Soledad en Cosquín: “El folclore es de todos y no es de nadie”

Crónica de la noche en que La Sole cumplió 30 años de carrera en la música. Homenaje a la nena que revolucionó la música popular con 15 años y una gran celebración a la artista en que se convirtió.

Debería estar exhausta, pero no lo parece. Del pelo le caen algunas gotas a la remera que dice Gringa. Recién se bajó del escenario de Cosquín, después de dar un show de algo más de dos horas y media, todo bajo la lluvia. Son casi las cinco de la mañana, apenas se cambió la ropa, se secó un poco la cara y está sentada, por lo menos por un rato, frente a docenas de periodistas cordobeses, porteños, del país y vecinos “Esa era mi gran mochila esta noche”, dice Soledad Pastorutti en la conferencia de prensa. “Cada vez que me presento acá vengo a rendir examen. Hoy sentí que el personaje que la gente eligió aquel ‘96 pudo demostrar que además de eso es una artista”. 

La Sole, el huracán de Arequito, dudaba de sí misma, de si iba a poder bancarse un show tan largo, tan exigente, con tanta expectativa. Lo pensaba por su voz, que durante los últimos años la hizo pasar momentos difíciles, la hizo replantearse si tenía que seguir subiéndose a un escenario. Y lo pensó cuando se largó a llover, primero suave y después torrencialmente: “Si ustedes no aflojan, ¿cómo lo voy a hacer yo?”, dijo promediando su presentación, desde el Atahualpa Yupanqui, frente a unas doce mil personas que formaban un campo brillante de pilotos de colores empapados, algunos sobre sillas de plástico, otros en plateas populares. Y no afloja ahora, después de la conferencia de prensa. 

El festival empieza tarde, todo es de madrugada en el folclore, y La Sole tiene planificada una cantidad de actividades que desafía hasta al más rockero de los nocturnos. Empezó su jornada a las 18 con clases de estiramiento, después de fonoaudiología, luego de canto, maquillaje, vestuario, notas, streamings, cantar casi tres horas, hablar con periodistas y ahora, a las cinco de la mañana, cuando todo indicaría que se termina el día, La Sole se sube al techo de un coche de bomberos para seguir cantando en una plaza cercana, frente a pocos fans.

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Es lo que hizo hace 30 años, y lo hará hoy también, nada la detendrá. Está rodeada de un público fiel que quiere más de ella. Juntos, van a recrear esa noche consagratoria, cuando a los 15 años se bajó del escenario de Cosquín con una vida nueva. Lo mismo que está por hacer ahora a los 45 años, bajo la tormenta cordobesa, hasta que amanezca.

Popular, de revolución

La Sole pensaba que, aún, tenía que probar quién era. Después de 30 años de carrera, después de 30 años desde aquel primer show que la catapultó y la convirtió en una artista popular, cuando era apenas una nena y su imagen revoleando el poncho corrió por los pueblos, las provincias, el país entero como una revolución.

Ese mismo aire corre este sábado 31 de enero antes de que empiece la octava luna de Cosquín Folklore, entre los puestos de comida alrededor de la plaza Próspero Molina. En realidad es humo de choripán, de cabrito, de parrilla, de locro, de peña. Un viento pícaro recorre las sierras cordobeses, juega entre las piernas pegajosas de calor de las cientos de personas que se pasean entre la feria, en las peatonales, en los bailes en el medio de la calle. Hay filas para entrar al predio, para comprar fernet y para sentarte a comer. La gente circula con remeras de Soledad, con ponchos, en grupos de amigas, familiares, de fans.

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Hay uno de chicos y chicas, todos con la misma imagen en el pecho, tienen vinchas en la frente y vienen del ponchazo en la Plaza San Martín, a cuatro cuadras, porque la Peña de la Sole desde temprano estuvo agitando en la previa del show. Uno de ellos, Ricardo, me dice que la vio miles de veces, no sabe cuántas porque perdió la cuenta: “Es que me encanta, me hace sentir un montón de cosas. O sea, con ella aprendí a ser yo, a valorarme, a quererme, por sus letras, obviamente, ¿no?”.

Su amiga María lo mira y asiente. Cada uno tiene un vínculo con La Sole muy personal, muy unido. A ella le recuerda los momentos con su mamá, porque Poncho al viento, el primer cassette de Soledad, se lo regaló a su vieja, que le gustaba el folclore, y juntas, madre e hija, la siguieron en toda su carrera. 

Desde el partido de San Martín, en el conurbano bonaerense, vinieron a Cosquín porque la celebración de hoy no se la iban a perder. Y dice, María, que para las mujeres que hoy tienen –tenemos– cuarenta años, cuando ella apareció en 1996 fue importante, era como una de nosotras, una nena común y a la vez diferente a las que veíamos por TV: “Ella fue muy distinta a todas las que vinieron después. Y no solo eso, creo que lo que la distingue es que es súper libre, la calidez que tiene con la gente no la tiene otra, es auténtica. Creo que ni ella es consciente de lo que revolucionó la música nuestra, la popular”. 

Mientras hablamos, por la avenida San Martín pasa lo que pensé que era una murga, pero al mirarlos bien veo la máscara del desentierro del diablo, del carnaval jujeño, hay bombos, erkencho y pincullos, la gente se suma y los perros aportan su ladrido también. Ya está cerca de empezar el Festival, se siente la expectativa pasando a través de las personas, y sobre la Obispo Bustos duerme quieto el elefante en la habitación: ¿qué hace acá una grúa inmensa como para construir una torre de 25 pisos? Las teorías circulan, unos pibes que toman cerveza se animan a apostar que la superheroína de esta noche entra volando. Casi lo adivinan.

La octava luna

Se apagan las luces del predio, se encienden en el escenario, las pantallas gigantes muestran imágenes y empieza oficialmente, a las diez de la noche y hasta el amanecer, la octava luna del Festival Nacional del Folklore de Cosquín. Un poeta de Río Cuarto, Miguel Ángel Toledo, quien fuera revelación en la edición de 1975, interrumpe el silencio con unos versos que escribió a comienzos de siglo. Sus palabras, cargadas de mensaje político –en cada fecha convivió la polarización de la sociedad–, refieren, tal vez, a la reforma laboral:  «Nos dicen, como al descuido, que ya no hay ideologías, que ya no somos un pueblo, comunidad, toldería, sino simple mano de obra barata y de pasantías. Antojos de un patrón lejos que nos digita la vida».

Como una radiografía del país, una parte de la gente aplaude y festeja los versos del poeta que piden resistencia y comunión, otra está en silencio o murmura en desacuerdo. 

Fuegos artificiales salen del escenario Atahualpa Yupanqui y el «Aquííí Cosquín» da comienzo a una fiesta con el ballet oficial. No hay video ni relato que pueda capturar lo que siente el corazón cuando esos bailarines zapatean a la vez y el taco de madera retumba en el cuerpo como un canto ancestral, y las polleras de colores vuelan como paraguas en el aire. Presagio de una lluvia que llegará, y no parará. Arrancan la noche a puro clásico Los 4 de Córdoba, le siguió Suna Rocha y la revelación en danza Yamila Aguado. 

Se hizo domingo, la luna se escondió detrás del cielo y a la 1:30 de la madrugada la grúa empieza a moverse al costado del predio, una esfera blanca aparece por la calle lateral, y mientras sobrevuela las plateas se escucha una voz. Es la de Julio Mahárbiz recreada con IA, el histórico presentador de Cosquín, aquel que en 1996 dijo: «Se llama, simplemente, Soledad. Que sea con suerte, querida». Y fue el que presenció aquella vez, cuando La Sole salió al mismo escenario enorme de hoy, pero en lugar de pantallas gigantes y voces creadas por inteligencia artificial, 30 años atrás sólo tenía un telón amarillo; ella fue cargada de épica: un chaleco marrón, un poncho colgando, una bombacha de gaucho y una energía arrolladora. 

Aquel día, el 26 de enero de 1996, apostó por la zamba «Salteñita de los valles». La interpretó con todo su cuerpo, tanto que el rostro no le alcanzaba para expresar toda la canción. El desparpajo de esa nena, el carisma innato, suscitó ahí nomás el aplauso de una plaza que apenas la conocía de escucharla en las peñas, porque ya había ido dos veces a Cosquín pero era muy chica, menos de 15, y una ordenanza municipal no le permitía subir al escenario; recién ese año se lo permitieron. Se sumó su hermana Natalia, vestida igual, para hacer la chacarera «A don Ata», ese momento repetido miles de veces, donde las dos saltan y golpean el poncho contra el suelo después de hacerlo volar por los aires, ese gesto que la llevó de ahí a un contrato con Sony, a 800.000 copias vendidas en un disco grabado en ocho horas, urgente.

Esa noche –como cuenta Gabriel Plaza acá– sólo pudieron tocar una canción, pero hicieron dos, y la plaza se levantó con tanta euforia que tuvieron que hacer más. Siguió con «Entre a mi pago sin golpear», la chacarera que, 30 años después, hoy vuelve a encender a todo el mundo como si La Sole fuera una Rolling Stone del folclore. 

Esas tres canciones van a sonar esta madrugada, al final de su set de más de dos horas y media, y son la banda sonora del éxtasis de la noche. Del recital pero también de la historia de Soledad, como un círculo que siempre tiene que pasar por este punto para recargarse y seguir. Volver a sus raíces.

Hoy se vuelve a escuchar la voz de Mahárbiz recreada por IA, que dice: «Hace ya 30 años el aire de esta plaza se estremeció por primera vez. No fue un viento cualquiera, fue un huracán que llegó desde el sur de Santa Fe». Esa esfera que se acerca al escenario es una luna, y de la luna baja Soledad.

Un set de identidad

¿Cómo elegir una lista de temas después de 30 años de carrera? ¿Cómo elegir 30 canciones de un repertorio tan vasto como el de Soledad? Con 19 discos grabados. Lo dividió en tres grandes etapas. Bajó de la luna con “Sigo siendo yo”, una canción que coescribió y dice: “El tiempo nunca mudó/ La esencia de aquel amor/ Sigo siendo yo/ Soy esa niña/ Soy esa mujer/ Que no se cansa de aprender”. Como una declaración de principios, Soledad demostró durante toda la noche el disfrute por su oficio, el placer de una vida dedicada a cantar. Eso vino acompañado por otra bandera: la posibilidad de explorar nuestros sonidos, los de la Patria argentina y la latinoamericana, desde una cumbia santafesina, una chacarera, una zamba hasta una melódica más romántica. 

“En estos 30 años fui recorriendo un camino largo y de repente hubo discos más folclóricos, más estrictamente de género, incluso por los instrumentos que abordaban las canciones, y otros quizás pretenciosos con una búsqueda más de que el folclore tenga esa fusión y pueda también tener una sonoridad más universal. Y creo que es un poco lo que intenté mostrar en el show de Cosquín”, me dijo La Sole, unos días después. 

Con la “Copa del amor” de su último y hermoso disco original de estudio, Natural, inauguró la segunda parte del show, el de una orquestación más amplia. El escenario giró y apareció el set de Casa Sole, ese ciclo que está grabando, que es como una sobremesa en su hogar, donde recibe a invitados a cantar clásicos. Esta noche se suma Teresa Parodi, Nahuel Pennisi, Cazzu, Pedro Capó y La Delio Valdez. 

Para las tres de la mañana, la gente se levanta a bailar, otra sigue sentada al reparo de paraguas transparentes, se pasan el mate o el fernet con los ponchos pegados a la piel porque ya no impermeabilizan nada, con los bebés dormidos sobre el regazo y suena el agite: “Hay que saltar/ hay que saltar/ porque La Sole es orgullo nacional”.

“Ahí mezclamos chamamé, mezclamos tema uruguayo, tema puertorriqueño, tema colombiano. Bueno, ahí mezclamos Latinoamérica en toda esa parte”, me decía por audio. Y fue ahí, en el momento en que la lluvia más castigó, cuando Ivonne Guzmán y sus compañeros de La Delio empezaron con las cumbias, que la noche entraba en su recta final.

Después del video donde se los ve a Messi, al Diego, a Guarany, a Mercedes, a Teresa, aparece su papá, el primero que creyó en ella, el que le dijo a todo el mundo que tenía una nena cantora. Omar Pastorutti estuvo omnipresente toda la noche sin estar físicamente, como el responsable, el inspirador y el celebrado. Por eso, una Soledad del 96 hecha con IA aparece en las pantallas y suena «Canta para papá». Y así da inicio al último tramo, el de las raíces.

Es folclore

La reacción es instantánea: al primer rasgueo de chacarera empieza la fiesta. El público se para, va a los pasillos, a cualquier espacio en el que pueda enfrentarse, levantar las manos al cielo que aún tira agua, y hacer con los dedos los chasquidos, los zapateos, el vaivén de la atracción de los cuerpos que bailan acercándose y alejándose al compás del 6/8 de la criolla. La gente en los balcones cercanos revolea el poncho, ocupa cualquier espacio, adentro o afuera del predio, para la danza popular. La fiesta incluye niñas que se trepan al escenario, señoras que le tiran flores, conocidos que le acercan tortas, público que la embadurna de espuma de canal. Y ella sigue. 

«Tuve miedo de no poder llegar hasta el final, pero se logró, se logró y me quedé con una muy buena sensación. Como que todas las Soledades que existieron estos 30 años a nivel vocal y sonoro se hicieron presentes en este show», me dijo.

Ahí, mientras esa Soledad original, la folclórica, canta de la mano de su hermana y es acompañada en la voz de su público fanático o desprevenido como yo, que de golpe sabe y entona canciones que no recordaba saber, que se le aparecen en la memoria imágenes olvidadas de las peñas en la escuela del pueblo, melodías escuchadas en el canto materno que los años parecían haber borrado, pero no. La fiesta es celebratoria y emocionante. Algunos ríen, otros lloran.

Y Soledad, como hicieron con ella en el 96 —y como pasó con Mercedes en el 65–, hacia el final de su show invitó a dos hermanos de 14 y 16 años de San Luis, los Lucero, y les prestó el escenario para cantar una zamba. Y es que, si su obsesión es hacer que el folclore viva en la juventud, Soledad sabe que prestarle atención a las tradiciones, rebelarse un poquito y estar bien cerca de su público es la forma de hacerlo. Ahora va por más: su próxima misión es un festival en Ciudad de Buenos Aires, bien grande, que muestre el poder del folclore, que no queden dudas. Lo está tramando. No hay dudas de que lo hará.

“Es que el folclore es de todos y no es de nadie”, dijo en la conferencia de prensa. Soledad labura, arriesga y honra. Y en ese movimiento se acerca a las familias sin careta. La conocen de toda una vida. Mientras ella presenta a sus colaboradores en el show y llama a su familia, se olvida de alguien. “Jere, Jere”, le soplan desde el público. Soledad se estaba olvidando de nombrar a su marido, pero se excusa, “lo escucho acá”, y se toca el audífono. La gente se ríe porque ya sabe, la gringa es así, brava.

Y tal vez por eso sea natural que en la última canción, en “Brindis”, ya casi sin voz, con toda la gente cantándole al oído, en la punta de la pasarela del escenario empapado, un bebé aparece en sus brazos. Como si la conociera, la mira embelesado, la manito juega con la suya, mientras Soledad cierra: “Por este brindis para mí/ Por regalarle a la intuición el alma mía/ Porque los días se nos van/ Quiero cantar hasta el final/ Por otra noche como esta doy mi vida”.

Otras lecturas:

Periodista. Neuquina en estado de porteñitud y sala de ensayo. Editora en Cenital. Autora de "Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020" y "Entre dos ríos". Hace Ruido y Sentimiento en YouTube.