Notas sobre la tristeza

Lo que sucede cuando el contexto no acompaña el sentir: la alegría frustrada y la kermesse, donde no se admite ni una sola cosa gris.

La tristeza de los lugares grises se acentúa esperablemente, en razón de ese mismo entorno; pero al mismo tiempo se amolda, se acomoda, se encuentra acorde, encaja. Las tardes grises, las ciudades grises, el mar grisáceo, los cementerios, se disponen para la tristeza, o eventualmente para la melancolía, las reciben hasta con hospitalidad, se diría que las están esperando. El que es triste en esos sitios, o el que circunstancialmente lo está, lo será o lo estará más hondamente, en razón de lo que lo rodea. Pero se verá a la vez más contenido por ese algo que está ahí y que lo comprende –lo comprende porque lo entiende, lo comprende porque lo incluye–. El cielo nuboso, el mar aplacado, la esquina sola, el mármol quieto: son tan grises como él (en el sentido en que Onetti escribió Tan triste como ella) y por lo tanto, para decirlo como se suele decir, lo acompañan en el sentimiento.

Pero hay una tristeza distinta, más compleja en algún sentido, y es la de las kermesses o la de algunos parques de diversiones, en los que no debe haber ni una sola cosa gris, ni mustia, ni apagada. Todo es rojo y es amarillo y es verde, todo es anaranjado o celeste y refulge; todo es alegre, es feliz, es estridente, y hay en eso una tristeza más difícil de entender. Los colores animados, en su esmero de animación precisamente, si no logran instalar del todo la dicha a la que propenden, terminan ofreciendo a cambio el espectáculo involuntario de una alegría que se frustra, que fracasa, que queda impedida; la insinuada sugestión de que es lisa y llanamente imposible. Esa forma de la tristeza: la que en vez de afirmarse a sí misma, se dice negando lo otro, negando la felicidad. Por eso Borges alguna vez escribió, más allá de que después se arrepintiera de haberlo hecho: “No he sido feliz”. Por eso le gustaba tanto, y usaba tan a menudo, esta palabra: “desdicha”.

La tristeza entre los brillos: ¿no es eso lo que predomina en los cuadros de Edward Hopper? La desolación que alojan y expresan no es de la gama de los grises apagados; transcurre más bien entre brillos y luminosidades y es eso lo que revela la condición de la desdicha. En los cuadros de Hopper suelen escindirse espacios de claridad y espacios de oscuridad o penumbra. Y la tristeza, que queda expuesta, se ubica significativamente en el espacio de la luz. Y así se ofrece: como espectáculo de una suave tristeza.

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No digo que sea igual, pero hay algo en eso que me recuerda las fotos de Marcos López. La alegría es ahí de otra índole, tiene que ver con lo popular, tiene que ver con el kitsch, se dispone como fiesta y despliega en eso los colores más chillones. Las personas que aparecen, no obstante, lucen tremendamente tristes. Personas desanimadas en contextos de animación: la tristeza se acentúa mucho más que en los entornos grises. La tristeza de los grises que habita en un mundo gris nos apena pero no nos inquieta. A estos otros, por el contrario, que se apocan de tal modo en plenas escenas festivas, dan ganas de acercarse para preguntarles qué les pasa, qué les pasó, qué es lo que los tiene así.

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“Astarosta, el idiota”, de Luis Alberto Spinetta, no es una canción alegre, tampoco es una canción triste. Es una canción abrumadora, opresiva, sofocante, pero que contiene una parte triste –“No llores más, ya no tengas frío / no creas que ya no hay más tinieblas / tan sólo debes comprenderla / es como la luz en primavera”–, que resulta decididamente más triste que cualquiera de las tantas y tantas canciones puramente tristes.

Frecuento un bar en el que, muy tarde en la noche, suele haber personas solas, cada cual aislado en su mesa, necesariamente callados. Puede que no estemos tristes –me incluyo porque, si voy a esa hora, es porque estoy solo también, y también a estar en silencio–, aunque la verdad es que la tristeza nos ronda. Pero fue en otro lugar, que por cierto no frecuento, donde vi una escena más triste, con tristeza de otro tenor, concebida de otra forma. Un restorán bullicioso, bullanguero, de mesas largas para comer en grupos; hay ruido y jarana, hay carcajadas, se canta, se grita, se aplaude. Y es ahí, ni más ni menos que ahí, en plena ebullición de efervescencia y risas, en una mesa ni siquiera apartada, donde lo veo: un hombre comiendo solo. No está triste, no; no da la impresión de estar triste. Pero está solo, y está callado; come reconcentradamente, sin apuro, pensativo. Hay infinidad de lugares donde pudo salir a comer, pero eligió éste. Y no me extrañaría que sea incluso un habitué. Que noche a noche acuda, se siente solo, coma solo, en medio de la euforia general, ajeno a la euforia general, a la que precisa para estar ajeno. Serio, sí; pero apesadumbrado no. Adusto, sí, pero afligido no.

No está triste, no: no está triste. Y los demás están ciertamente exultantes. Pero entre él, que no está triste, y los demás, que están exultantes, componen, sin buscarlo, un cuadro de cierta tristeza.

¿De dónde sacan, los brasileños, que la tristeza no tiene fin? Que se ocupen mejor de la alegría, que de eso saben mucho, que eso sí les sale bien. Cuando la tristeza no tiene fin, ya no es tristeza, es otra cosa (y hay que ver si esa otra cosa tiene fin o no lo tiene).

La tristeza tiene fin, está claro que lo tiene. A veces más acá, a veces más allá, pero lo tiene. Por supuesto que, cuando nos toma, cuando nos vemos tomados por ella, podemos llegar a sentir que no. Pero sí, lo tiene. Y es por eso, precisamente, que a veces-, cuando no nos toma, podemos ir en su busca, meternos adrede despaciosamente en ella, como quien entra a un jardín, a un lago, a un templo. Podemos permitirnos eso, porque sabemos que tiene fin. Y que así como hemos entrado, vamos a poder salir.

Nació en Buenos Aires en enero de 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y Narrativa Argentina en la Universidad Nacional de las Artes. Su último ensayo publicado es ¿Hola? Un requiem para el teléfono. Su última novela publicada es Confesión. Su último libro de cuentos publicado es Desvelos de verano.