Repensar la industrialización: estrategias para países en desarrollo según Ha-Joon Chang

En una charla exclusiva con Cenital, el economista surcoreano analiza cómo las economías en desarrollo pueden aprovechar las lecciones del pasado para avanzar, a pesar de las dificultades impuestas por la globalización y el crecimiento de China. Defiende el rol del Estado y critica las ideas de Javier Milei. Además, habla sobre su reunión con Cristina Kirchner.

Ha-Joon Chang es uno de los economistas heterodoxos más escuchados a nivel mundial. Su énfasis en la industrialización como plataforma de desarrollo, su análisis riguroso de las estrategias de los países que hoy son desarrollados y su discurso hipócrita, una suerte de “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, lo han puesto en el centro de los debates sobre el mundo emergente. Además de un investigador riguroso y original, es un autor claro, con un lenguaje siempre accesible. Libros como 23 cosas que no te dicen del capitalismo y Pateando la escalera ofrecen una ventana al pensamiento de este profesor surcoreano. Su Economía para el 99% de la Población logra transmitir lo básico de la teoría económica incluso a quienes no tienen una base en la materia.

En una actividad organizada por Fundar, Cenital pudo conversar con este profesor nacido en Seúl y siempre preocupado por el desarrollo de las periferias. Durante casi una hora habló sobre las posibilidades del desarrollo, América Latina, Argentina, la disputa entre potencias y su charla con CFK. La que sigue es una versión suavemente editada -con fines de claridad- de la charla con Cenital.

Cenital: -Usted ha escrito mucho sobre los países en desarrollo y, en general, sobre cómo los países se hacen ricos, y el proceso para ello. ¿El camino de industrialización que describe sigue siendo posible hoy, después del shock de China y su irrupción en los mercados con una escala imposible de replicar?

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Ha-Joon Chang: -Sí, hay que adoptar una perspectiva a largo plazo. He escrito mucho sobre eso, y mucha gente ha hablado de ello, pero ahí está el llamado milagro económico de Asia Oriental, empezando por Japón, y luego seguido por Corea del Sur, Taiwán, Singapur. Son países que desarrollaron sus economías a pesar de la creencia predominante de que solo los países de raíces europeas podían lograrlo. Esto da esperanza a los países en desarrollo de hoy. Especialmente Corea del Sur, que en 1961 tenía una renta per cápita de unos 94 dólares, mientras que la de Argentina era de 1.100 dólares y la de Sudáfrica, de 600 dólares. Así que, incluso desde este nivel tan bajo, se puede seguir una estrategia que mejore la tecnología y desarrolle la economía. Muchos piensan que eso pasó antes y que ahora es diferente. No estoy tan seguro de eso, porque al mirar tres siglos de historia capitalista, no se puede afirmar que los países adelantados siempre hayan dado la bienvenida a los países en desarrollo o los hayan ayudado a ponerse al día. Cuando Gran Bretaña era la economía líder en Europa, prohibía la exportación de máquinas clave y la emigración de trabajadores cualificados, porque no querían que otros países se pusieran al día. Sin embargo, otros países rompieron esas leyes británicas, contrabandeando máquinas y reclutando en secreto a trabajadores cualificados. Los países que están por delante nunca dejarán que te desarrolles de manera sencilla. De hecho, en comparación con los viejos tiempos, cuando los países más débiles estaban bajo dominio colonial o firmaban tratados desiguales, los países hoy tienen más margen de maniobra, incluso los más débiles.

Así que creo que mucha gente dice que los tiempos han cambiado y que ya no se puede subir por la escalera. Lo dicen básicamente porque no quieren que los países del Sur Global se desarrollen. Es cierto que, en comparación con el período entre los años 50 y 70, cuando los países ricos eran más permisivos con los países en desarrollo, hoy sí es más difícil. Pero no creo que estas vías estén completamente cerradas. Todavía hay muchas cosas que los países en desarrollo pueden hacer legalmente para desarrollar sus economías, incluso dentro del marco neoliberal de la Organización Mundial de Comercio (OMC), los acuerdos de libre comercio y bilaterales de inversión.

-¿Cuáles son los méritos de quienes dicen que, con la irrupción de China no hay lugar para la industrialización para los demás?

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-Esta gente solo está mirando un lado de la ecuación. El hecho de que China esté desarrollando industrias y dificultando que otros países se pongan al día en esas áreas requiere una visión más dinámica. China está creciendo y volviéndose poco competitiva en los sectores de bajos salarios. A medida que los chinos se hacen más ricos, demandan cada vez más commodities e insumos manufacturados de otros países. Hay que aprovechar esas oportunidades, porque China no solo produce, también compra.

-Allí aparece una receta o vía que países como Vietnam o Bangladesh están siguiendo, los cuales están creciendo rápidamente y adoptando muchos de los caminos hacia el desarrollo que usted describe. Sin embargo, ¿cree que para los países de renta media esta estrategia resulta más compleja o difícil de implementar?

-Sí, seguro. Pero, por otro lado, debido al aumento de los ingresos de China, Argentina puede vender más soja, carne y recursos naturales. Además, la presencia de China puede servir como moneda de cambio. Al negociar con europeos o estadounidenses, puedes decir: “Si no nos dan condiciones razonables, vamos a hablar con los chinos”. Esto te da más poder de negociación. Y si lográs inventar algo que les guste a los clientes chinos, tenés acceso a un mercado de 1.400 millones de personas, lo que es una escala enorme.

-La mayoría de los países sudamericanos, con Argentina como excepción, aumentaron sus exportaciones gracias al mercado chino de soja y minerales. Sin embargo, en términos de complejidad, no hubo grandes modificaciones en lo que producen.

-Exactamente. Ahí surge la necesidad de una política industrial. Sí, se puede vender más soja, carne y hierro a China, pero esos ingresos deben usarse para comprar tecnologías y máquinas avanzadas, y así crear nuevas industrias. La falta de esta política fue la razón por la que América Latina retrocedió en términos de complejidad económica. Es crucial tener divisas como país en desarrollo, porque solo así se pueden importar tecnologías más avanzadas, y al final, la tecnología lo determina todo. Esto debería usarse como una oportunidad para mejorar. Desafortunadamente, la mayoría de los países latinoamericanos no tenían esta estrategia productiva, lo que llevó a la reprimarización de sus economías.

-¿Cuál debería ser el objetivo al adquirir tecnología e industrializar? ¿El enfoque debe estar en los mercados internos de los países o en priorizar las exportaciones?

-En última instancia, hay que aspirar a ser competitivo a nivel internacional, siendo tan productivo como los demás. Como defensor de la protección de las industrias nacientes, creo que, aunque no siempre, es necesario comenzar con el mercado nacional debido al atraso inicial, lo que impide competir en el mercado internacional. Sin embargo, incluso al proteger y subvencionar a los productores nacionales, el objetivo es que eventualmente puedan competir globalmente. Debés apuntar alto. Esto puede ser diferente para Brasil, pero otros países no pueden competir al mismo nivel con China, Estados Unidos o la Unión Europea, incluso con nuevas industrias nacientes, debido a su tamaño y falta de estructuras industriales complejas. Por eso, deben ser más ágiles, especializados y oportunistas.

-Tecnologías de nicho, tal vez.

-Exactamente. Si sos Brasil, creo que podés ser bastante ambicioso. Podés decir que vamos a ser buenos, no literalmente en todo, pero sí en muchas áreas. Pero si estás en Argentina o en Corea, tenés que ser estratégico.

-Entonces, en su opinión, se debería elegir qué proteger y qué no proteger.

-Sí, creo que Argentina tiene una ventaja natural en sectores relacionados con la biología. Ya acumuló bastantes capacidades en este campo, tanto en investigación como en el ámbito empresarial. Podría seguir desarrollando sus empresas de biotecnología o utilizar su fortaleza en el área para, por ejemplo, crear productos farmacéuticos. Sin embargo, también debería considerar diversificarse hacia sectores completamente diferentes. Hay una conexión débil entre sus recursos naturales y sus capacidades tecnológicas e industriales de alto nivel. Pensalo: semiconductores, ¿cuál es la materia prima? Arena. Si la materia prima fuera tan crucial, Arabia Saudita debería ser líder en semiconductores, pero no lo es; lo son Corea y Taiwán. Estos países decidieron ser buenos en ese sector e invirtieron enormemente en bienes de capital, investigación, desarrollo y formación de ingenieros. Hoy en día, la gente tiende a pensar que debés diversificarte a partir de una base natural, pero eso no es necesariamente cierto.

-Pero no es lineal.

-Así es, sí. El pensamiento de Ricardo Hausmann es útil, pero no deberías quedarte solo con eso. Cosas como la biotecnología son una extensión natural de lo que tienes, pero también deberías tratar de pensar en algo completamente nuevo. De hecho, ya tienen algo de eso, como el sector nuclear.

-México es un país que logró industrializarse. Era principalmente un exportador de petróleo, y ahora es un exportador de bienes industriales. Bastante bueno en algunos sectores.

-Seguro.

-Pero tampoco es un país con un crecimiento maravilloso.

-De hecho, es una de las economías de más lento crecimiento en América Latina.

¿Qué falla en el modelo mexicano que no le permite crecer como se esperaría de un país que se industrializó y se insertó exitosamente en un gran mercado? ¿Qué lo diferencia de países como Polonia o Malasia, que siguen modelos similares?

-El problema con México es que decidió aceptar una posición subordinada en la división global del trabajo, bajo la influencia de Estados Unidos, China, Corea y otros países. Aunque hizo muchas cosas bien, no logró desarrollar sus propias capacidades. Si miramos los primeros días del desarrollo económico de países como Corea y Taiwán, veremos que inicialmente hacían productos de calidad inferior a los que México fabricó en las últimas décadas. En la década de 1960, una de nuestras principales industrias era la fabricación de pelucas con cabello humano, y también ensamblábamos juguetes para tiendas estadounidenses y producíamos camisetas baratas. Básicamente, estábamos ensamblando productos electrónicos de gama baja para empresas de EE.UU. y Japón. En ese sentido, Corea se insertó en el sistema global a un nivel mucho más bajo que México en los años 90. Pero México se insertó y apenas se actualizó. Lo que Corea y Taiwán hicieron fue comenzar en un nivel bajo, pero luego reinvirtieron los recursos obtenidos de esas actividades para mejorar sus capacidades industriales y estructuras. La historia más emblemática es la de LG, que en los años 60 era una empresa de ensamblaje de bajo costo, especialmente para RCA, la empresa estadounidense que desarrolló la televisión en color. LG empezó fabricando productos baratos, pero cuando RCA se declaró en bancarrota entre 2010 y 2012, compró una parte significativa de la empresa. Es como si el campesino más pobre de América Latina volviera a la hacienda y comprara el 80% de la tierra. Y esto sucedió sólo porque LG, con el enorme apoyo del gobierno coreano, siguió invirtiendo en bienes de capital, investigación y desarrollo, formación de sus trabajadores, y se actualizó. Mientras que las empresas mexicanas, que se han convertido en ensambladoras de GM o Toyota o lo que sea, solo están haciendo eso y nunca se actualizan.

-¿Dónde sitúa esa vocación de gasto e inversión en investigación y desarrollo? ¿Es una cuestión de capacidad estatal o es una virtud de los empresarios coreanos?

-Ambas cosas. Curiosamente, en el caso coreano, ahora es alrededor del 60–70%, pero hasta hace poco, el 80% de la I+D la hacían las empresas privadas. En la mayoría de los países, es al revés; el sector público realiza más I+D que el sector privado, pero en Japón y Corea es lo contrario. Así que no solo el gobierno gastaba dinero en I+D, sino que también obligaba a las empresas y fomentaba una cultura entre los empresarios para invertir en I+D. Hoy en día, la I+D de Corea representa alrededor del 4,5% del PIB.

-Entre las más altas del mundo.

Sí, muy a menudo es la más alta del mundo. En ocasiones, uno o dos países la superan, pero en América Latina, Brasil está alrededor del 1,2%.

-Es la más alta. En Argentina está en torno al 0,5%.

-Sí. Y en México es del 0,3%.

-Bueno, entonces esa es una razón.

-Sí, hay números que te cuentan esta historia.

-Hay un libro muy recomendable sobre el desarrollo asiático –How Asia Works, de Joe Studwell– que sostiene que es importante permitir que haya perdedores, dejando que aquellos que no se vuelven lo suficientemente competitivos, fracasen. Ese es el problema con la protección. ¿Está de acuerdo con esa idea?

-Es importante permitir que los perdedores quiebren, pero es un proceso complicado, porque ¿cómo se decide que una empresa es perdedora? Por ejemplo, Corea del Sur comenzó su industria automotriz a mediados de la década de 1970. Antes, en los años 60, las empresas surcoreanas ensamblaban kits importados de Ford, Fiat, General Motors, entre otros. En 1973, el gobierno surcoreano les dijo: “Ahora deben producir sus propios vehículos, y vamos a cancelar su licencia a menos que presenten un plan para desarrollar su propio modelo. Aceptamos que inicialmente solo el 40% de las piezas y componentes sean locales, pero queremos que esta tasa llegue al 85% en los próximos 10 o 15 años”. Así que las empresas empezaron la producción, aunque al principio fue difícil. Hyundai, la más grande, ahora es el tercer mayor fabricante de automóviles del mundo. En 1976, el primer año en que produjo su propio modelo, el Pony, fabricó 10.000 coches.

-Una escala muy pequeña.

-Exactamente. Ese mismo año, Ford producía 1,9 millones de coches y General Motors, 4,8 millones. Luego, en 1980, tuvimos una gran crisis económica, principalmente debido al segundo shock petrolero, pero también por la agitación política. En ese momento, la tasa de utilización de capacidad de la industria automotriz surcoreana era del 31%. Muchos economistas, especialmente los ortodoxos, sugerían cerrar la industria. Decían: “Han estado haciendo esto durante cinco años, no está creciendo, y aunque estamos en una crisis macroeconómica, su utilización de la capacidad es solo del 31%. Hay que cerrarlo”.

-Para ser justos, el punto de Studwell sería algo así como: “Estás al 31%, deberías fusionarte”.

-El punto clave que trato de señalar es que no es obvio cuándo decidir quién es un perdedor; esa es una dificultad. Otra complicación es que, quiero decir, Joe, a quien conozco un poco, estaba reaccionando implícitamente al argumento de que el gobierno no puede elegir ganadores. Pero creo que esa es una forma muy engañosa de ver las cosas. No estás eligiendo ganadores, estás creando ganadores. Estás colaborando con el sector privado para crearlos. No los hacés ganadores mágicamente ni artificialmente. Es un proceso interactivo en el que trabajás con el sector privado, las universidades y los institutos de investigación semipúblicos para mejorar las tecnologías y expandir las capacidades productivas.

-Fue muy convincente al mostrar cómo los países desarrollados niegan rutinariamente las políticas y tecnologías que proporcionan caminos para el desarrollo. Sin embargo, creo que, para su crédito, la apertura de sus mercados por razones geopolíticas también fue clave para el éxito de los países de Asia Oriental. Luego, los chinos, y tal vez incluso los europeos del Este, al acceder a los mercados desarrollados, jugaron un papel importante.

-No creo en la idea de que, de alguna manera, Japón, Corea, Taiwán tenían acceso especial al mercado estadounidense porque eran aliados en la Guerra Fría. Francamente, no vi a nadie que proporcione evidencia real al respecto.

-El hecho de que no clausuraran sus mercados fue importante.

-Sí, pero ¿estamos diciendo que los estadounidenses cerraron sus mercados a las exportaciones brasileñas o argentinas? Este es en realidad el punto secundario. El punto más importante es que esta gente solo está mirando un lado de la hoja de balance. Podríamos haber obtenido alguna ventaja por ser aliados de Estados Unidos, pero pagamos un enorme costo. Corea y Taiwán estaban gastando el 6% del PIB en defensa, cuando el promedio internacional es de alrededor del 2,5%.

-Tiene razón. Pero no se trata de esa parte, sino de que, como parte del proceso, se tenía acceso al mercado. No un acceso especial, sino el mismo que cualquier otro país fuera del Bloque del Este. ¿No cree que las actuales olas proteccionistas en el mundo desarrollado, no solo en Estados Unidos, sino también de diferentes maneras en la Unión Europea e incluso en China, pueden afectar las posibilidades de desarrollo de los países periféricos?

-Sí, si realmente se inclinan hacia el proteccionismo, sería bastante perjudicial. Sin embargo, no estoy seguro de que eso ocurra. Trump está imponiendo aranceles por todas partes, dispuesto a usarlos contra argentinos, brasileños o quien sea, no solo contra mexicanos y canadienses. Pero, ¿realmente podrá persistir con esta política? No estoy tan seguro. Tiene que preocuparse por la inflación. Incluso con China, la situación se está suavizando, pero en las últimas tres o cuatro décadas, la disponibilidad de bienes de consumo baratos y de buena calidad provenientes de China fue crucial para la economía política estadounidense. Desde la década de 1970 hasta mediados de la de 1990, el salario real promedio en Estados Unidos cayó. Comenzó a aumentar a principios de los 2000 y recuperó el nivel de mediados de los 70 alrededor de 2016. Y durante todo ese período, esa caída en los salarios estadounidenses generó grandes ganancias para las corporaciones, pero no condujo a una crisis política como la de Chile en 2019 u otras, porque, a pesar de los salarios más bajos, los consumidores podían comprar bienes muy baratos.

Por supuesto, también hubo una explosión de deudas de consumidores, pero sin estas dinámicas, no habría sido posible mantener la estabilidad política estadounidense. Ahora Trump está imponiendo aranceles al centro, a la izquierda y a la derecha, pero si aplica aranceles a China, México y Canadá, de donde provienen muchos de los bienes de consumo cruciales, no será políticamente sostenible. “Bueno” probablemente no sea la palabra adecuada aquí, pero algo positivo de Trump es que no tiene principios. Por lo tanto, retrocederá si la inflación se vuelve demasiado fuerte.

-¿Ve algún sentido en el proteccionismo de los países desarrollados, aparte de las preocupaciones de seguridad nacional, en un país como Estados Unidos, que está básicamente en pleno empleo?

-Bueno, creo que gran parte de esto, especialmente en el caso de Estados Unidos, tiene que ver con el dominio militar y el poder internacional. Pero también intentaron revivir algunas industrias en declive utilizando los aranceles como incentivo para que empresas extranjeras de Japón, Corea, Taiwán y Alemania inviertan en Estados Unidos. Por lo tanto, no todo está impulsado por las preocupaciones de seguridad, que están principalmente relacionadas con China. Sin embargo, no creo que tenga éxito ni siquiera en esos aspectos, por dos razones. Primero, no es suficiente con conseguir una fábrica extranjera. Para ser verdaderamente productivas, las industrias necesitan un ecosistema industrial completo. Se requieren trabajadores calificados, empresas proveedoras, universidades cercanas, entre otros. La desindustrialización de Estados Unidos en las últimas cuatro décadas ha destruido muchos de estos componentes. Así que necesitará una cantidad considerable de inversión y desarrollo antes de poder reconstruir este ecosistema industrial. No sucederá en los próximos años. Y durante ese tiempo, la presión inflacionaria probablemente llevará a Trump a dar marcha atrás.

Pero lo más importante es que, incluso si utilizás los aranceles para generar ganancias adicionales para las empresas estadounidenses, o al menos para las que operan en Estados Unidos, muchas de estas ganancias simplemente se filtrarán. Esto ocurre porque el sistema financiero estadounidense no solo es parasitario, sino que también es contraproducente. En los últimos 25 años, las corporaciones estadounidenses han redistribuido del 90 al 95% de sus ganancias a los accionistas a través de dividendos y recompras de acciones. Así que no tienen dinero para invertir. Esta es la razón por la cual empresas como Boeing están en declive. Boeing dominaba la industria de la aviación. Cuando los europeos intentaron desafiarlo con Airbus a fines de los 80 y principios de los 90, muchos pensaron que era un proyecto condenado al fracaso. Pero Boeing se destruyó a sí misma porque, especialmente en la última década, no invirtió, sino que regaló el dinero. Este tipo de lógica es similar a la lógica de la protección industrial interna. Al imponer aranceles, estás creando un espacio en el que tus empresas pueden regenerarse, en parte utilizando las ganancias extra obtenidas por la protección arancelaria y estando protegidas de la competencia directa. Pero esto sólo funcionará si esa ganancia extra se reinvierte en aumentar las capacidades productivas. Y el sistema financiero estadounidense no lo permitirá.

-¿Es más optimista sobre las políticas industriales de los países desarrollados en relación con las tecnologías de vanguardia, como las tecnologías verdes o las tecnologías de la información, o considera que es lo mismo que ocurre con los aranceles?

-No lo sé. Depende de si el país tiene una política industrial coherente y un sistema financiero decente. Soy bastante pesimista sobre que Estados Unidos logre hacer algo significativo en este sentido, porque no cuenta con una política industrial al estilo de la de Corea. Su sistema financiero está absorbiendo los recursos. Creo que Europa tiene una posibilidad ligeramente mejor, ya que su sistema financiero es menos contraproducente. Aunque, por supuesto, incluso en Europa las empresas están distribuyendo más ganancias a los accionistas de lo que solían, la proporción es del 60–70%, en lugar del 90%. Tienen algo más de margen y, además, una política industrial algo más coherente. Lo más importante es que la postura de Trump de dejar de apoyar a los europeos militarmente ha galvanizado a Europa. Ahora, Alemania ha cambiado su Constitución para permitir mayores déficits y poder invertir, no solo en defensa, sino también en infraestructura. Por lo tanto, creo que tienen una mejor oportunidad. Sin embargo, el problema básico es que si lo que están haciendo es intentar frenar a China, ya es demasiado tarde. Deberían haber comenzado hace 15 años. China está demasiado avanzada. Los estadounidenses, especialmente, están dificultando que los chinos accedan a tecnologías avanzadas de Estados Unidos y Europa, lo que en realidad está impulsando a China a innovar aún más. Ya lo están logrando. Huawei, por ejemplo, y las restricciones a la empresa que gestiona los semiconductores de litografía. No pudieron obtener la máquina litográfica más avanzada, así que usaron las más antiguas para crear chips de 7 nanómetros, y lo consiguieron. Y sobre todo, la empresa de inteligencia artificial DeepSeek ha demostrado que la necesidad es la madre de la invención, porque no pudieron acceder a los chips más avanzados, tuvieron que encontrar maneras de hacerlos con menos. Así que temo que ya sea demasiado tarde para que los países occidentales puedan hacer retroceder a China. Y el panorama internacional se vuelve aún más complejo, porque Estados Unidos está absolutamente decidido a enfrentarse a China, pero los europeos no necesariamente. Además, los estadounidenses están empujando a los europeos más hacia China al llamarlos “enemigos” en lugar de “amigos”. Entonces, ¿por qué las empresas neerlandesas deberían seguirles?

-Si como canadiense las preocupaciones están centradas en los estadounidenses, entonces se vuelve complicado.

-Exactamente.

-En este escenario global, ¿qué importancia tiene la estabilidad macroeconómica para los países en desarrollo? ¿Es posible implementar una política industrial sin ella, o debería garantizarse primero antes de empezar a pensar en la política industrial?

-Es un mecanismo que se retroalimenta. Para que los países en desarrollo crezcan, necesitan suficiente capacidad para generar exportaciones y obtener las divisas necesarias para comprar máquinas y tecnologías. Sin suficientes exportaciones, no se puede invertir, y sin inversión, la productividad no crece. Si la productividad no crece, la capacidad de exportar tampoco lo hace. Entonces, es necesario encontrar una manera de romper este círculo vicioso.

-En su opinión, el desafío más importante para los países en desarrollo que buscan estabilidad macroeconómica es el sector externo, más que el déficit fiscal.

-Sí. Gran parte de la presión inflacionaria en países como los de América Latina proviene de desequilibrios externos. Hay una lucha de poder interna, pero la verdadera batalla es el desequilibrio externo, algo que muchos grandes economistas latinoamericanos, como Raúl Prebisch y Celso Furtado, ya explicaron. No necesito repetirlo.

-Entonces, creo que si fuera un país latinoamericano, le daría gran importancia a hacer crecer sus exportaciones de recursos naturales, como mencionábamos al principio. No compra el argumento de que no se deben desarrollar estos sectores por el riesgo de la reprimarización.

-Sí. Usen los recursos naturales tanto como necesiten. Pero el problema con los países latinoamericanos es que se detienen ahí. Tienen que usar las ganancias de las exportaciones de estas industrias de recursos naturales para crear algo mejor, algo que dure más. Porque, en este momento, Argentina se beneficia del petróleo y gas de Vaca Muerta. Pero, a menos que utilicen esto para construir más capacidades de exportación, ya sea en recursos naturales, manufactura, servicios, lo que sea, dentro de 20 años, estas cosas se van a agotar. Y luego, volverán al punto de partida.

-Ha habido, en Argentina, por supuesto, pero también en muchos países de América Latina, esquemas para atraer inversores extranjeros, ofreciendo ventajas fiscales o acceso a divisas. ¿Qué opina sobre este tipo de instrumentos para el desarrollo?

-Si los impuestos bajos fueran tan importantes para atraer inversión extranjera, todos deberían estar invirtiendo en Paraguay. Tienen la tasa de impuesto sobre la renta corporativa más baja del mundo, un 10%. Pero muchas empresas preferirían pagar un impuesto del 30% en Alemania y hacer negocios allí, porque el entorno de inversión en Paraguay ni siquiera justifica esa tasa del 10%. Es como ir a un mal restaurante, pagar menos, pero la comida ni siquiera justifica ese bajo precio. Si preguntás directamente a los CEO de las multinacionales qué buscan cuando deciden dónde invertir, siempre hay dos cosas en la cima: la calidad de la fuerza laboral, dados los salarios, y la infraestructura. Los impuestos están en el número cinco o algo por el estilo. Tal vez esto sea distinto para las empresas más pequeñas, pero cuando se trata de grandes multinacionales, pueden vivir con impuestos relativamente altos. Lo que realmente quieren es estabilidad política, una fuerza laboral de calidad y buena infraestructura. Así que necesitás proporcionar estos elementos, y esta estrategia de recorte de impuestos es, en cierto modo, contraproducente. Porque al reducir los impuestos, se reduce la capacidad de ofrecer buena infraestructura y una fuerza laboral calificada, que son cosas que en la mayoría de los países se financian con gasto público.

-En forma de obra pública y educación…

-Exactamente.

-Usted es escéptico en general de los impuestos bajos. ¿También es escéptico sobre la explicación institucional, es decir, la importancia de las buenas instituciones para atraer inversión?

-Bueno, no, claro que no estoy en contra de las buenas instituciones, por supuesto que no. Pero está la cuestión de la definición habitual de lo que son buenas instituciones, como la protección de los derechos de propiedad privada, los impuestos bajos, la facilidad para abrir negocios, etc. Esto es lo que el Banco Mundial estuvo midiendo, aunque ahora esté suspendido porque el sistema era bastante corrupto. Promovieron la idea de la facilidad para hacer negocios, cuánto tiempo se tarda en abrir una fábrica, cuánto tiempo se tarda en pagar impuestos, y crearon esta lista de lo que podríamos llamar una “libertad pasiva” o negativa para los negocios. Pero si ese fuera el camino para desarrollar los negocios, entonces países como Corea nunca deberían haberse desarrollado. Por ejemplo, a fines de la década de 1980, hubo un artículo en el Financial Times o en The Economist, uno de esos medios, que decía que para abrir una fábrica necesitabas hasta 299 permisos. Y aún así, las fábricas seguían abriéndose todo el tiempo.

-¿Qué tipo de instituciones podrían ser importantes en su opinión?

-Y para respaldar eso, necesitás instituciones que de alguna manera garanticen una visión a largo plazo. Esto puede incluir regulaciones financieras que limiten el poder de los accionistas de corto plazo, que buscan recompras de acciones, dividendos del 50%, etc. O un sistema educativo que fomente el aprendizaje a largo plazo en lugar del conocimiento inmediato. Además, un ecosistema de universidades e institutos de investigación que trabajen junto con el sector privado para proporcionar el conocimiento práctico necesario. Tienen que hacer más cosas, pero en términos de desarrollo económico, esas son algunas de las bases.

-Usted ve la interacción pública y privada como una clave ahí.

-Absolutamente. Algunas ideas de izquierda, que básicamente ven al sector privado como el enemigo, son erróneas. En una economía capitalista, ¿cómo puede desarrollarse una economía sin un sector privado productivo? Por otro lado, la visión neoliberal de que lo mejor es sacar al gobierno de la economía es muy miope. Incluso muchos economistas ortodoxos admitirán que hay muchos insumos que deben ser provistos públicamente, como la investigación, la educación o la infraestructura. Pero, desde mi punto de vista, se puede adoptar una visión aún más activa de la cooperación público-privada, en la que el gobierno no solo proporcione ese entorno empresarial favorable, sino que también se esfuerce activamente por dialogar con las empresas del sector privado, averiguar lo que necesitan y, además, construir las instituciones a través de las cuales esas empresas puedan cooperar entre sí.

-Entonces, no comparte la visión del gobierno de Javier Milei sobre que el Estado es un obstáculo para el desarrollo.

Creo que las personas que tienen esa visión nunca deberían convertirse en políticos o funcionarios públicos. Si creen que el Estado es tan negativo, ¿por qué están trabajando como funcionarios estatales?

-Bueno, el presidente argentino dio una respuesta al respecto: “Soy el topo que vino a destruir el Estado desde adentro”.

Pero si querés destruirlo, deberías hacerlo desde afuera. Al estar ahí, estás aceptando que el gobierno tiene un papel que desempeñar.

-Para terminar, ¿qué puede decirme sobre la reunión que mantuvo con Cristina Kirchner.

-Bueno, como no hablo mucho castellano, nuestra conversación fue algo limitada. Pero básicamente traté de decirle que debería empezar a construir una nueva clase de, por usar la expresión, “coalición productiva”. No debería esperar a hacerlo hasta que haya una crisis, porque cuando ocurre una crisis, todo el mundo está enfocado solo en apagar incendios y gestionarla. Nadie pensará a largo plazo. Básicamente, este país necesita una nueva estrategia de largo plazo para desarrollar y modernizar su economía. Y para lograrlo, necesita construir una coalición política.

Como ejemplo, uno muy menor, intentaba decirle: “Mire, entiendo que el gobierno actual está recortando la financiación para la investigación. ¿Puede al menos atraer a algunos de los productores agrícolas más avanzados tecnológicamente a su lado, prometiendo que un nuevo gobierno apoyará las actividades tecnológicas de alto nivel relacionadas con los productores agrícolas? Porque creemos que la agricultura de alto valor tiene un papel importante que desempeñar en una economía más productiva”. Quiero decir, ¿por qué limitarse a ceñirse solo a su propia visión de lo que debe ser la coalición?

Y creo que parecía interesada. Al menos no dijo: “No digas tonterías”, estaba escuchando. Y espero que tal vez eso se convierta en un pequeño estímulo para su partido y su coalición, para volverse más abiertos y pensar de una manera ligeramente diferente.

Otras lecturas

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.