Qué es el -maxxing: de los foros a las aulas y el Pentágono

La idea parece ser que somos artefactos a perfeccionar. Lo que nació en 4chan ya llegó al léxico de funcionarios, pero ¿qué impacto puede tener?

El 8 de noviembre de 2015, en el foro en el que se cocinó lo que después se denominó “cultura incel”, un anónimo le dejó a otro una receta “para salir del pozo”. Usar internet entre una y tres horas por semana, nada de porno, nada de videojuegos ni animé. Estudiar stand-up, comprarse ropa decente, obligarse a hablar con desconocidos, ir al gimnasio y looksmaxxear la cara. La lista, originalmente en inglés, cerraba con una orden: nunca seas vos. Otro anónimo contestó que el looksmaxxing era puro verso y ahí pareció quedar la cosa.

Todo esto sucedió en 4chan, históricamente una de las principales fábricas de cultura de internet, creación de memes y controversias de todo tipo. El tablero de conversación era /r9k/, un espacio online que pasó a ser una especie de club de varones que se sentían marginados, frustrados, solos y “beta” (inferiores). ¿Cómo no iba a prender una pseudo receta para potenciar tu yo y, tal vez, alcanzar a ser  un alpha?

Unos once años después aquel sufijo trasnochado está en boca de chicos de casi todo el mundo y de una cuenta oficial del mismísimo Pentágono. De golpe se puede hacer sleepmaxxing con la almohada y moneymaxxing con el sueldo. Para usarlo no hace falta sentirse “célibe involuntario” ni entender qué es 4chan, ese espacio ya le quedó chico. Alcanza con sentir que hay algo así como un ranking que divide a la sociedad según determinados valores estéticos, productivos y materiales. Pero no, no estamos hablando de la estratificación en clases sociales sino de algo mucho más subjetivo e insustancial.

Si te gusta El hilo conductor podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los sábados.

La palabra tiene una particularidad que explica buena parte de su éxito. Solo sabe sumar. Nombra lo que se lleva al máximo y se calla con respecto a qué es lo que se baja para conseguirlo y dónde termina la cuenta. Toda optimización le cobra a otra variable pero el –maxxing habla como si fuera gratis y no tuviera techo. La factura llega igual, a nombre de otro, casi siempre de alguien que todavía no terminó de crecer.

¿Qué hace falta para convencerte? La fuente de ingresos más importante de Cenital es el aporte voluntario de su audiencia. Ese apoyo nos permite hacer el periodismo que creemos necesario sin condicionamientos. Este esquema solidario —los que pueden pagan para que todos puedan seguir leyendo gratis— nos llena de orgullo. Por eso, en agradecimiento, les ofrecemos a nuestros Mejores amigos algunos beneficios culturales. Si te gusta lo que hacemos, sumate vos también.

Sumate

De los foros a TikTok

El ambiente en el que creció es más rastreable que la palabra. Es un circuito en el que se promueven ideas sobre la masculinidad que suelen terminar en una férrea oposición al feminismo. Uno de estos espacios era PUAHate (anti “pick up artist”, o sea, artistas de la seducción), que se apagó en mayo de 2014, un día después de que Elliot Rodger, uno de sus foristas habitués, matara a seis personas en Isla Vista, California. Los usuarios pasaron a Sluthate (“odio a las putas”), que estrenó una sección entera de hilos en los que subís tu foto y los demás te ponen puntaje en base a la valoración del atractivo de tu rostro. Otro era Lookism.net, con un subforo llamado Looksmaxing –una sola equis–. Esta versión más simple ya circulaba en la jerga de gimnasios y videojuegos. 

La lingüista Ewelina Prazmo reconstruyó el camino de maximize (maximizar) a max, de ahí a maxx y finalmente a sufijo. La doble equis terminó funcionando como uniforme para una familia de conceptos que no pararía de crecer en los años siguientes.

En esos intercambios, el cómo gustarle a alguien se convirtió en una planilla. Inclinación cantal, ángulo de mandíbula, ancho de clavícula, todo en una escala del 1 al 10. Mientras ahí cada rasgo era un puntaje, Tinder armaba en silencio otra clase de ranking humano. En enero de 2016 le confirmó a la revista Fast Company que ordenaba a sus usuarios con un puntaje Elo, el mismo que se usa en ajedrez. La empresa aclaraba que medía “deseabilidad” y no belleza, con muchas más señales que los likes recibidos.

La fantasía de ser científicamente atractivo (o por lo menos autoconvencerse de ello) tampoco era nueva. En sus memorias de 1908, Francis Galton, medio primo de Charles Darwin y el hombre que inventó la palabra eugenesia, cuenta que llevaba una aguja montada como punzón y un papel cortado en forma de cruz para perforarlo sin que nadie lo viera. Con las manos en los bolsillos, cada vez que se cruzaba con una mujer pinchaba una zona del papel de modo que nadie notara que estaba haciendo una evaluación de ellas. Con ese sistema clasificaba a las chicas que se cruzaba por la calle en atractivas, indiferentes o repelentes, y así juntó datos para un mapa de la belleza británico. Londres salió primera, Aberdeen última. La diferencia con los foros es quién sostiene la aguja. Galton puntuaba a las demás. Los chicos de Lookism se la clavaban a sí mismos.

De los foros, la palabra salió por TikTok y por una puerta inesperada. El lingüista Adam Aleksic, autor de Algospeak, reconstruye que entre las primeras en llevar ese vocabulario a la plataforma hubo mujeres que hacían tutoriales de maquillaje y hablaban de inclinación cantal (el ángulo entre ambos rabillos) sin saber de qué cueva de internet venía la medida. A fines de 2023 el sufijo ya era tendencia. Aleksic también hizo un sondeo informal: en una charla en Georgetown, en marzo de 2024, cerca del 40% del público dijo conocer esas palabras, y dos meses después, ante otro auditorio en Stanford, el 80%. Termómetro casero, pero termómetro al fin.

¿Cuántas variantes hay?

Todas las que se quieran. Prażmo lo describe como un sufijo productivo, capaz de pegarse a sustantivos, adjetivos, siglas y frases enteras, y cualquiera puede inventar uno en el momento sin que el que escucha necesite diccionario. A esa altura el contenido da igual. Lo que se transmite es la idea de que somos artefactos a perfeccionar.

Podemos distinguir familias. La original es la del cuerpo. El looksmaxxing tiene una versión “blanda” donde entran skincare, corte de pelo, gimnasio y mewing (una postura de lengua que promete mandíbula), y otra dura, que va de la cirugía a los esteroides y al bonesmashing (golpearse los pómulos con un martillo para que el hueso, supuestamente, vuelva más fuerte). Pegada a esa rama crece la del bienestar, con su sleepmaxxing, su proteinmaxxing y hasta una enfermedad propia, bautizada antes que la moda. 

En 2017, la psicóloga Kelly Glazer Baron y su equipo llamaron ortosomnia a lo que veían en pacientes que dormían peor por obsesionarse con los datos de sus pulseras y relojes. Pasaban cada vez más horas en la cama para engordar el número en la aplicación que mide esos datos.

La rama irónica es la que más tranquiliza a los adultos: potassiummaxxing para comer bananas, jazzmaxxing para juntar discos. El jestermaxxing, hacerse el payaso para caer bien, circulaba desde hacía años en los foros y se volvió masivo a comienzos de 2026 con los clips del influencer Clavicular bailando en boliches. Diez años antes, aquel anónimo de 4chan ya recomendaba estudiar stand-up.

Después llegaron los adultos con presupuesto. En abril se supo que un empleado de Meta había armado un tablero interno que ordenaba a los más de 85.000 trabajadores de la empresa según cuántos tokens de inteligencia artificial consumían; el primero promediaba 281.000 millones en treinta días. Uno inventó el jueguito y el resto se puso a jugarlo, y a eso se le dijo tokenmaxxing. En Amazon, según el Financial Times, hubo empleados que le mandaban tareas triviales a la IA para subir posiciones. Una cuenta oficial del Pentágono escribió lethalitymaxxing, y en junio Liz Kendall, la ministra británica de Ciencia y Tecnología, prometió una política industrial “Britmaxxing”. La columnista Kathryn Jezer-Morton había abierto el año proponiendo en The Cut el friction-maxxing, tolerar a propósito las incomodidades que la tecnología promete eliminar. Hasta la rebelión contra la optimización salió con el sufijo de la optimización.

Quién cobra

Si el –maxxing tiene cara, es la de Braden Peters, Clavicular, un chico de 20 años de Nueva Jersey. El alias sale de la clavícula, uno de los huesos fetiche de la comunidad. Dice que empezó a inyectarse testosterona a los 14 y que los años de hormonas lo dejaron infértil; habló de usar metanfetamina para no tener hambre y practicó el bonesmashing. Vende por unos 50 dólares mensuales un curso para “ascender”, con sugerencias de péptidos para inyectarse, y en febrero, según The New York Times, ganaba más de 100.000 dólares por mes transmitiendo en Kick.

En septiembre, la Justicia de Massachusetts lo imputó por violación, por administrar una sustancia para tener relaciones sexuales y por conseguirle alcohol a una chica que entonces tenía 17 años. Los hechos habrían ocurrido en mayo de 2025 en la casa de su familia en Chatham. Su defensa niega las acusaciones. En una demanda civil paralela en Florida sus abogados sostuvieron que el encuentro fue consentido.

La plataforma en la que se maneja explica bastante del negocio. Kick fue fundada en 2022 por Ed Craven y Bijan Tehrani, los creadores del casino cripto Stake. En agosto, Peters cambió de padrino, firmó con un casino rival, Duel, y anunció que se mudaba a Twitch y Twitter (X). En el medio, una red de cliperos recorta sus vivos, les pone títulos llamativos y los reparte por TikTok e Instagram. Según el Times, algunos cobraban de la propia Kick por hacerlo.

Hay un circuito entero alrededor de esto: el chico que se mide, el influencer que le dice cuánto le falta, el clip que lo lleva a otro chico, el casino que paga la cuenta. Nadie en esa cadena cobra si el chico se acepta. Mejorar admite pensar que algún día, en efecto, uno puede haber mejorado. Maximizar no lo admite nunca, y eso vuelve al –maxxing un negocio redondo, es un déficit que se recalcula solo. Cada ángulo corregido deja a la vista el siguiente.

¿Qué les hace a los chicos?

La investigación, como con casi todas estas cosas, corre de atrás. Casi todo lo publicado estudia lo dicho en foros, no muestras representativas de adolescentes, y conviene desconfiar de quien habla de epidemia. Los mejores datos disponibles cuentan una historia menos cinematográfica. En mayo, un equipo de la Universidad de Michigan analizó Monitoring the Future, la encuesta que sigue desde hace décadas a los secundarios de Estados Unidos. Entre 2019-2020 y 2023-2024, el consumo de creatina en el último año pasó de algo menos del 9% a casi el 17% entre los varones, y entre las chicas creció 168%. El de esteroides sigue por debajo del 1%. 

El autor, Philip Veliz, contó que miró esos datos por el auge de los looksmaxxers, y advirtió sobre otra curva: la percepción de que los esteroides hacen daño viene bajando, más entre los varones. El estudio no prueba que el looksmaxxing haya causado nada pero muestra el paisaje. El chico típico de esta ola no se martilla la cara para “perfeccionar” sus huesos. Compra un pote de creatina, un suplemento que la Academia Estadounidense de Pediatría desaconseja en adolescentes, y aprende que el riesgo es negociable.

En una votación escolar británica de marzo –sin valor representativo–, uno de cada cuatro varones de secundaria dijo que la influencia del looksmaxxing era buena. Entre las chicas, el 12%.

Queda la ironía, el argumento favorito de los optimistas. En The New York Times Magazine, el periodista Nitsuh Abebe sostuvo que cada uso en chiste funciona como una especie de respuesta inmune, porque ponerle el sufijo a una banana es reírse de la manía de optimizarlo todo. Y puede ser. Pero el chiste deja intacta la gramática, y para hacerlo hay que aceptar que todo, hasta una fruta, entra en una escala. El filtro irónico pierde. 

En 2024, Aleksic notaba que de la jerga incel cruzaban las palabras sin misoginia explícita y que femoid, que reduce a las mujeres a “humanoides hembra”, se quedaba en el foro. Para febrero de 2026, de la mano de los memes de Clavicular, su abreviatura, foid, ya circulaba lejos del foro. Hay competencias, los mog-offs, en las que un software de reconocimiento facial decide cuál de dos caras gana. Lo que se instala en la cabeza es una mirada que descompone el rostro en ángulos y siempre encuentra a alguien más arriba en la tabla.

¿Y en la Argentina?

Nadie contó cuántos chicos argentinos hacen looksmaxxing. Lo que sí hay es evidencia de que el idioma ya llegó. En marzo, una nota de Página/12 arrancaba en un aula de tercer año de secundaria donde circulaban “prote”, creatina, “ciclar” (uso de esteroides anabólicos), “pinchar” (hormonas, etc), reps y gains, y desde ahí explicaba el mogging, el frame mog y la diferencia entre softmaxxing y hardmaxxing. Forbes Argentina metió maxxing y mogging en el diccionario que los adultos necesitan para entender los chats de sus hijos. Suena lejano, suena risible, suena, y eso significa que merece atención.

Esto quiere decir, por lo menos por ahora, que los chicos argentinos conocen y usan el vocabulario. Lo que actualmente no tiene un solo número detrás es que participen de comunidades de looksmaxxing extremo.

La prueba más fina de que el sufijo cruzó la frontera está en los títulos. Los medios generalistas pasaron el año explicando variantes, de sleepmaxxing a nonna-maxxing, y en julio TN tituló con hobbitmaxxing al hecho de vivir un poco como un hobbit para alejarse de las pantallas. Muy pocos lectores habían visto esa palabra y el título se entendía igual. De aquellos foros, lo que más lejos viajó fue la gramática. El martillo rompe huesos, por suerte, viaja menos.

¿Por qué prendió?

El sufijo llegó al Pentágono y a un ministerio británico por el mismo camino que llegó a los chicos. Nombra con precisión lo que piden las plataformas y los empleadores, rendimiento que se pueda medir y comparar, y a los chicos encima les ponía palabras a algo que ya hacían todos los días: puntuarse.

Hay una vieja observación sobre las métricas que el –maxxing confirma a diario. El economista británico Charles Goodhart la planteó en 1975 y la antropóloga Marilyn Strathern le dio en 1997 su versión más citada: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida. Los empleados de Amazon que inflaban tokens con tareas triviales la cumplieron al pie de la letra, igual que los pacientes que se quedaban en la cama para mejorar el puntaje del reloj. El looksmaxxing es la versión más cruel porque la medida es la propia cara. El chico que persigue un ángulo de mandíbula pierde de vista que el ángulo era una excusa y que lo que quería era gustarle a alguien, conectar.

En junio Clavicular abrió un desfile en la semana de la moda masculina de París. Salió con el vivo prendido a probar su magnetismo con las parisinas. Le Monde resumió el resultado en indiferencia o desdén. Él mismo tuiteó que tenía que volverse más interesante para sostener mejor una charla. Un mes después, respondiéndole a la política norteamericana Alexandria Ocasio-Cortez, escribió que el looksmaxxing nunca despreció el carisma y que siempre se trató de maximizar cada stat.

La ficha

En los juegos de rol, min-maxear es armar un personaje subiendo al máximo los atributos que sirven y bajando al mínimo los que no: un guerrero fortísimo que no sabe leer, un mago brillante que se cae de un empujón. Nadie demostró que el sufijo venga de ahí, aunque la jerga gamer anduvo cerca. Pero describe la vida como una ficha de personaje. Con una diferencia. En la papeleta el costo está anotado. En el –maxxing quedó el max y el min se cayó del nombre.

En 1985, Gary Gygax, cocreador del juego de rol de mesa Dungeons & Dragons, separó en Unearthed Arcana lo que Clavicular mezcla. Sumó a las reglas un séptimo atributo, comeliness, para medir el atractivo físico y la primera impresión aparte del carisma. La idea no prendió, y comeliness nunca sobrevivió como atributo básico en las ediciones posteriores. La ficha ya sabía que la cara y la conversación van en casilleros distintos, y que uno solo se puede inyectar.

Sabía algo más. Un juego tiene reglas, un final y una manera de ganar. Maximizar una estadística dentro de la partida tiene sentido. Una persona, un humano, no trae esa información de fábrica. Cuánto alcanza es la pregunta que el –maxxing nunca contesta. Y tampoco la va a contestar con un curso de 50 dólares por mes.

Fueguina y periodista. Conductora de podcasts como Hoy Trasnoche, radio y cosas en YouTube. Ex editora de la revista La Cosa, redactora de Inrockuptibles, Clarín, La Nación e Infobae. Interesada en todo lo que sea fenómenos pop que parecen no tener sentido.