Los 75 años de Charly García y su indómita luz

El escritor Pablo Plotkin comparte fragmentos del retrato del gran músico argentino que acaba de publicar en Ediciones UDP.

La mañana en que Carmen Moreno dio a luz a su primer hijo en el sanatorio Otamendi de Buenos Aires, a las once y media del martes 23 de octubre de 1951, los tanques aliados avanzaban hasta los bordes meridionales de Kumsong y los restos de un Thunderjet flotaban en las aguas del mar Amarillo, entre las costas de la China oriental y la península de Corea. En el desierto de Nevada, el gobierno del presidente Truman ensayaba con una nueva bomba nuclear y el hongo que remontaba al cielo, espeso como un algodón de azúcar, se podía ver desde las terrazas de los hoteles de Las Vegas, un espectáculo aterrador y subyugante que inauguró la década del turismo atómico.

Esa atmósfera de catástrofe larvada que regía el mundo en la Guerra Fría, vista a través del lente periférico de América del Sur, iba a marcarlo casi tanto como el estreno de A Hard Day’s Night.

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Durante buena parte de los cincuenta, la abundancia envolvió el hogar de Carmen y Carlos Jaime. Ocupaban un piso del petit-hotel de los García Lange en José María Moreno. Además de la cancha de paleta había maquetas para trenes eléctricos, sala de costura, montacargas para transportar bandejas de un piso a otro –en el tercero vivía la tía Carmelucha, y allí estaba la cocina– y un escuadrón de niñeras y empleadas domésticas entalladas en uniforme de servicio. 

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Tenían también una casa de fin de semana en las afueras de la ciudad, una quinta en Paso del Rey llamada La Bohème. Carlitos era un nene encantador, el tesoro de Carmen, un favoritismo que no perdió cuando llegó el segundo hijo, el 22 de noviembre de 1953. El bebé se llamó Enrique, como Henry, el bisabuelo paterno. Cada uno de los chicos tenía su niñera. La de Carlitos era María y se la pasaba escuchando música española, zarzuelas y coplas como “La bien pagá” cantada por Miguel de Molina. A Carlitos le fascinaba la intensidad melodramática con la que el malagueño encarnaba su personaje despechado, que le recriminaba a una antigua amante los besos dados a cambio de dinero.   

Hacia fines del 54, Carmen y Carlos Jaime emprendieron un viaje de varios meses por Europa. No era raro en aquel tiempo que un matrimonio pudiente se embarcara en una odisea transatlántica para recorrer el Viejo Mundo sin la incómoda compañía de sus hijos. Carlitos y Enrique –o Quique–, tenían tres y uno recién cumplidos y quedaron al cuidado de su abuela materna, de la tía Mecha y de sus niñeras.

La temporada de orfandad consolidó el lazo entre los hermanos, que desarrollarían un vínculo simbiótico. Pero Carlitos extrañó horrores a su madre. Para él, la noche era el reino voraz de las pesadillas, y la ausencia de Carmen las volvía más vívidas y terribles.

Cuando Carmen y Carlos Jaime volvieron de Europa, en el otoño del 55, se encontraron con que a Carlitos le habían aparecido unas manchas blancas en el lado derecho de la cara. Consultaron con médicos y le diagnosticaron vitiligo, una enfermedad autoinmune que destruye parte de las células que producen el pigmento en la piel y el pelo. Suele originarse por factores genéticos, pero muchas veces el estrés actúa como desencadenante. “Charly siempre fue muy sensible –le dijo Carmen a Rolling Stone en 2016, a sus 87 años–. Nunca me perdonó ese viaje. Es el día de hoy que me acuerdo y me arrepiento”.

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A los 20 años, Charly llegó a un acuerdo con la muerte. Así empezó su carrera monumental como compositor: con un sol mayor y una línea que era un alarde de nostalgia precoz. Ese tiempo hermoso había quedado atrás y lo que tenía por delante era aventura, guerra, libertad, transformación. El título provisorio del tema era “Si me vienes a buscar”, pero anticipando el equívoco al que se prestaría la letra –el narrador, encarnado por Nito Mestre, parece hablarle a una mujer–, optaron por resolver el enigma desde el vamos: “Canción para mi muerte”, casi como una nota aclaratoria. Aun así, para la mayoría del público y de los guitarristas de fogón sería eternamente una canción de amor. En la fundación misma de su obra, Charly impuso uno de sus grandes principios creativos: la ambigüedad.

A partir de la grabación de Vida, Jorge Álvarez tomó el control de Sui Generis y corrió amablemente al Gordo Pierre del camino. Uno de los primeros aciertos del director de Talent fue incluir al dúo en la última jornada del B.A. Rock III: Festival Nacional de la Música Progresiva, organizado por la revista Pelo en la cancha de Argentinos Juniors. Esto fue el 16 de noviembre de 1972, justo después del final de las sesiones en Phonalex. Al mismo tiempo comenzó a sonar en las radios “Canción para mi muerte”, que se había editado como simple de difusión. El lado B de ese vinilo de siete pulgadas era “Amigo vuelve a casa pronto”, otro folk existencialista en cuyo puente (“Hoy tus palabras ya son muy lejanas / y tu voz de pálida se va”) aparecía nítido el tenor juvenil y frágil de Charly, que en Sui Generis se mantendría casi siempre como segunda voz.

Ese mismo mes salió la primera nota periodística sobre la banda, publicada en Pelo bajo el título “El dúo acústico”. El artículo empieza diciendo que 1972 “es sin duda el año del rock” para la Argentina. Y los grupos acústicos, escribe el redactor anónimo, han dejado de ser un fenómeno subterráneo para convertirse en una atracción principal. Después de un resumen de la historia de Sui Generis, se incluye una declaración de Charlie (sin apellido), al que se lo presenta como “un fecundo compositor”. “La temática del disco es muy concreta, no existe surrealismo alguno –dice el pianista y cantante–. Hay temas de amor, de nuestra ciudad, de sus clásicos personajes diarios. Musicalmente para el que lo escuche notará una semejanza en la melodía y en los arreglos con Elton John, creo que eso es lo que quería lograr sin perder nuestra esencia musical. Creo en definitiva que este álbum va a gustar. Porque hemos logrado sonidos muy originales dentro del rock”.

Vida salió al mundo en los primeros meses de 1973, casi en simultáneo con el estreno de Rock hasta que se ponga el sol, la película que documenta el B.A. Rock III. Mientras los argentinos se preparaban para volver a las urnas tras siete años de dictadura y dieciocho de proscripción del peronismo, en los cines se pudo ver a Sui Generis en pantalla grande tocando “Canción para mi muerte” en nuestro pequeño Woodstock (en verdad eran tomas de estudio que emulaban el vivo, porque la cinta original se había arruinado). Alternando imágenes de escenario y público, el director Aníbal Uset captura el espíritu hippie de la época y retrata la nostalgia mientras se va consumando. En tres minutos, Nito y Charly –tocando el piano prácticamente de espaldas al público– se convirtieron en nuevos íconos de una generación que añoraba un tiempo hermoso que no había conocido.

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Entre el regreso de la colimba y el despegue de Sui Generis, Charly se fue de su casa. O lo echaron. Estresada por el divorcio, el trabajo y los conflictos de la adolescencia y la joven adultez de sus cuatro hijos, Carmen estallaba a cada rato. Siempre había alentado la vocación de Charly, al que le había dedicado una atención preferencial. Pero a esta altura le costaba lidiar con él. Eran dos personalidades incandescentes y la convivencia se hacía difícil. Carmen le decía a los gritos que se buscara otro lugar donde vivir. “Nunca lo tomé como en las películas, donde el echado dice: ‘Nunca más volveré a esta casa’. ¡Las pelotas! Yo sentía que la casa era mía, y se van todos a la concha de su madre. Volvía a la noche y sacaba algo de comer de la heladera”, recordó en 2001 en Rolling Stone.

–Charly hacía lo que quería –recuerda Josi–. Mi madre había quedado sola con los cuatro vándalos, y Charly llegaba con todos los amigos, Enrique también, se iban al balcón, tiraban cosas para abajo… Mi madre, por otro lado, era una mujer encantadora y tremenda. Irresistible y complicada. Era una chica de Liniers que trabajó desde los 14 y bancó su casa, que se encontró con el muchacho de Caballito que le prometió la vida y en algún momento se tuvo que volver a arremangar y salir a laburar de nuevo. Y que tuvo un hijo genio y lo manejó como pudo. Qué sé yo, es difícil ser padre, y es difícil tener un hijo genio. Si tu hijo toca Chopin a los 4 años, los tres que vienen después son unos tarados. Pero no éramos tarados.

*Estos son fragmentos del nuevo libro de Pablo Plotkin, La indómita luz. Un retrato de Charly García.

Es periodista y escritor. Empezó su carrera a fines de los noventa en el diario Página/12. Entre 2004 y 2019 trabajó en la edición argentina de Rolling Stone, revista que dirigió en dos períodos. Sus artículos y relatos de ficción han integrado numerosas antologías. Es autor de las novelas Un futuro radiante (2016, Literatura Random House) y Brasil del Sur (2022, Emecé). En 2020 comenzó a trabajar también como guionista de proyectos audiovisuales. Actualmente es director de contenidos de K&S Films. Acaba de publicar La indómita luz. Un retrato de Charly García (2026, UDP).