Prepárense para perder

Los bondis de Otamendi

Vida y obra del central de la selección argentina.

Hola, ¿cómo estamos?

Recuerdo la piel de gallina de un grupo de gente que escuchaba a Estela de Carlotto en el anillo del Monumental advertir: “Es probable que haya hoy un chico o una chica en la tribuna que no sepa que es hijo de desaparecidos”. Rodolfo D’Onofrio abría su gestión como presidente de River con las puertas abiertas a los organismos de derechos humanos. 

No sólo era un compromiso político. Estaba un familiar de Patricia Roisinblit, desaparecida, hija de Rosa, vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Ella había sido patinadora, había representado los colores de la Banda Roja y socia. Es decir, a River la dictadura le había extirpado una parte suya.

Durante la gestión de Daniel Angelici, Boca supo ser uno de los pocos clubes que no se pronunciaba sobre derechos humanos. Ni declaraba Nunca Más los 24 de marzo. El cambio de mando le abrió las puertas a los xeneizes para que su institución se sumara a las campañas de Abuelas.

Esta semana, los dos clubes más poderosos de Argentina firmaron un acuerdo para seguir buscando nietxs. La popularidad del fútbol es un elemento clave en la labor de Abuelas. “Nos dejan el alma completa”, cerró Estela. 

Todos los bondis de Otamendi

Le daba un beso. Aclara. Luego sí. Su mamá le alcanzaba una vianda. A las 12.30. Ni un minuto más. El viaje empezaba en el 721. Masticaba. En Panamericana, mechaba con el 15 hasta Puente Boulogne. Los segundos transpiraban. El último tramo era en el 57. Un poco más de una hora y media. Eso si la práctica era en la Villa Olímpica de Vélez en Ituzaingó. Si era en Liniers, el final era arriba del 21. No iba por inercia. En el momento lo hacía porque le gustaba jugar a la pelota. Ahora, lo piensa. Agradece. Porque todo ese esfuerzo para Nicolás Otamendi significó su mayor sueño. Sacar a su familia de la vida que llevaba.

Hasta los trece, ese viaje lo hacía con su vieja. Apenas pudo lo emanciparon. No para que creciera. Era una necesidad económica ahorrarse seis boletos por día. Treinta por semana. Veinticuatro pesos. Un mediodía, en la Sexta división, se rompió uno de los bondis. Se quería morir. Su entrenador era Omar Asad. Le perdonó la ausencia. Una bisagra. Salieron campeones de la categoría. Por primera vez, percibió que podía volar. Ser un jugador en serio. Como el Turco. Al que de más pibito, le había pedido una foto. A él y al Turu Flores. Glorias velezanas de las victorias contra San Pablo por la Libertadores y frente al Milán por la Intercontinental. Su familia era de River. Vélez representaba su casa. Esos, sus ídolos. Un aprendizaje. Siempre hay que frenar cuando vienen a saludarte. 

A las 7 entraba al colegio. Para la adolescencia, se le fue cayendo la energía. Le planteó la idea a su mamá. Lo sacó cagando. La terminó convenciendo. En segundo año, abandonó la escuela. Arañaba los 17 años cuando Miguel Ángel Russo preguntó si podían prestar al defensor crack para entrenarse con la Primera. Su cuerpo era grande. En inferiores, en la Séptima categoría, le había pintado el boxeo. Un poco de herencia barrial. Otro de un entrenamiento físico único. Un vicio que le perduró. Si el paradigma actual es el de los futbolistas fit, con músculos preparados para el arranque y freno y arranque, él todavía es de los que agarra pesas gigantes. Se nota. A los 33 años, los rivales le rebotan.

El mazazo se lo dio Ricardo La Volpe. Hubo enroque de técnicos con Boca y Russo se fue a la Bombonera. Al Bigotón, el defensor no lo convencía. Lo despachó a la reserva. Hasta que Hugo Tocalli tomó el mando. En el ojo para seleccionar un futbolista joven no se iba a equivocar. El 10 de mayo de 2008, frente a Central, cuando el partido se moría, debutó. Retruco: iba a ser futbolista en serio. 

Cristian Fabbiani se fue al vestuario, cazó el celular y le escribió a un amigo: “Che, el pibe que me marcó es un crack”. Había cruzado el comentario con su compañero de ataque, Radamel Falcao. El primer clásico de Otamendi fue contra el club de sus amores. Esas bochas pueden disparar para cualquier lado. Lo suyo contra River fue impresionante. Con un detalle más: Diego Maradona miraba el partido y no podía creer tanto talento.

La llegada de Ricardo Gareca aceleró su carrera. Imponerse como defensor central nunca es tan sencillo. El chileno Waldo Ponce se fracturó la mano en la tercera fecha. Al Tigre le pareció que era momento del pibe. La cita era cuerpo a cuerpo con Martín Palermo. Una mezcla de sueño con aliento a pesadilla. Otamendi, para mayo de 2009, había dejado El Talar de Pacheco. Su representante le había alquilado un departamento en Libertador al 8500. Antes del clásico, recibió al diario Olé en su casa. Pasaba los dedos por los muebles y aclaraba con su risa gigante: “Mirá, ni un poco de polvo. Lo limpié para ustedes”. Hasta había comprado palitos y gaseosas para los periodistas. Sonó el timbre. Eran sus amigos. Le propusieron que abriera tranquilo. No quiso: “Si les abro y me ven así me van a delirar sin parar. Ya me gastan porque dicen que vivo como un cheto”.

Gareca le ordenó el bocho. En una práctica, cayó en un descapotable. “Lo estacioné lejos para que no lo vieran los más grandes”, admite, con el tiempo. Al entrenador de Perú no le agradó nada la actitud. Lo encaró y se lo soltó. A los días, estaba sobre un Volkswagen rudimentario. Es injusto hablar de suerte cuando un contexto se construye. Vélez tenía todas las condiciones para acunarlo. Sebastián Domínguez, su compañero atrás, le avisaba antes de los partidos cómo se le iban a parar los puntas rivales. Cuando ingresó aquella vez contra Central, reemplazó a Hernán Pellerano. Era su modelo. Nunca se animó a decírselo.

En el departamento de Libertador, solo había una foto. De su primera hija, Morena. Con la que pasaba todas las tardes. “El día en que tenga una con Maradona la voy a hacer un cuadro y la voy a colgar”, bromeaba. En la primera pretemporada de Gareca, hubo un amistoso entre Vélez y Lanús. La dupla central era Ponce y Otamendi. Seba Domínguez acababa de arribar como refuerzo. Los vio y se preguntó: “¿Para qué carajo me trajo el Tigre, si estos dos son buenísimos?”. Ganaron el Clausura 2009.

Desconocía que Diego lo estaba fichando. Que el 20 de mayo de 2009, en un amistoso contra Panamá, le daría la celeste y blanca para estrenarse en la Selección. Lo curioso fue que no formó parte del Sub-20 campeón de 2007, en Canadá. Los centrales eran Federico Fazio, Gabriel Mercado, Leonardo Sigali y Matías Cahais. El técnico era Tocalli. Que apenas un año más tarde lo puso en Vélez.

No pasó demasiado para que lo citaran para jugar en las Eliminatorias para clasificarse a Sudáfrica 2010. En su primera convocatoria, se topó con su historia inaugural con Diego. En el avión en el que viajaban, había siete asientos en primera clase y el cuerpo técnico decidió que allí viajaran los jugadores. Hubo un sorteo y salió en un papelito el nombre de Otamendi. Apenas se sentó, todavía tímido por lo que le tocaba, escuchó que atrás se le acercó Maradona a Emiliano Papa -su compañero en Vélez- y le estampó, riéndose: “Miralo a Otamendi, una convocatoria en el Seleccionado y ya viaja en primera”.

Su amor por Maradona lo llevó a todo. A exponerse contra los atacantes brasileños en el Gigante de Arroyito en un 3-1 durísimo. Kaká, Luiz Fabiano y Robinho deslumbraban hasta lo insoportable. A aceptar ser lateral derecho en el Mundial de 2010 y a quedar para el cachetazo con los desdoblamientos científicos que le trazaban Lukas Podolski y Philipp Lahm. Un 4-0 que firmó la salida de Argentina en cuartos de final. No le importaba. Meses después declaraba: “Él tendría que haber seguido siendo el técnico”.

Aunque no se desempeñó en su puesto natural, el Mundial le movió las cartas. Porto le ofertó a Vélez unos cuatro millones de euros por la mitad del pase. Que lo tasaran en 8 millones era una cifra altísima para un central de 22 años. Un año después, el club de Lisboa completó la operación. De las cuatro temporadas que allí estuvo, en tres se quedó con la Primeira Liga y en todas obtuvo la Supercopa de Portugal. En tres de las cuatro, no bajó de treinta partidos por año. La única en que no rozó ese registro ocurrió en 2013/2014: es que Valencia lo compró por 12 millones de euros.

Hay veces en que los millones hacen estar donde no corresponde estar. Otamendi cargaba 26 años y un Mundial en la espalda. Alejandro Sabella lo tenía en cuenta para la Selección. El problema se suscitó porque Valencia superó el cupo de extranjeros que se podían almacenar en un plantel. Roberto Ayala, secretario técnico del club, se enteró sobre el final de la transacción que no disponía de pasaporte comunitario. Cuando tuvieron que elegir a quién limpiar, enviaron al novel defensor a préstamo a Atlético Mineiro. Desplazarse al Brasileirao le costó mucho y eso que era titular en la mayor cantidad de partidos. El entrenador de Argentina se puteaba con su representante, que era el mismo que el del defensor: “¿Para qué mierda lo mandaste ahí?”. Muy correcto, a Pachorra tampoco le seducía la especulación de que lo sumara porque compartían agente. Le brotó un dolor enorme. Se quedó afuera. 

Su regreso a Valencia brotó el fuego. “HostiaMendi”, cuentan que lo apodaron los delanteros del Real Madrid después de un partido. En el Mestalla, le marcó un golazo a los merengues. Los ultras coreaban su nombre en cada encuentro. Seis gritos en treinta encuentros implicaban una banda para un central. Lo consideraban el heredero de Ayala. Su gran temporada se sellaba con la clasificación a la Champions League. La institución estaba en una gran crisis económica. Desembarcaba el singapurense Peter Lim para supuestamente salvar las deudas. Otamendi brillaba y los dos gigantes de Manchester posaban las pupilas sobre él. Hubo que aguantar hasta la apertura de la temporada siguiente para que se definiera. A los españoles les esperaba un cruce contra Mónaco por la Champions League. El defensor resolvió no jugar porque eso le impediría competir en el torneo para otro equipo. Los fanáticos se enojaron. Enzo Pérez, compañero suyo en el equipo, salió a defenderlo: “¿Cómo se van a enojar con Nico con todo lo que les dio?”.

Fue César Menotti el que teorizó que el fútbol era un juego de pequeñas sociedades. Su campo de estudio era el césped. Va más allá. A Valencia y a esa temporada el pueblo argentino le adeuda un saldo de 28 años de sequía. Entre mates, el equipo Che -glorificado argentino por Mario Kempes y por Pablo Aimar- conformó una amistad entrañable entre Otamendi y Rodrigo de Paul. El mediocampista es el padrino del segundo hijo del defensor. Una hermandad. El puente para que el número 7 se convirtiera en el jefe de Gabinete del equipo de Lionel Scaloni. Un sostén inteligente y gracioso y pasional detrás de Lionel Messi. Propietario de una asistencia enamorante en el Maracaná. 

Destino, el City. “Es un jugador muy importante, pero no voy a quitar a Mangala y a Kompany”, lanzó Manuel Pellegrini. El técnico le clavó un desafío en la jeta. Menos de un año después, en la semifinal de la Champions League, frente al Real Madrid, ejercía de dueño de la defensa.

El rumor de que el flamante entrenador no lo quería le picó en la cabeza. Era Pep Guardiola. Más poder que el catalán no poseía. Lo encaró: “¿Voy a tener posibilidad de jugar? Si no, me busco un club”. Le pidió que se quedara. El primer año transcurrió fastidioso. Los 25 minutos de loco -o medio o rondo, como les guste denominarlo- por día le resultaban agotadores. Se sentía cómodo con el espacio grande. Le costaba el juego. 

“Tenemos a Superman en el equipo. Todos hablan de De Bruyne, de Silva, de Sterling, pero si tuviera que destacar a uno diría Nico”, blanqueó Guardiola en una conferencia de prensa un año después. En la intimidad, explicaba tocándose la sien que no podía creer la capacidad de aprendizaje de Otamendi. Le enloquecía la valentía para llevar la pelota hasta al lado del rival. Recién ahí pasarla. Haciendo uso del toque para eliminar un rival. Eso y su capacidad heroica de jugar casi siempre. Tanto que en la temporada 2017/2018 disputó 46 partidos. 

Nueve títulos cosechó en Inglaterra. El desgaste de ser un top durante cinco temporadas lo empujó a emigrar al Benfica. Ir al rival del Porto fue escandaloso en Portugal. Le escribían en las redes sociales constantemente para insultarlo. Ni los ajenos ni los propios lo querían. Jorge Jesús, campeón de la Libertadores con Flamengo, lo pretendía igual. Ya sabemos cómo es esta historia: se impuso y es referente.

Doce años resistió en la Selección argentina. Sigue contando. Con Messi, Di María y Agüero, es uno de los sobrevivientes a los que las lágrimas le volvieron con un título. Encarnó al personaje caudillo de la defensa. Se peleó con todos los brasileños en la final. Le revoleó una patada a Neymar que podría ser el cuadro de Rocky y Apollo en el final de la 3. Se pecheó con el uruguayo Luis Suárez. No son estas sus virtudes y representan algunos tristes valores de la masculinidad. Es solo una de las patas de su liderazgo. Gritador. Alentador. Organizador. Con el Cuti Romero, es la solidez del equipo. 

Cultor del asado a la cruz. Tan rockero como del Duki. Vestido de colores. Con gorra para atrás. Fanático de las madrugadas en que puede oficiar de gammer. Imitador de Mostaza Merlo en las redes sociales. Su Instagram tiene un caudal de seguidores que muchos admirarían: 3,7 millones -Cristina tiene 1,3 y Macri, 1,1 millones-. Un termo de mate que exhibe su fanatismo por Michael Jordan y por Kobe Bryant. Un león graffiteado en el pecho. Y en las costilla una obra de tinta con su cuerpo levantando la Copa América en el Maracaná. Un trazo tan doloroso como las espinas que lo trajeron hasta ahí.

Cuando Guardiola arrancó en el City, dio una orden: “El que no sabe inglés va a tener que estudiar porque en este país se habla este idioma”. Otamendi no dominaba una palabra. Incorporó tres clases por semana. No lo guiaba la obligación del entrenador. Su hijo más chico había comenzado el colegio. Era angloparlante. Le dio vergüenza no estar a la altura. También, alegría. Esa era la vida de oportunidades por la que se había tomado tres bondis durante años.

Pizza post cancha

  • Recién salido a la calle: Pelé, en celeste y blanco, de Luis Vinker. Lo editan los maestros de Ediciones Al Arco.
  • Esta entrevista al Kun Agüero recorrió el planeta. Habla de Maradona, de su hijo Benjamín y de las villas argentinas. Ni mil horas de stream le pueden ganar a la sensibilidad para preguntar de un gran periodista como Juan Irigoyen.
  • En el podcast diario Nuestro día -del que participa el genio Tomi Olava-, salió esta gran columna de Carlitos Maidana recopilando la relación de deportistas con la vacunación.

Esto fue todo.

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Abrazo grande,

Zequi

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Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.
@zequischer

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