Milei, ante definiciones claves para el rumbo de su gobierno

El presidente, en crisis, sostenido por la falta de ideas de sus adversarios. Se acerca la definición por el desdoblamiento en PBA: ¿pax romana entre Axel y Cristina? El mensaje detrás de la foto de Karina con Ritondo y Santilli.

Junto con la reaparición de Sergio Massa, Cristina Fernández de Kirchner volvió a recurrir a la epístola tuitera, últimamente el método preferido de la expresidenta para publicar sus impugnaciones a Javier Milei. Con una expresa mención a la represión del último miércoles, el eje de sus críticas fue, una vez más, el económico. Un foco bastante estable a lo largo de los quince meses como referente de la oposición abierta al gobierno, que tiene el mérito indubitable de plantear la discusión en el terreno donde –al menos hasta octubre– transcurrirá también el juzgamiento popular de lo actuado por el presidente.

Con todas las verdades inamovibles que se derrumbaron del 2001 para acá, hay una que se mantiene incólume: ningún acuerdo con el Fondo Monetario Internacional tuvo en Argentina resultados virtuosos. Cristina apuesta a que esta vez no será la excepción y recurre a los ejemplos del gobierno de Mauricio Macri y el que creó como vicepresidenta de la fórmula que sorprendió a todos al anunciar por Twitter un sábado de 2019. La presunción de fracaso de CFK no contiene heterodoxias ruidosas en su formulación y, en esta última intervención, gira en torno a las crecientes dificultades –y la consecuente debilidad en materia de reservas en general– que enfrenta el gobierno para sostener la valorización del tipo de cambio oficial y la brecha contenida respecto del paralelo. La preocupación por la insostenibilidad del precio de los precios cruza trincheras ideológicas y es compartida por un espectro de economistas tan diversos que incluye a Domingo Cavallo y varios técnicos del propio FMI.

El diagnóstico de CFK discurre sobre los ciclos de apreciación del peso y su saldo en materia de endeudamiento y/o pérdida de reservas, que suele ser el costo del deterioro de la cuenta corriente. La apreciación también supone que muchos sectores obtienen, durante algún tiempo, ganancias importantes en dólares invirtiendo en activos argentinos, que se vuelven volátiles y quedan supeditadas a la elección del momento para la fuga. A este proceso, descrito muchas veces por economistas de todas las tendencias –y que se dio con fuerza durante el macrismo– Cristina lo llama “valorización financiera”.

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El otro componente clave del diagnóstico económico de CFK es la explicación de la inflación por escasez de dólares, un capítulo más o menos lineal de la restricción externa contra la que choca, una y otra vez, la economía argentina. Nuevamente, tiene sentido pensar la falta de divisas como un (des)ordenador central de nuestros condicionamientos económicos. Los dólares ponen un techo a las posibilidades de crecimiento económico sostenible y a lo que puede o no hacer un programa, en mayor medida que lo fiscal. Sin embargo, no parece adecuado sacar consecuencias lineales ni de la mirada sobre la apreciación cambiaria ni de la que surge de la restricción externa.

No hace falta caer en ciclos como los que CFK llama de valorización financiera para observar procesos de apreciación de la moneda difícilmente sostenibles. Mirada al valor del dólar oficial, la Argentina que ella presidió durante su segundo mandato estaba incluso más apreciada que durante el pico del macrismo previo a la devaluación y la fuga masiva de capitales. Del mismo modo, los niveles actuales de apreciación son menores a los que se registraban –si dábamos por válido el valor del dólar oficial– al final del gobierno del Frente de Todos. No extraña que –con intensidades bien diferenciadas– tanto el segundo gobierno de CFK como la gestión de gobierno de Alberto Fernández –posterior a la pandemia y sus efectos– estén caracterizados por un aumento de la brecha cambiaria y de las presiones inflacionarias que acompañó la apreciación real del dólar oficial.

El cepo y su endurecimiento fue la consecuencia del intento de apreciar la moneda artificialmente sin recurrir al ingreso de capitales fragilizados. El resultado sobre las reservas no fue más virtuoso en este caso. Tratándose de gobiernos imposibilitados de endeudarse, el resultado fue el drenaje de activos en poder del Banco Central. Aún con las enormes restricciones al movimiento de capitales en 2011–2015 y 2019–2023, el saldo de reservas fue muy complejo en ambas etapas y la Argentina debió recurrir al uso de herramientas muy poco convencionales –como la negociación y el uso del swap con China– para evitar momentos de muchísimo daño financiero. La insostenibilidad del tipo de cambio apreciado, que se advirtió al gobierno de Milei, era en cambio una trinchera a defender durante el de CFK y el año de Massa al frente del Ministerio de Economía. Si revisamos esas etapas y no miramos los dólares paralelos, posiblemente no sea la primera vez que el peso sea “la moneda que más se valorizó” contra el dólar en el mundo y, a pesar de ello, las correcciones inevitables –y casi siempre insuficientes — fueron invariablemente achacadas a la acción de actores externos como Shell en 2014 o el FMI en 2023.

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La falta de dólares no es un producto de la magia, inmutable, un evento metafísico, sino una consecuencia de las decisiones de política económica y un limitante al crecimiento. No extraña que el único momento en que aquel problema no se hizo presente fueran los años tras la devaluación de 2002, cuando durante más de un lustro pareció que era posible una reconstrucción de una macro estable con un esquema de crecimiento razonable y socialmente virtuoso, pero construido desde un piso histórico de salarios e importaciones que aliviaron el frente externo. Aquello requirió una verdadera catástrofe social, como fue el colapso de la convertibilidad. No parece haber en ningún sector de la política una alternativa clara que evite un escenario brutal de caída de ingresos y, a su vez, ofrezca un camino sostenible de estabilización y recuperación de la moneda. Un fracaso sin el cual es imposible entender la llegada del gobierno actual y que hace muy difícil pensar en el futuro si los obvios problemas que empieza a tener esta administración son neteados con alternativas que ya fracasaron en el pasado reciente.

El deterioro lento pero sostenido de las condiciones económicas y sociales — y la falta de respuestas de la dirigencia política– tienen consecuencias concretas y cada vez más difíciles de revertir sobre la sociedad en su conjunto. Un reciente documento publicado por Fundar y elaborado por Rodrigo Zarazaga y Daniel Hernández del CIAS, se sumergió en las percepciones vinculadas al ascenso social de los jóvenes de barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires. Los resultados arrojan datos alarmantes. La narrativa rota del ascenso social (así se llama el informe) atraviesa el descreimiento en la posibilidad de que el esfuerzo, la educación y el trabajo puedan ser vectores virtuosos para los jóvenes.

La investigación, realizada en cinco barrios populares del AMBA –que combina encuestas y entrevistas en profundidad — , analiza las experiencias familiares, escolares y de socialización que influyen en la construcción de expectativas de futuro. De acuerdo al estudio, el 60% de los jóvenes descree de la posibilidad de construir algo mejor en los próximos años: un 20% mantiene una postura resignada, con aspiraciones reducidas; un 40% vive en el presente sin una proyección clara hacia el futuro. En el 40% restante, que todavía mantiene esperanza en los postulados tradicionales, priman de todos modos las dudas. Entre los factores que explican la crisis de la narrativa del ascenso social aparecen la falta de oportunidades, la pérdida de referencias de éxito en el entorno cercano y el deterioro de los espacios que deberían generar las condiciones para apuntalar las expectativas de progreso: la familia, la escuela y el barrio.

En línea con la experiencia internacional, la familia se mantiene como el factor más determinante para el apoyo y contención de los jóvenes, y su debilitamiento es uno de los grandes problemas identificados en el informe. Muchas familias en barrios populares enfrentan condiciones extremadamente difíciles. La centralidad de los hogares monoparentales –donde las madres deben sostener los hogares sin apoyo paterno — tiene consecuencias severas para ellas y sus hijos. La proliferación de ambientes de violencia y abandono a nivel hogareño–y la cárcel como un factor en la ausencia de los padres– también aparecen como elementos de una parte importante de los entrevistados. Estos problemas suelen generar, además, lógicas circulares que reproducen los ciclos de exclusión, creando verdaderas trampas: sin figuras de contención y sin acceso a recursos, los jóvenes tienden a reproducir la experiencia de sus padres.

A la crisis de la familia se suma la de la escuela, que en los barrios dejó de cumplir el rol igualador que históricamente correspondió a la institución en nuestro país. El abandono escolar apareció extendido en el estudio. Más de la mitad de los jóvenes de entre 19 y 24 años no terminó la secundaria. Entre las principales razones aparecen la necesidad de trabajar, la maternidad o paternidad temprana y el consumo de drogas. Junto con el abandono, se revelan también las fallas de la propia escuela, donde la falta de docentes, los paros y las infraestructuras inadecuadas afectan la experiencia escolar. La violencia, en particular, aparece como un problema grave. La mayoría de los jóvenes reportan haber presenciado peleas graves, incluso con armas blancas y agresiones a docentes. Son muchos los casos en que los encuestados reportan que las escuelas públicas de sus barrios no son verdaderos lugares de aprendizaje.

Por último, el barrio aparece como un factor limitante de las expectativas de futuro. Los barrios populares aparecen territorialmente segregados, sin infraestructura de transporte que permita una adecuada conexión con el afuera. Entre los espacios de socialización, aquellos estructurados, como centros comunitarios –clubes e iglesias– aparecen como espacios de contención; las calles, en cambio, están relacionadas al consumo de drogas y las actividades ilegales, un proceso que a veces lleva a algunas madres a intentar proteger a sus hijos aislándolos dentro de sus casas, una estrategia que logra prevenir riesgos, pero también limita la socialización, con consecuencias complejas en materia de salud mental. Entre los datos más complejos, 51% de los jóvenes reporta que la mayoría de sus amigos consume drogas y el 43% tiene conocidos que las venden. Son persistentes los testimonios de chicos que comienzan a comercializar a los 13 o 14 años como forma de obtener ingresos. Un joven de 20 años de Barrio Mitre lo ilustra con crudeza: “Corre mucho la droga. Hoy en día hasta te quieren pagar todo con droga; no existe la plata, te pagan con droga. Cuando en la calle sale una changa es, ‘¿te pago con droga o te pago con plata?’”.

Ante este panorama, la reconstrucción de expectativas sociales emerge íntimamente ligada a las posibilidades de reconstrucción de los espacios estructurantes de interacción de los jóvenes. La familia, los territorios y el sistema educativo aparecen necesitados de refuerzos profundos, que escapan a miradas simplistas sobre el rol del Estado o el gasto público, pero que requieren ineludiblemente de un Estado activo y fortalecido, difícilmente compatible con su crisis persistente.

Todavía en la provincia de Buenos Aires, pero en su orden político, transcurren en silencio algunos predictores a los que no se les presta la suficiente atención. Agustín Romo, dirigente libertario con llegada a la mesa chica de Milei, empujó un pedido para convocar una sesión especial con la intención de derogar las primarias. En una maniobra sorpresiva, el Frente Renovador le dio curso a la propuesta del libertario: Alexis Guerrera, un hombre de Massa, concedió que el debate se traslade al jueves a las 11 de la mañana. El movimiento es revelador: mientras el massismo busca eliminar las PASO, el kirchnerismo se resiste a la idea de un desdoblamiento electoral con el que coquetea Axel Kicillof. La hipótesis con la que trabajan tanto en el PRO como en el gobierno es que esa maniobra fragmentaría al peronismo. La idea no es un delirio de laboratorio. Gervasio Bozzano, secretario de la Cámara y hombre de Facundo Tignanelli, y Juan Pablo de Jesús ya les transmitieron este diagnóstico a sus pares. “Vamos a llegar a buen puerto”, dice Cristina en privado.

También en Diputados, pero en el orden nacional, mañana –según los cálculos de Martín Menem– el gobierno tendrá el acompañamiento de la mayoría del Congreso para aprobar el DNU que habilita un nuevo programa con el FMI. Si bien no están detallados los aspectos centrales, el acuerdo rondará los 15 mil millones de dólares sin precisiones sobre cuánto impactará en el primer desembolso. A la posición inicial de Casa Rosada –“el Fondo no nos pide salir del cepo”– se le sumó, en las últimas horas, un matiz. “El Fondo no nos pide salir del cepo, pero es probable que nosotros queramos hacerlo antes de las elecciones”. Una coincidencia casi mágica. La duda, entonces, frente a la inminencia de la decisión –el préstamo se materializaría entre 15 y 30 días después de aprobado el decreto — es a qué precio convergería el tipo de cambio.

Es en este marco que puede leerse la foto de Javier y Karina Milei, Sebastián Pareja y Lule Menem junto con Diego Santilli y Cristian Ritondo. Faltaba una persona en esa reunión: Santiago Caputo. El inestable Bambi cultiva un vínculo con Ritondo desde comienzos de la gestión y veía en el acercamiento a ambos un daño a Macri. Lo hizo. La foto tiene otro mensaje. Karina sentada en la cabecera, con los dos diputados del PRO es un recado, también, al Congreso: no solo el oficialismo va a avanzar en conjunto con el PRO por el DNU del Fondo, sino también que intentarán voltear infructuosamente la comisión investigadora por el caso $Libra que tiene como principal apuntada a la hermana del presidente.

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Es director de un medio que pensó para leer a los periodistas que escriben en él. Sus momentos preferidos son los cierres de listas, el día de las elecciones y las finales en Madrid. Además de River, podría tener un tatuaje de Messi y el Indio, pero no le gustan los tatuajes. Le hubiera encantado ser diplomático. Los de Internacionales dicen que es un conservador popular.