Opinión

¿Por qué no hay adoctrinamiento escolar en la Argentina?

Es sencillamente imposible en las democracias actuales, hoy la legitimidad estatal para semejante proyecto es inexistente. Los anticuerpos sociales se reservan el derecho a la diversidad y a la singularidad.

A la memoria de Samuel Paty (1973-2020)

Año 1986, yo era maestro en una escuela pública de Villa Lugano y estaba en debate la ley de divorcio. A mis alumnos de séptimo les propuse recortar notas de diarios y problematizar las posiciones En un momento, me preguntaron qué pensaba y dije que estaba de acuerdo con el divorcio argumentando con la seguridad y la vehemencia que afortunadamente fui perdiendo. ¿Adoctrinamiento?

El grupo de madres que me abarajó a la salida unos días después pensó que sí. Reclamaron que no hable de esos temas, que no meta la política en la escuela,  que no critique a la Iglesia Católica (“No es cristiano”, repetía una de ellas) y que me dedique a seguir el programa

¿Tenían razón? Cinco cuestiones respaldan su planteo: 1) El divorcio aun no era ley y contaba con una fuerte oposición de algunos sectores (una parte de la Iglesia, una parte del PJ, conservadores, etc.). 2) Mi conocimiento legal era pobre. 3) Mi idea acerca de lo que la Iglesia planteaba no la había estudiado. 4) Si bien el diseño curricular indicaba la necesidad de analizar noticias, el tema divorcio no estaba previsto. 5) Mi opinión personal no era cualquier opinión: la relación asimétrica entre docente y alumnos merece un cuidado especial.

Es probable que mi desempeño profesional no haya sido correcto. Pero ni esta ni las miles de situaciones similares que se suceden todos los días, merecen ser llamadas adoctrinamiento. Se trata de un tema de alta complejidad y recientes cambios. Veamos.

 El adoctrinamiento necesita:

- Una cohesión social uniforme que utiliza contenidos escolares predeterminados y excluye otros.  

- Una acción sistemática que controla todo el sistema educativo.

- Una coerción constante donde las disidencias sufren sanciones como el despido de maestros, la expulsión de estudiantes y hasta la cárcel.  

El Estado es el único capaz de cumplir con las tres condiciones porque financia, gobierna y provee la educación escolar: solo el aparato estatal tiene la capacidad de imponer contenidos a través de todo el sistema educativo.

En la Argentina hubo adoctrinamiento desde principios del siglo XX hasta 1983, 70 años en los que gobiernos democráticos y dictatoriales no dudaban en decidir ilimitadamente sobre los contenidos escolares.

Uno de los mecanismos era el control de los textos escolares por medio de una comisión que determinaba cuáles se podían leer y cuáles eran “inconvenientes”, llegando a hacer alusión explícita en 1941 al “peligro rojo” –no al peligro nazi- y promoviendo una “raza argentina”. El estudio de Catalina Wainerman y Mariana Heredia muestra cómo esos textos solo mostraban familias pequeño-burguesas, urbanas, blancas que no reflejaban la realidad de la inclusión de la mujer en el mercado laboral.

Raúl Alfonsin nunca convocó a esa comisión y desde 1984  los textos escolares  están regulados por el mercado y por cada docente, sin control estatal. Por eso, el cuadernillo editado por CTERA sobre Santiago Maldonado es tan legal como cualquier texto de cualquier editorial. Y, mutatis mutandis, investigaciones como la de Gustavo Romero han mostrado que en textos comerciales tampoco es fácil el pluralismo.

Otro mecanismo eran las publicaciones estatales para docentes, donde se incluían actividades que iban modulando los contenidos y las claves del nacionalismo emocional y las alabanzas militares. Se imponen las efemérides escolares eligiendo unas sobre otras de acuerdo a un modelo historiográfico heterogéneo pero con sesgos claros (el pro-militar, el más evidente). Por supuesto, no estoy juzgando… sería un anacronismo impropio. Quiero destacar al adoctrinamiento, y no el pluralismo, como elemento constitutivo de los sistemas educativos. El adoctrinamiento como componente original de la más fabulosa tecnología de distribución del saber: la escuela estatal laica y obligatoria. No por nada, desde anarquistas hasta católicos, pasando por el propio Karl Marx, impugnaron a la escuela pública por adoctrinar.

Este adoctrinamiento no estuvo solo en los contenidos. Los trabajos de Ángela Ainsestein muestran un aparato estatal volcado al disciplinamiento del cuerpo por medio de la educación física, los desfiles de los chicos, tomar distancia, marchar, etc. Pablo Scharagrodsky ha mostrado el impacto de estas prácticas en la construcción de identidades de género: todavía formamos filas para empezar y cerrar cada día y en ellas separamos a varones de mujeres. ¿Alguien tiene otra explicación razonable que no sea la herencia del adoctrinamiento?

El peronismo lo profundizó con la mitificación de personas vivas (Perón y Eva Perón) y se atrevió a la publicidad de las obras de gobierno en textos escolares. La  venganza fue terrible: en  años siguientes nadie pudo nombrar a Perón en un aula sin correr riesgo de vida salvo, paradojalmente, para adoctrinar en su contra.

Aun así, el adoctrinamiento tiene sus propios límites. Como mostró Silvina Gvirtz, los docentes (antiperonistas en su mayoría) buscaban formas de desobediencia y distracción de los contenidos peronistas en los viejos contenidos a favor de la Patria (es decir, en el molde anterior). De hecho, y como muestran los trabajos de Rubén Cucuzza, Perón advertía esta debilidad e implementó formas de adoctrinamiento no escolares (colonias de vacaciones, torneos deportivos, Unión de Estudiantes Secundarios, etc.). Carolina Kaufmman y Delfina Doval mostraron el estilo de adoctrinamiento en las dictaduras del 66 y del 76, muy diferentes entre sí.

Este resumen demuestra que el adoctrinamiento es sencillamente imposible en las democracias actuales y vive entre los últimos dinosaurios del socialismo real, en autocracias o teocracias. Hoy, la legitimidad estatal para semejante proyecto es inexistente y, por suerte, los anticuerpos sociales se reservan el derecho a la diversidad y a la singularidad. Debe ser por esto que, extrañamente, las críticas al supuesto adoctrinamiento escolar son más fuertes hoy, que cuando era fuerte y pocos se creían con derecho (o coraje) para impugnarlo.

Tampoco hay que descartar ni minimizar el peligro de la ideologización: asumir una única ideología y abusar de la posición docente asimétrica, muchas veces motorizado por grupos de poder. Un funcionario arengando cánticos partidarios a un grupo de escolares, un gobierno difundiendo el cuento del gorila gorilón, un docente incitando a sus alumnos con "Macri Gato" "Cristina Chorra", todas esas muecas patéticas, deben ser identificadas y sancionadas. Si son docentes, son malos profesionales y con mala fe. No es un tema de izquierda o derecha sino de falta de seriedad en el ejercicio profesional. Es más, el mal ejercicio profesional también corrompe la legitimidad del posicionamiento político.

Lo frecuente en las escuelas del siglo XXI es la convivencia de muchas y muy disímiles ideologías, identidades, opciones y el desafío es articular el pluralismo: una tarea dificilísima. No es fácil ser docente: solo basta recordar a Samuel Paty, el profesor francés asesinado después de que el padre de una alumna lo denunciase…por adoctrinamiento. Tampoco es fácil ser ministro de educación: de autoridad todopoderosa que indicaba cuáles contenidos eran correctos y cuáles desterrados, pasó a ser garante del pluralismo, una tarea compleja y tal vez imposible.  

Un último problema. Hasta el más conservador de los conservadores va a estar de acuerdo con que la escuela produce oportunidades de progreso porque tiene la capacidad de desviar destinos socialmente prefijados. La idea es bonita pero ¿bancan sus consecuencias? Para que suceda, los docentes  formamos a nuestros alumnos en la desnaturalización de su situación de origen: ese destino prefijado lo está por ciertas condiciones económicas y su análisis es imprescindible. Se trata de que aprendan que la sociedad capitalista, que proclama el derecho a la escuela, actúa salvajemente mediante una brutal división social que determina destinos de exclusión para los chicos, sin que ellos hicieran algo malo como para merecerlo.

Claro que, por esto, más de uno me acusaría de adoctrinar.

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