Lula y el precio de las apuestas

El político más importante de la historia de Brasil, reelecto. Milei acusó recibo de la derrota y no logró articular una respuesta.

Lula ganó una elección que casi todos habían decidido que iba a perder. La excepción, quizás, haya que buscarla entre los sectores de la militancia y las bases movilizadas que conservaron una confianza que, vista desde afuera, parecía una extravagancia. Especuladores, financistas, apostadores y dirigentes políticos tuvieron que revisar sus cálculos. Algunos perdieron dinero. Otros, que se habían apurado a formar filas detrás de Flávio Bolsonaro, comprometieron algo más difícil de recuperar: margen de maniobra. Entre ellos, Javier Milei.

El presidente argentino había apostado a que la elección brasileña confirmara su interpretación del mundo. Como antes con Donald Trump, se jugó un pleno y acompañó la apuesta con un despliegue de agravios que ahora encarece cualquier rectificación. La primera vuelta pareció darle la razón mientras que la segunda le recordó que la política exterior tiene una dificultad que las redes sociales permiten disimular: y es que los otros países también votan.

La continuidad de Lula obliga a revisar el vínculo con el principal socio comercial de la Argentina. Cuatro años más de enfrentamiento en los términos actuales serían demasiado costosos para un gobierno que necesita inversiones, mercados y dólares, pero la desescalada tiene un problema previo. Después de haber convertido al presidente brasileño en destinatario de insultos y descalificaciones, Milei deberá encontrar una forma de acercarse que no parezca una rendición ante su propia audiencia. Es una restricción que se fabricó solo.

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El contraste más ilustrativo lo ofreció Abelardo de la Espriella. El presidente colombiano, cuya pertenencia a la ultraderecha no admite demasiadas discusiones, felicitó a Lula con una formulación de una sencillez casi pedagógica: cada uno había apoyado al rival del otro, ambos habían ganado y sus países se necesitaban mutuamente. La distancia con el mandatario argentino que, al lado de Eduardo Bolsonaro en Estados Unidos, había llamado a darle una patada en el culo al comunista es considerable. Para reconocer un interés nacional no hace falta moderar las convicciones sino distinguirlas de las obligaciones del cargo.

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Al cierre de esta edición, todos los gobiernos sudamericanos –con la excepción del argentino– se habían pronunciado. La sucesión de saludos, anterior a cualquier reacción de Trump e incluso al reconocimiento de la derrota por parte de Bolsonaro, expresó algo más que cortesía diplomática. Los gobiernos de la región, incluidos los que integran el club de las derechas más radicalizadas, identificaron con rapidez qué relación necesitaban preservar y, previo a eso –y a pesar de las declaraciones de Trump– los propios Estados Unidos habían dado señales de que aceptarían la continuidad de Lula.

La victoria de Lula, sin embargo, no supone una modificación equivalente de la correlación de fuerzas dentro de Brasil. El presidente reelecto deberá gobernar con un Congreso en el que las distintas expresiones de la derecha conservan una mayoría considerable. Según un informe de la consultora de riesgo político Dinámica Americas, publicado el 26 de octubre, la derecha bolsonarista y los sectores conservadores controlan el 65,4% del Senado y el 59,8% de la Cámara de Diputados. Son números que obligarán a Lula a reconstruir acuerdos con los partidos del llamado Centrão, esa constelación de fuerzas que hace de la negociación parlamentaria una forma de ejercicio del poder. No se trata de un territorio desconocido para el presidente brasileño, que construyó buena parte de su trayectoria política sobre esa capacidad de articulación, aunque esta vez deberá hacerlo frente a una derecha más consolidada y con mayores incentivos para condicionar su gobierno.

La necesidad de encontrar interlocutores en el centro del sistema político podría devolverle protagonismo al vicepresidente Geraldo Alckmin, cuya trayectoria conservadora y sus vínculos con sectores empresariales y parlamentarios ofrecen una vía de interlocución que Lula difícilmente pueda construir por sí solo. El problema es que esas negociaciones tendrán lugar en un contexto económico particularmente exigente. La misma consultora advierte que la recuperación de la confianza de los mercados dependerá de la conformación de un equipo económico pragmático y de la presentación de un programa fiscal creíble. El desafío consiste en conciliar las promesas electorales con las exigencias de consolidación fiscal y el costo creciente de los acuerdos legislativos. La victoria electoral, en otras palabras, no le garantiza al presidente las condiciones políticas y económicas para llevar adelante su programa.

En materia económica y regulatoria, Dinámica Americas anticipa la continuidad de una orientación intervencionista, con políticas de promoción industrial, inversiones impulsadas por el Estado y una mayor regulación de las plataformas digitales, un asunto que Lula incluyó expresamente en su discurso de victoria. También aparecen sectores estratégicos, como los minerales críticos, en los que Brasil buscará preservar una participación activa del sector público. Pero las mayorías conservadoras del Congreso funcionarán como un límite para las reformas más ambiciosas. La discusión brasileña volverá a girar, así, alrededor de una tensión conocida y es hasta dónde puede avanzar un gobierno que reivindica la intervención estatal cuando buena parte de los instrumentos legislativos para concretarla están en manos de sus adversarios.

Es posible que esa restricción doméstica termine desplazando una parte de las ambiciones de Lula hacia la política exterior. El informe sostiene que el presidente encontrará menos obstáculos fuera de Brasil que dentro de sus propias fronteras y proyecta, por esa razón, una diplomacia especialmente activa. Los BRICS y el llamado Sur Global ocuparán un lugar central en esa estrategia. China seguirá siendo una prioridad, aunque Brasil procurará evitar una dependencia excesiva de Beijing mediante el fortalecimiento de sus relaciones con otras potencias emergentes, especialmente India. Lula buscará consolidar un liderazgo internacional que le permita proyectar influencia más allá de las limitaciones de su gobierno. 

La hegemonía regional de la derecha tiene, además, una particularidad que el recuento de presidentes suele ocultar. Aunque apenas dos países se ubiquen del centro hacia la izquierda, Brasil concentra aproximadamente la mitad de la población, del territorio y del producto sudamericanos. El mapa puede pintarse casi entero de un mismo color y, sin embargo, dejar afuera la mitad de lo que importa. Una elección brasileña altera el equilibrio regional de una manera que ninguna otra puede hacerlo.

Para Milei, el resultado ofrece una compensación posible a pesar del disgusto evidente con el que recibió la noticia. Si una victoria de Bolsonaro amenazaba con desplazarlo del lugar de interlocutor predilecto de Washington, la continuidad de Lula puede aumentar el valor estratégico de la Argentina. Un Brasil gobernado por un aliado de Trump habría tenido escala suficiente para volver bastante menos excepcional el alineamiento argentino. Conviene, de todos modos, no exagerar ese consuelo. Scott Bessent ya había expresado su disposición a asistir a la Argentina antes de la segunda vuelta. Y un país enfrentado con Brasil también puede ser un socio menos útil para los Estados Unidos. La fidelidad de Milei tiene valor, pero su capacidad de intervenir en la región depende, entre otras cosas, de los vínculos que conserve. Sobreactuar el alineamiento para compensar su aislamiento puede terminar aumentando el precio que paga por una relación cuyo rendimiento no controla.

Es razonable imaginar que el ministro de Relaciones Internacionales, Pablo Quirno, y otros integrantes del dispositivo diplomático intentarán encontrar una fórmula para rebajar las tensiones, aunque persista la frialdad entre los presidentes. La agenda común tiene demasiada densidad como para quedar subordinada a las preferencias personales de Milei. La cooperación energética, la posibilidad de vincular Vaca Muerta con la demanda de la industria paulista ante el declive de la oferta boliviana y los problemas de seguridad y vulnerabilidad social en las fronteras son asuntos que requieren decisiones políticas. La diplomacia presidencial sería una herramienta valiosa para resolverlos; hasta ahora funcionó como una fuente adicional de dificultades.

El aterrizaje promete ser incómodo. Brasil necesita menos de la Argentina que la Argentina de Brasil, una asimetría que los insultos no modifican. Lula puede administrar los tiempos del acercamiento con una paciencia que Milei no necesariamente tiene y, si la recomposición requiere un gesto público, el Gobierno deberá decidir cuánto está dispuesto a pagar por recuperar una relación que deterioró sin obtener a cambio una ventaja evidente.

El otro extremo de la apuesta internacional tampoco ofrece tranquilidad. Trump llega a las elecciones legislativas del martes ante la perspectiva de una derrota. Nada permite suponer, sin embargo, que un debilitamiento republicano vaya a moderar la entrega argentina. El alineamiento absoluto fue una elección de Milei y el presidente estadounidense no se caracteriza por reducir sus demandas a quienes ya le demostraron obediencia. La comparación con la disposición de Delcy Rodríguez frente a Washington, incómoda por razones que exceden la ideología, encuentra allí un punto de contacto. Si el Gobierno considera que incluso un acercamiento a Brasil necesita la conformidad estadounidense, la recalibración será todavía más ardua. Habrá convertido una decisión elemental de política exterior en una negociación con dos interlocutores, uno de los cuales ni siquiera debería tener poder de veto sobre ella.

La victoria de Lula contiene, sin embargo, una discusión que desborda los problemas de Milei. En una región que viene castigando a sus oficialismos, con la persistente excepción del Partido Colorado paraguayo, el brasileño consiguió la reelección después de un mandato completo y en medio de un desplazamiento político hacia la derecha. Para una oposición argentina que busca explicaciones, candidatos y fórmulas de regreso, la experiencia merece algo más que una felicitación. Lula llegó a la elección con una economía atravesada por dificultades, pero capaz de combinar crecimiento, recuperación del poder adquisitivo y cierta estabilidad. La mejora de los ingresos de los sectores más pobres convivió con inflación contenida y límites fiscales. Esa combinación tiene un valor político que en la Argentina se suele reconocer por partes: unos celebran la redistribución y otros la disciplina, como si debieran ocurrir en gobiernos distintos.

Brasil tiene problemas serios con la tasa de interés, el déficit y su bajo crecimiento estructural. El déficit financiero, cercano al 9% del producto, es una señal de esas tensiones, pero su composición importa. Una porción decisiva corresponde al costo de los intereses, mientras que el desequilibrio primario se ubica por debajo de un punto del producto. La distinción permite entender una administración que procuró ampliar las transferencias, sostener la inversión pública y promover la industria sin desentenderse del financiamiento. Las dos reformas tributarias de su tercer mandato expresan esa orientación. Una buscó simplificar un sistema que castiga la producción con complejidad e ineficiencia. La otra, distribuir mejor la carga. Atender los problemas de las empresas y mejorar la progresividad formaron parte de una misma agenda. La eficacia del Estado también depende de que pueda recaudar sin convertir cada actividad económica en una carrera de obstáculos.

La política social tuvo audacia. Los aumentos de Bolsa Familia y la recuperación del salario mínimo por encima de la inflación ampliaron los ingresos de millones de personas y de los beneficiarios de prestaciones vinculadas a ese piso salarial, pero las decisiones se tomaron con atención al crecimiento y a la recaudación. Hubo tensiones y promesas de campaña cuyo financiamiento deberá resolverse. Lo relevante es que el programa redistributivo conservó una referencia en las posibilidades del Tesoro. En criollo: la restricción presupuestaria nunca dejó de existir porque resultara políticamente desagradable.

La política monetaria ofrece un ejemplo todavía más incómodo para algunas tradiciones argentinas. En 2024, Lula confrontó con el presidente del Banco Central designado por Bolsonaro y reclamó una baja de tasas. La disputa contribuyó a alimentar la presión sobre el real. Frente al riesgo de una devaluación más profunda, retrocedió. Gabriel Galípolo, el sucesor elegido por el propio Lula, mantuvo una política de tasas altas que tuvo costos sobre la actividad y las cuentas públicas, pero contribuyó a recomponer la fortaleza de la moneda. La depreciación y su traslado a los precios habían coincidido con el peor momento de popularidad de su presidencia. Lula aceptó entonces una herramienta que no le gustaba para contener un daño que podía ser mayor. La capacidad de elegir entre dos costos y de soportar el que preserva mejores condiciones para el futuro, también forma parte de la conducción política. En la Argentina suele quedar relegada por la búsqueda de algún instrumento que permita postergar ambos.

La relación de Lula con los mercados tiene una historia de desconfianza que sus resultados nunca terminan de disipar. En 2002, la posibilidad de su primera presidencia acompañó una corrida que llevó al dólar cerca de los cuatro reales. Ocho años después, al terminar su segundo mandato, rondaba los dos. En su tercer gobierno, la cotización superó los seis durante la tensión cambiaria de comienzos de 2025 y luego volvió a niveles por encima de cinco, próximos a los del inicio de la gestión. La inflación también se mantuvo contenida, pero nada de eso eliminó las prevenciones contra el PT. La reacción bursátil de ayer –que obligó a interrumpir durante algunas horas la operatoria en San Pablo– refleja en parte la distancia entre el resultado electoral y una expectativa financiera demasiado confiada en la victoria de Bolsonaro y en su programa de ajuste. Falta ver cuánto durará el movimiento. Los antecedentes de Lula y los nombres que circulan para conducir la economía ofrecen, al menos, motivos para distinguir el sobresalto inicial de una impugnación duradera.

Hay allí una paradoja persistente. Los mercados desconfían de un presidente que, aun sin adoptar su agenda como propia, procuró preservar las condiciones necesarias para que la economía funcione. Lula no les ofreció la identificación que encontraron en Michel Temer o Jair Bolsonaro, pero sí resultados que obligan a revisar periódicamente sus pronósticos. Para un argentino, sobre todo para uno de tradición progresista, hay algo casi exótico en esa experiencia: una moneda nacional que puede apreciarse sin que eso constituya, por definición, el anuncio de una catástrofe, y que puede depreciarse sin iniciar necesariamente una espiral fuera de control. Brasil conserva tensiones cambiarias, fiscales y productivas. Sin embargo, la discusión sobre cómo distribuir mejor no requiere empezar una y otra vez por la reconstrucción de la moneda.

Aún así, como todo, es insuficiente y no corresponde convertirlo en una utopía. El crecimiento sigue siendo menor al necesario, la desigualdad es profunda y la acumulación de reservas no resuelve por sí misma los problemas estructurales. La experiencia brasileña importa precisamente porque esos límites conviven con una fuerza política que sostuvo una identidad redistributiva y aprendió a administrar las restricciones. Desde la primera victoria de Lula, en 2002, el PT ganó seis de siete elecciones presidenciales y participó de todos los ballotages. El PSDB, su adversario histórico de centroderecha, prácticamente desapareció. Es difícil atribuir semejante persistencia apenas al carisma de un dirigente.

Para el peronismo, la lección exige más trabajo que adoptar a Lula como una figura de admiración. Un manejo macroeconómico prudente no garantiza el reconocimiento empresarial, ni desarma los prejuicios de los mercados, ni asegura una victoria electoral. Puede, sin embargo, proteger los ingresos de quienes menos tienen, darle continuidad a una política social y evitar que cada avance termine consumido por la inflación siguiente. La estabilidad tiene beneficiarios concretos. La inestabilidad también. Tal vez esa sea la discusión que la victoria brasileña vuelve a poner sobre la mesa. La prudencia macroeconómica puede ser una convicción propia de un proyecto que se propone redistribuir. Entre otras cosas, porque quienes pagan primero y más caro sus errores son los mismos a quienes ese proyecto dice representar.

De esto hablamos con un economista del kirchnerismo al que escucho y respeto.

Es director de un medio que pensó para leer a los periodistas que escriben en él. Sus momentos preferidos son los cierres de listas, el día de las elecciones y las finales en Madrid. Además de River, podría tener un tatuaje de Messi y el Indio, pero no le gustan los tatuajes. Le hubiera encantado ser diplomático. Los de Internacionales dicen que es un conservador popular.