, en el que la buena conducta, la vida familiar e incluso la edad, por más corta que sea, no disuaden el accionar de los grupos armados estatales debería, en los cálculos de las autoridades, desincentivar la migración e incentivar la huida “voluntaria” de quienes ya están. En este caso, la operación terminó abruptamente tras el impacto nacional causado por la muerte de Pretti.
El culto de la personalidad
La presidencia de Biden estuvo marcada –entre otras cosas– por las dificultades y negociaciones que la agenda legislativa le demandaba dentro de su propio partido. Un esquema que se repitió, también, en las presidencias de sus predecesores –huelga recordar, por ejemplo, las dificultades que le generó el Obamacare a un presidente que contaba con 60 senadores, o las tensiones internas y límites que, durante los años de Bush, imponía el Partido Republicano– y que no fue excepcional, salvo por la intensidad de las divergencias, en el primer mandato de Trump, marcado por los desacuerdos entre el presidente, las posiciones tradicionales de su partido, y miembros de su gabinete que se habían autoimpuesto, según el propio relato de algunos de ellos, la misión de contener sus rasgos más inusuales.
El Congreso, aún con mayorías republicanas, le impuso límites a cuestiones como el acercamiento a Rusia, las fricciones con Europa u otras, del mismo modo en que su gabinete lo hizo con sus rasgos más autoritarios y sus tendencias más marcadamente proteccionistas. El resultado fue una presidencia mucho menos disruptiva que las declaraciones y el estilo del presidente, cuya gran novedad fue la escenificación de una hostilidad hacia China que, para ese momento, ya había asumido toda la clase política.
Hoy, el nivel de cohesión política es diferente. El Partido Republicano ya no es un actor autónomo sino una extensión del liderazgo presidencial. Tras una primaria en la que se impuso luego de haber sido abandonado por algunos popes partidarios representativos tras la toma del Capitolio, emergió una certeza, Donald Trump es quien tiene los votos, y quienes lo desafíen deberán enfrentar una competencia interna hostil, apoyada por el líder del movimiento y con potencial para movilizar a la poderosa base MAGA. Los legisladores díscolos hoy son dos o tres excepciones en un entorno en el que nadie se anima a levantar la cabeza por miedo a que se la corten.
Economía política de los aranceles
Mucho se repite respecto de los instintos proteccionistas del presidente estadounidense, pero los aranceles cumplen, junto con ese objetivo, una función acaso igual de relevante en la política exterior trumpista que es el intento de disciplinar a los países –aliados y rivales– a partir de la potencia del mercado de consumo estadounidense. Los aranceles entonces exceden las funciones –que cumplen con pésimos resultados– de proteger y promover la inversión en manufactura estadounidense y no se aplican exclusivamente a marcos de competencia económica.
Así, hasta el momento, Trump usó la amenaza de aranceles como garrote para imponer medidas de control migratorio a México, bloquear la adquisición de combustible por parte de Cuba, intentar la liberación de Jair Bolsonaro en Brasil o incluso adquirir control sobre Groenlandia, apenas como ejemplo de la pluralidad de objetivos declamados.
Los aranceles cumplen así una lógica coercitiva que reconoce continuidades con el recurso al instrumento militar donde la primacía estadounidense desafía la emergencia de otras potencias. La intervención de Venezuela y el ataque limitado sobre Irán mantienen una misma lógica con las amenazas arancelarias en la meta declarada de torcer comportamientos y reafirmar el control estadounidense. Enfrente, encuentra una Europa presa de sus propias debilidades y falta de liderazgo, un contienente americano fragmentado y falto de cohesión, y potencias enfocadas en sí mismas, una Rusia disminuida donde su interés primordial es Ucrania, y una China cuya prioridad es su propio proceso de crecimiento interno.
El límite de los propios afectados
El rasgo más distintivo del primer año del gobierno de Trump es la falta de contrapesos escenificados a su forma de espectacularización del ejercicio del poder. Si en el mundo no hay una líder que tome las banderas de la democracia liberal como hizo en su momento Angela Merkel, ni se escenifica el enfrentamiento “de modelos” con la China de Xi Jinping levantando las banderas de la globalización, a nivel interno las mayorías parlamentarias y judiciales y el control partidario consagraron a un gobierno sin oposición institucional relevante, que se beneficia de la dilución de las referencias demócratas tras la contundente derrota electoral de 2024.
La ausencia de liderazgos opositores, de todos modos, no significa ausencia de conflictos, sino de organización de los mismos con sentido político. Sin amortiguadores, el presidente es responsable de los resultados de sus políticas.
El límite más fuerte al poder de Trump no radica en la fuerza de la resistencia, sino en las consecuencias de sus propias políticas.
El agregador de encuestas de Nate Silver, probablemente el más respetado de los analistas estadounidenses, otorga a Trump una aprobación neta negativa de 14 puntos, con 41% de aprobación y 55% de desaprobación. De los temas que lo llevaron al gobierno –inmigración y economía– la desaprobación se encuentra en negativos de más de diez puntos. Los aranceles no redundaron en crecimiento de la industria manufacturera, que viene perdiendo empleos, aunque las inéditas inversiones de capital de las grandes compañías dedicadas a la inteligencia artificial explican el crecimiento económico, mientras en el empleo, sólo el sector de salud –con una sociedad envejecida– evita que haya destrucción.
El calendario electoral, hasta el momento, aparece cargado de victorias demócratas por márgenes más amplios de los esperables en elecciones de gobernadores –Virginia y Nueva Jersey– en elecciones especiales de todo tipo, desde la progresista Nueva York, hasta distritos en áreas trumpistas en estados como Texas o Luisiana.
Si bien se trata de elecciones que se caracterizan por la escasa participación, y los votantes demócratas son hoy los más informados e interesados en la política, que no haya habido ninguna buena señal para los republicanos parece indicativo de un escenario de base complejo de cara a las legislativas de noviembre, donde Trump podría perder el control de la Cámara de Representantes y –en un escenario de catástrofe– el Senado. En cuanto a los despliegues federales, el retiro de Minnesota demuestra los límites que enfrenta el poder trumpista ante la opinión pública.
Hacia afuera, también aparecen límites al poder estadounidense de los que convendría tomar nota. El uso indiscriminado de aranceles encontró límites de distinto calibre. China amenazó con restringir las exportaciones de minerales críticos para las industrias tecnológicas estadounidenses y forzó un acuerdo comercial que fija los aranceles recíprocos en niveles altos pero tolerables. Canadá culminó un acuerdo comercial con China. Brasil en una toma de judo, aprovechó el impacto potencial del encarecimiento de sus productos para los consumidores estadounidenses en el costo de vida, forzando un acuerdo en términos que fueron percibidos como favorables a Lula Da Silva. Y Europa logró acordar un pequeño despliegue militar conjunto que puso un límite a las ambiciones de Trump sobre Groenlandia.
Todos estos episodios de retroceso, aislados, pueden parecer poco significativos, pero muestran los límites del ejercicio del poder estadounidense también de cara al exterior, y el potencial daño que podría sufrir ante ejercicios de respuesta coordinado y organizados.
Trump, 2026
Apenas la alianza fundacional del segundo trumpismo, el despliegue de los grandes centros de datos y el progreso de la Inteligencia Artificial muestran un liderazgo estadounidense que, más allá de algún susto como la aparición de DeepSeek, muestra un momento relativamente seguro y alineado al presidente.
El primer año del segundo mandato de Trump deja una imagen contradictoria pero coherente. Un presidente cuyo poder político consolidado redunda en una popularidad débil, porque en el ejercicio desenfadado del poder, y en su espectacularización constante, expone, sin tapujos, la endeblez de sus propios fundamentos.