Toda la vida
Una misma frase, en un bolero o en un tango, pueden significar cosas distintas.
“Toda una vida”, “Toda mi vida”: parecen ser, en principio, dos ideas semejantes, semejantes o incluso idénticas, dos fórmulas intercambiables, parejamente signadas por una misma proyección de la vida a escalas de totalidad. Se parecen, son iguales: toda una vida, toda mi vida (porque se entiende que el que dice “toda una vida” está hablando de la suya). Tendrán, no obstante, resoluciones contrapuestas en dos canciones de gran resonancia. “Toda una vida” es un bolero de Osvaldo Farrés; “Toda mi vida” es un tango de Aníbal Troilo y José María Contursi. Y lo que dicen o lo que narran, uno y otro, a su manera, llega incluso a ser opuesto. Es siempre eso: toda la vida. Pero cobra un carácter diferente en cada caso.
En el bolero de Farrés, la hipérbole de la declaración amorosa (la hipérbole es la justa medida en la declaración amorosa) asume esa ambición sin límite: “Toda una vida / me estaría contigo / no me importa en qué forma / ni cómo ni cuándo / pero junto a ti”. Se unen así dos definiciones drásticas: la del toda una vida y la de un no me importa nada (nada, salvo tú). Declaración de una intención o de una disposición del alma (por eso dice “me estaría” y no dice “me estaré”), la supone perfectamente viable. Verdad del sentimiento que torna posible que exista algo que dure ni más ni menos que toda una vida.
El asunto, sin embargo, es que a continuación agrega: “No me cansaría de decirte siempre / pero siempre, siempre / que eres en mi vida / ansiedad, angustia, desesperación”. Y es ahí donde la declaración enfática del amor de por vida, promesa o ilusión, revela su cara opresiva, se tuerce hacia la intimidación. La aclaración del “no me cansaría” implica, de por sí, la admisión de lo que en el asunto puede haber de cansador, y si el que enuncia sostiene que él no, no se cansará de decir, deja abierta la posibilidad de que la amada, la tan amada, en cambio sí se canse de escuchar. ¿Quién aguanta que le estén diciendo siempre, “pero siempre, siempre” lo mismo? Eso mismo, por otra parte, según a continuación se especifica, ¿qué es? “Ansiedad, angustia, desesperación”. No otra cosa, sino eso, es ella en su vida. ¿Quién aguanta una vida así, si va a durar, justamente, toda una vida? Ansiedad, angustia, desesperación: ¿es eso lo que va a ocupar “toda una vida”? ¿O es en verdad esa misma idea, la de la perpetuidad del “toda una vida”, lo que no puede suscitar ni más ni menos que eso: “ansiedad, angustia, desesperación”?
Si te gusta Kohan podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los domingos.
Las cosas son bien distintas en el “Toda mi vida” de Contursi. Porque eso que Farrés dice posible (el “siempre” de “toda una vida”) es justo lo que aquí se frustra. Y eso porque el “toda mi vida” es lo que por amor se entregó, sólo que el drama consiste en que no duró toda la vida. Uno dio toda su vida y, después de eso, la vida siguió. Siendo así, ¿cómo es que sigue? Ese tiempo, ¿cómo se ocupa? Esa vida que sobra, porque excede el todo de “toda mi vida”, ¿cómo se puede vivir? No sorprende que se diga que se vive como un morir: “Siento que me voy muriendo / por tu olvido, lentamente”. Porque hay una vida que es toda, pero hay otra que no es toda, que está dividida en partes: “Soy un pasaje de tu vida, nada más”. Y en ese desacople fatal, la totalidad de la vida deja de ser una utopía del abarcar, del retener, del conservar (tener a otro toda una vida), para no hablar de otra cosa que de pérdida: “No sé por qué te perdí / tampoco sé cuándo fue / pero a tu lado dejé / toda mi vida”. Se deja toda la vida, y eso al final resulta en pérdida. Se deja toda la vida y, pese a eso, hay más vida y continúa. No pasa como en el bolero de Farrés: existe un “toda mi vida”, pero no dura toda la vida. El “siempre, siempre” de este tango no es del de decir y decir, aun a riesgo de cansarse o de cansar, sino el de buscar lo perdido, hasta el cansancio: “Ya cansado de buscarte / siempre, siempre”.
¿Qué hace falta para convencerte? La fuente de ingresos más importante de Cenital es el aporte voluntario de su audiencia. Ese apoyo nos permite hacer el periodismo que creemos necesario sin condicionamientos. Este esquema solidario —los que pueden pagan para que todos puedan seguir leyendo gratis— nos llena de orgullo. Por eso, en agradecimiento, les ofrecemos a nuestros Mejores amigos algunos beneficios culturales. Si te gusta lo que hacemos, sumate vos también.
SumateEl drama de “Toda mi vida” no es distinto del de “Cuesta abajo”, el tango de Gardel y Le Pera, cuando dice: “Era para mí la vida entera” (Juan Martini hizo de ese sintagma el título de una de sus novelas). La vida entera existió, pero no duró la vida entera; quedó alojada en el pasado (“Sueño con el pasado que añoro”), pero lo hizo bajo esa forma: la de un todo. Siendo entera, siendo todo, podría contenerlo todo, utopía de lo sin pérdida. Pero no, justamente no, porque es eso, la vida toda, porque es eso, la vida entera, lo que se tuvo y se perdió.
Lo otro, claro, es “perder lo que nunca se ha tenido”, la idea que Borges expresó en su “Nueva refutación del tiempo”. ¿Y no es eso, acaso, lo que le pasa en “El aleph”, con la muerte de Beatriz Viterbo? Ella murió, él la ha perdido, y sin embargo, nunca la tuvo. Ahí está la verdadera instancia que sella toda una vida, es ahí ni más ni menos que una vida es vida entera: ante la muerte, bajo la muerte. Es en ese sentido que Walter Benjamin propone, en su artículo “El narrador”, que las narraciones que funcionan como un legado de sabiduría, de una especie de saber sobre la vida, se enuncian siempre de la muerte.
Beatriz Viterbo murió: su vida ya es vida entera. No lo es, sin embargo, para Borges (para Borges, el personaje del cuento), que no ha estado nunca con ella, que no ha compartido la vida con ella. Está claro que quien sí está con otro, quien comparte la vida con otro, tampoco accede a su vida entera. Pero hay algo en el amor que suscita esa ilusión (que no es la de “toda una vida” de Farrés, sino la de “toda mi vida” de Contursi o la de “la vida entera” de Le Pera: que el amor, vivido como un todo, irradie mágicamente su efecto de totalidad). Nunca se accede a la vida entera del otro, es evidente, pero en algunas modulaciones del amor puede aflorar una ilusión de esa índole. ¿Y qué otra cosa busca Borges (Borges, el personaje del cuento), aun bajo la dolorosa condición de su amor, que es la de no haber sido recíproco, al recorrer uno tras otro los retratos de Beatriz, que entregarse a las escenas sucesivas de su vida (la comunión, unos carnavales, la boda, el divorcio, un paseo en Quilmes, etc.): poder ver, en imagen, todo eso que Beatriz Viterbo fue?
Son varios esos retratos, pero claro: no son todos (ni todo podría estar retratado). No está, no podría estar, toda la vida de Beatriz Viterbo ahí. ¿Y si fuera en verdad ésa, más que ninguna otra, la dichosa promesa del aleph, su fabulosa posibilidad: la de poder ver, en un solo punto, todo el universo y todos los tiempos, todo lo que hubo, lo que hay y lo que habrá, todo lo que es, lo que fue y lo que será, y por ende también, descartando las visiones sobrantes, la vida entera de Beatriz? Se lo dice, de hecho, aunque socarrón, el bueno de Daneri: en el aleph estarán “todas las imágenes de Beatriz” (el subrayado es de Borges). Accediendo al universo en su plenitud y en su eternidad, podrá ver lo que quiere ver: toda su vida.
“Ya no”, de Idea Vilariño, es no sólo el poema más triste que conozco, sino el más triste que soy capaz de concebir. Poema de pérdida y despedida, enumera dolientemente lo que ya no habrá ni ocurrirá. En esa enumeración, hay menciones más acotadas (como “no coseré tu ropa”) y otras de más largo alcance (como “no criaré a tu hijo”), y un desgarro insoportable de ajenidad y distancia (“no sabré dónde vives / ni con quién / ni si te acuerdas”). Pero el último verso, que por algo es el último, es también el más terrible, el más triste y lacerante: “No te veré morir”. Así concluye: no te veré morir. Porque ese amor era un amor de vida entera. Lo era y, sin dejar de serlo, se terminó.
Al ver el aleph y, en el aleph, la inacabable vastedad del universo, y en la inacabable vastedad del universo, la vida entera de Beatriz Viterbo, Borges (el personaje del cuento) no puede sino ver también esas cartas “obscenas” que alguna vez intercambiaron su adorada Beatriz y su deplorado Daneri. Y así se entera de que algo hubo entre ellos. Y es que no, evidentemente no: aunque las vehemencias del amor la invoquen tan a menudo, la vida entera puede no ser una cosa deseable, abarcar toda una vida puede ser una mala idea. Incluso si fuera posible, que de hecho no lo es, a veces es mejor no saber, y llamarle “toda la vida” a algo que se entiende que no es más que una parte.