Romperse el lomo laburando (frente a la pantalla)

Para reconstruir la historia de la computación hay que pensar la de las aflicciones del cuerpo y cómo las personas adaptan sus entornos y hábitos a la máquina.

Fue casi instantáneo. La mañana siguiente luego de haber cumplido 35 años recordé los comentarios que me habían hecho unos veinte años antes: ojo con cómo te sentás frente a la computadora. Pero yo, como todo adolescente, era virtualmente invencible y no tenía por qué hacer caso de esa tontería.

Ahora, que considero al ibuprofeno uno de los pilares de mi vida, me veo forzado a pensar con mayor frecuencia en qué formas dibuja mi espalda varias veces al día. Intento recordarme, cuando mi silueta se asemeja a una C, que debo mantener la espalda erguida, mirar hacia adelante y, ya que estamos, que respirar de vez en cuando también nos hace bien.

Cuando la extenuante jornada laboral encuentra su momentánea pausa, suspendo la computadora y libre de su pantalla puedo, ahora sí, dedicarme a la otra más pequeña. Ya no hay correos que responder, código que picar, conversaciones que interpretar. Las palabras no desaparecen pero cambian en su naturaleza. Me desplazo de la silla al sillón. Y mis ojos, ni por más de un minuto, dejan de perseguir letritas. Cambia la actividad, nos hacemos creer, pero parte de su demanda física continúa.

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Una de las virtudes más repetidas de la tecnología digital es la de reunir aquello que no lo está originalmente. En un solo aparato tenemos lo que antes suponía un metro cuadrado de dispositivos de todos los tamaños, formas y colores. En una pantalla tenemos trabajo, comunicación, entretenimiento y sería injusto no reconocer que podemos resolver más cosas sin tener que cargar con un petate de herramientas tecnológicas. Hacemos más en la misma pantalla y esto se traduce en diferentes tareas que piden a nuestro cuerpo hacer prácticamente lo mismo, una y otra vez.

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La historiadora Laine Nooney dedica un capítulo en el libro Abstractions and Embodiments: New Histories of Computing and Society (2022) a la miríada de dolores asociados a nuestras tecnologías. O, en otras palabras, reconstruye la historia de la computación como una historia de aflicciones físicas, partiendo de cómo las personas adaptan sus entornos y hábitos.

Entre los ejemplos que rescata está el de la iluminación: no solo la de las oficinas sino también la de las lámparas que nos acostumbramos a apuntar a nuestras caras la mayor parte de nuestro día. De un recorte de una revista de principios de los años 80 toma la consulta de un flamante usuario de PC que consultaba por alguna solución para los ojos cansados. Como escribe Nooney: “Lo que [esta persona] estaba descubriendo era cuánto dolía usar una computadora”.

Las luces de techo, las lámparas de escritorio y la luz natural detrás del usuario podían reflejarse en los monitores CRT (esos que parecían un televisor, para los niños en la sala) y encandilar. Una oficina diseñada para un mundo en retirada chocaba con el que ahora se instalaba e inauguraba la tarea de acomodar el lugar donde habitarían las computadoras.

Los ojos, a diferencia de la espalda, son un buen punto de partida porque no suelen ser nuestra primera opción cuando pensamos en esfuerzo físico. Pero leer requiere no solo de atención sino de precisa coordinación visual.

En un estudio publicado en 2018, los participantes reportaron más molestias tras leer en un smartphone que tras leer en papel en condiciones similares. Las puntuaciones fueron más altas para nueve de los diez síntomas evaluados, incluyendo ojos cansados, irritación y visión borrosa. Esa comparación se refiere a la superficie desde la que leemos pero también está la cuestión de cómo encaja la lectura a lo largo del día. Pasar del trabajo a la lectura por ocio puede suponer un bienvenido descanso aunque alarga una actividad que ya ocupó sus horas. Cuando el cambio solo requiere un clic no hay que levantarse, caminar o siquiera apartar la mirada.

Ian Bogost, filósofo de los objetos y nuestra relación con ellos, cuenta de su experiencia escribiendo en una computadora de fines de los 80, “un dinosaurio, según nuestros estándares actuales”. Aparatos como ese generalmente no estaban prendidos todo el día sino cuando hacía falta utilizarlos: “La computación era un acompañamiento de la vida, más que el tamiz por el que deben filtrarse todas las ideas y actividades”, agrega.

No pasan demasiados párrafos hasta que menciona una de sus más entrañables características: con aquella computadora era más fácil dedicarse a una sola cosa a la vez. Nada de soniditos, lucecitas, animaciones, puntos que se iluminan y saltan para robarnos de lo que queríamos hacer originalmente. Lo aparatoso de nuestros aparatos restringía también el lugar donde se instalaban y la posición corporal que debíamos adoptar para manipularlos.

Una computadora portátil, en cambio, reúne pantalla y teclado en una sola pieza: dejamos uno al alcance de las manos y la otra puede quedarnos demasiado baja. De ahí la “ergonómica miseria” que describe Bogost. Si alguna vez somos capaces de levantar la mirada de nuestro teléfono en algún café o sala de embarque, podremos notar las jorobas a nuestro alrededor y el modo en que su portabilidad hizo que nunca podamos alejarnos demasiado del trabajo. Detenerse a mirar el contorsionismo ajeno en torno a las pantallas es un espeluznante ejercicio.

Leer, en la mayoría de los casos, suele suponer el desafío de ubicar la superficie de la que leemos. Nuestros brazos, nuestras manos, de a poco son entrenados para estirar y tensar músculos que nos permiten no solo sostener pantallas sino también operarlas con los dedos. Y como estas son cada vez más grandes, podemos leer con cierta ternura las indicaciones de usabilidad de hace una década que ya contemplaban las dificultades de usar teléfonos grandes con una sola mano. Como viene la cosa, usar el teléfono con una sola mano solo queda para El increíble Hulk.

Tan rotos quedan nuestros cuerpos a partir del uso de nuestras herramientas electrónicas que alimentan un mercado de periféricos ergonómicos y modificaciones para hacer más cómodo su uso. A aquella pregunta de cómo evitar la irritación de los ojos de más arriba le seguían respuestas como mojar un trapo con agua tibia y colocarlo sobre los ojos, cubrir el monitor con plexiglás revestido de material de protección solar para autos o con láminas verdes de las que se usan en iluminación teatral.

Existe una miríada de periféricos ergonómicos que generalmente buscamos cuando ya es tarde. Desde hace casi dos años tuve que abandonar el uso de trackpad por un lápiz y tableta de dibujo, luego de una tendinitis y un codo quebrado (aunque ambos eventos no guardan relación: evito usar la computadora mientras ando en patineta). Adaptarnos a una nueva adecuación es también un trabajo corporal. Queda también, y por descarte, la posibilidad de encontrar cómo pasar menos tiempo usando estas endemoniadas máquinas.

Si tan solo uno pudiera tener total libertad para hacer esto último, claro está. Entre sus argumentos Nooney destaca que la gestión del dolor propio del uso de la tecnología suele recaer como responsabilidad de cada persona, y más allá del horario laboral, procurando un impacto mínimo en la productividad.

Si el tiempo que ahorramos en una tarea gracias a las pantallas se convierte en más trabajo, simplificarla puede permitirnos hacer más veces seguidas lo mismo. La operación se acorta, pero el rato que pasamos frente a la pantalla puede mantenerse o crecer. Y si una pausa deja la misma cantidad de trabajo para menos tiempo, saber que convendría levantarnos no alcanza para hacerlo. “Interrumpir la rutina” depende entonces del control que tengamos sobre la carga de trabajo.

Las recomendaciones de levantarse del escritorio, estirarse, caminar un poco, despejarse, y otras fantasías de ayer y hoy suelen dejar de lado que cuando nos enchufan una reunión de dos horas no hay escenario alguno en el que podríamos pedir una pausa para practicar un poquito de yoga. Cuidar el propio cuerpo, mantenerlo aceitado y zumbando sin problemas es entonces otra preocupación que conviene no hacer a un lado, incluso si esta necesidad recae en el modo en que se espera que trabajemos. Ahora que nos amenazan con ser reemplazados por máquinas se nos hace aún más obvio que nunca fuimos buenos robots.

Una buena silla o un mejor teclado pueden hacer que la jornada laboral sea más cómoda. Por sí solos, empero, no cambian cuánto trabajo debe entrar en un día. Una tarea puede volverse más fácil sin que pasar el día haciéndola resulte más llevadero. Cuento las palabras y me permito masajear una articulación que desde hace algunas semanas me molesta. Debería ir a que me revisen. O venga otro ibuprofeno, que la jornada aún no terminó.

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