Repetición y diferencia
Después de entregar un libro, rara vez queda algo por decir. Sobre el dinero todavía hay mucho por elaborar, porque está vivo y en transformación.
I. Me suele pasar que, luego de publicar un libro, algo de la pregunta que me llevó a escribirlo se calma, se aquieta. La culminación del trabajo coincide, en algún sentido, con la culminación de la inquietud, del entusiasmo por saber, de las ganas de seguir en el asunto. Por un tiempo, ya no quiero saber más nada con eso. Quiero que, por el contrario, eso mismo que dije y que escribí tenga sus efectos y, en todo caso, que sean otros lo que digan. Pero esta vez, una vez publicado El libro del dinero, no me está pasando. Me pasa que sigo con inquietud, con ganas de seguir pensando. Como si no terminara de poder pasar a otra cosa. Y es que si bien todos los asuntos de los que me ocupé anteriormente (amor, cuerpo, humor) son asuntos vivos, el dinero quizás lo sea todavía más, en el sentido en que no hay modo de soslayarlo, está todo el tiempo presente. Siempre se lo puede seguir escrutando, porque mantiene su dimensión de enigma y, por supuesto, de tabú. Sigue teniendo algo intocado e intocable.
II. Entonces, cada vez que me cruzo con algo que refiere al asunto, me quedo tildada, no puedo seguir de largo, quedé monotemática. En todos los demás libros dejé una cantidad de cosas afuera y eso no me molestaba. En este, me pone mal encontrarme con cosas que podrían haber estado. Por ejemplo, escucho “Jardín de gente”, de Spinetta, una vez más y resulta que escucho, como si fuera la primera vez, este verso: “Con dinero no se inventa el amor”. Y me da ganas de pensar algo sobre eso. No es que no lo haya pensado en el libro, pero ahora pienso otras cosas. Por ejemplo, la relación entre la invención y la no posesión; entre la imaginación y la no posesión, entre Eros y la desposesión de sí. Eros y el deseo que, justamente, no es un bien, no es la posesión de un objeto. Pero, insisto, ahora me tildo en la palabra invención. En que con dinero no se puede inventar el amor. Me volví a acordar de esto que dice Roland Barthes: “Estar con quien se ama y pensar en otra cosa: es de esta manera como tengo los mejores pensamientos, como invento lo mejor”. Estar con el otro, pero no llenar el espacio entre uno y el otro, no apelmazarse con el otro, no encimarse. Inventar el amor requiere espacio. La posesión lo impide. Y por eso la vehemencia de Allouch cuando dice “el amor posesivo no existe. Hay una antinomia entre poseer y amar”. Y por eso la vehemencia de Anne Carson cuando dice “Eros es expropiación”.
III. Llega a mis manos un libro que me interesa muchísimo, se llama Bronca. Cómo organizar el malestar social, de Rocco Carbone, editado por Sudamericana. Lo abro y empiezo a hojearlo. En principio me gusta mucho cómo está organizado en fragmentos. Pero aparece un fragmento del que ya no puedo pasar. No sólo por lo mucho que me interesa, sino porque, si bien la abordé en el libro, es una de las cosas que me siguen suscitando molestias: el pasaje total de la materialidad a la digitalidad. Cito a Carbone: “El dinero, para el capitalismo, no tiene historia. Se lo enuncia desde los tiempos remotos del imperio romano con una pequeña oración repleta de cinismo pecunia non olet. Y huele menos en el instante de la digitalización del capital (…). Puesto que el dinero no huele, los poderosos –sujetos y grupos– fugan “sus” capitales hacia cuevas fiscales y hacia la inmaterialidad de las plataformas digitales –aparatos del capitalismo digital– a un clic de distancia”.
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IV. En este caso se trata de dinero, pero esa distancia con la materialidad y ese pasaje a lo digital también afecta los cuerpos. La digitalización de la vida cotidiana es funcional a lo intocable, a lo intocado. La represión se expande cómodamente en la digitalidad. La digitalidad es una gran aliada de la distancia, de la falta de contacto, de la imposibilidad cada vez mayor de establecer lazos. Y ahora me refiero no sólo a la distancia de los cuerpos, sino a la distancia también metafórica. Al ensimismamiento en el que cada uno de nosotros anda. Falta de contacto no sólo porque ya no tocamos a los otros, no los escuchamos, sino porque al estar conectados todo el tiempo, no estamos en contacto.
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SumateV. Algo de esto pensé en el libro, pero luego, a partir de una determinada conversación, me quedé pensando todavía más. A partir de la pandemia, casi la mayoría de los pagos al analista se hacen por transferencia bancaria. Lo lamento mucho. Primero, porque el acto de pagar, ese mero acto, despliega toda una serie de detalles que dicen mucho. Incluso aunque el analista no interprete eso, o no lo interprete necesariamente. La gesticulación alrededor del dinero, los modos de entregarlo, la demora, el rodeo, la ejecutividad precisa, etc., dicen mucho. Y bastante de eso queda escatimado en la transferencia bancaria, casi que el que queda escatimado es el sujeto. Incluso cuando no va a pagar, o cuando se olvida de pagar, se ahorra la incomodidad de asumir eso. Y pienso que se va a armando una especie de demanda infantil: que el analista le recuerde que debe, hacer pasar todo el tiempo por el Otro la mención del pago. El olvido del pago es un olvido que, como otros, habrá que desplegar en la sesión. Pero el sujeto escondido detrás del “comprobante de transferencia” que se manda o se “olvida” de mandar, produce demasiados actos fallidos. Aparecer, hacerse presente y asumir el acto del pago o asumir que no se va a pagar, siempre son gestos más propiciatorios. Seguir escondidos detrás del comprobante de transferencia y pretender que el que “controle” eso sea el analista no deja de ser un gesto pueril que, por supuesto, también habrá que pensar en la sesión. En todo caso, resulta una escena bastante tediosa, trabajosa y para nada interesante en la escena transferencial. Y, como si fuera poco, el analista, que es una persona que vive en este mundo y en esta época, tiene ahora una tarea más: controlar los comprobantes de pago de cada sesión de cada paciente. Tarea que, por supuesto, muchos no asumimos y por no asumirla, aceptamos perder. Entiendo que transferir es más “cómodo”, pero en estas escenas lo que se advierte es que la comodidad es funcional a la neurosis de cada quien, en esa comodidad no se nota nada, el sujeto no se nota, ni se anoticia de nada. Además, ¿quién dijo que el análisis tiene que ser cómodo?
Por otra parte, también lo lamento porque no me gusta que se use la misma palabra que se usa para ese acontecimiento tan lindo llamado transferencia.
VI. Romina Zanellato es la editora de este newsletter. Me gusta que esa tarea sea una excusa para la conversación. Conversamos a través de los textos. También es una periodista de música que me encanta escuchar y leer. Es autora de Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960–2020 y hace Ruido y Sentimiento en YouTube. Escribe, además, acá mismo, en Cenital. La cuestión es que editando esta entrega me menciona una canción del primer disco solista de Gustavo Cerati — “que siempre amé”, dice — y que dice: “Cuando uno no ama, compra”. Y conversando con su novio se abren dos sentidos que conviven: “Los vínculos transaccionales” pero también “los que se llenan de posesiones para llenar el vacío”. Y pensé en eso que dice Ricardo Piglia: “Cuando todo se puede comprar, entonces no hay enigmas”. Y vaya si el amor no es un enigma.
VII. Por último, algo en lo que me metí en el libro y que, sin embargo, no olvidé, versa alrededor de las características de este capitalismo actual. Porque puesta a pensar en la diferencia entre los millonarios de antes y los de ahora, encuentro ahora esto que dice Rocco Carbone y que precisa muy bien las cosas: “El capitalismo del siglo XXI ya no lucha por algo, sino que viene por todo y la contradicción principal que lo sostiene ya no es capital versus trabajo, sino versus vida. Hemos pasado de la concepción vital de trabajar full time a la otra: trabajar full life, sea bajo la modalidad del trabajo formal, informal, cooperativista, monotributista, cartonero, de plataforma o intermitente. El capitalismo delirante (…) es un poder de conquista total que afecta a las entidades vivientes”. ¿Qué hacer? En principio, por mi parte, voy a terminar de leer el libro de Carbone, un libro que tiene aire, el aire de lo posible, el aire de lo común. Dejo esto que suscitó en mí la convicción de que no estamos solos: “Queda organizar un movimiento a la igualdad porque el capitalismo en su fase fascista (…) tiende a aumentar todas las desigualdades. La igualdad, esa virtud, es la imaginación de la diferencia no jerárquica. Y esa imaginación, en cuanto tal, nos sugiere reinventar lo existente”.
Reinventar lo existente, repito en voz alta.