¿Para qué sirve Adorni ahora?
El impacto sobre su imagen pública le impide ejercer su rol de jefe de Gabinete. ¿Quién defiende a Milei y Karina? Posibles reemplazantes. A 50 años del último golpe de Estado, qué queda.
–A veces nos olvidamos, pero cuando se mencionaba a (Manuel) Adorni para la Jefatura de Gabinete la respuesta de todos nosotros era una carcajada acompañada de un “¿te imaginás?”.
El recuerdo del gobernador ante un grupo de peronistas no K y empresarios de diversos sectores ordenó una conversación dispersa en la que se barajaban candidatos para la posición, se mencionaban modificaciones a proyectos legislativos y se diseccionaban nombres de posibles reemplazantes del jefe de Gabinete.
Entre los nombres que aparecieron en lugar de Adorni se recortan cuatro: Diego Santilli, Sandra Pettovello, Martín o Lule Menem o, más atrás, Pilar Ramírez. Hay un síntoma en esa lista: no solo ninguno es de Santiago Caputo sino que ninguno es Santiago Caputo que hasta hace 90 días era la primera demanda del presidente a su asesor.
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Prima facie se podría advertir que tanto Santilli como Menem tienen la experiencia para transformarse en jefe de Gabinete si fuera necesario. Sin embargo –y a pesar de que eso seguramente sea cierto– por las características de la interna, se abre un mundo de interrogantes alrededor de la gestión diaria en una eventual asunción de ambos. En el caso de Santilli, el proverbial equilibrio del Colo podría ser la solución a los problemas oficiales, pero también corre el riesgo de ser una parálisis de los temas más sensibles para no herir al karinismo o a Las Fuerzas del Cielo.
En el caso de los Menem sería un vuelco definitivo en el inestable esquema de poder de La Libertad Avanza. Eso podría derivar en un takeover de Karina sobre el gobierno con la salida de Caputo o en una dinámica internista con el asesor que redunde en invivible la diaria de la gestión oficial.
Paradójicamente, los casos de Pettovello y Ramírez generarían menos resistencias internas y, probablemente, mantendrían las tareas más sensibles que hoy lleva adelante Adorni, de las cuales la única conocida es mantener en armonía el vínculo presupuestario con el Poder Judicial.
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SumateLa posibilidad de su alejamiento se baraja dentro del gobierno por una cuestión instrumental. Karina demostró en estos años un sustrato accidentalmente –o no– peronista en la relación con su primer anillo. Valora, más que cualquier otro aspecto, la lealtad. Adorni la tiene. Lo que pasó a ser un interrogante es su utilidad. No es obvia la respuesta a la pregunta “¿para qué sirve Adorni ahora?”. Si el rol del jefe de Gabinete es ser el escudo del presidente, hoy esos roles se invirtieron y es el Gobierno en su conjunto –Javier Milei incluido– el que tuvo que plegarse a la cobertura de Manuel. En síntesis: Adorni no puede cumplir la función que política y constitucionalmente le fue asignada.
Si Adorni llegó para tabicar el desembarco de Caputo en la Jefatura de Gabinete por su confianza con Karina, ese rol ya fue cumplido. Hoy el problema de la secretaria general es otro. Sebastián Amerio fue vejado públicamente y separado de su cargo por su cercanía con Caputo. El argumento político, naturalmente, fue otro: la falta de eficiencia en la resolución de las causas que ocupan a Karina. A días de la llegada del tándem Juan Bautista Mahiques–Santiago Viola al Ministerio de Justicia se conoció casi un tera de información de la causa $LIBRA que tramita en el juzgado de Marcelo Martínez de Giorgi. Una coincidencia temporal. Ariel Lijo, por su parte, posee un tramo de ANDIS y, ahora, la causa Adorni. No parece, a priori, que aquel deseo de resolución express vaya a cumplirse sin que el expediente cumpla su ciclo biológico.
Todo esto se da en el marco de una situación económica muy delicada. A imagen del antecedente de José Alfredo Martínez de Hoz tras el shock de Paul Volcker, quienes dentro del gobierno se ubican por fuera del entusiasmo místico presidencial –que ve en la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán un conflicto santo que “estamos ganando”– posiblemente prendan sus velas para evitar recibir del norte un viento de frente que termine de comprometer a un modelo en problemas.
La urgencia de Donald Trump por acordar es la mejor noticia de la semana para el equipo económico. Cualquier mejora de los términos del intercambio para Argentina en forma de suba de precios de alimentos e hidrocarburos sería sobrecompensado por el efecto sobre la inversión de una recesión global causada por la guerra y un movimiento hacia el dólar como consecuencia de las tasas de interés estadounidenses. A nivel local, ya se siente el impacto de la suba de las naftas impulsada por la situación internacional. Con la inflación estacionada en torno al 3% mensual hace varios meses, el efecto de un shock externo podría en el mejor de los casos conspirar contra una moderación del ritmo de aumento de precios y, en el peor, espiralizarlos.
Cualquier impacto externo se suma a una situación económica que el gobierno insiste en caracterizar de óptima y que, sin embargo, encuentra luces de alarma en cada paso. Basado en datos publicados para 2025, el ministro de Economía, Luis Caputo, reivindicó un PIB en máximos históricos, que arrastraba un aumento de dos dígitos en la inversión y un récord de consumo privado. Los datos son engañosos.
El arrastre estadístico oculta meses de estancamiento económico, que ya se sienten en los índices de empleo. La desocupación en el cuarto trimestre de 2025 se ubicó en el 7,5% de la población, máximo desde la pandemia para un período comparable, con una pérdida neta de 156 mil empleos. En línea con el modelo económico, el máximo crecimiento del desempleo se dio en el Gran Buenos Aires, donde la desocupación alcanzó el 8,6%. Esta pérdida neta, además, acompaña un proceso de desplazamiento de trabajos, desde los asalariados registrados al cuentapropismo y la informalidad que atraviesa todo el ciclo de gobierno. Desde que asumió Milei, de acuerdo a los datos del SIPA, las pérdidas superan los 300 mil asalariados formales. A ello se suma la inflación que, en niveles altos, conspira contra cualquier posibilidad de crecimiento en el esquema vigente.
Las consultoras Opinaia y QSocial reflejaron en sendos trabajos recientes el protagonismo del desempleo entre las principales preocupaciones de los argentinos, junto a los ingresos. Un resultado que hace juego con el Índice de Confianza del Consumidor, que publica la Universidad Di Tella y que arrojó el último mes una caída del 5,3%. En todos los casos se verifica una diferencia en las percepciones, que empeoran sensiblemente en el conurbano bonaerense respecto del interior del país. Si se midiera fuera del AMBA, de hecho, el Índice de Confianza del Consumidor hubiera arrojado un resultado levemente positivo para el gobierno.
La esperanza oficialista, que expresaron de distinta manera el presidente y el ideólogo económico que mejor lo representa, Federico Sturzenegger, es que el interior lidere un proceso de crecimiento que compense la crisis de las fábricas en Buenos Aires. El problema del análisis del Coloso es que, incluso de crecer a buen ritmo, las actividades que podrían impulsar las economías provinciales –agro, hidrocarburos, minería– son poco intensivas en empleo. Incluso si lo fueran a generar, la migración de Buenos Aires al interior no sería un proceso sencillo ni exento de serios problemas sociales y económicos. Además del arraigo, son obvios los problemas evidentes de infraestructura que podrían generar en cualquier pueblo o ciudad la llegada de un grupo numeroso de personas, aún con voluntad de trabajo. Esas posibles migraciones internas requieren de espacios y servicios domiciliarios que hoy la mayoría de las ciudades del interior estarían imposibilitadas de atender. Sería un problema paradójico para un gobierno que se enorgullece de haber terminado con la obra pública.
Last but not least, se cumplen 50 años del último y más sangriento de los golpes militares que asolaron a nuestro país. Un aniversario que impresiona tanto por la cercanía que aún se percibe respecto de las discusiones vinculadas a los crímenes de la dictadura, su tratamiento y las posiciones de los actores políticos –objeto de controversia, incluso en la última elección– como por lo que el balance de rupturas y continuidades con la realidad de hace medio siglo que existen en Argentina.
Sobre los crímenes, las novedades ya asentadas tienen que ver con la normalización de un gobierno que sin marcar una adhesión expresa, justifica los delitos de la dictadura en un marco contextual que se desprende de la llamada teoría de los dos demonios porque sólo identifica uno, la guerrilla, combatida en todo caso con medios cuestionables. El lenguaje de los errores y excesos acompañó los videos oficiales en los dos aniversarios del golpe. Este nuevo, redondo, probablemente acompañe una apuesta oficialista redoblada sobre un discurso que ya el año pasado presentó Agustín Laje, el influencer ultraderechista que dirige la Fundación destinada a promover las ideas del presidente.
A diferencia incluso de lo sucedido durante la campaña, probablemente nada que diga el gobierno vaya a tener demasiadas repercusiones en el debate de la dirigencia y los medios de comunicación, fuera del sector mayoritario del peronismo, aunque parte del minoritario coquetee con la actual vicepresidenta. Otro síntoma de la crisis política del arco no oficialista, privado de convergencias incluso en áreas donde sería fácil rumbear correctamente.
En la calle, en cambio, podemos descontar otra movilización masiva, que se extienda a lo largo de todo el día, en el que es uno de los reflejos unificadores de la militancia y los votantes para los sectores más progresistas de la población y un consenso de la sociedad cuya profundidad quedaría en evidencia si el gobierno adoptara alguna medida específica que sea percibida como conducente a la impunidad de los responsables de crímenes de lesa humanidad. Cincuenta años después, y con la orientación del actual gobierno, no es poco.
En cuanto al balance, la dictadura asumió tras el punto de inflexión económico que significó el Rodrigazo, en 1975, el momento en que quedaron en evidencia las dificultades del esquema de industrialización sustitutiva que había caracterizado la economía argentina durante más de cuatro décadas para adaptarse a las modificaciones en la economía global. El esquema intentado por Martínez de Hoz al amparo de las desapariciones y la violencia estatal se propuso terminar con el empate hegemónico entre las organizaciones de los trabajadores y las clases capitalistas, en favor de estas últimas, con una extensión que excedió largamente la represión ilegal de la violencia de las organizaciones armadas. La idea de que era posible disciplinar simultáneamente y de forma permanente a la inercia inflacionaria y al poder sindical a partir de la apertura, que permitiría crecer y bajar costos, mientras se sostenía el consumo popular con un dólar barato –el tipo de cambio durante la dictadura llegó a ser el más apreciado de la historia argentina– fue imitada en democracia, con el mismo (nulo) éxito que obtuvo en dictadura y con idénticos períodos insustentables de sensación de bienestar.
La dictadura argentina, a diferencia de, por ejemplo, su homóloga chilena, fracasó en la imposición de un modelo económico duradero, capaz de insertarse en el mundo. Tampoco fue la única en fracasar. Hubo procesos globales que afectaron a toda la región. Brasil, con políticas opuestas, de aceleración industrial, y México, tuvieron sus propias crisis de deuda y vieron afectados sus modelos de industrialización por el auge de la globalización.
Al igual que la Argentina, inauguraron un ciclo largo de bajo crecimiento que se mantiene hasta hoy. Con todo, Argentina se distinguió en abrazar voluntariamente la destrucción radical de las propias capacidades productivas e institucionales de una manera que no lo hicieron los grandes países de la región. Al tiempo que perdió también el control racional de su política monetaria, que repitió ciclos de apreciación insostenible seguidos de devaluaciones profundas, en un esquema donde la falta de divisas para el crecimiento aparece como una limitante particular que fue dejada atrás en otras experiencias.
La Argentina, felizmente, parece haber superado la etapa donde los golpes militares eran una recurrencia de la vida política con algún grado de aceptación social. La elección democrática de los dirigentes retiene apoyos abrumadoramente mayoritarios aún cuando, en términos económicos, gran parte de los males y las respuestas adoptadas en aquel período mantienen una persistencia trágica.